Silvia Flor, científica, sobre cómo hablar del cáncer de mama a un hijo: "Necesita una explicación realista, sentirse integrado en el proceso y acompañamiento emocional"


La enfermedad de los padres tambalea la seguridad sobre la que se asienta el día a día de los hijos. Cuando se trata de cáncer, en este caso de cáncer de mama, un proceso con elevada conciencia social, hay que comunicar de una forma adecuada a los menores lo que está sucediendo. ¿Cuál es la mejor forma de hacerlo?


Silvia Flor, científica© Silvia Flor
19 de octubre de 2026 a las 11:24 CEST

Actualmente se diagnostican unos 36.000 cánceres de mama cada año en España. Es el tumor más frecuente en mujeres y, aunque se ha mejorado mucho en su diagnóstico, tratamiento y supervivencia, las cifras de fallecimientos son muy altas: 6.000 pacientes al año, según datos de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM).

Hoy, 19 de octubre, Día Mundial Contra el Cáncer de Mama, hay que insistir en la importancia de la investigación y en que la detección precoz es clave. De hecho, cuando el tumor se detecta en estadios muy iniciales (estadio I y localizado solo en la mama), la tasa de supervivencia llega hasta el 95%, e incluso hasta el 99% en algunos subgrupos, como destacan desde el Instituto Oncológico Rosell (IOR) del Hospital Universitari Dexeus. Además, esta identificación precoz aleja el riesgo de metástasis y aumenta las probabilidades de un tratamiento curativo, con cirugías más conservadoras, señalan.

Tal como apunta la organización Breast Cancer, el 16% de las mujeres diagnosticadas de cáncer de mama tienen menos de 50 años, una edad en la que quienes son madres están dedicadas de lleno a la crianza de sus hijos. ¿Cómo abordar con los más pequeños una situación que supone cambios físicos en la mayoría de las ocasiones, además de modificaciones en el día a día por el estado de la madre y sus tratamientos? 

Silvia Flor Arnal es científica especializada en investigación oncológica. Su debut en la literatura infantil ha sido El pañuelo rosa de mamá (Ed. Plataforma), un relato con ilustraciones de Viv Campbell, que le ha valido el Premio Hortensia Roig 2026. En él aúna ciencia, emoción y esperanza, con un marcado carácter divulgativo para acercar a los niños la investigación en este terreno desde varios puntos de vista. Hemos charlado con ella.

Es importante indicar al niño que hay profesionales cuidando de su madre, tratándola, y lo importante es garantizarle que nada de eso es culpa suya y que no estará solo

Silvia Flor, investigadora oncológica

Cuando se aborda el cáncer con un niño, a veces la explicación de lo que sucede se simplifica tanto que se les infantiliza demasiado. ¿Cuál es la mejor forma de contarles lo que es el cáncer de mama?

Creo que lo importante es no confundir explicar algo de manera sencilla con “infantilizar”. Los niños son muy observadores y tienen una enorme capacidad para comprender si partimos de una explicación cercana y adaptamos el lenguaje a su edad.

Podemos explicarles que nuestro cuerpo está formado por células, que normalmente siguen unas instrucciones para crecer y dividirse pero que, a veces, algunas dejan de seguir esas instrucciones y empiezan a multiplicarse sin control. Cuando esto sucede en el tejido de la mama, entonces es cuando hablamos de cáncer de mama. No es necesario darles una clase pormenorizada de oncología, pero sí una explicación realista estableciendo un vínculo de confianza con ellos. Así los niños podrán sentirse integrados y percibir que siguen formando parte del mundo familiar.

De hecho, en El pañuelo rosa de mamá hay una escena en la que Julia misma es la que explica a sus compañeros de clase qué son las células y el ADN. Quería demostrar que se puede acerca la ciencia a la infancia con naturalidad. Y considero que el siguiente paso es escuchar, saber qué es lo que han entendido, qué es lo que les preocupa. Lo más importante es que se sientan integrados en la conversación y acompañados emocionalmente.

Libro El pañuelo rosa de mamá© Ed. Plataforma

Cuando el cáncer de mama entra en la familia, la imaginación de los niños se puede disparar, "¿se puede contagiar?", "¿lo tendré yo también?"...  ¿Cómo abordar todas esas preguntas desde el realismo científico, pero desde el cuidado emocional que precisa la situación?

Ese es el problema, que los silencios pueden generar muchísimas más consecuencias que una explicación cercana, honesta y adaptada a su edad, porque los niños siempre rellenarán la falta de información con su propia imaginación. Además, a cierta edad, los niños todavía no saben entender ni lidiar con sus propias emociones generadas por esos pensamientos intrusivos nacidos de la falta de información. Es por ello que considero que habría que responder con claridad a cada una de esas preguntas que se pudieran hacer, o, incluso, dejarles claro todo ello incluso si no preguntasen, porque quizás simplemente no lo estén verbalizando.

En el caso del cáncer de mama, si preguntan si también lo tendrán, es importante explicar que, aunque en algunos casos pueda existir una predisposición genética, eso no significa que vayan a desarrollar la enfermedad.

