Día Mundial de los Docentes

Paola de la Cruz, maestra y asesora, sobre el agotamiento de los profesores: "No podemos separar el bienestar de quien educa del bienestar de quien es educado"


Los niveles de estrés, agotamiento y problemas de salud mental son muy elevados entre los docentes. ¿Qué es lo que está sucediendo para que, a pesar de ser una profesión tan vocacional, los profesionales se encuentren cada vez peor?


Paola de la Cruz, docente© Paola de la Cruz
5 de octubre de 2026 a las 18:00 CEST

Muchos niños pasan más tiempo con sus maestros y profesores que con sus propios padres. Son unas figuras fundamentales en su desarrollo y en su día a día, y no solo por proporcionarles los contenidos académicos correspondientes, sino porque el centro escolar es mucho más que eso, es una escuela de vida, y para algunos menores desfavorecidos, el único punto de referencia y apoyo del que disponen.

Hoy, 5 de octubre, se celebra el Día Mundial del Docente. Para reflexionar sobre su papel y sobre la difícil situación por la que atraviesan en muchas ocasiones y cómo esto puede afectar a sus alumnos, hemos hablado con Paola de la Cruz Sánchez, maestra, asesora educativa, experta en infancia y derechos de la infancia y elegida Mejor Docente de España en Educación Infantil en el año 2020.

Si el docente está exhausto, enfermo o emocionalmente desbordado, inevitablemente tendrá menos recursos para atender a los alumnos. Y esto no tiene que ver con su vocación ni con su compromiso

Paola de la Cruz, maestra y asesora

Sostienes que "cuidar y respetar a quien educa es la primera forma de cuidar a nuestros hijos e hijas". ¿Falta reconocimiento y protección a los docentes como figura relevante en el desarrollo de los menores?

Sí, y considero que tenemos que empezar a entender que cuidar y respetar al profesorado no es únicamente una cuestión laboral: es también una cuestión de derechos de la infancia. Cada mañana, las familias confiamos a maestras, maestros y profesores algo tan importante como el acompañamiento y la educación de nuestros hijos e hijas, pero pocas veces nos preguntamos en qué condiciones está trabajando esa persona.

La infancia no se vincula a un proyecto educativo, se vincula a una persona. Por eso, si queremos que los niños y las niñas estén seguros, acompañados, mirados y escuchados, necesitamos que quienes están a su lado puedan estar también en buenas condiciones.

No se trata de señalar al profesorado. La inmensa mayoría de docentes dan todo lo que tienen, y muchas veces más. El problema es un sistema que les pide cuidar sin cuidarles a ellos. Reconocer su importancia significa también proteger su salud, su tiempo y sus condiciones de trabajo.

Profesora con una niña en clase© Getty Images

Según algunos estudios, el grado de estrés de los docentes españoles es muy alto. ¿Qué es lo que está influyendo en que se sientan así?

Los datos de TALIS 2024 de la OCDE [Encuesta Internacional sobre la Enseñanza y el Aprendizaje de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos] muestran que casi la mitad del personal del segundo ciclo de Educación Infantil se declara estresado; en Primaria, el 60% del profesorado sufre estrés por la carga administrativa, y en Secundaria uno de cada seis docentes vive su trabajo con mucho estrés, seis puntos más que en 2018.

Hay factores estructurales que están influyendo: una carga burocrática que no deja de crecer, unas ratios que dificultan la atención individualizada y unas condiciones que no siempre permiten al docente hacer aquello para lo que se ha formado: educar y acompañar.

Además, hay una parte de la realidad que ni siquiera estamos midiendo. El primer ciclo de Educación Infantil, de 0 a 3 años, queda fuera de TALIS, y tampoco disponemos de una estadística periódica que nos permita saber cuántos docentes están de baja específicamente por ansiedad o depresión.

Profesor en clase con los alumnos© Getty Images

¿Un docente agotado puede llevar a cabo bien su tarea con los alumnos? ¿De qué forma les repercute a los menores?

Un docente agotado no es un mal docente. Es una persona a la que hemos dejado sola en una tarea fundamental para nuestra sociedad. Podemos pedirle a alguien que cuide, escuche, acompañe, observe y atienda las necesidades de 20 niños y niñas, pero si esa persona está exhausta, enferma o emocionalmente desbordada, inevitablemente tendrá menos recursos para hacerlo. Y esto no tiene que ver con su vocación ni con su compromiso.

Detrás de cada docente hay una persona con su propia vida. Muchos son padres o madres, o lo serán algún día. Tienen hijos que se ponen malos justo la semana de las evaluaciones, o padres mayores a los que hay que acompañar. También pasan por duelos, enfermedades o épocas de dormir poco, y eso entra con ellos en el aula por mucho que intenten dejarlo fuera. Aun así, cada mañana reciben a los hijos de otras familias como les gustaría que alguien recibiera a los suyos.

En un aula pasan muchas más cosas de las que recoge el currículo. Se enseña, claro, pero también se consuela al que llega llorando o se media en una pelea del patio, y a menudo es su tutor o tutora quien primero se da cuenta de que a un alumno le pasa algo en casa. Buena parte de lo que luego esperamos de los adultos, como saber convivir o respetar al otro, se empieza a aprender ahí. Cuidar al profesorado también es cuidar a los niños, aunque no siempre lo veamos así.

Maestra con sus alumnos en clase© Getty Images

¿Somos conscientes como sociedad de que el trabajo de los docentes no se desarrolla en las mejores condiciones?

