Si hablamos de osteoporosis, seguramente la imagen mental es la de una persona mayor afectada. Pero también la sufren niños y adolescentes. Es una enfermedad infratratada e infradiagnosticada, en parte por este problema, al asociarse al envejecimiento y a determinados grupos, como las mujeres tras la menopausia. El hecho es que, tal como cita la Sociedad Española de Reumatología (SER), en España, unos tres millones de personas sufren osteoporosis, una enfermedad que provoca una disminución de la densidad y/o calidad del hueso, lo que lleva a un riesgo alto de fracturas.
Cuando esto ocurre en pleno crecimiento óseo, hay que intensificar los controles porque, además, la prevención de esta enfermedad debe comenzar en la infancia. Hablamos de ello con la Dra. Berta Magallares, portavoz de la SER y reumatóloga del Hospital Universitario de la Santa Creu i Sant Pau, en Barcelona.
Si el niño sufre muchas fracturas, necesita una valoración clínica que tenga en cuenta el número y tipo de fracturas, cómo se produjeron, los antecedentes personales y familiares, la presencia de posibles factores de riesgo y otros posibles signos de enfermedad ósea, como la caída prematura de los dientes de leche
¿En qué casos hay osteoporosis en la edad pediátrica? ¿Qué características tiene y cuáles son las causas?
Aunque solemos asociar la osteoporosis a las personas mayores, también puede aparecer durante la infancia y la adolescencia. En los niños, al igual que en los adultos, la osteoporosis se caracteriza por una mayor fragilidad de los huesos, lo que puede favorecer la aparición de fracturas ante traumatismos de poca intensidad. Sin embargo, a diferencia de los adultos, el esqueleto infantil está en crecimiento y una fractura puede suponer un problema a largo plazo, incluyendo la vida adulta. Por otro lado, los niños tienen una mayor capacidad de recuperación ósea, por lo que es especialmente importante identificar este problema a tiempo para prevenir nuevas fracturas y favorecer su recuperación.
Sus causas son muy diversas. En algunos casos se debe a enfermedades genéticas que afectan directamente a la formación del hueso, como la osteogénesis imperfecta. También puede aparecer como consecuencia de otras enfermedades crónicas, como determinados trastornos inflamatorios, neuromusculares o problemas de absorción intestinal, o asociada a tratamientos prolongados como los corticoides.
Una particularidad importante de la osteoporosis infantil es que aparece en un esqueleto que todavía está adquiriendo hueso y aumentando progresivamente su cantidad y resistencia ósea. Por eso, además de prevenir las fracturas, nuestro objetivo es conseguir que el niño alcance el mejor desarrollo óseo posible, lo que llamamos el “pico de masa ósea”. Podemos entenderlo de forma parecida al crecimiento en talla: así como durante la infancia vamos creciendo hasta alcanzar nuestra estatura adulta, nuestros huesos también van acumulando masa ósea hasta alcanzar un máximo, que será una parte fundamental de nuestra reserva ósea para el resto de la vida.
En estos niños o adolescentes con osteoporosis, ¿cuál es el abordaje terapéutico y cómo les impacta en su día a día la enfermedad?
El tratamiento debe ser individualizado y depende fundamentalmente de la causa y de la gravedad de la osteoporosis. El primer paso consiste en identificar y, siempre que sea posible, corregir los factores que están afectando a la salud ósea. Es fundamental asegurar una alimentación adecuada, con un aporte suficiente de calcio y unos niveles suficientes de vitamina D, recurriendo a suplementos cuando sea necesario. También es importante favorecer la actividad física adaptada a las capacidades de cada niño.
En los casos más graves, especialmente cuando existen fracturas vertebrales o fracturas recurrentes por fragilidad, puede ser necesario recurrir a tratamientos farmacológicos, como los bisfosfonatos intravenosos, que ayudan a mejorar la resistencia de los huesos.
El impacto en la vida cotidiana es muy variable. Algunos niños pueden llevar una vida prácticamente normal, mientras que otros presentan dolor, limitaciones físicas o fracturas repetidas que afectan a su movilidad, escolarización y participación en actividades deportivas. Nuestro objetivo es que puedan mantener una vida lo más activa y normalizada posible, evitando restricciones innecesarias.
A medida que van creciendo, ¿qué pasa con la osteoporosis: se hace más grave en la edad adulta?
