Es fácil empatizar con los padres de un niño o de una niña que sufre acoso escolar y las familias procuran educar a sus hijos para evitar que un día se conviertan en víctimas, pero… ¿qué ocurre cuando el papel que ejerce ese hijo es el contrario? ¿Qué ocurre cuando una madre o un padre descubre que su hijo es el acosador en un caso de bullying? Es una realidad mucho menos visible y mucho más incómoda que suele llenar de culpa y millones de preguntas sin resolver a los progenitores del niño que agrede física o emocionalmente a otro, especialmente cuando este niño se ha educado en un ambiente positivo en el que nada hacía prever algo así. Antes del sentimiento de culpabilidad y de las preguntas, la negación y la incredulidad es lo más común.
La cuestión es cómo afrontar una situación así. Sobre esto hemos hablado con Eliana Delacour, proyect manager de Sur of Self Forum, el congreso contra el acoso escolar, que se celebrará en noviembre en Madrid. Delacour, que es educadora y experta en inteligencia emocional, neurociencia aplicada y acompañamiento socioeducativo, nos indica en detalle cómo actuar para reconducir la conducta del hijo y para tomar las riendas de la situación con entereza.
Una conducta puede ser inaceptable, pero no puede definir a un niño para siempre
¿Qué suele sentir un padre al enterarse de que su hijo es quien acosa? ¿Impacta más que saber que es acosado?
Cuando descubrimos que nuestro hijo es la víctima, quien está siendo acosado, el dolor tiene un lugar muy claro en nuestra vida: "Mi hijo está sufriendo y no sé cómo protegerlo". Pero cuando descubrimos que nuestro hijo es el acosador, es quien está causando ese sufrimiento a otro niño, aparece algo distinto, se produce una ruptura, la imagen que teníamos de nuestro hijo se desmorona, pero no solo eso, sino también, la imagen que teníamos de nosotros mismos como padres.
Aparece la culpa. La vergüenza. El miedo al juicio. Las preguntas "¿qué hemos hecho mal?", "¿en qué nos hemos equivocado". Y muchas veces aparece también la negación: "Mi hijo no es así".
Pero yo creo que hay algo todavía más importante que preguntarnos, si duele más una situación u otra y es: qué hacemos con ese dolor. Porque un hijo que acosa está pidiendo a gritos límites. Necesita que un adulto sea capaz de decirle "esto que estás haciendo está mal y tiene que parar", "lo que haces tiene una consecuencia". Pero, y creo que es lo más importante, también necesita que ese adulto no le abandone emocionalmente en el momento en que más necesita aprender.
Una conducta puede ser inaceptable, pero no puede definir a un niño para siempre. No tenemos que elegir entre poner límites y amar a nuestros hijos. Nuestros hijos necesitan las dos cosas, porque el mayor acto de amor que podemos hacer por ellos es justamente ponerle límites.
¿Por qué algunos padres niegan la situación y qué consecuencias tiene esa negación en la evolución del caso?
Porque nadie quiere aceptar que su hijo está haciendo daño a otro niño. En las mentes tanto de las madres como de los padres está el pensamiento: "Quiero pensar que mi hijo es bueno". Y muchas veces confundimos esa necesidad con la obligación de defenderlo, pese a todo. Entonces nos encontramos buscando explicaciones que justifiquen su conducta: "Seguro que fue una broma". "El otro niño también le habrá hecho algo", "Mi hijo no es capaz de hacer eso", "Es cosa de niños".
Pero hay una diferencia muy grande entre defender a nuestro hijo y defender su conducta. Cuando negamos lo que está pasando, el niño pierde una gran oportunidad: aprender que sus actos tienen consecuencias y que puede hacerse responsable de ellos. Por eso creo que necesitamos cambiar el tipo de pregunta que nos realizamos, en lugar de "¿mi hijo es bueno o malo?", que sea "¿qué está haciendo mi hijo y qué necesita aprender para no volver a hacerlo?". Ahí comienza la verdadera educación.
¿Cómo abordar la situación tanto con el hijo como con el entorno para paliar los posibles daños y evitar que se siga produciendo el acoso?
Lo primero que hay que hacer es parar el daño. Antes de realizar cualquier otra reflexión profunda, tener cualquier conversación o abordar cualquier proceso de reparación, necesitamos garantizar que el niño que está sufriendo esté seguro y esto se trabaja interdisciplinariamente con la escuela, el equipo de orientación y su familia.
Después comienza un trabajo mucho más profundo. Tenemos que mirar al niño que está ejerciendo el acoso sin etiquetarlo, empezar a preguntarnos "qué está buscando, qué le está sucediendo, qué lugar ocupa dentro del grupo, qué emociones no sabe gestionar, qué necesita demostrar, qué ha aprendido sobre el poder, qué alternativas tiene para relacionarse", entra otras preguntas.
