Fátima García Doval y José César Perales, investigadores, sobre cuánto proteger a los adolescentes: "Lo que no es saludable es ejercer sobre ellos una protección coercitiva o excesiva"


Adicción a las pantallas, salud mental por los suelos, limitación de la capacidad atencional... Hablar de adolescencia hoy es encontrarse con un listado de problemas que parecen generalizados. Pero ¿y si no fuera así en realidad? ¿Y si estuviéramos interpretando lo que sucede bajo una lupa distorsionada? Un nuevo libro lo analiza.


Chica adolescente feliz mirando a cámara© Getty Images/Westend61
7 de octubre de 2026 a las 13:02 CEST

Tras leer Ni frágiles ni idiotas (Ed. Shackleton) queda una profunda sensación de calma y tranquilidad. Sus autores, Fátima García Doval, investigadora en el fomento de la educación basada en evidencias, así como en la cultura científica aplicada a la Psicología y la Pedagogía, y José César Perales, catedrático de Psicología e investigador en la Universidad de California (UCLA) y de Londres (UCL), elaboran una obra ampliamente fundamentada que soporta el subtítulo del libro "Cómo la mala ciencia ha construido el estereotipo adolescente".

En sus páginas desmontan, a raíz de la ciencia, muchas de las ideas sobre este periodo de la vida que hemos asumido como ciertas y problemáticas, para abrir el foco y mostrar una realidad que no parece, ni para padres ni para hijos, tan caótica como la vivimos en la actualidad. Hemos charlado con ellos.

Este mundo ya es más de los adolescentes que nuestro. Nos toca asumirlo con humildad. De nosotros depende ser una ayuda y un apoyo, un recurso que consideren valioso y al que acudir; o ser un estorbo que enturbia el camino sin aportar ningún beneficio

Fátima García Doval y José César Perales, investigadores y autores

El libro comienza con una frase totalmente reveladora: "No están bien". La crisis de salud mental infanto-juvenil percibida socialmente parece ser mucho más grave que la de cualquier otra época registrada. Sin embargo, vuestra idea es que "no hay una tendencia acusada y global a un empeoramiento de la salud mental". ¿Podemos estar tranquilos entonces?

En el libro hemos puesto especial cuidado en fundamentarnos en datos y estudios de calidad para que no refleje solo nuestras percepciones, sino el mejor conocimiento científico disponible. Estudiar la salud mental infanto-juvenil no es fácil y se hace a través de procedimientos bastante imperfectos (autoinformes que sabemos que están muy sesgados por naturaleza, muestras pequeñas y poco representativas, medidas indirectas poco fiables…), por eso muchos de los estudios tienen serias limitaciones tanto en su realización como en su implementación. Por fortuna, la ciencia tiene mecanismos que permiten ir más allá de “un estudio dice que…” y triangular datos y conclusiones de mejor calidad.

Cuando se han realizado estudios que procuran controlar todos los problemas de trabajos más parciales, no hay ningún indicador que nos haga sospechar que nuestra adolescencia tiene una peor salud mental que la de otras generaciones pasadas.

Esto tampoco nos puede llevar a “estar tranquilos” sino a no caer en un pánico cegador que nos impida ver la realidad tal como es para ayudarles a enfrentar los problemas que la adolescencia tiene y que pueden ser iguales o diferentes a los que enfrentamos, por ejemplo, nosotros; pero que no son cualitativa o cuantitativamente más graves. No podemos volverles la espalda. Debemos conocer, apoyar y acompañar. Lo que no es saludable es ejercer sobre ellos una protección coercitiva o excesiva, por muy buenas intenciones que respalden dicha protección.

Libro Ni frágiles ni idiotas© Ed. Shackleton

"Corremos el riesgo de que preguntar constantemente a los adolescentes por su estado psicológico, advertirles de que su salud mental está en continuo riesgo y ponerles ante un espejo distorsionado de ellos mismos, acabe por hacerles verse a ellos mismos conforme a la imagen que nosotros tenemos de ellos", advertís en la obra. ¿Cuál es la forma correcta de actuar en este sentido?

La prevención primaria es un tema bastante complejo, con muchas luces y también algunas sombras, especialmente cuando nos enfrentamos a problemas complejos como este. Está claro que es importante apoyar a nuestra infancia y adolescencia para que se sienta bien, pero no desde el miedo constante a sentirse mal porque esto suele derivar, con mucha frecuencia, en una profecía autocumplida.

