Bebés

Sassa de Osma e Inés de Cominges coinciden en su elección para estimular el desarrollo de sus hijos: “Desde muy pronto el cerebro ya empieza a reconocer regularidades y a generar expectativas"


La experta en actividades musicales para bebés Ann-Sophie Biberson, cantante y compositora, explica cómo aprovechar la música para desarrollar la memoria, la atención y las habilidades sociales de los más pequeños


Sassa de Osma© GTRES
27 de octubre de 2026 a las 15:46 CET

La estimulación temprana se ha convertido en una de las grandes preocupaciones de muchas familias. Más allá de las actividades deportivas o los juegos educativos, hay una herramienta clave para favorecer el desarrollo de los hijos: la música. Entre quienes han incorporado esta práctica a la rutina de sus pequeños figuran nombres tan conocidos como Sassa de Osma, Isabel Entrecanales, Inés de Cominges o la actriz Amber Heard, entre otras muchas personalidades de la aristocracia nacional e internacional y del mundo del cine residentes en Madrid, que acuden con sus hijos al espacio Micasso Baby Club, donde realizan actividades con música en directo adaptadas a la edad de cada niño.

Lejos de ser un mero entretenimiento para bebés y niños pequeños, la música ejerce un papel clave en el desarrollo infantil. Desde los primeros meses de vida, el lenguaje musical contribuye a estimular funciones ejecutivas clave, como la atención y la memoria, y favorece habilidades fundamentales para futuros aprendizajes, entre ellas el reconocimiento de patrones, estrechamente relacionado con la comprensión matemática. Además, también puede ayudar a potenciar ciertas conductas sociales y emocionales.

Así lo explica Ann-Sophie Biberson, cantante y compositora conocida como AnnSo y fundadora de Micasso Baby Club (micassobabyclub.com). Sin embargo, aprovechar todos los beneficios de la música va mucho más allá de poner una pieza de música clásica de fondo. La clave está en acercar a los más pequeños al universo musical de forma consciente, activa y adaptada a cada etapa de su desarrollo.

Esa es precisamente la filosofía de Ann-Sophie Peers de Nieuwburgh en Micasso Baby Club, donde la música se convierte en una puerta de entrada a nuevas experiencias y formas de relacionarse con el mundo. Por ejemplo, una de las actividades que promueven en este sentido es el Christmas Carols, un encuentro navideño al que invitan a todas las familias de la comunidad y que el año pasado llegó a reunir a más de 300 familias para cantar juntos, compartir música en directo y celebrar la Navidad con los peques. Hemos hablado con la compositora sobre cómo el lenguaje musical favorece el desarrollo integral de los bebés y qué actividades son las más adecuadas según la edad de cada niño.

Hay estudios con bebés que muestran que cierto tipo de experiencias sincronizadas pueden influir posteriormente en determinadas conductas sociales

AnnSo, cantautora y fundadora de Micasso Baby Club

A las sesiones de Micasso en algunos de los centros de Madrid acuden importantes personalidades de la aristocracia europea con sus hijos, como la princesa Cleopatra zu Oettingen-Spielberg, Sassa de Osma(Princesa de Hannover), Inés de Cominges o Isabel Entrecanales. ¿Qué encuentran en Micasso que lo hace un lugar al que volver con sus pequeños? 

Creo que Micasso tiene una esencia muy especial y bastante diferente de lo que normalmente imaginamos cuando pensamos en música para la primera infancia. Damos muchísima importancia a la calidad musical de cada sesión, que incluye música clásica en directo interpretada por una cantante profesional y un músico formado en conservatorio. Además, utilizamos únicamente canciones originales, creadas por mí, y cuidadosamente adaptadas a cada etapa del desarrollo del niño.

Dicho esto, creo que las familias vuelven por mucho más que por la música. Como nuestras clases están organizadas por edades, los padres conocen a otras familias con bebés que están exactamente en la misma etapa, lo que facilita que surjan conexiones muy bonitas y un verdadero sentido de comunidad. Con el tiempo, muchas amistades han nacido a través de Micasso, convirtiéndolo en un lugar al que las familias tienen ganas de volver semana tras semana.

