Familia

Shakira y Piqué o cómo afecta a los niños que sus padres vivan en países distintos tras la separación: "No podemos garantizar que no sufran, pero sí evitar añadirles conflictos"


Una psicóloga nos explica cómo hacer frente a los principales desafíos de una situación así y qué hacer para ayudar a los niños a adaptarse


Shakira, con sus hijos, Milan y Shasa© Getty Images
12 de octubre de 2026 a las 18:31 CEST

Cuando una pareja con hijos se separa, siempre hay desafíos referentes a los niños. Si, además, uno de los dos progenitores se traslada a otro país a vivir tras la separación, como hizo Shakira tras la ruptura con Gerard Piqué, los retos se multiplican. La distancia física obliga a reorganizar la convivencia, las rutinas y el tiempo compartido con cada uno de los padres, mientras los niños deben adaptarse a una nueva realidad familiar en la que los viajes, las videollamadas y los periodos de ausencia pasan a formar parte de su día a día.

Precisamente esa es la clave del reciente reencuentro judicial de la cantante y el exfutbolista. Ambos han acudido a la Ciutat de la Justícia de Barcelona después de que Shakira solicitara revisar el régimen de visitas. La colombiana, que hoy, lunes, pone fin en Madrid a su residencia europea de conciertos, Macondo Park, no busca reducir el tiempo que Milan (13) y Sasha (11) pasan con su padre, según ha explicado su equipo legal, sino repartirlo de otra manera. El motivo es que los continuos desplazamientos entre Miami y Barcelona suponen un esfuerzo para los menores. Que no sean los niños quienes los realicen siempre o en la mayor parte de las ocasiones repercutiría en "su bienestar emocional, físico y académico", según los abogados de la artista.

Aunque se trata de un caso mediático, la situación que plantea es la misma a la que se enfrentan muchas familias separadas en las que uno de los progenitores reside en otro país. ¿Cómo afectan la distancia, los cambios constantes de entorno o los periodos prolongados sin convivencia presencial al desarrollo emocional de los niños? ¿Qué papel desempeñan la comunicación y la relación entre los padres en su adaptación? Para responder a estas cuestiones, hemos hablado con María Jesús Andrés, psicóloga y fundadora de Psicomaster (www.psicomaster.es), quien explica cuáles son los principales retos emocionales que pueden afrontar estos menores y qué estrategias ayudan a proteger su bienestar.

Ayuda que puedan hablar con naturalidad del progenitor ausente y echarlo de menos sin sentir que hacen daño al que está presente.

María Jesús Andrés, psicóloga y fundadora de Psicomaster

¿Cómo afecta a los niños cuando los padres se separan y viven en dos países distintos?

Supone adaptarse a dos cambios a la vez: la separación de sus padres y la ausencia cotidiana de uno de ellos. El niño puede perder rutinas que le daban seguridad, como que su padre lo recogiera del colegio o que su madre lo acostara. Cómo lo viva dependerá de su edad, de la relación que tenía con cada uno y de cómo se organice la nueva situación. Necesita saber quién lo va a cuidar, cuándo volverá a ver al otro progenitor y qué cosas van a mantenerse. La incertidumbre y el conflicto entre los adultos pueden resultar más difíciles de sobrellevar que la distancia en sí.

¿Qué retos supone tener dos hogares, dos entornos culturales o incluso dos idiomas diferentes?

Lo que para los adultos puede parecer una oportunidad enriquecedora, para el niño también supone un esfuerzo de adaptación. Puede encontrarse con horarios, normas y costumbres diferentes, y sentir que tiene que aprender de nuevo cómo funcionan las cosas cada vez que cambia de casa. No hace falta que ambos hogares sean idénticos, pero sí que exista cierta coherencia y que se respeten mutuamente. Dos idiomas o dos culturas no son un problema por sí mismos. Lo difícil es que el niño sienta que, para pertenecer a una parte de su familia, tiene que renunciar a la otra.

Shakira, en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York con sus hijos, Milan y Sasha, en una imagen de archivo© Getty Images
Shakira, en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York con sus hijos, Milan y Sasha, en una imagen de archivo

¿Qué emociones suelen sentir los niños que se encuentran en esta situación?

Pueden sentir tristeza, enfado, miedo a que el progenitor que se ha ido deje de quererlos o culpa por pensar que han tenido algo que ver con la separación. A veces también sienten alegría por el reencuentro y, al mismo tiempo, pena por dejar al otro. En los más pequeños, ese malestar puede aparecer en forma de irritabilidad, dificultades para dormir o una mayor necesidad de estar acompañados. Conviene no interpretar cada despedida difícil como un rechazo al lugar al que van. Muchas veces les cuesta separarse precisamente porque quieren a ambos.

