La cerámica de Diego Nine: habla de sobremesas largas, casas personales, de frutas y verduras sobre el mantel, de luz natural entrando por la ventana y de ese gesto tan simple y especial de reunir a gente alrededor de la mesa. En su caso, la inspiración no se esconde demasiado: está en todas partes, desde la naturaleza de su tierra, hasta la gastronomía diaria. Con piezas cercanas y que aportan mucho a cualquier entorno, desde aperitivos a comidas que se alargan. Quizá por eso interesa tanto; porque lo que proyecta es una forma concreta de vivir. Entre sus clientes y seguidores se encuentran su gran amiga Gala González, o el artista Jaime Hayon Una en la que el trabajo manual, la naturaleza, la mesa y la casa están conectados del todo. Él mismo se define a partir de unas referencias muy claras “mar, gastronomía, tierra y naturaleza” y esa frase, más que una presentación, funciona casi como una clave para entender su obra.
Diego es gallego afincado en Madrid desde hace más de diez años, estudió Derecho, aunque pronto entendió que su camino iba por otro sitio. La cerámica, en realidad, no apareció después: si no que estaba desde el principio.
“Hago cerámica en casa con mi madre desde que tengo uso de razón. Ella es mi maestra”.
Hay muchos recuerdos en sus piezas, no entendidos como nostalgia, sino como un archivo personal de escenas que siguen apareciendo de alguna forma. De Galicia se llevó pocas cosas físicas, cuenta, pero sí muchas fotos antiguas de su abuelo, que era fotógrafo profesional. Le interesa poder mirar en ellas a su familia y “esos rincones a los que aún vuelvo, sólo que en otro tiempo” dice. Todo encaja bastante con su cerámica: piezas que no buscan ser impersonales ni perfectas, sino reconocibles, cálidas y llenas de vida.
Ahora, además, todo sucede desde su casa-taller de campo que comparte con su pareja, también artista y su teckel. Después de quince años viviendo en Justicia, decidieron bajar el ritmo y mudarse fuera de la ciudad. La casa la están decorando ellos mismos, “con mucho cariño y poco a poco”. Arriba está el taller, una buhardilla luminosa y amplia; debajo la casa, el jardín con vistas directas al campo. Habla de cafés interminables entre los dos, de conversaciones sobre arte, proyectos y vida, y de una convivencia en la que cada uno tiene su espacio, pero ambos comparten sensibilidad estética.
Su proceso creativo es bastante simple y cercano: “Café, buena luz, barro fresco y tormenta de ideas que fluyen” nos cuenta. También que suele trabajar con algún ruido de fondo, con películas o series acompañándole durante horas. Son detalles pequeños pero no intenta romantizar en exceso el oficio, aunque sí deja claro que detrás hay paciencia, tiempo y mucho criterio.
Cuando habla de lo que más disfruta, vuelve a salir una idea que resulta bastante reveladora: modelar y abrir el horno. Es decir, el comienzo dónde todo es libre y el momento final de descubrir como han quedado. En medio está todo lo demás, incluida la parte “fea”, como él la llama: logística, embalajes, envíos. “Detrás de cada pieza hay tiempo (mucho), cariño, dedicación y hay también mucho del artesano que la crea y la modela”, explica.
En lo visual, probablemente una de las claves está en que ha conseguido algo difícil: que su estética sea identificable sin resultar repetitiva. Él mismo lo dice con bastante claridad cuando habla de lo importante que es para él que alguien vea una imagen y piense: “es muy Diego Nine”. Y ese punto reconocible: los alimentos, los colores primarios, la mesa como pequeño escenario y una cierta alegría visual que evita que la artesanía se vuelva demasiado seria. Piezas que funcionan bien solas, pero mejor aún cuando se mezclan con lino, fruta real o una cristalería sencilla.
No es casualidad que entre sus piezas más queridas y más vendidas aparezcan los tomates y los limones. El tomate de cerámica, dice, funciona porque es “algo sencillo pero especial”; gusta por sus proporciones, por su olor, por su sabor, incluso antes de convertirse en objeto. Y cuando explica por qué les tiene tanto cariño, la respuesta vuelve otra vez a la infancia: “Me recuerda a mi infancia, a los huertos de mis abuelas en Galicia”.
Al final, lo interesante en Diego Nine no es solo lo que hace, sino desde dónde lo hace. Una casa de campo decorada poco a poco, una buhardilla convertida en taller, recuerdos familiares, naturaleza, ruido de fondo, intuición, perfeccionismo y una relación algo emocional con la mesa. Todo eso termina viéndose en sus piezas.











