Quienes son madres de hijos varones suelen coincidir en lo mismo: hay algo en esa mirada de devoción y en sus abrazos espontáneos que desarma por completo. Le pasa a Sara Carbonero, quien confesaba con total cercanía en una entrevista para la revista S Moda cómo sus dos pequeños desmontaron todas sus ideas previas: "Yo tenía muchas ganas de una niña, por compartir con ella este universo, mi ropa, mis cosas. He tenido una hermana y sé lo bonitas que son nuestras conversaciones, pero te diré que lo que me están dando mis niños no lo cambio por nada. Hay un vínculo madre-hijos varones de protección, de idolatría, también, de verme como una superheroína, que es único. Me emociono con lo que me protegen porque se ven los hombres de la casa". Esa complicidad tan tierna como protectora la viven a diario muchas mujeres en sus hogares. Para entender de dónde nace esa forma tan especial de querer que tienen los niños hacia sus madres, charlamos con el psicólogo Marc Rodríguez sobre el apego, la ternura masculina y cómo disfrutar de ese amor tan bonito sin cargarles con responsabilidades que no tocan.
¿Muchas madres describen una conexión emocional muy concreta y diferente con sus hijos varones. Desde la psicología del apego, qué hace que esta relación sea tan singular y profunda?
Creo que hay algo muy bonito en la relación que muchas madres construyen con sus hijos, y es esa sensación de ser su lugar seguro. Durante los primeros años, para muchos niños su madre es la persona a la que recurren cuando tienen miedo, cuando se encuentran mal o simplemente cuando necesitan un abrazo.
Y claro, cuando durante años eres esa persona tan importante para alguien, se crea una conexión emocional muy profunda.
Desde la psicología del apego sabemos que los vínculos se construyen a través de las experiencias cotidianas. No hacen falta grandes momentos. A veces es algo tan sencillo como consolar a tu hijo después de una caída, escucharle cuando está triste o compartir un rato jugando. Son esas pequeñas cosas que, repetidas durante años, van creando una relación de confianza y seguridad.
Ahora bien, tampoco me gustaría caer en el tópico de que los hijos varones quieren más a sus madres que las hijas, porque no es así. Cada relación es un mundo.
Lo que sí puede ocurrir es que algunas madres experimenten de una forma especial esa ternura que muestran sus hijos, especialmente porque socialmente todavía tenemos bastante interiorizada la idea de que los hombres deben ser más duros o menos expresivos emocionalmente.
Y cuando ves a un niño que te abraza, que te dice que te quiere sin ningún reparo o que viene corriendo a buscarte, pues es normal que eso tenga un significado emocional enorme.
Es verdad que algunas madres pueden sentirse más identificadas con sus hijas porque comparten ciertas experiencias, mientras que con sus hijos pueden descubrir otras formas de complicidad. Pero no hay una norma
¿Qué diferencias suele haber entre la relación madre-hijo y madre-hija?
Sinceramente, creo que hay más diferencias entre personas que entre niños y niñas. A veces damos por hecho que las hijas tienen una relación más complicada con sus madres o que los hijos varones son más cariñosos. Pero esto tiene bastante de estereotipo.
Es verdad que algunas madres pueden sentirse más identificadas con sus hijas porque comparten ciertas experiencias, mientras que con sus hijos pueden descubrir otras formas de complicidad. Pero no hay una norma.
Hay niñas muy cariñosas, niños muy independientes, hijas que necesitan mucho contacto físico e hijos que apenas expresan lo que sienten.
También influye muchísimo la educación. Si desde pequeños permitimos que los niños sean cariñosos y expresen sus emociones, probablemente lo harán con más naturalidad. Si les enseñamos que tienen que ser fuertes y no mostrar vulnerabilidad, es posible que se vuelvan más reservados.
Al final, más que preguntarnos si queremos de forma diferente a nuestros hijos e hijas, quizá deberíamos preguntarnos si estamos permitiendo que cada uno se relacione con nosotros a su manera.
Durante la infancia, es muy común que el niño mire a su madre con absoluta devoción, como su primera gran referencia femenina. ¿Cómo se construye psicológicamente esa fascinación mutua en los primeros años?
Durante los primeros años de vida los niños necesitan referencias que les aporten seguridad. Y cuando la madre es una de las principales personas que les cuidan, es normal que se convierta en alguien especialmente importante.
Pensemos en algo muy cotidiano. Un niño de tres años está jugando en el parque, se aleja unos metros y de repente gira la cabeza para comprobar dónde está su madre. La ve, sonríe y sigue jugando. Ese gesto que parece tan simple tiene mucho significado. El niño está comprobando que su figura de seguridad sigue ahí y que puede continuar explorando el mundo con tranquilidad.
Y para la madre también resulta muy gratificante sentirse tan querida y tan necesaria. Los abrazos, las sonrisas, las ganas de estar juntos... todo eso fortalece el vínculo.
