El inicio de la escuela infantil suele venir acompañado de un rosario ininterrumpido de mocos, fiebres e infecciones respiratorias que trastocan la rutina familiar y disparan una duda muy recurrente entre los padres: ¿de verdad es necesario pasar por todo esto para que los más pequeños "creen defensas" y preparen su sistema inmunitario de cara al futuro? Existe la creencia muy extendida de que enfermar de forma continua es un peaje o un trámite obligatorio para fortalecer la salud de los hijos.
Para arrojar luz sobre este fenómeno y desgranar qué hay de cierto tras la famosa "inmunización de guardería", hablamos con la doctora María Jesús Pascual Marcos, jefa del servicio de Pediatría de los hospitales universitarios Vithas Madrid La Milagrosa y Aravaca. La especialista explica hasta qué punto es normal pasar por entre 8 y 12 procesos catarrales en un solo curso, analiza cómo reacciona realmente un organismo inmaduro ante la exposición masiva a virus y nos detalla cuáles son las verdaderas señales de alarma para distinguir un catarro común de un problema de salud que requiera atención médica.
Existe la creencia popular de que los virus de la escuela infantil son casi un "trámite obligatorio" que hay que pasar para que el niño tenga las defensas fuertes. ¿Es así?
Es una idea que entiendo perfectamente, porque nace de una observación real: los niños que empiezan la escuela infantil se ponen más veces malos.
Pero de ahí a decir que "tienen que" enfermar para fortalecerse hay una diferencia. No es un "peaje" que el niño deba pagar, ni un "entrenamiento" que busquemos a propósito.
Es, simplemente, la consecuencia lógica de cómo un sistema inmunitario todavía inmaduro contacta de golpe con decenas de patógenos (virus fundamentalmente, también bacterias) que nunca había visto.
Eso no es un "plan de la naturaleza" para hacerlo fuerte, son matemáticas: más niños juntos, cada uno procedente de un entorno distinto, más virus circulando, más contagios.
Sabemos que no es matemática, pero ¿cuántos procesos infecciosos o catarrales al año se consideran "normales" en el primer año de escuela infantil y cuándo empieza a ser una cifra preocupante?
Más de las que muchos padres esperan, y me gustaría que se queden tranquilos con esto, porque en la mayoría de los casos (y digo esto porque puede haber excepciones) es así, y no implica ningún problema.
La propia Asociación Española de Pediatría recoge que la mayoría de los "peques" que van a la escuela infantil tienen entre 8 y 12 procesos catarrales al año, algunos más de los que tendrían quedándose en casa. Y los pediatras, obviamente, les vemos más.
Pasado el primer-segundo año de guardería, el número de infecciones respiratorias en general comienza a bajar. El niño no es que se haga "invencible", pero su sistema inmunológico va acumulando memoria y experiencia frente a los virus más comunes de su entorno, y eso se nota.
Pasado el primer-segundo año en la escuela infantil, el número de infecciones respiratorias en general comienza a bajar
¿Por qué se contagian tanto en estos centros?
Hay varios motivos. El más obvio es el contacto estrecho entre muchos niños, generalmente muy pequeños, con un sistema inmunológico todavía inmaduro: comparten juguetes, se los llevan a la boca, no controlan esfínteres ni secreciones y todavía no se lavan las manos bien.
También influyen las medidas de higiene del centro y cuántos niños hay por cada cuidador. Y, además, por mucho cuidado que se tenga, son las mismas personas atendiendo a los niños, y hay muchas enfermedades contagiosas circulando.
A eso se añade que muchas infecciones respiratorias ya se transmiten antes de dar el primer síntoma, así que es prácticamente imposible anticiparse.
Pasar por 8 o 10 infecciones virales en un solo curso, ¿realmente fortalece las defensas de un niño de corta edad? ¿Es correcto decir que las infecciones "refuerzan" el sistema inmune?
Hay algo que es cierto: cada infección que el niño pasa deja memoria inmunológica frente a ese virus concreto, así que no volverá a enfermar igual por el mismo virus.
