Paz Padilla nos recibe con los brazos abiertos en plena Gran Vía de Madrid para hablar de su nuevo libro, Alzar el duelo, un kit de emergencia emocional que acompaña, consuela y ofrece luz en los momentos más oscuros. Pregunta a pregunta, la humorista abre su corazón como nunca antes sobre las durísimas pérdidas que ha sufrido en los últimos años. La de su madre, la de Antonio y la de su hermano Luis. De vez en cuando, su voz se entrecorta. Sus ojos se humedecen y coge aire para recuperar la calma. Después, sonríe al recordar que este año se casa su hija Anna. La entrevista se convierte en un reflejo de la vida misma, una mezcla de emociones sinceras que culmina con un inesperado intercambio de roles. Paz deja de ser la protagonista para preguntar, como lo haría una buena amiga, qué tal estás. Sin saber cómo, te sinceras. Y ella te escucha y se vuelve a emocionar. "¿Sabes que te da el duelo? Empatía", dice.
Paz, enhorabuena por Alzar el duelo, que es número uno en ventas. ¿Qué te impulsó a escribir este libro?
La gente me lo pedía, quería saber más sobre el duelo. Mi anterior libro, El humor de mi vida, llega hasta el entierro de Antonio, pero no profundiza en el duelo. Habla del acompañamiento y de aceptar que tu ser querido se va. Entonces empecé a trabajar en el duelo que yo ya había transitado y es increíble lo que conlleva. No es una enfermedad. No es un estado. Es un proceso en el que entras de una manera y sales de otra. Es una transformación.
Partiendo de la base de que ningún duelo es fácil, de todos los que has vivido, ¿cuál ha sido el más complicado de afrontar?
El de mi Antonio. Bueno… es que yo solapé el duelo de mi madre y el de mi Antonio. Se fueron con cuatro meses de diferencia. Yo no sabía por quién lloraba. Si lloraba por mi madre, si lloraba por mi Antonio o si lloraba por mí. A veces lloraba por mí. Los dos pilares más importantes de mi vida desaparecieron de la noche a la mañana. Pero eso no significaba que yo tuviera que enterrarme y dejar de vivir, sino que tenía que aprender a vivir con otra realidad. Fue muy difícil.
Cuentas en el libro que en el duelo de Antonio se te llegaron a romper hasta las muelas del sufrimiento…
Sí. En el duelo hay una parte física. No duermes, no comes, no te apetece hacer nada, lloras todos los días... A veces hasta te cuesta ducharte, vestirte, salir a la calle, ver a la gente… Y el dolor duele. De la tensión de todo el proceso, debe ser que apretaba los dientes y se me rompieron las muelas. Me sorprendió mucho. Por eso en el duelo hay que cuidarse, hay que procurar dormir, comer, hacer deporte… porque si no tu cuerpo se va al traste. De hecho, la espalda también se resintió con una hernia.
Tras la muerte de Antonio te refugiaste en tu casa de Ávila. ¿Qué hiciste aquellos días?
Llorar, meditar, pensar, pasear, comer, dormir… Estar sola conmigo misma. En el duelo hay mucha introspección. Es un trabajo solitario, nadie te puede ayudar. Te pueden dar herramientas, pero el trabajo lo tienes que hacer tú. Tienes que pasar mucho tiempo contigo misma para aceptar que no puedes cambiar nada y adaptarte a la nueva realidad. Con mi hermano Luis hice lo mismo. Me fui diez días a un retiro de silencio. La gente no lo entendía, pero yo sabía lo que tenía que hacer. En realidad lo que tu mente necesita es integrar lo que ha sucedido, que no ha sido un sueño.
Permitirte vivir el duelo, darle espacio.
Sí. Y buscar un lugar para el amor, que eso cuesta mucho porque estamos acostumbrados al amor físico, es decir, si te doy un abrazo, te quiero. Pero el amor no desaparece aunque físicamente esa persona no esté. Nos da muchísima angustia pensar que no lo vamos a volver a ver, que no vamos a poder sentir sus abrazos… y ese trabajo interior es entender que lo que te unía a esa persona era el amor y que el amor no desaparece. Entonces tienes que volver a encontrar ese amor de él en ti, identificarlo en los momentos que habéis vivido juntos. Al principio la gente no quiere recordar y es al contrario. Porque yo quiero a mi padre aunque mi padre físicamente no está. Pero es que también quiero a mis hermanos que están en Cádiz y no están físicamente en el día a día conmigo. Vale que confío en que los volveré a ver, pero yo los quiero. Yo cierro los ojos y veo a mi hermana Lola y digo 'cuánto quiero a mi niña, la voy a llamar'. Aunque yo he cogido el teléfono y he llamado a mi hermano y a mi Antonio y a mi madre muchas veces… aunque no tenía respuesta.
¿De dónde sacas esa fuerza que te impulsa a salir a flote?