Porque muchas veces les pedimos a los niños que "se porten bien", pero no les hemos enseñado qué hacer cuando sienten rabia, enojo, celos, frustración, necesidad de ser vistos, de pertenecer a su entorno, como también ese miedo a quedar fuera de él.
Y lo que no hay que olvidar es al grupo, el entorno donde se constituye el acoso escolar, porque rara vez existe únicamente entre dos personas. Hay otros factores, como, por ejemplo, espectadores, silencios, risas, miradas, complicidades y dinámicas de poder. Por ello cuando creemos que educamos a un solo niño, en realidad estamos educando también al grupo que lo rodea.
¿Qué decirle al niño para que comprenda el daño causado sin humillarlo?
Primero como adultos, diferenciar entre culpa y responsabilidad. La culpa puede hacer que un niño piense "soy malo". La responsabilidad le permite pensar: "He hecho algo que está mal. Puedo reconocerlo. Puedo repararlo. Puedo aprender otra manera". Y eso es, lo que nosotros tenemos que aprender a transmitirle. No necesitamos humillar a un niño para enseñarle que ha cruzado un límite.
El límite no pierde fuerza porque esté puesto con amor. Al contrario: muchas veces es el amor el que nos da la fuerza para ponerlo.
Entonces le diría: "Lo que has hecho ha causado daño. Y necesito que podamos mirar juntos esa situación. Tu actitud no me ha gustado, por eso no voy a justificarte, pero tampoco voy a abandonarte. Quiero que juntos entendamos qué fue lo que pasó, que asumas tu responsabilidad y que juntos descubramos lo que puedes hacer diferente a partir de ahora".
No necesitamos humillar a un niño para enseñarle que ha cruzado un límite.
¿Qué tipo de acciones de reparación son realmente educativas y ayudan a transformar la conducta?
La primera acción de reparación es que el niño pueda asumir su error, la responsabilidad que ha causado daño y que eso tuvo una consecuencia. Una vez que se toma consciencia de eso, el próximo paso es poder pedir perdón. Porque disculparse, sin reflexionar no siempre es una reparación. Porque decir "perdón" cinco minutos después, no necesariamente significa haber comprendido el daño. La reparación empieza una vez que el niño puede mirar lo sucedió y empezar a comprender sus consecuencias. Puede implicar asumir responsabilidades, cambiar actitudes, aprender nuevas formas de relacionarse y demostrar, con el tiempo, que alguna de sus conductas ha cambiado.
Tengamos en cuenta que a veces los adultos tenemos prisa por cerrar las heridas, queremos que lo ocurrido pase al olvido rápidamente, pero una herida no se cierra porque alguien diga "lo siento". Se cierra cuando deja de producirse el daño y empieza a existir seguridad. La reparación verdadera no queda solo en palabras, sino en los pequeños cambios que podemos ver demostrados.
¿Cómo deben coordinarse familia y escuela para evitar que el acoso se repita?
La familia y la escuela no pueden convertirse en enemigos intentando demostrar quién tiene razón. La familia y la escuela tienen que ser un todo, tienen que estar alineados porque sabemos que lo principal y en el centro de todo esto están los niños.
La escuela tiene como principal función, además de enseñar, proteger, intervenir y hacer seguimiento del bienestar de los niños. La familia tiene que acompañar, poner límites y asumir su responsabilidad. Y ambos necesitan compartir información y trabajar en la misma dirección.
No basta con que el colegio diga "ya hemos hablado con él". Y tampoco basta con que la familia diga "en casa ya le hemos explicado que eso está mal", porque ¿qué hacemos solamente con eso? Necesitamos saber qué está pasando en los patios, en los pasillos, en el aula, en los grupos de WhatsApp, en las redes, en los espacios donde los adultos no siempre estamos presentes. Y también en casa. La familia no queda fuera de una conducta disruptiva de un niño hacia otra persona.
Una vez que tengamos todo eso, se necesita algo fundamental: seguimiento. Porque deje de existir una agresión visible no significa necesariamente que el problema haya desaparecido, porque así solo nos limitamos a apagar el incendio. Como responsables de los niños tanto en la escuela, como la familia, tenemos que entender por qué se produjo y evitar que vuelva a suceder.
Es muy importante la acción conjunta y compartida de todo el entorno de los niños: centro escolar, docentes, tutores, familia y compañeros, y de todo esto precisamente vamos a hablar y compartir en el próximo Sure of Sel Forum, que se va a celebrar este mes de noviembre en Madrid, sobre todos los temas que rodean el acoso escolar.
¿Por qué hay niños que, a pesar de haber recibido una educación adecuada en casa, acaban convirtiéndose en acosadores?