¿Y si preguntan "¿qué pasará si mi madre no se cura?"?

Ante la pregunta de “¿y si mamá no se cura?”, no debemos prometer lo que desconocemos, porque generaría confusión, rabia o inseguridad. Es importante indicar que hay profesionales cuidándola, tratándola, y lo importante es garantizarle que nada de eso es culpa suya y que no estará solo.

Hay que hablar de las emociones que pueda estar atravesando el niño para poder identificarlas y normalizar que se tengan que atravesar, desde la comprensión y sin exigirle valentía constante. Los niños no tienen la responsabilidad de gestionar sus emociones para evitar generar emociones de molestia en los adultos. Son los adultos quienes tienen la corteza prefrontal desarrollada para acompañar a los niños en ese proceso. En el cuento, Emma y Julia lloran, se enfadan y se acompañan. Cuidar emocionalmente no consiste en evitar el dolor, sino ofrecer un lugar seguro donde expresarlo.

Madre con cáncer de mama abrazando a su hija pequeña© Getty Images

Según algunas estimaciones, el cáncer de mama afectará a una de cada ocho mujeres a lo largo de su vida. ¿Haría falta más educación sanitaria desde la adolescencia para concienciar de la detección precoz y las señales de alarma?

Sí, sin duda, creo que la prevención es clave para una detección precoz del cáncer. Cuanto antes se detecta un cáncer, los tratamientos pueden ser menos invasivos y focalizados en el tumor cuando todavía no ha llegado a desarrollarse una metástasis. Creo por tanto que, desde la adolescencia, deberíamos enseñar a conocer el propio cuerpo, comprender qué es el cáncer, identificar cambios que merecen una consulta médica (como un bulto, cambios en la piel o el pezón, secreción inusual…) y entender por qué son tan importantes los programas de cribado cuando corresponde participar en ellos.

Pero esa educación debe aplicarse sin generar miedo innecesario a esas edades. Conocer las señales de alarma no debe significar vivir pendientes de encontrarlas a edades demasiado tempranas. También hablaría de hábitos de vida saludables, factores de riesgo y del papel fundamental de la investigación. Y no solo en chicas sino también en los chicos, el cáncer de mama es una cuestión de salud que afecta a familias enteras, no solo a quienes pueden padecerlo.

Madre y su hija adolescente con un lazo contra el cáncer de mama© Getty Images

Con respecto a las tasas de supervivencia en el cáncer de mama, ¿cómo habría que hablar de esa realidad a un menor?

La supervivencia del cáncer de mama ha mejorado mucho gracias precisamente a este diagnóstico precoz, a los tratamientos y a la investigación. En España, las estimaciones globales de supervivencia a cinco años se sitúan aproximadamente entre el 85 y el 90%. El pronóstico depende del tipo de tumor, de la extensión y de la respuesta al tratamiento.

Precisamente hay un momento en el libro en el que Julia le pregunta a su madre investigadora biomédica contra el cáncer de mama que si Rosa, la madre de Emma y paciente de cáncer de mama, se curará. Y su madre le contesta con honestidad y confianza que no siempre se sabe, dado que cada mujer es distinta. No quise infantilizar la conversación entre la madre y Julia, pero tampoco dar un desenlace desesperanzador: al final del libro sabemos que las pruebas que se está realizando Rosa han ido bien, aunque todavía le quede camino por recorrer. Creo que esa es la forma de transmitir esperanza: explicar lo que se sabe hoy, reconocer lo que todavía no se sabe y acompañar cada paso.

Madre con cáncer de mama abrazando a su hijo© Getty Images

En el libro se señala la importancia de la investigación desde ambas orillas: la de Julia, la protagonista, que vive las ausencias de su madre, investigadora, y la de Emma, hija de una paciente con cáncer de mama, que espera esa investigación para que su madre se cure. ¿Tienen ahora los niños y adolescentes más conciencia de la importancia de la investigación? ¿Hay más vocaciones científicas en este sentido?

Creo que hoy en día existen muchas más oportunidades para que los niños se acerquen a la investigación a través de actividades escolares, ferias de ciencia, proyectos divulgativos y referentes que antes resultaban menos visibles.

Considero que la literatura es clave para poder acercar a los más pequeños hacia la comprensión de la ciencia o, en este caso, de la investigación contra el cáncer. Julia empieza viendo la investigación como aquello que le roba tiempo con su madre. Pero, al conocer a Emma y a Rosa, comprende que ese mismo trabajo puede regalar tiempo a otras familias. Esa conexión humana despierta su curiosidad y la lleva a imaginarse a sí misma, al lado de su madre, como investigadora. Después comparte lo aprendido con su clase y, en la “Expociencia”: una feria científica para niños, conoce a referentes femeninos y otras maneras de dedicarse a la ciencia, incluso desde el emprendimiento.

Si conseguimos que una niña vea la ciencia no como algo lejano o reservado a unos pocos, sino como una manera de hacerse preguntas y ayudar a las personas, ya estaremos sembrando una posible vocación.