Yo creo que todos somos resilientes. Yo he aprendido que no quiero convertirme en una persona triste, amargada o mala. Porque a veces las batallas te hacen desconfiar de todo y decir para qué merece la vida si esto es un sufrimiento. Yo quiero convertirme en una persona alegre. Me acuerdo una vez que trabajando en el hospital una señora mayor me dijo: 'Hija, qué graciosa eres. Siempre tiene ganas de cachondeo. Yo también, pero la vida me dio tantos palos que ya solo hago llorar'. Y me marcó. Y yo decía: 'Yo no quiero que la vida me amargue así. Yo no quiero dejar de reír. No quiero dejar de vivir'. Esto es un trabajo. Porque si te dejas llevar por la pena y te dejas llevar por la angustia... Yo soy capaz ahora mismo de ponerme a llorar. Porque yo lloro todos los días. Yo he aprendido que las emociones son impermanentes. Hay un pensamiento, se produce una emoción, la liberas y continúas con tu vida. Si tienes ganas de llorar, lloras, y cuando viene la risa, lo mismo, dejo que me atraviese. Y tampoco estoy todo el día riéndome.
Pero la risa parece que está mejor vista que el llanto. Acompañar en el duelo no es fácil, puede resultar incómodo a nuestro entorno…
¿Sabes por qué? Porque es un reflejo de lo que hay en ti. La gente no quiere ver la muerte porque tiene miedo a su propia muerte y la de los suyos. Pero necesitamos llorar y necesitamos reír porque las emociones son adaptativas, porque son las que nos ayudan en esa transformación. Esta Paz nueva ha llorado y ha reído. Y lloro y río. Hay que entender que salimos diferentes del duelo, es un proceso, soy yo la que cambio. De mí depende en qué me voy a convertir, en un triste, en un amargado o en una mejor persona. Y yo no quiero que tú te conviertas en un triste. ¿Sabes qué te da el duelo? Empatía. Yo veo, por ejemplo, a alguien que está sufriendo e inmediatamente sé por lo que está pasando. Por eso el libro ayuda, porque tú te ves reflejado en mí, porque tú dices eso me ha pasado a mí, así me siento yo. Recibo un montón de mensajes que me dicen: 'Paz, lo he entendido. Yo creía que estaba loca, pero ahora me doy cuenta que es un proceso normal'.
En el libro no solo hablas del duelo por la muerte de un ser querido. También reflexionas sobre las pérdidas que todos afrontamos en algún momento de la vida, como una ruptura amorosa.
Cuando pierdes a un ser querido, normalmente, hay apoyo, pero en un divorcio, a veces, no. Incluso hay gente te juzga y malmete diciendo 'hay que ver lo que te ha dicho, hay que ver lo que te ha hecho' y ahí no me estás ayudando. Tu entorno parece que no es consciente de que estás pasando un duelo. O a veces no entienden las fases del duelo y tú estás en la etapa de la euforia, en la que quieres desinhibirte, y dicen 'mira esta, no quería al marido'.
Claro, porque el duelo no es lineal.
No es lineal, no. Son olas. Son olas que van y vienen. En el libro explico muy bien cómo funciona, porque me he documentado con grandes maestros como el psiquiatra José Javier García Campayo o los médicos Enric Benito y Manuel Sans Segarra.
La vida, después de tantos golpes, te sorprende con la boda de tu hija.
Sí, este año se me casa mi niña.
¿Cómo vives la cuenta atrás para el gran día?
Pues llorando también igual que el duelo. Porque la lágrima lo que hace es integrar lo bonito que te pasa y lo triste. O sea, te ayuda a integrarlo todo. Y he luchado mucho por criar a Anna, por educarla y porque ella sea como es. Y estoy tan orgullosa de ella. Ya no es que sea guapa, que lo es para reventar, es educada, cariñosa, trabajadora… Es bondad. Mi niña es muy bonita. Nunca la escucharás hablar de nadie. No critica. No juzga. Me gusta mucho cómo es mi hija y la veo tan feliz y está tan enamorada… Y veo a Mario y quiero tanto a Mario… Porque yo le digo a ella: ‘Anna, yo quiero a Mario porque te ama y alguien que te ama a ti, yo lo amo y ya está’. Y los veo tan enamorados. Hace muchos años que no veo una película romántica, no quiero, porque al final me muestran lo que yo tenía y perdí, pero mi hija me dijo que tenía que ver la serie de John Kennedy y no podía dejar de pensar que eso era lo que yo tenía… y ahora lo veo en mi hija y digo qué bonito que ella lo tenga. Porque yo veo muchas parejas que no tienen ese amor bonito. Cuando yo digo un amor bonito me refiero a un amor incondicional. El amor, para mí, no es el amor romántico ni el amor posesivo, sino el amor bonito de qué te puedo dar para que tú estés bien.
¿Cómo te gustaría que fuera tu vida dentro de unos años?
No lo sé, porque tengo una vida tan bonita. La calma que tengo es que mi hija está preparada para lo que venga. Yo sé que mi hija sabrá llevar los palos que le dé la vida porque es una niña equilibrada y estable. Y yo pienso que todo lo que me venga lo enfrentaré con la misma naturalidad que ahora. No sé si me derribarán o no, pero sé que no le tengo miedo.