Porque creer que la educación que les transmitimos en casa es suficiente, es totalmente erróneo, ya que educar no significa que podamos controlar todas las experiencias que nuestros hijos van a vivir. Un niño aprende en casa, pero también aprende en el colegio, en su grupo de amigos, en los videojuegos, en las redes sociales, en las conversaciones que escucha, en las experiencias que atraviesa y en el ejemplo que le damos como adultos responsables.
Y principalmente, también aprende de sí mismo, de sus emociones, de sus inseguridades, de sus necesidades, de aquello que todavía no sabe expresar. Por eso me parece muy peligroso creer que un niño acosador nos lleve a pensar "ese niño tiene una mala familia", porque también sabemos que hay niños que crecen en familias amorosas y, aun así, desarrollan conductas que hacen daño.
No podemos buscar una única causa para una realidad que es compleja; lo verdaderamente importante es que, cuando aparece una conducta que daña, los adultos que acompañamos tengamos la capacidad de verla y de intervenir, no de mirar hacia otro lado.
En general, ¿cómo influyen los modelos que ve en casa en la forma en que se relaciona con otros? ¿Son determinantes en niños que acosan a otros?
Los niños nos escuchan, pero sobre todo nos observan. Los influencers más importantes para los niños somos los adultos que tienen cerca, porque observan cómo hablamos cuando estamos enfadados, cómo tratamos a quien piensa diferente, cómo hablamos de otros cuerpos, de otras familias, de otras personas, cómo resolvemos una discusión, cómo ponemos límites, cómo demostramos el amor.
Podemos repetirles mil veces "respeta", "pórtate bien", "no hagas esto"..., pero si ellos viven en un entorno donde el poder se ejerce desde el miedo, la humillación o el desprecio, el mensaje que reciben es otro, y claramente creen que es el mensaje que ellos también tienen que transmitir, normalizan lo que en una sociedad, no debe ser normal. Pero también es importante saber que los padres somos influencia, no destino. Un niño puede haber visto modelos inaceptables y aprender a hacerlo diferente. Y un niño puede haber recibido modelos adecuados y, en un momento determinado, desarrollar una conducta que nos haga encender una alerta, que necesite ser revisada.
Por eso, más que buscar culpables e intentar desligarnos de la responsabilidad, tenemos que mirar los aprendizajes. Empezar a hacernos preguntas que al observar al niño nos lleven a las respuestas: ¿Qué entiende este niño por poder?, ¿qué entiende por pertenecer?, ¿qué hacer para ser respetado?, ¿qué hace cuando tiene miedo de quedarse fuera?, ¿qué hace cuando siente que pierde el control? Preguntas que no nos cierren puertas, sino que puedan abrirnos caminos.
¿Qué pueden hacer los padres para prevenir que su hijo vuelva a situarse en un rol de agresor?
Primero, que lo ocurrido no lo defina, ni le etiquete. Que un niño haya acosado a otro no significa que tenga que crecer escuchando durante años que es el acosador, el "malo de la película". Pero tampoco significa hacer como que aquí "no ha pasado nada", pasar página como si nada hubiera ocurrido. Necesitamos mantener los dos focos de un mismo hecho: "lo que hiciste estuvo mal". Y a su vez hacerle saber que puedes aprender a hacerlo diferente.
La familia tiene que estar presente, ayudarle a reconocer sus emociones, aprender a tolerar la frustración, desarrollar empatía, reparar cuando causa daño, pedir ayuda cuando no sabe gestionar una situación, establecer espacios de comunicación, crear un vínculo de confianza y encontrar formas de pertenecer al grupo sin necesitar manipular a otros.
Y, sobre todo, necesitamos observar, estar presentes, involucrarnos, ser parte. No desde la vigilancia, sino desde la presencia. Preguntarle quiénes son sus amigos, cómo están, qué ocurre cuando alguien se queda fuera, qué hacen cuando todos se ríen de alguien, qué harían si ven que un compañero está siendo humillado, cómo actuarían si la situación fuera al revés, preguntas que los inviten a reflexionar, y a nosotros, como familia, poder reconocer en ellos las conductas, pensamientos y emociones que le generan este tipo de situaciones.
Porque la prevención no comienza cuando aparece el bullying, comienza mucho antes, cuando enseñamos a un niño qué hacer con sus emociones, cuando aprende a regularse, cuando puede comunicarse, cuando sabe y conoce que existe un entorno seguro en quien puede confiar. Porque educar para una convivencia libre de bullying no consiste solamente en enseñar a nuestros hijos a no hacer daño. Consiste en enseñarles a cuidar, a respetar, a reparar y a utilizar su fuerza para construir, nunca para destruir. Y ahí, es donde la tolerancia cero deja de ser solamente un lema y se convierte en una forma de educar.