Son muchos los expertos, algunos de los cuales citados en el libro, que advierten de la progresiva patologización de la vida en general y, en particular de los malestares, sinsabores y dificultades propias del normal devenir de nuestra existencia. Esta patologización está cebándose especialmente con la infancia y la adolescencia y, si realmente queremos ayudar, debemos evitarla. Este miedo constante y esta patologización tiende a hacerles sentirse menos capaces ante los normales avatares de la vida, a restarles la capacidad de agencia, de llevar adelante un proyecto de vida, de ser autónomos y responsables… Para todo esto hacen falta grados progresivos de confianza y la posibilidad, hoy por hoy casi un lujo, de ensayar su autonomía y equivocarse, como todos lo hemos hecho.

Esto no quiere decir que les abandonemos a su suerte para que aprendan. Ni tampoco que no debamos establecer límites y mecanismos de protección. Por desgracia, no hay recetas mágicas ni protocolos infalibles. Cada familia y cada adolescente es un mundo.

Fátima García Doval es investigadora y una de las autoras del libro© Fátima García Doval
Fátima García Doval es investigadora y una de las autoras del libro

Comentáis algo que puede tranquilizar a muchos padres que lidian con la culpa y es que los datos no parecen apoyar la idea de que la supuesta pérdida de autocontrol en esta generación de adolescentes sea debida al tipo de crianza permisiva…

Al igual que, como comentábamos, estamos hurtando la autonomía y agencia de la adolescencia, algo parecido está ocurriendo con madres y padres. Lamentablemente el discurso imperante parece instalado en el “todo mal”. Parece que las familias son, a la vez, demasiado permisivas y demasiado protectoras (en función del aspecto que analices o a quien preguntes) y esto está relacionado con la patologización que comentábamos antes. La reducción absurda de la relación paterno-filial a unos estilos de crianza maniqueos, que parecen casi caricaturas de sí mismos y que ignoran la variedad de respuestas que las familiar dan a las situaciones que se viven en la adolescencia no está exenta de intereses. Si las familias ya no saben criar, entonces los expertos son más necesarios que nunca.

Sin embargo, ninguno de los indicadores sociales que podrían revelar una adolescencia con peor autocontrol que en el pasado, apoyan esta hipótesis. Las familias navegan la infancia y la adolescencia razonablemente bien y existen redes de apoyo y atención para los casos puntuales que, hoy como siempre, puedan surgir.

Al igual que los y las adolescentes deberían vivir esta etapa con menos miedo y sin un estado de alerta constante, las familias también necesitan vivir esta etapa de un modo más normalizado. Ningún indicador apunta a que no pueda ser así. Tratemos de agobiarnos un poco menos y disfrutar del proceso un poco más.  

Dos adolescentes felices mirando a cámara© Getty Images

Tampoco, según estudios que aportáis, la exposición a nuevas tecnologías parece haber repercutido en un incremento de los problemas conductuales y sus consecuencias sociales en los adolescentes. Esto sugiere que se están dando palos de ciego o ante problemas inexistentes o ante problemas atribuidos a causas erróneas...

A lo largo de la historia del ser humano, el miedo a los cambios tecnológicos y su impacto en la cultura, la salud y el modo de vida ha sido una constante. Este pánico moral es extensivo a cualquier cambio en los patrones de comportamiento de las generaciones jóvenes. Cuando más se diferencian de nosotros más pánico, pese a ser ley de vida y, en esencia, inevitable e incluso saludable. Tenemos registros sobrados desde el inicio mismo de la escritura de esta combinación de pánico moral y retrospectiva idílica, que es el modo idealizado en el que recordamos nuestro yo del pasado. Así pues, muchos de los problemas que vemos, no son tales o no lo son en la medida en que nosotros los vemos.

Las tecnologías pueden tener efectos negativos y sin duda en algunos casos los tienen, pero ni todas las tecnologías, ni todo el tiempo, ni para cualquier uso, ni de igual manera en todas las etapas de la infancia y la adolescencia.

A todo ello tenemos que sumar que, al analizar los posibles problemas y causas lo más habitual es hacerlo mediante estudios descriptivos y correlacionales. Este tipo de estudios son mucho más fáciles y rápidos que los diseños experimentales. De hecho, en muchas ocasiones son los únicos estudios posibles. El problema es que no podemos establecer causas a partir de correlaciones y, aun suponiendo que hubiera una relación causal, no podemos establecer qué es causa y qué efecto. La interpretación de estos estudios descriptivos, además, es muy vulnerable a nuestros propios sesgos, tanto en la realización como en la interpretación. Se trata de un problema complejo que abordamos extensivamente en el libro y que aúna metodología de la investigación y filosofía de la ciencia.