Lo curioso es que muchas veces esa relación se construye sin que nos demos cuenta, en el día a día, con pequeños gestos que parecen insignificantes pero que emocionalmente tienen muchísimo peso.
Eso sí, no hablaría de una fascinación exclusiva entre madre e hijo varón. Es un proceso de apego que también puede producirse con las hijas, los padres y otras figuras importantes de cuidado.
Es frecuente ver en los niños pequeños gestos espontáneos de atención, consuelo y mimo hacia sus madres. ¿De dónde nace ese impulso de querer arroparla, cuidarla o hacerla sonreír?
En buena parte nace de la empatía y de lo que aprenden observando. Los niños son auténticas esponjas. Si ven que cuando están tristes su madre les abraza, que cuando se hacen daño les consuela o que cuando están preocupados les escucha, van aprendiendo que cuidar también es una manera de querer. Y luego lo ponen en práctica.
Por ejemplo, una madre llega cansada del trabajo, se tumba en el sofá y su hijo pequeño le trae su peluche favorito para que se encuentre mejor. A mí este tipo de gestos me parecen preciosos porque reflejan que el niño está empezando a ponerse en el lugar de otra persona.
Ahora bien, también hay que enseñarles que no son responsables de la felicidad de mamá. Una cosa es que quieran cuidarla porque les nace y otra muy distinta es que sientan que tienen que estar pendientes de su estado emocional. El cariño tiene que ser espontáneo, no una responsabilidad.
Los niños son auténticas esponjas. Si ven que cuando están tristes su madre les abraza, que cuando se hacen daño les consuela o que cuando están preocupados les escucha, van aprendiendo que cuidar también es una manera de querer. Y luego lo ponen en práctica
Tradicionalmente a los varones les ha costado más conectar con su mundo afectivo. ¿Qué papel juega la madre para que su hijo aprenda a validar su ternura, su sensibilidad y su vulnerabilidad sin miedo?
Aquí creo que tenemos muchísimo trabajo por delante como sociedad. Durante años hemos educado a muchos niños con frases como los hombres no lloran, no seas tan sensible, tienes que ser fuerte o no tengas miedo. Y claro, si desde pequeño te enseñan que mostrar determinadas emociones es algo negativo, al final aprendes a esconderlas. Pero las emociones no desaparecen por mucho que intentemos taparlas.
Una madre puede jugar un papel importantísimo permitiendo que su hijo exprese lo que siente sin juzgarle. Y por supuesto, también el padre y el resto de adultos que le rodean.
Si un niño llora porque ha perdido un partido, no necesita escuchar que no sea un llorica. A lo mejor lo que necesita es que alguien le diga que entiende su frustración, que perder fastidia y que mañana podrá volver a intentarlo. Si tiene miedo a dormir solo, no hace falta ridiculizarlo. Podemos acompañarle y ayudarle a ganar seguridad poco a poco. Y si es especialmente cariñoso, tampoco hay que decirle que eso es de niñas.
Me parece fundamental que los niños entiendan que pueden ser sensibles y valientes a la vez. Que pueden llorar y ser fuertes. Que pueden necesitar ayuda y seguir siendo capaces de afrontar sus problemas. Porque el objetivo no es criar hombres que no sientan, sino hombres que sepan qué hacer con lo que sienten.
¿De qué manera la calidad de este primer gran amor filial puede enseñar al niño varón a relacionarse con las mujeres en el futuro desde el respeto, la empatía y la complicidad?
Las primeras relaciones que tenemos nos enseñan muchas cosas sobre cómo funciona el cariño. Aprendemos si podemos confiar en los demás, si nuestras emociones importan, si los conflictos se pueden hablar o si tenemos que callarnos para evitar problemas.
Por eso una relación sana con la madre puede ser una base muy positiva para las futuras relaciones de un niño. Pero hay algo que me parece especialmente importante, y es enseñarle que querer a alguien también significa respetar sus límites.
Por ejemplo, imaginemos que un niño quiere que su madre juegue con él, pero ella está cansada y necesita descansar. Es perfectamente normal que el niño se frustre. Ahora bien, si la madre le explica con cariño que en ese momento no puede y mantiene ese límite, le está enseñando algo muy valioso. Le está enseñando que las personas que queremos también tienen necesidades propias.
Y esto es fundamental para las relaciones futuras. Porque una pareja sana no consiste en que la otra persona esté siempre disponible, haga lo que nosotros queremos o nos dé la razón en todo. Consiste en aprender a escuchar, respetar, negociar, aceptar un no y entender que la otra persona tiene su propia vida.
Eso sí, tampoco podemos responsabilizar a las madres de cómo se relacionarán sus hijos con las mujeres. La educación del padre, las amistades, el colegio y los referentes sociales también tienen muchísimo peso.
Ese vínculo de idolatría infantil suele transformarse cuando llega la pubertad y el chico necesita tomar cierta distancia física y emocional. ¿Cómo puede una madre vivir este cambio sin sentir que se rompe esa complicidad tan bonita?
