Hay algo importante que tener en cuenta antes de que el ferry —o en su caso, el crucero— en el que viajamos atraque en el puerto de Syros, y es que estamos a punto de desembarcar en una isla griega, sí, pero que se halla alejada de la estampa que todos tenemos en mente cuando fantaseamos con un viaje a las Cícladas. En otras palabras: no pensemos que vamos a encontrar casitas encaladas con ventanas ribeteadas de azul. Tampoco las típicas iglesias de cúpulas redondeadas y molinos de viento recortando el cielo allá en el horizonte. Lo que encontraremos en Syros, capital administrativa del archipiélago, rompe todas las reglas y prejuicios, porque hasta los tópicos más bellos admiten excepciones.
Ermúpoli, la capital que es ejemplo de convivencia
Para explorar Syros como mandan los cánones, lo racional es empezar por Ermúpoli, su capital, que luce exultante con sus edificios de fachadas neoclásicas y aquellos de inspiración veneciana desplegados colina abajo hasta casi rozar el mar. Fundada por refugiados llegados de otras islas durante la Guerra de Independencia griega, la ciudad nos sorprende con su aire de majestuosidad y sus dos iglesias más importantes coronando lo más alto: por un lado, San Nicolás, ortodoxa, y por otro, San Jorge, católica. La historia nos muestra aquí que la pacífica convivencia entre ambas religiones, en Syros, lleva siglos siendo ejemplar.
Decidimos alcanzar la segunda, la de San Jorge, y desde ella descender poco a poco en un callejeo agradable y tranquilo que nos permita explorar aquellas vías peatonales donde se concentra la esencia más popular. La iglesia nos sorprende por su esplendor interior. Levantada alrededor de 1208, poco después de que los venecianos se establecieran en la isla, sufrió varias destrucciones y reconstrucciones a lo largo de los siglos —entre ellas durante un ataque otomano en 1617—, hasta adquirir su aspecto actual. Hoy, es sede de una de las diócesis católicas más antiguas del Egeo.
Admiramos la perspectiva de los tejados de Ano Syros, el barrio medieval que corona la iglesia y que fue fundado por los venecianos en el siglo XIII tras la Cuarta Cruzada, antes de perdernos por él. Originariamente, se escogió este emplazamiento por su carácter defensivo, pues así podían protegerse de los ataques piratas que durante tanto tiempo asolaron el mar Egeo. De ahí, también, su laberíntico trazado, que recorremos mientras admiramos sus puertas de colores y su ropa tendida, sus escalinatas infinitas y sus gatos, que no dudan en deleitarnos con su ronroneo: al fin y al cabo, estamos en Grecia, y ellos son los verdaderos protagonistas. También encontramos coquetas cafeterías, tiendas de artesanía y tabernas frecuentadas por locales y por aquellos forasteros que, como nosotros, alcanzan este remoto rincón griego en busca de autenticidad.
Cuando el pasado se lee en la arquitectura
De regreso a ras de mar, Ermúpoli revela una personalidad completamente distinta. La ciudad baja nos habla de ese esplendor económico que vivió la isla durante el siglo XIX y que ya avanzábamos antes.
Admiramos, pues, la imponente Plaza Miaouli, una suerte de salón al aire libre presidido por el edificio del Ayuntamiento, una auténtica obra de arte diseñada por el arquitecto alemán Ernst Ziller y considerada por muchos uno de los edificios civiles más bonitos de Grecia. En las calles y avenidas de alrededor se suceden los palacios y antiguos cafés de elegantes fachadas. La que se lleva todas las miradas, sin duda alguna, es la del deslumbrante Teatro Apolo: inspirada en La Scala de Milán, fue inaugurado en 1864 y continúa acogiendo obras de teatro y conciertos.
Para comer en Syros
Antes de continuar descubriendo los múltiples encantos de la isla, ¿qué tal una parada para saborear la ciudad? En torno al puerto, frente al mar, se reparten numerosos restaurantes de cocina tradicional con vistas al incesante trasiego de ferris y pequeñas embarcaciones.
Aunque no suele ser sencillo encontrar hueco libre, merecerá la pena esperar: la mayoría de las cartas cuentan con deliciosas recetas que combinan tradición e influencias llegadas de otros rincones del Mediterráneo. Un festín gastronómico que puede comenzar con una kaparosalata —ensalada a base de alcaparras del norte de la isla— y seguir con una marathopita —torta de hinojo típica de la zona—, para terminar con un pescado fresco recién capturado en las aguas del Egeo. ¿De postre? Loukoumia, una delicia tradicional elaborada con agua de rosas y bergamota.
Más allá de la capital, entre aldeas marineras y playas de postal
Y dejamos atrás el lado más urbanita de la isla para entregarnos sin complejos a sus paisajes más naturales. Porque no escatima Syros en playas de ensueño, de esas que sí que protagonizan las idílicas postales griegas. A diferencia de otras Cícladas más áridas y expuestas al viento, Syros alterna pequeñas bahías protegidas con pueblos marineros donde la vida sigue girando alrededor de los pequeños puertos y las tabernas frente al mar.
Avanzamos por las sinuosas carreteras en busca de esas otras muchas virtudes, dejando a un lado y a otro colinas salpicadas de terrazas de piedra y capillas encaladas. La isla no es demasiado grande y rápidamente alcanzamos Kini, uno de esos antiguos pueblos de pescadores cuyas barcas, pintadas de colores, se mecen con el vaivén de las olas en su diminuto puerto. Se dice, se cuenta, que las puestas de sol desde este enclave son de las más bellas de Syros.
Siguiendo la costa hacia el sur, nos colocamos el bikini y nos colgamos la toalla al hombro para dejarnos conquistar por la esencia de Galissas, playa que seduce con su amplia bahía y sus aguas no demasiado profundas. También por Agathopes, uno de los oasis más famosos gracias a sus aguas cristalinas y al entorno natural que lo abraza. Lo sencillo, lo auténtico, es lo que triunfa aquí.
Es al alcanzar el sur, al llegar a Poseidonia, cuando volvemos a toparnos con la historia. En este paradisíaco enclave, conocido antiguamente como Dellagracia, encontraron numerosas familias de aquellos armadores y comerciantes acomodados llegados a Syros durante el siglo XIX, el lugar ideal para levantar sus residencias de verano. Testigos de aquel pasado continúan hoy luciendo, imponentes, las villas neoclásicas y sus jardines colmados de buganvillas y palmeras.
Un escenario tan diferente como especial que nos vuelve a demostrar lo singular de Syros, un pedacito de las Islas Cícladas menos conocido, más auténtico y profundamente ligado a la historia de Grecia.