Así, por ejemplo, cuando decimos que los chavales que pasan más tiempo en redes sociales tienen peor salud mental, estamos deslizando la idea de que las redes empeoran la salud mental. Sin embargo, ni esta relación se da siempre (como demuestran los estudios metodológicamente mejor controlados) ni sabemos si la salud mental se deterioró como consecuencia del uso de redes o si, por el contrario, son los y las adolescentes que han sufrido un deterioro en su bienestar psicológico real o percibido por otras múltiples causas, quienes buscan refugio y apoyo en las redes sociales. Y lo mismo ocurre con casi todos los demás mensajes correlaciones que nos encontramos a diario vinculando adolescencia y tecnología.

José César Perales© José César Perales
José César Perales, investigador y autor del libro

¿Se ha banalizado, como sugerís, el concepto de 'adicción' al hablar del uso que hacen los adolescente de la tecnología digital?

Resulta evidente que, al igual que puede ocurrir con cualquier otra actividad, algunas personas pueden acabar teniendo problemas con las conductas digitales. La salud mental requiere cierto equilibrio conductual, esto es, que nuestras necesidades se satisfagan a través de una variedad de medios. Cuando la conducta se empobrece y una o unas pocas actividades adquieren una preponderancia excesiva, ello puede requerir que la persona requiera ayuda para recuperar ese equilibrio.

Pero que algo se haga de forma excesiva no equivale a aceptar que se trata de una adicción. Las sustancias adictivas (y probablemente el juego de azar) tienen unos efectos sobre nuestro cerebro y nuestra conducta muy distintos a los que tienen las redes sociales o los videojuegos, y forzar la analogía lleva a abordar de forma equivocada los problemas con la actividad digital. La actividad digital problemática requiere un abordaje que dependerá del caso particular, que tendrá que ver con las razones por las que esa persona concreta ha concentrado la satisfacción de sus necesidades a través de un medio concreto. Considerarla adicta y pensar que el tratamiento debe ser similar al de las adicciones nos aleja de la solución del problema, al tiempo que banaliza la importancia y la gravedad de la adicción en personas que realmente la sufren.

Por otra parte, el concepto de adicción se ha descafeinado tanto que hay quien puede pensar que “si todo es adictivo, nada lo es realmente”, esto es, que es igual de peligroso el alcohol o el juego de azar que jugar a videojuegos, y ese argumento es particularmente dañino, a la vez que conveniente para ciertas industrias que buscan legitimación social.             

Adolescentes y móviles© Getty Images

También desmontáis la creencia de que los adolescentes actuales han perdido capacidad de atención. ¿Atienden a las cosas de forma diferente o igual que hacían los adolescentes de otras épocas?

El problema de la atención es también difícil de abordar de modo superficial. Lo primero es dar con una definición operativa y consensuada de atención. Hay manuales enteros dedicados a esta cuestión, incapaces de alcanzar consenso al respecto. Pero, aun asumiendo aquí una idea general de eso que coloquialmente llamamos atención, la capacidad adolescente (y también la adulta) parece permanecer inalterable a lo largo del tiempo. Los estudios robustos indican que, en todo caso, de haber algún cambio, parece ser positivo, y hacia una mejor atención en personas jóvenes.

Lo que ocurre es que en la sociedad actual la competencia por nuestra atención es feroz, la multitud de estímulos a nuestro alrededor es desbordante y nuestro modo de relacionarnos en este contexto está cambiando y adaptándose a la realidad circundante.

Adolescente sonriendo mirando a cámara© Getty Images

En el libro mostráis vuestro desacuerdo con las recomendaciones de la Asociación Española de Pediatría en relación al tiempo total de pantallas. ¿Por qué?

Cualquier recomendación que se refiera a “las pantallas” como un ente general, sin definir ni dispositivos, ni contenidos, ni usos, adolece de los elementos necesarios para suponer un referente científico. Si nos referimos genéricamente a las pantallas, nuestra generación pasó innumerables horas ante aquello que, en nuestro tiempo se denominaba “la caja tonta” (término que, por cierto, los jóvenes de hoy en día desconocen). No debemos olvidar que en los años 60 la televisión se denominaba “la niñera de América” y que programas como Barrio Sésamo nacen en respuesta a dicho fenómeno. No como prohibición sino como mejora de contenidos y usos.

