"Podría caer en la culpa, en el quejarme o en el sentirme mal a diario. Y yo escojo lo otro". Con esta frase tan sincera, el futbolista Marc Bartra resumía hace poco lo duro que se hace vivir lejos de sus tres hijos, pero también daba una auténtica lección de resiliencia: frente a una situación tan dolorosa como inamovible, siempre nos queda elegir con qué actitud la encaramos. "No puedo vivir con ellos a diario porque viven en otro país, y es algo muy duro", explicaba el jugador en una entrevista con Mentesexpertas, al hablar del gran desafío que supone compaginar su carrera con la crianza de sus hijos Gala, de 11 años, Abril, de 8, y Max, de 6, que nacieron durante su relación con Melissa Jiménez y viven con la periodista en Mónaco.
Elegir "lo otro", como hace el futbolista, no es fingir que no duele ni tragarse la pena de no verlos despertar cada mañana; es decidir no quedarse atrapado en el victimismo ni en la culpa para volcarse en lo que de verdad suma. Porque no siempre podemos elegir dónde nos pone la vida, pero sí cómo queremos estar presentes en la de nuestros hijos. Para entender cómo se entrena esa fuerza mental en el día a día y cómo cuidar el vínculo a miles de kilómetros, hablamos con la psicóloga sanitaria María Aguirre Munárriz, experta en Inteligencia Emocional, Infancia y Atención Temprana
Marc Bartra habla de una elección consciente: en vez de anclarse en la queja o en la culpa, decide enfocarse en lo constructivo. Desde la psicología, ¿hasta qué punto la resiliencia es una capacidad innata o un entrenamiento cognitivo y emocional diario?
Hay personas con mayor predisposición, pero la resiliencia también se entrena. Aprendemos a gestionar nuestras emociones, cuestionar pensamientos poco útiles y centrarnos en aquello que depende de nosotros. No se trata de ser fuerte siempre, sino de desarrollar recursos para afrontar la adversidad.
Cuando la distancia física con los hijos es obligatoria e inevitable, ¿cuál es la diferencia entre resignarse y aceptar activamente la realidad?
La resignación implica sentir que no podemos hacer nada; la aceptación consiste en reconocer la realidad y actuar dentro de sus límites. Quizá no podamos cambiar la distancia, pero sí decidir cómo queremos ejercer nuestra paternidad y cuidar el vínculo con nuestros hijos.
La culpa puede ayudarnos a revisar nuestras acciones, pero cuando se vuelve constante nos paraliza en lugar de ayudarnos a mejorar
Elegir "lo otro" no significa que no duela. ¿Cómo se entrena a la mente para no caer en el victimismo sin invalidar o tapar la tristeza legítima que supone no verlos a diario?
El primer paso es permitirnos sentir tristeza sin juzgarnos. No tenemos que elegir entre sufrir y avanzar: podemos hacer ambas cosas. La clave está en reconocer el dolor sin dejar que monopolice nuestra atención, buscando acciones que nos acerquen a lo que realmente importa.
La culpa es una de las grandes trampas de la paternidad en la distancia. ¿De qué mecanismos mentales solemos ser víctimas cuando sentimos que "no estamos cumpliendo" por estar lejos?
Solemos confundir estar físicamente lejos con estar emocionalmente ausentes. Aparecen pensamientos absolutistas, comparaciones y expectativas poco realistas sobre cómo debería ser la paternidad. La culpa puede ayudarnos a revisar nuestras acciones, pero cuando se vuelve constante nos paraliza en lugar de ayudarnos a mejorar.
Hay padres que conviven bajo el mismo techo y están ausentes, y padres a miles de kilómetros muy presentes. ¿Qué define realmente la presencia psicológica y el apego seguro entre un padre y sus hijos cuando hay fronteras de por medio?
La seguridad emocional se construye con disponibilidad, sensibilidad y coherencia. Un niño necesita sentir que su padre se interesa por él, responde a sus necesidades y cumple sus compromisos. La distancia plantea dificultades, pero la continuidad y la calidad del vínculo pueden ayudar a mantener una relación significativa.
En términos de calidad del tiempo frente a cantidad: ¿qué pautas o rituales emocionales recomiendas para alimentar la complicidad y la confianza con niños de distintas edades a través de una pantalla o en visitas espaciadas?
Recomendaría establecer rutinas predecibles: una llamada, un cuento antes de dormir o una actividad compartida. Lo importante es adaptarse a la edad y los intereses del niño, escucharlo sin interrogarlo y mantener el contacto también en los días cotidianos. La conexión se construye con pequeños gestos repetidos, no solo con grandes momentos.
Conviene anticiparlas, validar la tristeza y transmitir seguridad: "A mí también me da pena, pero volveremos a vernos"
Para gestionar el momento de las despedidas (el regreso al avión, la maleta), ¿cómo deben abordar los padres ese corte emocional sin dramatizarlo en exceso, pero validando el dolor de ambas partes?
Conviene anticiparlas, validar la tristeza y transmitir seguridad: "A mí también me da pena, pero volveremos a vernos". No debemos exigir que los niños no lloren ni cargarles con nuestra propia angustia. Despedirse puede doler y, aun así, ser una experiencia segura si hay confianza y continuidad en el contacto.
La reflexión de Bartra sirve para padres separados, personas que emigran por trabajo o familias con miembros lejos. ¿Cuál es el primer paso psicológico para transformar una situación no deseada e inamovible en un motor de fortaleza personal?
Diferenciar entre lo que no podemos cambiar y lo que sí podemos hacer. Después, identificar qué valores queremos mantener y traducirlos en acciones concretas. No siempre podemos elegir las circunstancias, pero podemos trabajar en cómo responder ante ellas. La fortaleza empieza cuando recuperamos esa capacidad de elección.