Otra cosa muy distinta es que sea necesario hacerlo de esta manera, de golpe y con cientos de virus procedentes de cada una de las casas de cada uno de los niños.
Si hablamos de "entrenar" al sistema inmunológico, la manera segura y controlada de hacerlo no es la escuela infantil… son las vacunas: exponen al niño a lo justo y necesario para generar esa memoria de defensa, sin que tenga que pasar por la enfermedad real ni por sus complicaciones.
¿Cómo distinguir entre las infecciones "normales" de guardería y una señal de alarma?
Esta es, para mí, la pregunta más importante, porque es la que de verdad os puede tranquilizar. El criterio no es cuántos mocos tiene el niño, o si está con mocos todo el invierno, sino si hay algún signo de alarma. Si crece bien, gana peso con normalidad, come con apetito y está activo y contento cuando no tiene fiebre, estamos ante el llamado "síndrome del niño de guardería": infecciones leves, frecuentes, que responden bien al tratamiento habitual y no tienen mayor trascendencia.
Sí conviene consultar con el pediatra cuando las infecciones afectan a la curva de crecimiento, cuando el niño está decaído incluso fuera de los episodios agudos, cuando se repiten neumonías o infecciones graves, o cuando aparecen síntomas digestivos que se cronifican más allá de una gastroenteritis típica. Ahí, como gastroenteróloga infantil, ya entraríamos en otro terreno. En esos casos no hay que alarmarse, pero sí merece la pena valorarlo.
Si hablamos de "entrenar" al sistema inmunológico, la manera segura y controlada de hacerlo no es la escuela infantil… son las vacunas
Un niño de 12 meses y uno de 3 o 4 años no tienen el mismo sistema inmune. ¿Qué diferencia biológica hay entre pasar determinados virus (como el sincitial o la gripe) al año de vida versus pasarlos a los 3 o 4 años?
Hay varias diferencias. La primera es que la vía aérea de un lactante y un niño es anatómicamente diferente. La del lactante es más estrecha, por lo que la misma inflamación que en un niño de 4 años apenas da tos, en uno de 12 meses puede obstruir la vía a aérea por moco y generar dificultad para respirar.
La segunda es que los niños más pequeños tienen un sistema inmune inmaduro con poca experiencia. Digamos que no ha salido nunca “al campo de batalla” y, por eso, las infecciones primarias por virus respiratorio sincitial (VRS), por ejemplo, pueden producir cuadros más graves que cuando se infectan por segunda o tercera vez cuando el sistema inmunológico ya ha aprendido y empieza a recordar cómo ha de luchar… es decir, cuando ya tiene memoria inmunológica.
De toda la carga viral presente en las escuelas infantiles (VRS, rotavirus, boca-mano-pie, adenovirus), ¿cuáles son los que más preocupan en la consulta pediátrica por sus complicaciones?
Sin duda, el que más nos preocupa en la práctica diaria es el VRS, ya que durante mucho tiempo ha sido la primera causa de hospitalización en menores de un año en todo el mundo por insuficiencia respiratoria. Pero, desde que se lleva a cabo la estrategia preventiva de inmunización con nirsevimab y se ha modificado, en cierta manera, la historia natural de la enfermedad, se ha conseguido reducir drásticamente los ingresos por bronquiolitis en lactantes, algo que hace apenas unos años parecía impensable.
El rotavirus era históricamente otro gran protagonista de las urgencias pediátricas por provocar una gastroenteritis con deshidratación grave en lactantes, pero otra vez y gracias a que su vacuna ya cuenta con una cobertura prácticamente universal en España, se ha disminuido la incidencia de enfermedad grave y, por ende, de ingresos.
El boca-mano-pie, causado por virus coxsackie, en la inmensísima mayoría de los casos es leve y autolimitado; pero a veces las llagas en la boca que impiden al niño comer o beber, y hace que el niño esté bastantes días afectado.
El adenovirus suele dar cuadros de fiebre alta con conjuntivitis o faringitis, molestos pero generalmente benignos en niños sanos. Solo nos preocupa más en niños con alguna enfermedad de base o que tengan un sistema inmune deficiente.
