Teniendo unos padres como Jesulín de Ubrique y María José Campanario, se presupone que Julia Janeiro habría tenido una vida fácil. Y aunque es verdad que reconoce que ha tenido muchas oportunidades gracias a ellos, se ha tenido que enfrentar a momentos muy duros que le han marcado de por vida. Juls, que es como quiere que la llamemos, no sólo ha pasado por una mayoría de edad “traumática”, debido al acoso que sufrió por parte de algunos medios, sino que ha tenido una infancia marcada por el bullying.
Ahora que acaba de cumplir los 23 años, la hija de Jesulín y María José relata entre lágrimas cómo fue el blanco de sus compañeros de colegio, que le hacían comentarios nada amables sobre sus padres y que la terminaron aislado. Tanto es así que Julia necesitó cambiarse de centro, al no contar con el respaldo que sentía que no tenía en el colegio en el que se encontraba cuando era víctima del acoso escolar.
Su vida con los apellidos Janeiro y Campanario ha sido "muy bonita, pero, a la vez, muy dura. He tenido unos padres maravillosos y muchas oportunidades. Soy consciente de que no todo el mundo las tiene y estoy superagradecida. Tengo una familia maravillosa", nos cuenta. Sin embargo, no puede evitar haberse sentido prejuzgada. "Cuando la gente me conoce, siempre me dice que pensaban que era una borde y una prepotente. O una seca... Y soy todo lo contrario. Lo que soy es un manojo de nervios".
Desde pequeña, aprendió a ponerse una coraza, también en el colegio. "Sufrí bullying desde los siete años hasta los dieciséis. Ya a los catorce, se suavizó porque mis padres me tuvieron que cambiar de centro. Activaron el protocolo y demás de acoso escolar. Lo pasé bastante mal".
No olvidará jamás cuándo comenzó todo. Apenas tenía siete años cuando tuvo que encontrarse con comentarios sobre sus padres. "Cuando creces oyendo esas cosas, sabiendo que son mentiras, es muy duro", nos confiesa, sin poder contener las lágrimas. Contó en todo momento con el apoyo de sus padres, que estaban al corriente e incluso iban a hablar al colegio. Sin embargo, "allí nunca hacían nada. Hasta el personal del colegio me llegó a echar la culpa".
En su escuela, "como que hacían las cosas de menos, que yo exageraba". Y no era así, en absoluto. "Pasaba los recreos en el baño porque nadie quería jugar conmigo", nos explica, de nuevo, entre lágrimas. "Cuando había que trabajar en grupo en clase, me dejaban siempre sola y nadie me elegía. Esas cosas te marcan y se quedan contigo para siempre".
Sus compañeras de clase, se escondían de ella, e incluso le aconsejaban que no se acercase porque iban a hablar unas cosas o, en otras ocasiones, era un "no te acerques, que esto no lo puedes escuchar". "Ese tipo de cosas que te hacen sentirte aislada, excluida".
A su pesar, lo que empezó siendo con un pequeño grupo, se fue extendiendo, y, al final, terminó cambiando de colegio. Entonces la situación mejoró y ahora, como ella misma especifica, "aquí estoy, no pasa nada".
Nueva York, su tabla de salvación
Lo que tiene claro es que marcharse al otro lado del Atlántico, siendo apenas una adolescente -tenía 16-, le cambió la vida por completo. Sabía que no podía seguir viviendo aquí, y "tenía mi cabeza en otro sitio, buscaba mis sueños". Allí descubrió que otra vida era posible, que podía comenzar de nuevo en un lugar donde nadie la conociese ni "supiese de dónde venía ni quién era mi familia".
Fue "maravilloso" experimentar esa sensación por primera vez en su vida. "Que nadie sepa quiénes son tus padres y tenga prejuicios sobre tu familia… Que nadie pueda decirte nada porque no te conoce es de las mejores cosas que he experimentado en la vida".
¿Crees que ese daño emocional te ha afectado a como eres en la actualidad?
Sí, muchísimo. Ahora soy muchísimo más cerrada y la gran mayoría de mis amistades son hombres. Más que nada, por el trauma de que ese acoso lo empezaron niñas. Tengo amigas maravillosas y las amo a todas, pero, de primeras, encajo mejor con hombres. Eso ha calado más profundo y viene a raíz del acoso que sufrí en mi infancia.
Después de nueve años de bullying, habrás necesitado tratamiento psicológico.
Muchísimo. Mi psicólogo es maravilloso. A día de hoy, sigo con él y es de las mejores personas que se me han podido cruzar la vida.
¿Cuándo empezaste con la terapia psicóloga?
Cuando era pequeña, ya iba al psicólogo del colegio, aunque la verdad no me ayudó en absolutamente nada. Pero ya siendo más mayor, con 17 o 18 años, empecé otra vez a ir a terapia.
¿Lo pediste tú o fue cosa de tus padres?
—Lo pedí yo. Todo el mundo debería de tener acceso a un buen psicólogo. Un psicólogo salva vidas.
Aparte de todos estos momentos tan difíciles, ¿qué recuerdos tienes de tu infancia? ¿Algunos bonitos?
Tengo bonitos –se emociona–. Me acuerdo de los veranos en Oropesa, con mis abuelos maternos, que eran increíbles –vuelve a llorar–. Era el momento de desconectar de todo lo negativo que me pasaba durante todo el año escolar.
¿Allí continuabas sintiéndote "la hija de"?
No tanto, la verdad. Era verano y la gente iba más a su bola también, sin chismorrear tanto. Era mi momento de desconexión. Me olvidaba de todo lo malo. Y sólo era playa y pasármelo bien.
¿Podemos decir que salías de tu "pesadilla"?
Sí. Sí. Fue el trauma de mi vida. Por eso, cuando estaba en Oropesa, la situación era más light y me resbalaba completamente.