¿Hay alguna anécdota con alguna de ellas que se pueda contar? 

Sí, y en realidad es una parte muy especial de la historia de Micasso. Sassa de Hannover e Isabel Entrecanales fueron de las primeras personas que confiaron en el proyecto, cuando el programa todavía estaba empezando a tomar forma.

Recuerdo que al principio fue bastante divertido porque todos estábamos aprendiendo juntos. No solo prestábamos mucha atención a cómo reaccionaban los niños a cada canción o actividad, sino que los padres también estaban muy implicados, compartiendo qué funcionaba mejor, qué disfrutaban más sus hijos y qué podíamos mejorar.

Realmente daba la sensación de que íbamos construyendo el programa entre todos sobre la marcha, observando las reacciones reales de los niños y adaptando la experiencia a partir de lo que veíamos en clase. Ellas y sus hijos formaron parte de esa primera etapa y nos ayudaron muchísimo a dar forma a lo que hacemos hoy. Por eso siempre decimos que Micasso no lo hemos creado únicamente nosotros; también lo han ido construyendo las familias que confiaron en el proyecto desde el principio.

¿Ha ido o va a Micasso algún rostro conocido más? 

Sí, también hemos tenido la suerte de recibir a familias muy conocidas del mundo del cine, algo que nos hace muchísima ilusión. Por ejemplo, el director y productor Renny Harlin y su mujer, Johanna Harlin, han formado parte de Micasso, al igual que la actriz Amber Heard con sus pequeños.

Para nosotros es maravilloso ver cómo familias del mundo creativo disfrutan de Micasso con sus hijos de una forma tan natural y cercana. También hay otras personalidades conocidas que vienen a nuestras clases, pero en esos casos preferimos respetar su privacidad y no revelar sus identidades.

Al final, nuestra prioridad es que todas las familias que vienen a Micasso se sientan igual de cómodas, tranquilas y protegidas. Crear un ambiente cálido y acogedor, en el que todos puedan simplemente disfrutar de la experiencia con sus hijos, está en el centro de todo lo que hacemos.

Micasso Baby Club© Patricia Hung

¿Qué aporta la música al desarrollo cognitivo del niño los primeros años de vida?

Desde muy pequeño, el bebé empieza a reconocer patrones, anticipar lo que puede pasar y diferenciar unos sonidos de otros. Y la música reúne precisamente todos esos elementos.

Cuando escucha una canción conocida, por ejemplo, va reconociendo repeticiones, percibe cuándo algo cambia e incluso empieza a anticipar qué puede venir después. Ahí entran en juego capacidades como la atención, la memoria, la discriminación auditiva o el reconocimiento de patrones.

Además, música y lenguaje tienen bastante en común: ritmo, entonación, pausas, repeticiones… Antes incluso de comprender las palabras, el bebé ya está aprendiendo a escuchar cómo se organizan los sonidos. Esto es algo que trabajamos mucho en las clases. Hay canciones y pequeñas rutinas que se mantienen y que los niños terminan reconociendo, pero introducimos también cambios de intensidad, ritmo, instrumento o sonido. Ese equilibrio entre lo conocido y lo nuevo hace que vuelvan a prestar atención sin sentir que todo es imprevisible. 

¿Qué ocurre en el cerebro de un bebé cuando escucha música? 

Pasan más cosas de las que parece. Mientras nosotros vemos a un bebé escuchando tranquilamente una canción, su cerebro está procesando sonidos, diferenciando alturas e intensidades, detectando repeticiones y tratando de encontrar cierta organización en lo que oye.

La música tampoco se procesa en una única zona cerebral. Participan redes relacionadas con la audición, la atención, la memoria y, progresivamente, también con el movimiento.

Hay un dato que me parece especialmente curioso: se ha observado que incluso los recién nacidos pueden detectar cuándo falta un pulso esperado dentro de una secuencia rítmica. Es decir, desde muy pronto el cerebro ya empieza a reconocer regularidades y a generar expectativas. Por eso algo aparentemente tan sencillo como escuchar una canción supone en realidad una experiencia bastante compleja para un cerebro que está en pleno desarrollo.