Esta etapa puede ser bastante dura para algunas madres, y lo entiendo. Durante años tienes a un niño que viene corriendo a abrazarte, que quiere contártelo todo, que te busca para cualquier cosa y que parece que nunca tiene suficiente tiempo contigo. Y de repente llega la adolescencia.
Empieza a cerrar la puerta de su habitación, prefiere estar con sus amigos, le da vergüenza que le des un beso delante de los demás y cuando le preguntas qué tal el día te responde con un bien y poco más. Y claro, alguna madre puede pensar que ha perdido esa conexión que tenía con su hijo.
Pero yo creo que hay que cambiar la manera de interpretarlo. No necesariamente te está queriendo menos, está aprendiendo a ser una persona independiente.
La adolescencia necesita precisamente eso, cierta separación emocional para construir una identidad propia. Y aunque a veces a los padres les cueste aceptarlo, es algo saludable.
Hay madres que, sin mala intención, intentan recuperar constantemente al niño pequeño que tenían antes. Le piden abrazos, le reprochan que ya no cuenta nada o le recuerdan lo cariñoso que era antes. El problema es que ese tipo de comentarios pueden hacer que el adolescente se sienta culpable por algo completamente normal: crecer.
Yo les recomendaría tres cosas. La primera, no tomarse esa distancia como algo personal. Muchas veces no tiene nada que ver con la madre, sino con la etapa que está viviendo el hijo. La segunda, aprender a conectar de otra manera. Quizá ya no quiere sentarse en tu regazo, pero sí salir a cenar contigo. Quizá no te cuenta sus problemas directamente, pero aprovecha un trayecto en coche para hablar de algo que le preocupa. Y la tercera, respetar su intimidad. No hace falta saber absolutamente todo lo que piensa o siente para mantener una relación cercana.
A veces los hijos necesitan alejarse un poquito para descubrir quiénes son. Y saber que su madre seguirá estando ahí, sin reproches ni presiones, puede darles muchísima seguridad. La complicidad no desaparece necesariamente. Simplemente cambia, y hay que aprender a disfrutar también de esa nueva versión. Muchas madres relatan sentirse especialmente protegidas por sus hijos varones. ¿A qué se debe este fenómeno? Creo que aquí se mezclan el cariño, la empatía y también bastantes aprendizajes culturales.
Tradicionalmente hemos enseñado a muchos niños que tienen que proteger a las mujeres de su entorno, especialmente a sus madres. Y algunos acaban asumiendo ese papel casi de forma automática. Pero también hay algo mucho más sencillo. Cuando queremos a alguien, nos preocupa que esté bien. Y eso no entiende de sexos.
Un hijo puede acompañar a su madre cuando está enferma, preocuparse si llega tarde a casa o salir en su defensa cuando alguien la trata mal. Igual que puede hacerlo una hija. Lo importante es no confundir ese cariño con la obligación de convertirse en el protector de la familia. Porque una cosa es que un niño quiera cuidar de su madre y otra es que sienta que tiene que hacerse cargo de ella. Y esto último puede acabar generando una carga emocional demasiado grande para su edad.
¿Por qué para muchas madres es tan significativo sentir que sus hijos las protegen?
Porque después de tantos años cuidando de alguien, sentir que esa persona también empieza a preocuparse por ti puede emocionar muchísimo. Pensemos en una madre que durante años ha estado pendiente de si su hijo tenía frío, si había comido, si estaba triste, si necesitaba algo o si había tenido un mal día. Y de repente, un día, ese hijo le pregunta cómo está ella.
O la ve preocupada y le da un abrazo sin que se lo pida. O se ofrece a ayudarla porque nota que está cansada. Son pequeños gestos, pero para una madre pueden significar mucho. Es como comprobar que todo ese cariño que ha dado también ha enseñado a su hijo a preocuparse por los demás.
Ahora bien, hay algo que no debemos olvidar. Los hijos no están para compensar emocionalmente a sus madres ni para sustituir el papel de una pareja o de otro adulto. A veces, sin darnos cuenta, romantizamos demasiado la idea del hijo protector. Y puede resultar muy bonito, sí, pero no deberíamos convertirlo en una expectativa. Para mí, lo verdaderamente importante no es que un hijo sienta que tiene que proteger a su madre de todo. Es que aprenda a querer de una manera sana, que sea empático, que respete y que sepa acompañar cuando alguien lo necesita.
Y que al mismo tiempo pueda hacer su propia vida, tomar sus decisiones y crecer sin sentirse culpable por dejar de ser aquel niño que siempre estaba pendiente de mamá. Porque quizá una de las mejores señales de que hemos construido un vínculo seguro es precisamente esa: que nuestro hijo pueda alejarse, descubrir el mundo y seguir sintiendo que tiene un lugar al que volver.






