Hay profesores que enseñan una materia y otros que, además, dejan una huella imborrable en la vida de sus alumnos. Años después, sus palabras, su forma de explicar o la confianza que depositaron en ellos siguen presentes en sus recuerdos. Eso es precisamente lo que le ocurre a Alejandro Sanz, que en una entrevista en Lo de Évole evocó con emoción a la profesora de Lengua que despertó su amor por la lectura y la escritura: "Tuve una profesora de Lengua en el colegio que me despertó las ganas de leer; contaba las cosas de una manera muy bonita". El artista recordó cómo aquella docente granadina le dejaba "embobado" con sus relatos y cómo conserva aún la memoria de los olores del aula, las tizas o los pupitres de madera.
A raíz de este testimonio, hablamos con Bárbara Torrente Torres, directora del Grado en Educación Infantil de la Universidad CEU San Pablo, sobre el papel de esos maestros que marcan un antes y un después en la vida de sus alumnos.
¿Qué cree que diferencia a los profesores que dejan una marca permanente de aquellos que solo transmiten conocimientos académicos?
Para mí, la diferencia está en la mirada. El profesor que deja huella ve al alumno como es y sabe que la nota no lo define. Es un profesor que trata a sus alumnos con respeto, está cerca cuando hace falta y transmite pasión por lo que enseña. Y el alumno lo nota enseguida, porque distingue muy bien cuándo un profesor está pendiente de él y cuándo solo cumple con su programación.
El docente que solo transmite conocimientos puede explicar muy bien, pero se queda en el contenido. Con uno se aprueba, el otro se convierte en un referente.
¿Hasta qué punto la capacidad narrativa de un docente supera al temario formal a la hora de despertar el interés genuino por una materia?
No diría que lo supera, porque el temario es necesario y marca lo que hay que aprender. Pero la forma en que el profesor lo cuenta es lo que hace que al alumno le interese o no. Cuando un concepto se explica sin más, el alumno lo memoriza para el examen y muchas veces lo olvida. En cambio, si ese mismo concepto se presenta de forma atractiva, lo entiende mejor y lo recuerda.
Esto lo he visto en alumnos de diferentes edades. Todos necesitan tener un motivo para escuchar, y ese motivo pocas veces está en el objetivo del tema. Un buen relato les despierta la curiosidad y les emociona, y sabemos que aquello que nos emociona nos llama más la atención y se recuerda mejor. Para mí, saber contar el temario de forma motivadora es parte de saber enseñar.
Eso sí, contar bien no lo resuelve todo. Si detrás no hay un contenido sólido, la clase puede resultar muy amena, pero el alumno sale sin haber aprendido nada. Una buena explicación despierta el interés, y ese interés se mantiene cuando el alumno se da cuenta de que está aprendiendo. Por eso un buen profesor necesita las dos cosas: saber de lo que habla y saber cómo contarlo.
Un buen relato les despierta la curiosidad y les emociona, y sabemos que aquello que nos emociona nos llama más la atención y se recuerda mejor
¿Qué mecanismos psicológicos o de afinidad hacen que el estilo de un profesor conecte profundamente con unos alumnos mientras resulta indiferente para otros?
Creo que hay que partir de algo sencillo: la relación entre profesor y alumno es cosa de dos. Cada alumno llega a clase con su carácter, sus intereses y su propia historia, y eso hace que conecte más con unos profesores que con otros.
Influye mucho la afinidad, por supuesto. Un alumno inquieto puede sentirse muy a gusto con un profesor que le plantea retos, mientras que otro más tímido necesita a alguien cercano. A veces, además, el alumno se reconoce en el profesor, en su manera de pensar o de ver las cosas, y eso crea un vínculo muy fuerte. También es importante el momento en que se cruzan. El mismo profesor puede pasar desapercibido para un alumno y ser decisivo para otro que está atravesando una etapa difícil.
Por eso, los profesores debemos ser conscientes de ello. No podemos conectar igual con todos, pero sí procurar que ningún alumno se sienta invisible.
A menudo recordamos a los profesores que nos hicieron sentir protegidos o comprendidos en momentos difíciles. ¿Qué peso tiene la inteligencia emocional del docente en la memoria afectiva frente a sus conocimientos académicos?
Tiene muchísimo peso, tanto o más que los conocimientos. Un profesor no puede ayudar a sus alumnos a gestionar lo que sienten si antes no sabe gestionar lo que siente él. Todos tenemos días de cansancio o de frustración, pero no podemos trasladarlo al aula, porque trabajamos con personas.
Cuando un profesor tiene inteligencia emocional, sabe ponerse en el lugar del alumno, se da cuenta de que algo le pasa y le acompaña, y ese acompañamiento es lo que el alumno recuerda años después.