¿Existe una edad ideal para empezar a exponer a los niños a la música? 

En realidad, podemos empezar incluso antes de que nazcan. Durante el embarazo, especialmente en los últimos meses, el bebé ya percibe sonidos y se familiariza, sobre todo, con la voz de su madre, pero también con ritmos y melodías. Cantarle, hablarle o compartir determinados momentos musicales durante el embarazo puede ser una forma muy bonita de empezar a crear ese vínculo. Después del nacimiento, algunas de esas voces o canciones pueden incluso resultarle familiares.

A partir de ahí no hace falta esperar a una edad concreta. Podemos cantarles, mecerlos siguiendo un ritmo, jugar con nuestra voz o escuchar música juntos desde los primeros meses.

Al principio no se trata de 'enseñar música'. Se trata de vivirla juntos. Me gusta mucho la idea de Joan Koenig, educadora musical pionera y autora del libro The Musical Child, de hablar de esa primera relación como el primer dúo del bebé: el adulto canta, espera, observa y el bebé, poco a poco, empieza a responder. 

Ann-Sophie Biberson,  conocida como AnnSo, es cantautora, compositora y fundadora de Micasso Baby Club© AnnSo
Ann-Sophie Biberson, conocida como AnnSo, es cantautora, compositora y fundadora de Micasso Baby Club

¿Por qué el cerebro infantil parece responder de forma tan especial a la música desde edades muy tempranas? 

Porque el bebé está constantemente intentando entender el mundo que le rodea, y una de las formas de hacerlo es buscando patrones. La música está llena de ellos: ritmos que vuelven, pausas, cambios de intensidad, melodías que se repiten… De hecho, nuestra propia manera de hablarles ya es bastante musical. Sin darnos cuenta utilizamos una voz más melódica, exageramos la entonación, repetimos sonidos y hacemos pausas para ver qué hacen.

Ahí empieza algo muy interesante: yo hago un sonido, el bebé vocaliza, yo le respondo… Antes de que exista una conversación con palabras, ya puede haber una especie de diálogo sonoro. Por eso en clase intentamos dejar espacio para esa respuesta. Si presentamos un instrumento, no buscamos simplemente que lo escuchen; esperamos, observamos qué hacen, repetimos algo si les ha llamado especialmente la atención o bajamos la intensidad si vemos que lo necesitan. La música en directo nos permite jugar mucho con eso.

¿Qué tipo de actividades con música se puede hacer con bebés para fomentar su desarrollo madurativo? 

Lo primero es entender que no todos los bebés de la misma edad están exactamente en el mismo momento. Uno puede estar empezando a sentarse, otro querer desplazarse constantemente y otro estar todavía mucho más centrado en observar. Por eso la actividad tiene que adaptarse al niño, no solo a los meses que tenga.

Con los más pequeños podemos cantarles, balancearlos siguiendo un pulso, utilizar pañuelos para trabajar el seguimiento visual, jugar con nuestra voz o acercar distintos instrumentos para que descubran cómo suenan y de dónde procede el sonido. Cuando van ganando control corporal, podemos introducir actividades de alcance y agarre, dejarles explorar instrumentos, pasarlos de una mano a otra, imitar pequeños movimientos o reaccionar cuando un sonido empieza y termina.

Más adelante podemos pedir una participación mayor: esperar un turno, copiar un pequeño patrón, moverse siguiendo una indicación, parar ante una señal musical o reconocer contrastes.

Precisamente por eso Micasso está organizado en distintos niveles. No planteamos la misma clase a un bebé muy pequeño que a un niño que ya camina, habla y puede responder a consignas. A medida que crecen, el adulto va dejando de sostener tanto la experiencia y el niño empieza a tener cada vez más iniciativa. La idea no es adelantar etapas. Se trata de aprovechar la música para enriquecer el momento evolutivo en el que se encuentra cada niño. 

No utilizaría la música para intentar borrar inmediatamente cualquier emoción incómoda

AnnSo, cantautora y fundadora de Micasso Baby Club

¿Qué beneficios sociales aporta compartir canciones, juegos musicales o actividades de grupo? 