Como sociedad, deberíamos preguntarnos en qué condiciones están trabajando. Hay clases demasiado llenas, horarios sin un hueco para coordinarse con nadie y situaciones que desbordan a cualquiera cuando falta apoyo. Cuando el profesorado reclama bajar las ratios o tener más recursos, está pidiendo poder hacer bien su trabajo. Otras cosas ni siquiera cuestan dinero, como respetar su criterio o reconocer de vez en cuando el trabajo que hay detrás de cada jornada. Nuestros niños y niñas pasan con ellos buena parte del día. Lo mínimo es preocuparnos de que lleguen al aula con fuerzas para cuidarlos.

La infancia acaba pagando las consecuencias porque necesita adultos disponibles. Un niño o una niña no puede decidir si la persona que le educa ha descansado, está bien emocionalmente o tiene tiempo para mirarle y escucharle. Depende de los adultos para que ese entorno sea seguro y protector. Por eso digo que la infancia no tiene sindicato. No puede reclamar unas mejores condiciones para la persona que la acompaña. Somos los adultos quienes tenemos que asumir esa responsabilidad.

Profesora dando clase a adolescentes© Getty Images

Reivindicas que cada año se hagan públicos los datos de las bajas docentes que hay debido a la salud mental. ¿Nos sorprenderíamos de las cifras? ¿Qué cambiaría si se conocieran?

Nos sorprendería, precisamente porque hoy no tenemos una fotografía clara de la situación. La Seguridad Social y MUFACE registran las bajas con su diagnóstico, pero en España no se publica una estadística periódica que nos permita saber cuántos docentes están de baja por ansiedad o depresión.

Lo que no se mide difícilmente puede abordarse de una manera adecuada. Publicar estos datos cada año, desglosados por etapas e incluyendo expresamente el primer ciclo de Educación Infantil, nos permitiría conocer la dimensión real del problema y tomar decisiones basadas en evidencias. Y, sobre todo, cambiaría la conversación. Dejaríamos de hablar del agotamiento docente como un problema individual y empezaríamos a verlo como una cuestión que afecta al conjunto del sistema educativo y, en última instancia, al bienestar y los derechos de la infancia.

Profesora haciendo trabajos con ordenador en el aula© Getty Images

La labor burocrática al margen de las clases que tiene que atender el profesorado no para de crecer. ¿Cómo afecta esto a la enseñanza?

La burocracia consume un tiempo que debería estar dedicado a educar, observar, preparar las clases y acompañar a los alumnos. El dato de TALIS 2024 es muy significativo: en Primaria, el 60% del profesorado sufre estrés por la carga administrativa. Cuando una persona tiene que dedicar cada vez más energía a tareas burocráticas, dispone de menos tiempo y recursos para aquello que realmente necesita la infancia: un adulto presente y disponible.

Además, no podemos olvidar que las relaciones educativas necesitan tiempo. Escuchar a un niño, detectar que algo le ocurre, acompañarle emocionalmente o adaptar una intervención no siempre aparece en una casilla de un formulario, pero forma parte esencial de educar. Reducir la carga burocrática no significa trabajar menos. Significa permitir que el profesorado pueda dedicar más de su tiempo y energía a hacer bien su trabajo.

Profesora en un aula dando clase© Getty Images/Connect Images

Siendo una profesión tan vocacional, ¿por qué tantos maestros y profesores que iniciaron su trabajo con ilusión y ganas se plantean un cambio de rumbo actualmente?

Porque la vocación no es infinita. Una persona puede tener una enorme vocación por educar y, al mismo tiempo, llegar a un punto de agotamiento si las condiciones en las que tiene que ejercer esa vocación no son sostenibles. No podemos utilizar la vocación como una excusa para pedir al profesorado que dé siempre más. La mayoría ya dan muchísimo. El problema aparece cuando el sistema exige cuidar, acompañar y educar, pero no proporciona siempre el tiempo, los recursos y las condiciones necesarias para hacerlo.

Un docente agotado no es alguien que ha dejado de tener vocación. Es alguien que necesita que el sistema también cuide de él o de ella. Si queremos que los buenos profesionales permanezcan en las aulas, tenemos que hacer que enseñar sea una profesión sostenible, no una profesión que dependa de cuánto más pueda sacrificarse cada persona.

Profesora seria en una clase© Getty Images

¿Cuáles son las condiciones en que se está enseñando hoy en España que necesitan una revisión y un cambio urgentes?

Hay tres ámbitos que considero prioritarios. El primero es la salud del docente. Tenemos que reconocerla como parte del derecho de la infancia a crecer en un entorno seguro y protector. No podemos separar el bienestar de quien educa del bienestar de quién es educado.

El segundo es la transparencia sobre la salud mental del profesorado. Necesitamos conocer cada año cuántos docentes están de baja por ansiedad o depresión, con datos desglosados por etapas e incluyendo también el primer ciclo de Educación Infantil.

Y el tercero es la organización del propio sistema educativo: reducir la carga burocrática y revisar las ratios, especialmente en aquellas etapas en las que los niños y las niñas necesitan más que nunca disponer de un adulto de referencia disponible.

Al final, la pregunta que deberíamos hacernos es muy sencilla: ¿en qué condiciones queremos que estén las personas que pasan cada día tantas horas cuidando y educando a nuestros hijos? Porque si queremos mejores resultados educativos, no podemos mirar únicamente las puntuaciones del alumnado. Detrás de cada resultado hay años de relación con una maestra o un profesor. Cuidar y respetar a quien educa es, en realidad, la primera forma de cuidar a nuestros hijos e hijas.