Hay algo en las historias de reinvención que nos atrapa. Probablemente, sea la idea de que, una mañana cualquiera de una semana cualquiera, otra vida es posible, una movida por la pasión y no por la inercia. Nos recuerdan que si lo raro es vivir, como decía Carmen Martín Gaite, más vale aprovecharlo. Por tópico que suene, nunca es demasiado tarde para convertirnos en quienes queremos ser y cada día es una nueva oportunidad para intentarlo.
La de Cristina Velasco Mora (Ourense, 1985) es una de esas historias inspiradoras. Esta gallega cambió la abogacía por la artesanía y las leyes por el origami. “Estudié derecho porque no sabía bien qué hacer. Soy de una generación que creció sin apenas referentes de mujeres en profesiones artísticas”, recuerda. “Pero esa vida no era para mí. Cuando me ponía a crear mi mente se activaba: aparecían la alegría, la energía, las ganas… y eso no me pasaba en el despacho”.
Siguiendo la estela de estas emociones que la embargaban manipulando el papel, decidió atender una vocación que cada vez la atraía con más fuerza. En 2012 su hermana Beatriz creó el blog Anaquiños de Papel, que luego daría nombre al estudio que ambas comparten. Poco a poco, comenzaron a llegar los encargos, primero de amigos y familiares y luego de empresas. “En 2014 decidimos dar el paso y emprender”, apunta. “Tuve miedo de fracasar, pero me daba todavía más miedo vivir una vida que no me gustaba”.
Más de una década después, nos reunimos con esta talentosa maestra del papel en la Sala Private Lounge de Galería Canalejas, donde impartió uno de sus talleres de modelado, volumen, plegado y composición de flores. “Para mí es muy especial formar parte de un espacio que apuesta por el arte y que entiende la artesanía como algo cambiante, actual y con capacidad para dialogar con otros mundos como la moda y el diseño”. Allí, entre filigranas y cuartillas de crepe, nos sumergimos con curiosidad y admiración en la reinvención de esta orensana que antes se regía por el ordenamiento jurídico y ahora elabora preciosas piezas de papel.
¿Siempre te atrajo la artesanía?
La verdad es que sí, aunque cuando era pequeña no la consideraba como tal, sino como manualidades, y ni siquiera eran con papel. En Navidad siempre pedía Legos, puzzles en 3D, kits de punto de cruz o de DIY. Me parecía fascinante y muy entretenido. Además, nuestros padres nos apuntaron a clases de pintura y cerámica y eso no hizo sino alimentar este interés. Había algo en crear con las manos que, ya entonces, me atrapaba profundamente.
¿Cómo descubriste esta nueva vocación?
Fue gracias a mi hermana Bea, que es arquitecta. Investigando sobre estructuras y diseño, descubrió el origami y le gustó tanto que empezó a practicarlo e idear artículos con un enfoque decorativo. En 2012 abrió el blog Anaquiños de Papel, que significa “trocitos” en gallego. Yo la veía realizar cosas tan bonitas, que le pedí que me enseñara… ¡y desde entonces no he parado!
¿Fue muy duro emprender?
Mucho. Tuvimos que volver a casa de mis padres. Los tres primeros años fueron especialmente complicados, intentando abrirnos camino en un sector como la artesanía, que entonces no estaba tan valorada, y además con un material poco habitual como el papel. Sin nuestra familia no hubiéramos aguantado.
¿Qué te da el papel frente a otros materiales?
Es aparentemente sencillo y cotidiano, presente en cualquier casa, y sin embargo, puede transformarse en algo extraordinario. De hecho, muchas de las grandes obras de la historia han comenzado con un simple boceto.
¿Cuál es tu relación con el país del origami?
Viajar a Japón es uno de mis grandes sueños. Iba a ser mi destino de luna de miel, pero se truncó por la pandemia. Aunque mi trabajo tiene una mirada más contemporánea y decorativa, sí siento que hay algo de esa filosofía en mi manera de crear: el cuidado por el detalle, el tiempo que requiere cada pieza y la importancia del proceso.
Hablando del proceso, cuéntanos cómo es el tuyo
Suele comenzar con una idea muy intuitiva, que a veces nace de la naturaleza -especialmente de mi tierra Galicia-, de la moda o de la necesidad concreta de un proyecto. A partir de ahí, entro en una fase de investigación y prueba en la que hago bocetos, busco referencias y construyo maquetas. Después llega la parte más técnica: elegir el tipo de papel, los colores, las proporciones... Y por último, la ejecución, que requiere de mucha minuciosidad, paciencia y tiempo.
¿Te consideras más tradicional que experimental?
Mi trabajo se sitúa en un punto bastante libre entre las dos. El arte con papel, más allá del origami, no es una técnica muy arraigada en España, así que no siento que tenga que seguir unas normas preestablecidas. Me dejo llevar bastante por la experimentación, aunque siempre desde una base desarrollada con los años. O sea que combino ambas cosas: por un lado, el respeto por el oficio, el cuidado y la precisión; y por otro, la libertad de explorar y llevar el papel a lugares que quizá no son los frecuentes.
¿Qué proyectos tienes ahora entre manos?
En abril tengo varios muy interesantes en Barcelona y, más adelante, probablemente también alguno fuera de España, lo que me hace mucha ilusión. Siento que las marcas valoran cada vez más lo artesanal y confían en mí para aportar un valor diferencial. También seguiré desarrollando mi obra personal -el año pasado tuve la oportunidad de exponer por primera vez mis esculturas en Contemporania Barcelona- y mis talleres. Estos últimos los disfruto mucho, porque me parecen una manera maravillosa de poner en valor el papel y compartir todo lo que hay detrás de este oficio.
¿Tienes algún reto por cumplir?
Me gustaría seguir llevando el papel a nuevos espacios y contextos, explorando sus límites y demostrando que puede ocupar un lugar relevante dentro del arte contemporáneo y del diseño. Al final, mi mayor propósito es seguir creciendo sin perder la esencia: continuar creando desde la emoción, la curiosidad y el amor por el oficio.