No necesariamente. Una de las particularidades del esqueleto infantil es que tiene una gran capacidad de crecimiento y recuperación. En algunos niños, especialmente cuando la osteoporosis es secundaria a una enfermedad o tratamiento que conseguimos controlar, la salud ósea puede mejorar considerablemente durante el crecimiento, llegando incluso a normalizarse en comparación con otros niños de su edad y sexo.
Un ejemplo muy ilustrativo de esta capacidad de recuperación lo encontramos en las fracturas vertebrales. Sabemos, y lo hemos observado en nuestra práctica clínica, que algunos niños que han sufrido aplastamientos vertebrales por osteoporosis pueden recuperar completamente la forma de sus vértebras durante el crecimiento, hasta el punto de que llegan a ser prácticamente indistinguibles de las que nunca estuvieron afectadas. Sin embargo, esta recuperación no siempre es completa, especialmente cuando existen enfermedades genéticas o factores de riesgo que persisten en el tiempo.
Por otro lado, debemos recordar que durante la infancia y la adolescencia acumulamos una parte muy importante de la masa ósea que tendremos durante nuestra vida. Alcanzar un buen pico de masa ósea constituye una especie de reserva que nos ayudará a protegernos frente a la osteoporosis y las fracturas en edades más avanzadas, especialmente después de la menopausia o durante la vejez.
Por eso es tan importante detectar y tratar precozmente los problemas óseos durante la infancia: no solo buscamos prevenir las fracturas en ese momento, sino también proteger la salud de los huesos durante el resto de la vida.
Más que señalar un alimento concreto como enemigo del hueso, lo importante es valorar el patrón de alimentación en su conjunto. Una dieta variada, suficiente y equilibrada es mucho más beneficiosa para la salud ósea que centrarnos exclusivamente en prohibir determinados productos
La infancia y la juventud son las etapas fundamentales para el desarrollo óseo. ¿Cómo podemos ayudar a que este sea óptimo desde la familia?
La infancia y, especialmente la adolescencia, son etapas decisivas para construir unos huesos fuertes. Aunque la genética tiene un papel importante, existen hábitos cotidianos que pueden marcar una gran diferencia.
Desde la familia podemos favorecer una alimentación equilibrada, que garantice un aporte adecuado de calcio y proteínas, así como unos niveles suficientes de vitamina D, y fomentar la práctica regular de actividad física, evitando el sedentarismo. Los huesos necesitan movimiento y estímulos mecánicos para desarrollarse correctamente, por lo que correr, saltar, jugar y practicar deporte son actividades especialmente beneficiosas, ya que numerosos estudios han demostrado que la actividad física es uno de los estímulos más importantes para la formación y el fortalecimiento de los huesos durante el crecimiento.
También es importante favorecer un descanso adecuado y, durante la adolescencia, prevenir hábitos perjudiciales como el consumo de tabaco o alcohol.
¿Hay algún umbral especialmente peligroso en el consumo de tabaco y alcohol en la adolescencia o cualquier consumo ya puede suponer un riesgo?
El tabaco y el alcohol pueden perjudicar la salud ósea, especialmente cuando su consumo comienza durante la adolescencia, un periodo particularmente sensible en el que el esqueleto todavía está creciendo y acumulando masa ósea.
No disponemos de un umbral de consumo que podamos considerar seguro para la salud ósea durante la adolescencia. Además, sus efectos perjudiciales no se limitan al esqueleto, sino que se extienden a muchos otros aspectos de la salud.
Por eso, desde el punto de vista de la prevención, el mensaje para los adolescentes debe ser claro: evitar el consumo de tabaco y alcohol también forma parte del cuidado de sus huesos.
Otro hábito muy extendido en la adolescencia es el consumo de bebidas carbonatadas, ¿qué papel juegan en la salud de los huesos?
Es importante evitar la idea de que todos los refrescos o bebidas carbonatadas debilitan directamente los huesos. Aunque algunos estudios han relacionado el consumo elevado de determinados refrescos, especialmente las bebidas de cola, con una menor densidad mineral ósea, no se ha demostrado que sea el gas de estas bebidas el responsable de este efecto.
Sin embargo, un consumo elevado de refrescos azucarados puede asociarse a hábitos alimentarios menos saludables. Uno de los principales problemas aparece cuando estas bebidas sustituyen habitualmente a la leche u otros alimentos que aportan nutrientes necesarios para el desarrollo óseo.
También debemos prestar atención a las bebidas energéticas, que pueden contener cantidades elevadas de cafeína y cuyo consumo no es recomendable en niños y adolescentes.
Más que señalar un alimento concreto como enemigo del hueso, lo importante es valorar el patrón de alimentación en su conjunto. Una dieta variada, suficiente y equilibrada es mucho más beneficiosa para la salud ósea que centrarnos exclusivamente en prohibir determinados productos.
