Ya lo decía Antoine de Saint-Exupéry a través de su obra El Principito: crecer no siempre significa avanzar. A veces, implica olvidar. Olvidar cómo mirábamos el mundo, cómo nos sorprendían las cosas o cómo éramos capaces de disfrutar sin pensar demasiado. Para muestra, un botón.
"Todas las personas mayores fueron al principio niños (aunque pocas de ellas lo recuerdan)". Esta es una de las frases más conocidas de El Principito y, probablemente, una de las que más sentido tiene hoy. Porque en un momento en el que todo va rápido, en el que vivimos pendientes del móvil, del trabajo o de lo urgente, recordar esa mirada más sencilla se ha vuelto casi necesario.
Y es que, en la era de la hiperconectividad, parar y prestar atención a lo importante no siempre es fácil. Vivimos rodeados de estímulos, de información y de ruido, y eso hace que poco a poco vayamos perdiendo esa capacidad de asombro que teníamos de niños. Sin darnos cuenta, dejamos de mirar para empezar a funcionar en automático.
Por eso, a través de esta frase y con la ayuda de Manuel Coronado, autor del libro En busca de lo esencial. Enseñanzas del Principito, hemos querido analizar qué significa realmente y cómo puede ayudarnos a vivir mejor hoy.
¿Quién fue Antoine de Saint-Exupéry?
Antoine de Saint-Exupéry (1900–1944) fue un escritor y aviador francés, conocido mundialmente por ser el autor de El Principito, una de las obras más leídas y traducidas de la historia.
Además de este libro, escribió otras obras como Vuelo nocturno o Tierra de hombres, en las que combinaba su experiencia como piloto con reflexiones sobre la vida, la soledad o el sentido de la existencia.
Su forma de escribir tenía algo especial: lograba explicar ideas complejas de una manera sencilla. A través de una historia aparentemente infantil, consiguió hablar de temas universales que siguen conectando con lectores de todas las edades.
¿Qué significa realmente esta frase de 'El Principito'?
Cuando Saint-Exupéry escribe que todos fuimos niños, pero pocos lo recuerdan, no está hablando solo de la infancia como etapa, sino de una forma de mirar la vida. El niño observa, pregunta, se sorprende, siente. No necesita entenderlo todo para disfrutarlo. El adulto, en cambio, tiende a racionalizar, a anticipar, a controlar. Y en ese proceso, se pierde algo importante.
Según explica Manuel Coronado, "perdemos la capacidad de asombrarnos cuando nos dejamos llevar por los esquemas de una sociedad que nos impulsa al desenfreno y nos hace vivir en piloto automático, sin cuestionarnos siquiera por qué hacemos lo que hacemos". Es decir, dejamos de mirar con curiosidad para empezar a vivir desde la inercia.
El momento en el que dejamos de asombrarnos
No hay un punto exacto en el que dejamos de mirar como niños, pero sí hay señales. A medida que crecemos, incorporamos normas, rutinas y expectativas. Aprendemos lo que "toca hacer" y lo que "es razonable". Pero, tal y como señala Coronado, ahí es donde empieza el problema: "tratamos de explicar la realidad por medio del sombrero de la lógica y los prejuicios, ignorando la parte esencial de las cosas".
Ese cambio de mirada hace que confundamos lo razonable con lo importante. Que prioricemos cumplir con lo esperado frente a preguntarnos si eso realmente tiene sentido para nosotros. El resultado es una vida cada vez más rápida, más exigente y, en muchos casos, más desconectada.
¿Qué perdemos cuando dejamos de mirar como niños?
Perdemos más de lo que parece. Según el autor, cuando desaparece esa capacidad de asombro, también dejamos de comprender la vida. "El adulto que no comprende la vida tampoco comprende a los niños y se vuelve serio y exigente, corriendo de un lado para otro, sin tiempo para nada".
Además, empezamos a valorar más lo superficial. Damos más importancia a lo que aparentamos que a lo que sentimos. Aumentamos contactos, pero no necesariamente vínculos. En palabras de Coronado, "lo importante son las relaciones, crear vínculos de amistad verdadera y no solo aumentar los contactos".
Recuperar al niño que fuimos
La propuesta de El Principito no es volver atrás, sino recuperar esa forma de mirar. "Recuperar la mirada del niño que fuimos tiene un efecto poderoso en nuestro bienestar emocional", explica Coronado. "Permite dejar a un lado los formalismos y recuperar una mayor flexibilidad y alegría de vivir".
Y ese cambio se nota. Reímos más. Nos sentimos más ligeros. Dejamos de tomarnos todo tan en serio. Y, sobre todo, recuperamos la calma, algo cada vez más necesario en un entorno marcado por la prisa constante.
El impacto en nuestra salud emocional
Volver a esa mirada no solo cambia cómo vemos las cosas, también cambia cómo nos sentimos. Según el autor, recuperar esa conexión con uno mismo permite vivir con más autenticidad. "Nos posicionamos en lo que somos y no en lo que nos impone el sistema", señala .
Además, implica dejar a un lado actitudes muy presentes en la vida adulta, como el orgullo o la necesidad de aparentar. Los niños no buscan impresionar. No compiten por reconocimiento. Simplemente viven. Y esa forma de estar tiene un impacto directo en el bienestar.
El problema del ruido constante
Sin embargo, el contexto actual no lo pone fácil. Vivimos en una sociedad que impulsa a consumir, a competir y a compararnos constantemente. Esto genera una sensación de insatisfacción permanente. Tal y como explica Coronado, este ritmo tiene consecuencias claras: "más frustración, más impaciencia y una mayor sensación de vacío".
Además, dificulta algo fundamental: valorar lo que tenemos. Cuando todo es inmediato, cuando todo cambia rápido, perdemos la capacidad de esperar, de apreciar y de disfrutar.
Cómo proteger nuestra capacidad de asombro
A pesar de todo, es posible recuperar esa mirada. La clave, vuelve a insitir el autor, es sencilla en teoría: parar.
"Hacer una pausa para reflexionar, hacerse preguntas y contemplar la belleza del momento", explica. Puede ser algo tan simple como observar una puesta de sol, caminar sin prisa o dedicar unos minutos al silencio. Lo importante no es la actividad en sí, sino la actitud. Mirar como si fuera la primera vez.
Volver a lo esencial
En el fondo, el mensaje de El Principito gira en torno a una idea clara: lo esencial no siempre es lo más visible, o lo que es lo mismo recordando a pequeño principito: "Lo esencial es invisible a los ojos", otra de las frases más memorables del libro.
En una sociedad centrada en lo material, en lo rápido y en lo inmediato, volver a lo esencial implica cambiar la mirada. Significa dar valor a las relaciones, al tiempo compartido, a lo que nos hace sentir bien.
También implica cuestionar lo que damos por hecho y atrevernos a vivir de una forma más coherente con lo que somos.
Una reflexión que sigue más viva que nunca
La frase de El Principito no habla de nostalgia, sino de conciencia. De recordar quién fuimos para entender quién somos. De recuperar una forma de mirar que nos permita vivir con más calma, más sentido y más conexión.
Quizá por eso esta frase sigue teniendo tanto sentido. Porque nos recuerda algo sencillo, pero fácil de olvidar: que, antes de ser adultos, fuimos niños. Y que, en esa forma de mirar, todavía puede haber muchas respuestas.