¿Qué pueden hacer las familias para minimizar el impacto sin obsesionarse?
Tres cosas, fáciles de hacer y con muchísima evidencia científica. La primera, sin lugar a dudas, lo que más vidas ha salvado, es la vacunación infantil correcta, tanto del niño como de los adultos que lo cuidan; el calendario vacunal actual incluye protección específica frente a virus y bacterias muy relevantes en la primera infancia, como el rotavirus o el meningococo. Es, de hecho, y como ya hemos dicho, la mejor manera de entrenar al sistema inmunológico.
La segunda, y probablemente la más eficaz en el día a día, es algo tan sencillo como el lavado de manos: es la medida individual que más disminuye la transmisión en las escuelas infantiles. Y la tercera es el sentido común, a veces el menos común de los sentidos; si el niño tiene fiebre o el estado general afectado, mejor en casa, descansando; mejor para él y para los demás. Podrá volver a su escuela 24 horas después de que la fiebre haya desaparecido.
Más allá del calendario oficial, ¿qué vacunas optativas o recomendadas consideran fundamentales para reducir el impacto de la escolarización temprana?
Conviene recordar que una cosa es lo que recomienda el Comité Asesor de Vacunas de la AEP (CAV-AEP) y otra lo que está efectivamente financiado e incluido en el calendario oficial de cada comunidad autónoma, ya que hay diferencias según las comunidades autónomas.
El CAV-AEP, para 2026, recomienda: nirsevimab, el anticuerpo frente al VRS, la vacuna de la gripe, que este año pasa a recomendarse de forma universal desde los 6 meses hasta los 17 años; y el rotavirus, que ya cuenta con cobertura prácticamente universal en el territorio nacional. También incorpora este año una novedad relevante: la vacuna de la hepatitis a los 12-15 meses, por el repunte de casos que estamos viendo.
Y sigue señalando como pendiente en varias comunidades el meningococo ACWY a los 4 y 12 meses, no solo el B. Pero esto son recomendaciones científicas, lo mejor es consultar con el pediatra qué está financiado exactamente en la comunidad autónoma concreta, porque ahí sí hay diferencias reales entre territorios.
Existe la tendencia de reenviar al niño al aula en cuanto desaparece la fiebre. ¿Cuánto tiempo de convalecencia real necesita el cuerpo de un lactante para recuperarse completamente antes de reexponerse a nuevos virus?
Aquí quiero ser muy honesta, porque hay un matiz: el criterio de "24 horas sin fiebre" es una referencia práctica muy citada, pero no debe entenderse como una norma universal y rígida. La reincorporación depende también del estado general del niño y, en determinadas infecciones, existen criterios específicos distintos. Y luego, muchos virus siguen excretando, a pesar de la desaparición de los síntomas, durante días o incluso semanas después de que los síntomas hayan desaparecido (VRS, Rotavirus…) .
Por eso, lo que pediría a las familias es que se fijen en el estado general: que el niño recupere su energía habitual, que vuelve a comer y a jugar con normalidad, no solo en el termómetro.
Para cerrar, ¿qué le diría a una madre o un padre que se siente culpable cada vez que su hijo llega enfermo de la escuela infantil?
Primero, que no está haciendo nada mal. La escuela infantil es una necesidad real en la vida de muchas familias y, si es necesaria, no pasa nada por acostumbrarse a los mocos. Si el niño enferma con frecuencia, pero crece, come y juega con normalidad entre catarro y catarro, no pasa nada: es un niño sano viviendo una etapa más de su desarrollo. Ahora bien, y esto ya es una opinión personal y no una recomendación en contra de la guardería, que sigue siendo una opción perfectamente válida y necesaria, creo que tampoco hay que pensar que la escuela infantil es necesaria para la socialización y para el entrenamiento de sus defensas, ya que el entrenamiento se puede lograr con la vacunación y los niños se socializan igual en el parque o en espacios abiertos y se cogen menos infecciones.