Tomar un aporte suficiente de calcio es importante para la densidad y la calidad ósea. ¿Qué pasa con los menores que no toman derivados de la leche de vaca o cabra y en sustitución toman bebidas vegetales? ¿Tienen cubiertas esas necesidades?
La leche y sus derivados, como el yogur y el queso, son una fuente importante de calcio en nuestra alimentación, pero no son imprescindibles para mantener una buena salud ósea si conseguimos cubrir las necesidades nutricionales mediante otros alimentos.
El problema es que no todas las bebidas vegetales tienen la misma composición nutricional. Algunas están enriquecidas con calcio y vitamina D y pueden contribuir a cubrir las necesidades diarias, mientras que otras contienen cantidades muy pequeñas de estos nutrientes. Además, su contenido en proteínas también puede ser muy diferente al de la leche de vaca. Por eso, cuando una familia opta por sustituir los lácteos por bebidas vegetales, es importante revisar su composición y valorar el conjunto de la alimentación del niño. No basta con que una bebida tenga un aspecto o sabor parecido al de la leche para que sea nutricionalmente equivalente.
Con una alimentación bien planificada es posible cubrir las necesidades de calcio sin consumir lácteos, pero debemos prestar especial atención durante las etapas de mayor crecimiento, como la adolescencia, en la que las necesidades diarias de calcio se sitúan alrededor de los 1.200 mg. Alcanzar esta cantidad sin recurrir a los lácteos puede suponer un reto, por lo que es especialmente importante seleccionar adecuadamente los alimentos que forman parte de la dieta.
La actividad física es uno de los estímulos más importantes para el desarrollo de los huesos durante la infancia. El hueso es un tejido vivo que se adapta a las cargas que recibe: cuando corremos, saltamos o realizamos actividades que implican soportar nuestro propio peso, estamos estimulando su desarrollo y fortalecimiento
En niños que tienen fracturas habituales de huesos, ¿cabría sospechar algún problema de osteoporosis? ¿Habría que hacer algún estudio especial?
Las fracturas son relativamente frecuentes durante la infancia, especialmente porque los niños corren, saltan, juegan y sufren caídas. Por tanto, haber tenido una fractura no significa necesariamente que exista un problema de osteoporosis. Sin embargo, debemos prestar atención cuando las fracturas se producen ante traumatismos de poca intensidad, cuando se repiten de forma poco habitual o cuando afectan a localizaciones que no son frecuentes en niños sanos, como las vértebras.
En estas situaciones es importante realizar una valoración clínica que tenga en cuenta el número y tipo de fracturas, cómo se produjeron, los antecedentes personales y familiares, la presencia de posibles factores de riesgo y otros posibles signos de enfermedad ósea, como la caída prematura de los dientes de leche.
En determinados casos puede ser necesario completar el estudio con análisis de sangre, una densitometría ósea adaptada a la edad pediátrica o pruebas de imagen para descartar fracturas vertebrales. Lo importante es recordar que no todas las fracturas indican osteoporosis, pero tampoco debemos normalizar las fracturas repetidas sin investigar su causa.
Con respecto al deporte, ¿hay algún tipo más recomendado que otro en los primeros años de vida para fortalecer el sistema óseo?
La actividad física es uno de los estímulos más importantes para el desarrollo de los huesos durante la infancia. El hueso es un tejido vivo que se adapta a las cargas que recibe: cuando corremos, saltamos o realizamos actividades que implican soportar nuestro propio peso, estamos estimulando su desarrollo y fortalecimiento.
Por eso, las actividades que combinan carrera, saltos, cambios de dirección y ejercicios de fuerza adaptados a la edad son especialmente beneficiosas para la salud ósea. Deportes de impacto como el baloncesto, el fútbol, la gimnasia o simplemente los juegos activos al aire libre pueden contribuir a mejorar la resistencia de los huesos.
Otros deportes, como la natación o el ciclismo, aportan numerosos beneficios para la salud, aunque su estímulo directo sobre el hueso es menor al realizarse con menos carga mecánica.
En cualquier caso, durante los primeros años de vida no es necesario especializar a los niños en un deporte concreto. Lo más importante es que se muevan, jueguen, disfruten de diferentes actividades y adquieran el hábito de mantenerse físicamente activos. La mejor actividad física para fortalecer los huesos es aquella que los niños disfrutan y pueden practicar de forma regular.