La música genera interacción de una manera bastante espontánea. Para jugar juntos tenemos que mirar, escuchar, esperar, imitar y responder. Son cosas muy sencillas, pero ahí empiezan a aparecer habilidades como la atención compartida, los primeros turnos o la capacidad de participar en algo con otras personas.

También está la sincronía. Cuando dos personas se balancean siguiendo el mismo pulso, dan una palmada a la vez o cantan juntas, se están coordinando entre sí. Hay estudios con bebés que muestran que ese tipo de experiencias sincronizadas pueden influir posteriormente en determinadas conductas sociales.

Nosotras lo vemos mucho en un momento concreto de la clase. Después de la bienvenida, aparece Micasso Mouse, nuestro ratoncito. Lo presentamos, jugamos con él y después lo vamos compartiendo. Parece un gesto muy pequeño, pero ahí el niño tiene que esperar, observar qué hace el otro, acercarse a nosotras y entender que ese objeto forma parte de un juego compartido.

Con el tiempo también empiezan a fijarse muchísimo más en los otros niños: imitan un gesto, miran qué instrumento tiene el compañero o esperan su turno. Esa sensación de grupo se va construyendo casi sin darse cuenta. 

¿Las actividades musicales pueden favorecer la coordinación y la psicomotricidad? 

Sí, porque la música da al movimiento una estructura. El ritmo ayuda al niño a organizar cuándo empezar, cuándo parar, cuándo repetir una acción o cómo adaptar su cuerpo a un cambio de velocidad. Y eso tiene mucho que ver con la coordinación.

En los bebés más pequeños puede empezar con cosas muy sencillas: seguir un sonido con la mirada, girarse hacia él, mover brazos y piernas al ritmo de una canción o intentar alcanzar un instrumento. Más adelante aparecen movimientos cada vez más intencionados: gatear hacia un objeto sonoro, ponerse de pie, caminar siguiendo la música, parar cuando deja de sonar o imitar un gesto.

También entra en juego la motricidad fina. Coger unas maracas, sostener un instrumento, pasarlo de una mano a otra o intentar golpear un tambor implica precisión, coordinación ojo-mano y trabajo de ambas manos. Y en la motricidad gruesa trabajamos aspectos como el equilibrio, el control postural, los desplazamientos o la orientación en el espacio.

Lo interesante es que muchas actividades combinan varias cosas a la vez. Por ejemplo, cuando un niño tiene que caminar mientras suena la música y quedarse quieto cuando para, no solo está moviéndose: tiene que escuchar, interpretar una señal, controlar su cuerpo y frenar el movimiento en el momento adecuado. En las clases esto va evolucionando mucho según el nivel.

Con los bebés pequeños el adulto acompaña gran parte del movimiento y, a medida que ganan autonomía, les damos cada vez más oportunidades para explorar, desplazarse y responder por sí mismos a lo que están escuchando. Por eso música y psicomotricidad están tan relacionadas: el niño no solo escucha el ritmo, también empieza a vivirlo con su propio cuerpo.

Música y bebés© Patricia Hung/Micasso Baby Club

¿Cantar a un bebé tiene beneficios más allá del entretenimiento? 

Sí, y además es una de las cosas más sencillas que podemos hacer en casa. Cuando cantamos a un bebé no le estamos ofreciendo solamente una melodía. Está nuestra voz, nuestra cara, la mirada, los gestos, las pausas… y todo eso se adapta constantemente a lo que él hace. Si vemos que empieza a cansarse, probablemente bajemos la voz o cantemos más despacio. Si sonríe en una parte, quizá la repetimos. Si vocaliza, podemos parar un momento y dejarle su turno para “contestar”. Es casi una conversación antes de que aparezcan las palabras.

Las canciones conocidas también aportan mucha previsibilidad. Si una canción aparece siempre en un momento determinado, el bebé termina reconociéndola y empieza a anticipar qué va a pasar. Por eso mantenemos algunos rituales musicales de una semana a otra, como la canción de bienvenida. Con el tiempo ves que los niños ya saben perfectamente qué está empezando a ocurrir.