¿Hasta qué punto la fe que un profesor deposita en las capacidades de un alumno puede cambiar el rumbo de su vida profesional o personal, incluso cuando el propio alumno no confiaba en sí mismo?
Puede influir mucho. En educación lo conocemos como efecto Pigmalión: las expectativas que un profesor tiene sobre un alumno acaban influyendo en cómo aprende y en cómo se ve a sí mismo.
Cuando crees en un alumno, lo transmites sin darte cuenta: le animas cuando se equivoca, le planteas retos, le dejas más tiempo para pensar. Él lo percibe y empieza a verse de otra manera. También ocurre al revés: si esperas poco de un alumno, acaba esperando poco de sí mismo. Y esto pesa todavía más en los alumnos que no confían en sus capacidades. A veces basta con que alguien les haga ver que pueden para que empiecen a creérselo.
Pero cuidado, creer en un alumno no consiste en decirle que todo lo hace bien. Las expectativas tienen que ser altas pero realistas, y venir acompañadas de ayuda para poder alcanzarlas.
A mis alumnos les digo a menudo “regálame tu error”, porque un error compartido nos permite ver dónde está la dificultad y aprender todos de él. Cuando lo entienden, dejan de esconder lo que no saben y se atreven a preguntar
También solemos recordar con especial cariño a los docentes que mostraron su lado más humano (humor, errores, empatía). ¿Por qué romper la barrera de la "autoridad rígida" genera un recuerdo positivo tan duradero?
Porque cuando un profesor se muestra cercano, se crea un clima de confianza donde se aprende mucho mejor.
Por ejemplo, el humor relaja la clase y crea momentos compartidos que el alumno recuerda con cariño. Pues con los errores pasa algo parecido. Cuando un profesor reconoce que se ha equivocado, enseña algo muy valioso: que equivocarse forma parte de aprender. A mis alumnos les digo a menudo “regálame tu error”, porque un error compartido nos permite ver dónde está la dificultad y aprender todos de él. Cuando lo entienden, dejan de esconder lo que no saben y se atreven a preguntar. Esto no significa perder autoridad. Al contrario, la autoridad que nace del respeto y la cercanía es la que deja un buen recuerdo.
Muchos alumnos se descubren a sí mismos repitiendo frases, valores o actitudes de sus viejos profesores décadas después. ¿Cómo se produce esa interiorización inconsciente de la personalidad del maestro?
Se produce de una forma muy natural, porque aprendemos observando. Aprendemos de lo que nos enseñan y, sobre todo, de lo que vemos hacer a las personas que tenemos cerca. Esto en Infantil se ve muy fácilmente. Basta con observar a los alumnos cuando juegan a ser el profesor: repiten sus frases y hasta su tono de voz. Con los años, esa imitación deja de ser visible, pero no desaparece.
Además, se interioriza con más fuerza cuando hay un vínculo afectivo, porque tendemos a imitar a quienes admiramos. Lo que aquel profesor repetía cada día, su manera de resolver un conflicto o de animar a alguien, queda guardado sin que el alumno sea consciente. Hasta que un día, ante una situación parecida, por ejemplo, con sus propios hijos, se sorprende diciendo lo mismo.
Con los años, tendemos a idealizar a ciertos profesores. ¿Qué necesidades emocionales de la vida adulta cubre el recuerdo de esa figura protectora o inspiradora de la infancia o la adolescencia?
En la vida adulta tomamos muchas decisiones solos y sin saber si acertamos. Recordar a un profesor que nos guio nos da seguridad, porque nos lleva a un momento en el que alguien estaba pendiente de nosotros. Y si aquel profesor vio algo bueno en nosotros, ese recuerdo nos ayuda a seguir creyéndolo, incluso cuando dudamos.
Idealizarlo no me parece algo negativo. En el fondo, esa figura nos recuerda qué tipo de personas queremos ser.
En la psicología de la educación, ¿cómo se define a esos docentes que marcan un "antes y un después" en la transición hacia la madurez?
No hay un único término, pero hay dos ideas que lo explican muy bien. Se habla de profesores memorables para referirse a aquellos a los que los alumnos siguen recordando años después, por cómo enseñaban y por cómo les hicieron sentir. Y se habla también de tutores de resiliencia, que son aquellos que ayudan al estudiante a salir adelante cuando más lo necesita, porque le ofrecen un gran apoyo.
En la adolescencia esto tiene un peso especial. Es la etapa en la que construimos quiénes somos, y muchas veces buscamos fuera de casa un adulto en quien mirarnos. Cuando ese adulto es un profesor que nos trata con respeto y nos exige con cariño, puede ayudarnos a encontrar nuestro camino. En muchos casos, él ni siquiera es consciente de esto. Pero el alumno sí, y lo recuerda toda la vida.






