La reflexión de Leo Messi sobre la educación de los hijos, según la psicología: "Muchas veces repetimos los mismos modelos porque se nos activan al convertirnos en padres"


El futbolista, ganador del Premio Princesa de Asturias del Deporte 2026 ha reconocido en alguna ocasión la influencia de sus padres a la hora de criar a sus hijos


Leo Messi en un partido del Inter Miami en Fort Lauderdale, Florida, en octubre de 2025© Getty Images
23 de octubre de 2026 a las 7:34 CEST

Este viernes, Leo Messi vuelve a estar en el centro de todas las miradas al recibir el Premio Princesa de Asturias del Deporte. Este galardón llega en un momento de profunda carga emocional tras un año intenso, en el que ha tenido que afrontar el fallecimiento de su padre, Jorge Messi, hace tan solo unos meses, así como su retirada de la Selección Argentina. En la emotiva carta de despedida que le dedicó a su padre, el futbolista le hizo una promesa imborrable: "Te voy a extrañar mucho, pero siempre vas a estar presente, y sobre todo en la educación de mis hijos, porque les enseño y los educo como ustedes lo hicieron conmigo". Una afirmación que conecta directamente con lo que el astro argentino ha mantenido siempre: "Soy como soy por lo que aprendí de chico".

Las palabras de Messi reflejan una realidad universal que la psicología lleva décadas estudiando: esa huella invisible de valores y conductas que absorbemos en casa durante la infancia y que tendemos a replicar de forma casi automática cuando nos convertimos en padres. Pero, ¿hasta qué punto la regulación emocional y los valores de un adulto son un reflejo directo de la educación recibida? Con la ayuda del psicólogo José Martín del Pliego (@josemartindelpliego), analizamos el peso de la herencia familiar en cómo educamos a las siguientes generaciones.   

Leo Messi y Antonela Roccuzzo con sus tres hijos© antonelaroccuzzo
Leo Messi y Antonela Roccuzzo con sus tres hijos

Lionel Messi ha afirmado en alguna ocasión: “Soy como soy por lo que aprendí de chico”. Desde la psicología, ¿hasta qué punto la personalidad, los valores y la regulación emocional de un adulto son el reflejo directo de la educación recibida en los primeros años?

¿Qué es lo importante en este periodo? Para mí, lo más importante es la capacidad que tienen papá y mamá —sobre todo las madres al principio— de regular el sistema nervioso del niño. En los tres primeros años, la capacidad de calmarse y de gestionar la respuesta emocional ante todo lo que ocurre alrededor depende precisamente de esa regulación externa. Y esto se aprende porque la madre lo hace al principio.

Hay que tener en cuenta cómo afecta el estar regulado emocionalmente desde pequeño. Si no es así, al final terminas desarrollando defensas que acaban marcando tus rasgos de personalidad, precisamente en función de esas barreras que has ido adquiriendo con el paso de los años. Y sobre todo ocurre porque no estás en calma, no estás regulado ni tranquilo. Entonces, tu forma de funcionar se vuelve defensiva: no actúas desde la calma ni desde la conexión contigo mismo, sino desde la supervivencia.

Cuando somos hijos recibimos un estilo de crianza que constituye un paquete, una forma de funcionamiento que luego ponemos en marcha con nuestros propios hijos

José Martín, psicólogo

La infancia de Messi en los años 90 en Rosario (Argentina) poco tiene que ver con la de sus hijos hoy en día. ¿Cómo se equilibra el deseo de transmitir los mismos valores tradicionales con la necesidad de adaptar la crianza a las dinámicas del siglo XXI (tecnología, redes, otro entorno social)?