En la primera década de los años 2000 la American Academy of Pediatrics (Asociación Americana de Pediatría) emitió recomendaciones basadas en una limitación de horas del tiempo de pantallas; no solo pensando en contenidos en línea, sino teniendo en cuenta las horas de televisión y una confianza excesiva en contenidos supuestamente beneficiosos, pero abiertamente pseudocientíficos (como los que incluían horas de estímulos de colores y música clásica). Pero en 2016 estas recomendaciones sobre tiempos de pantalla empezaron a verse matizadas a medida que la investigación de calidad aportaba más información sobre la inconsistencia e improcedencia de recomendaciones de tiempo de pantalla por edades. Desde entonces se ha posicionado más y más a favor de eliminar cualquier referencia a los tiempos de pantalla para centrarse en el análisis y mejora de contenidos y usos.

En enero de 2026, esta asociación, que es referente mundial, ha presentado un documento de consenso que sintetiza la mejor evidencia disponible al respecto y que respalda este enfoque centrado en contenidos, usos, apoyo y acompañamiento frente a la idea de la limitación de tiempos. Lo importante, según esta asociación que aglutina a más de 67.000 pediatras, es que el tiempo de pantalla sea de calidad y no tenga un coste de oportunidad evitando que el niño o la niña hagan actividades que sabemos que son valiosas en función de su edad, como dormir, estar con amigos, hablar de tú a tú con su familiar o jugar al aire libre.

Por su parte, la OMS [Organización Mundial de la Salud], cuyas recomendaciones fueron emitidas en 2019 y cuya revisión a la luz de la evidencias de calidad acumuladas, parece necesaria, sí que establece límites de tiempo pero solo hasta los 5 años y con especial atención a la importancia de las actividades alternativas. En resumen, también se centra en la importancia de conjugar todo tipo de actividades, también las propias del ecosistema digital, siempre que sean de calidad y aporten al desarrollo físico y psicosocial equilibrado.

chica adolescente sentada junto a la ventana mirando al móvil© Getty Images

Al final del libro os preguntáis si están los adolescentes peor preparados. ¿Cómo valoráis resultados recientes como los del Informe PISA?

PISA es un informe metodológicamente muy complejo, para nada carente de limitaciones (que pueden ser de calado), cuya interpretación no es sencilla y cuya comunicación, por desgracia, se está resumiendo en mensajes simples y carentes de verdadera profundidad y utilidad.

Nuestra adolescencia no está, en general, peor preparada que otras generaciones pasadas, y todos los macroindicadores así lo apuntan. Los puntos fuertes y débiles van cambiando, eso sí, a lo largo del tiempo. El reto en la formación actual es lograr el mejor avance posible sin perder nada de lo que podemos considerar valioso. Hemos avanzado mucho en aspectos como la permanencia en el sistema educativo y en competencias generales que tienen que ver con el pensamiento crítico, la conciencia medioambiental o las habilidades digitales.

PISA y otros estudios nos indican que debemos prestar atención a competencias generales, en especial a la compresión lectora, pero lo que no dicen (ni pueden decir, porque son estudios descriptivos, no experimentales, y no pueden determinar causas) es que se deba al uso de la tecnología. La comprensión lectora es multicausal y probablemente hay que abordar su mejora desde diferentes flancos, algunos probablemente de carácter muy técnico y fuera del radar de la población general. Se trata de un tema técnico complejo y las explicaciones simplistas solo nos darán, muy probablemente, soluciones equivocadas.

Chica adolescente con capucha y pelota de baloncesto© Getty Images

Al reclamar que los adolescentes "ni son frágiles ni son idiotas", pedís que se les dé voz. ¿Qué dirían?

Que les escuchemos. Sería aventurado por nuestra parte ir mucho más allá. Bastante hemos usurpado su voz. Probablemente, nos pedirían que les permitamos ser como ellos son, no una copia de esa idea distorsionada que nosotros tenemos de nuestro pasado. Tienen su modo de entender el mundo, un modo en constante evolución y adaptación y que, a su vez, está cambiando el contexto en el que viven.

Este mundo ya es más suyo que nuestro. Nos toca asumirlo con humildad. De nosotros depende ser una ayuda y un apoyo, un recurso que consideren valioso y al que acudir; o ser un estorbo que enturbia el camino sin aportar ningún beneficio.