¿Y los adolescentes?

Los adolescentes entienden mejor lo que ocurre, pero eso no significa que les duela menos. Además, tienen amistades, estudios, a veces pareja y una necesidad creciente de decidir sobre su tiempo. Pasar todas las vacaciones fuera puede hacerles sentir que se pierden una parte importante de su propia vida. Si protestan por un viaje, no debemos concluir enseguida que no quieren ver a su padre o a su madre. Es importante escuchar qué necesitan y contar con ellos al organizar las estancias, sin dejar sobre sus hombros la responsabilidad de decidir cómo se reparte la familia.

¿Cómo influye la distancia geográfica en el vínculo afectivo entre el niño y el progenitor que vive fuera?

La distancia reduce las oportunidades de compartir lo cotidiano, y eso se nota. Se pierden conversaciones espontáneas, pequeños gestos y momentos que no siempre caben en una videollamada. El vínculo puede resentirse si el contacto se vuelve imprevisible o si las conversaciones se limitan a preguntar por las notas. Ayuda que el progenitor siga conociendo la vida del hijo: quiénes son sus amigos, qué le preocupa, qué esperaba con ilusión esta semana. También importa cumplir lo prometido. Una llamada breve que llega cuando se había acordado puede dar más seguridad que grandes planes que después se cancelan.

¿Es posible mantener un apego seguro cuando el contacto presencial es limitado?

Sí, es posible, aunque requiere atención y no depende únicamente de cuánto se hable por teléfono. El niño necesita sentir que ese progenitor sigue disponible, se interesa por él y responde cuando lo necesita. Influyen la relación previa, la edad y la continuidad del contacto. En los más pequeños, la presencia y los cuidados directos tienen un peso especial, por lo que conviene facilitar encuentros presenciales siempre que sea posible. La comunicación a distancia ayuda a mantener la relación, pero debe adaptarse al niño: compartir un cuento o un juego puede tener más sentido que pedirle que permanezca sentado hablando durante media hora.

Gerard Piqué despidiéndose de las canchas, junto a sus hijos Milan y Sasha. © David S. Bustamante/Soccrates/Getty Images
Gerard Piqué despidiéndose de las canchas, junto a sus hijos Milan y Sasha.

¿Qué pueden hacer los progenitores para ayudar a sus hijos a sobrellevar esta situación lo mejor posible?

Explicarles la situación con palabras que puedan entender y darles información concreta sobre su día a día. Saber cuándo habrá una llamada o un encuentro les permite anticipar lo que va a pasar. También ayuda que puedan hablar con naturalidad del progenitor ausente y echarlo de menos sin sentir que hacen daño al que está presente. En los cambios de hogar conviene dejar un tiempo de adaptación, sin exigirles que lleguen contentos ni interrogarlos sobre la otra casa. Y hay que aceptar que habrá días difíciles: acompañar su tristeza suele ser más útil que intentar convencerlos de todas las ventajas de vivir entre dos países.

Conviene no interpretar cada despedida difícil como un rechazo al lugar al que van. Muchas veces les cuesta separarse precisamente porque quieren a ambos.

María Jesús Andrés, psicóloga y fundadora de Psicomaster

Cuando la separación ha sido difícil e incluso hay abogados y juicios de por medio, ¿cómo garantizar el bienestar emocional de los hijos?

No podemos garantizar que no sufran, pero sí evitar añadirles conflictos que corresponden a los adultos. Los hijos no deben llevar mensajes, recabar información ni escuchar detalles de demandas o reproches. Tampoco tienen que consolar a sus padres ni demostrar a quién quieren más. Cuando hablar directamente acaba siempre en una discusión, puede ser útil establecer una comunicación escrita y centrada en cuestiones concretas del cuidado. Hay que evitar que cada entrega o recogida se convierta en un enfrentamiento. Si existe violencia o riesgo para el menor, la prioridad es su protección y el asesoramiento especializado; esas situaciones requieren un abordaje diferente.

¿Puede esta situación convertirse también en una experiencia de crecimiento y resiliencia?

Puede aportar aprendizajes, como desenvolverse en entornos distintos, conocer otras culturas y descubrir que los vínculos se pueden cuidar de diferentes maneras. Pero esos beneficios no aparecen automáticamente por haber pasado una situación difícil. Influyen mucho el apoyo que reciba el niño y la posibilidad de expresar lo que le cuesta. Conviene no apresurarnos a decirle que todo esto lo hará más fuerte. Puede desarrollar recursos y seguir sintiendo tristeza por lo que echa de menos. Lo que le ayuda a crecer es contar con adultos que se responsabilicen de la situación y le permitan seguir siendo un niño.