Los valores lo que aportan es un espacio de seguridad. Hacen que sintamos que las cosas tienen que ser de una determinada manera y nos dan un continente, un marco de referencia en el que actuamos como corresponde hacia los demás. Esto nos genera una respuesta emocional orientada precisamente en esa dirección. Si entre mis valores están el respeto, la responsabilidad, la honestidad, el esfuerzo y el cuidado hacia los demás, aunque mi entorno cambie o surjan problemas, mantendré ese esquema que me sostiene en un eje y me permite salir adelante, porque sé que es así como debo comportarme. Estos valores no caducan; aun con las diferencias sociales, son valores universales. Si las personas logran mantenerlos, se sienten más seguras a lo largo de toda su vida.

Transmitir lo que recibimos implica también comprender el mundo en el que nuestros hijos tienen que aplicarlo. Por eso, entiendo que debemos estar conectados con la realidad y dar ejemplo poniendo en marcha esos mismos valores. Desde que son pequeños, los niños necesitan ver que nosotros también funcionamos dentro de ese marco de valores.

Además, dice que enseña a sus hijos y los educa como lo hicieron con él sus padres. ¿Por qué tendemos a replicar de forma casi automática el estilo educativo de nuestros padres cuando nos convertimos en progenitores?

Aquí ocurre algo muy curioso: nos quedamos con una especie de paquete emocional de aquello que han hecho con nosotros. Muchas veces repetimos los mismos modelos porque se nos activan al convertirnos en padres. Cuando somos hijos recibimos un estilo de crianza que constituye un paquete, una forma de funcionamiento que luego ponemos en marcha con los nuestros. Salvo en las ocasiones en las que la persona es capaz de detectarlo y hace un gran esfuerzo por cambiar ese patrón —ya sea porque le ha ido mal emocionalmente, porque no se ha sentido cómoda o no ha sido feliz—, no solemos modificarlo. A veces somos capaces de hacer cambios, pero lo más normal es que nos descubramos diciendo exactamente aquellas cosas que escuchábamos de pequeños y que no nos hacían mucha gracia. Ese paquete emocional se nos activa, como si estuviera dormido, cuando somos padres.

Leo Messi y su padre, en una imagen de archivo© Getty Images
Leo Messi y su padre, en una imagen de archivo

La mayoría de las personas admira a sus padres, pero ninguna educación es perfecta. ¿Cómo se trabaja la capacidad de replicar lo que nos hizo bien sin arrastrar los sesgos o errores que cometieron con nosotros?

Evidentemente, la crianza tiene muchas luces y muchas sombras, y las personas al final conservan esas emociones negativas asociadas a lo que se hizo mal con ellas. Creo que es importante centrar la atención en aquello que sí se hizo bien y ser capaces, ya como padres, de reconocer lo que se hizo mal. Reconocer ante los hijos los errores propios aporta equilibrio y genera la sensación de que, si bien hubo cosas buenas que hoy se recuerdan positivamente, también existieron aspectos negativos que son abiertamente reconocidos. Eso aporta muchísimo equilibrio, y el reconocimiento es, en definitiva, una necesidad humana fundamental.

A pesar del éxito extremo y la riqueza, Messi siempre destaca la cultura del esfuerzo y la sencillez que le inculcaron. ¿Cómo se transmite la cultura del límite y la humildad a los hijos cuando el entorno que les rodea les ofrece todas las facilidades?

Bueno, creo que no hace falta hacer sufrir ni hacer sentir culpables a los chicos por vivir bien. Sin embargo, sí es importante permitirles afrontar las dificultades propias de su edad; acompañarlos, pero sin resolvérselo todo. Tienen que hacer esfuerzos para conseguir las cosas, aprender a diferir las gratificaciones y asumir que no siempre van a obtener de inmediato todo lo que desean.

Creo que la humildad se transmite especialmente en el trato cotidiano: cómo le hablamos a quien nos atiende, cómo reconocemos una equivocación o cómo le damos valor al trabajo ajeno, entendiendo que cualquier labor es importante. A esto se suma la cultura del esfuerzo, que incluye aprender a pedir ayuda y aceptar que no siempre se gana. En resumen, la humildad consiste en reconocer el propio valor sin sentirse por encima ni por debajo de los demás.