Y algo importante: no hace falta cantar bien. Para un bebé tiene mucho más peso reconocer la voz de la persona que le cuida que escuchar una interpretación perfecta. 

¿Puede la música contribuir al bienestar emocional y a la regulación de emociones? 

Sí, aunque cuando hablamos de bebés prefiero utilizar la palabra 'corregulación'. Un bebé todavía no tiene las herramientas suficientes para gestionar sólo todo lo que siente. Necesita al adulto que le coja, le observe, interprete lo que ocurre, module su voz, le ayude a bajar la intensidad cuando está muy activado… y la música puede formar parte de ese acompañamiento.

Una canción lenta y repetitiva puede ayudarnos a crear un ambiente más tranquilo. Otra más activa puede servir para jugar, captar su atención o acompañar un momento de más energía. Eso sí, no utilizaría la música para intentar borrar inmediatamente cualquier emoción incómoda. Si un bebé está triste, cansado o frustrado, también necesita que estemos con él en ese estado.

En nuestras sesiones procuramos que la energía tampoco sea siempre la misma. Hay momentos de mayor movimiento y otros más tranquilos, y vamos observando al grupo para saber cuándo merece la pena continuar, cuándo bajar la intensidad o cuándo pasar a otra cosa. Al final, también les estamos permitiendo experimentar que podemos pasar poco a poco de un estado de más activación a otro de mayor calma. 

¿La sobreestimulación sonora puede tener efectos negativos en los niños? 

Sí. A veces pensamos que estimular significa hacer cosas continuamente y, con un bebé, más no siempre significa mejor. No necesita música sonando todo el día, varios juguetes haciendo ruido al mismo tiempo, la televisión de fondo y además un adulto intentando llamar su atención. También necesita tiempo para procesar lo que acaba de escuchar y momentos de descanso.

El silencio, de hecho, forma parte de la propia música. Cuando estamos cantando y hacemos una pausa, muchas veces el bebé se queda esperando, mira, sonríe o intenta vocalizar. Ese pequeño espacio le da la oportunidad de anticipar y responder. También hay que aprender a observar sus señales. Si aparta la mirada, gira la cabeza, se inquieta o pierde interés, quizá no necesita otro estímulo. A veces simplemente necesita parar.

Y, por supuesto, hay que cuidar el volumen y el tiempo de exposición. Trabajar con música en directo nos ayuda mucho en este sentido porque podemos tocar más suave, parar, repetir o cambiar la dinámica según lo que vemos en la sala. No hay ninguna necesidad de llenar todos los segundos de sonido; a veces lo más interesante ocurre justo en la pausa. 

¿Importa el tipo de música que escuchan los niños? 

Sí, aunque no existe un género concreto que sea "el mejor" para ellos. No hace falta limitarse, por ejemplo, a la música clásica pensando que va a desarrollar más su cerebro. Lo que sí resulta interesante es ofrecer variedad: diferentes instrumentos, timbres, ritmos, velocidades, melodías y estilos. Desde muy pronto los bebés son sensibles a la melodía y al ritmo y pueden reconocer determinados patrones musicales.

Sandra Trehub, una de las investigadoras de referencia en percepción musical infantil, ha estudiado durante décadas precisamente cómo los bebés perciben y recuerdan este tipo de estructuras mucho antes de que puedan hablar. También sabemos que, según van creciendo, se familiarizan con la música que forma parte de su entorno. Igual que ocurre con el lenguaje, poco a poco aprendemos cuáles son los ritmos, escalas y estructuras musicales más habituales en nuestra cultura.

Por eso intentamos que en nuestras clases haya bastante riqueza sonora. Pueden escuchar un violonchelo en directo y conocer música de Beethoven, pero también cantar canciones originales, tocar distintos instrumentos o experimentar con ritmos e intensidades diferentes. Más que buscar una supuesta "música perfecta", me parece mucho más interesante ofrecerles experiencias variadas, cuidar cómo se presentan y, siempre que podamos, compartirlas con ellos.