Muchas veces queda eclipsada por Sant Antoni de Portmany y sus famosos atardeceres; otras por Santa Eulària des Riu, con su ambiente relajado y su famoso mercadillo hippy; Sant Josep de sa Talaia concentra algunas de las playas más deseadas y los acantilados más salvajes de la isla; sin embargo, la capital de la isla, la ciudad de Ibiza –o Eivissa, su nombre oficial– merece una visita detenida, pausada y diferente. Porque reúne siglos de historia, una de las marinas más exclusivas del Mediterráneo y una oferta gastronómica que no para de crecer en todos los sentidos. Esta vez, nos quedamos a descubrirla.
DÍA 1
POR LA MAÑANA
Llegamos a la mayor de las Pitiusas con muchas ganas de disfrutar del sol, las playas, el mar, la gastronomía y, sobre todo, de una de las islas más top del Mediterráneo y con más prestigio internacional, especialmente en verano.
Como lo primero es lo primero, nos dirigimos al hotel que será nuestro refugio las próximas 48 horas. Como la idea en esta escapada era disfrutar de la ciudad –un plan diferente a la Ibiza más fiestera– había que buscar la mejor base de operaciones, y la elección fue el NH Collection Ibiza, el primer hotel de la cadena Minor en las Baleares, un exclusivo alojamiento con alma boutique situado a pocos metros de los puertos deportivos Marina Ibiza y Marina Botafoch.
¿Por qué aquí? Los motivos los iremos descubriendo poco a poco. Para empezar, es un observatorio privilegiado sobre la ciudad, situado frente al casco histórico de Dalt Vila y con excelentes vistas. Desde él es posible vivir la ciudad caminando, porque está lo suficientemente cerca de todo, pero, a la vez, en una zona no muy concurrida. Su diseño, firmado por el estudio B&K (Alon Baranowitz & Irene Kronenberg), es contemporáneo, con grandes espacios bañados por la luz natural e interiores inspirados en el mundo náutico. Las habitaciones tienen tarima de madera procedente de yates y paneles de acero inoxidable que evocan el agua del mar, algo que ya nos hace relajarnos y cambiar nuestro propio ritmo nada más llegar.
La elección de la habitación irá en función del presupuesto de cada uno, pero si el bolsillo está boyante, en las exclusivas Penthouse Suites –con 65 metros cuadrados más terrazas de hasta 80 metros cuadrados y vistas de infarto sobre la ciudad amurallada– podréis relajaros en las camas balinesas, celebrar cenas y hasta pedir los servicios de un DJ si sois unos cuantos y os queréis organizar una pequeña fiesta privada para coronar el fin de semana.
A MEDIO DÍA
Dejamos el alojamiento para comenzar a tomar el pulso a la ciudad de Ibiza y su casco antiguo. Podéis optar por dos cosas: un paseo a vuestro aire o, como en nuestro caso, gestionar la visita y otras actividades a través del Guest Experience Manager del hotel, quien rápidamente pondrá en movimiento sus contactos para conseguiros un guía particular y garantizaros la mejor de las experiencias.
Pocas ciudades en el Mediterráneo conservan un casco histórico que parece detenido en una atmósfera atemporal como el de Dalt Vila, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. A la altiva ciudadela se accede desde diversos puntos, pero lo mejor es hacerlo desde el portal de Ses Taules, custodiado por el antiguo puente levadizo. Desde aquí da comienzo un laberinto de calles blancas que, en continuo ascenso (lo mejor será acostumbrarse desde ya a las cuestas, porque nos quedan unas cuantas), conducen hacia la catedral. El aroma a jazmín y las buganvillas acompañan el paso mientras se suceden antiguas casas señoriales, bares que colocan sus encantadoras terrazas en cuestas imposibles, tiendas de ropa y bisutería, heladerías, galerías de arte y rincones repletos de encanto. Es posible subir en coche, o al menos aproximarse bastante, pero si el cuerpo aguanta, hacerlo deambulando por sus callejones es una experiencia que merece la pena. No conviene tener prisa.
Tras recorrer las poderosas murallas renacentistas, se alcanza el baluarte de Santa Llúcia, uno de los mejores miradores del recinto amurallado. Desde arriba, las vistas sobre el puerto abarcan las marinas con sus yates de lujo y los ferris que unen la isla con Formentera, entrando y saliendo cada poco tiempo. También se contemplan desde lo alto las pequeñas plazas escondidas, las buganvillas y las escaleras de piedra que conectan los niveles, o el puñado de visitantes que deciden descubrir esa otra isla, la que se vive de día.
Tras el paseo, seguro que el hambre aprieta. Junto a Dalt Vila, un buen plan puede ser la terraza de Ebusus Restaurant (cbbcgroup.com/ebusus-restaurant), en la concurrida Vara del Rey, un lugar perfecto para degustar gastronomía ibicenca, con el famoso bullit de peix, un icónico guiso de pescado de roca acompañado de patatas y verduras.
PLANES PARA LA TARDE
La tarde puede ser un buen momento para relajarnos en la piscina del hotel, un espacio rodeado de vegetación que invita a descansar con un zumo (o un cóctel de autor, si ya apetece) en el Rhino Bar. Después, es hora del paseo por la Marina Botafoch, donde la ciudad muestra su perfil más sofisticado y donde no es raro cruzarse con los grandes yates que cada verano convierten este puerto en uno de los escaparates náuticos más exclusivos del Mediterráneo.
Por el Paseo Joan Carles I, los yates comparten protagonismo con boutiques, terrazas, urbanizaciones de lujo y algunos de los restaurantes más exclusivos, aunque cuesta quitar la vista del frente y dejar de mirar cómo Dalt Vila se recorta sobre el horizonte frente a nosotros. Desde el puerto apenas se camina unos minutos hasta la playa de Talamanca, una amplia bahía de arena dorada y aguas tranquilas a la que merece la pena acercarse.
¿Hora de cenar? Pues regresamos al hotel, porque allí se encuentra SLVJ Ibiza (ibiza.slvj.es), un concepto de cocina japonesa de vanguardia que siempre es un sí. No es solo un restaurante, es una experiencia culinaria que se vive primero en su barra omakase, donde podréis interactuar con el chef y probar sus sorprendentes creaciones, como el salmon crispy rice o el wagyu roll.
Quien quiera prolongar la noche tiene a pocos minutos algunos de los grandes iconos de la isla, desde Pacha Ibiza hasta Lío Ibiza, donde la experiencia pasa más por reservar una mesa frente al escenario o un espacio privado que por lanzarse a la pista hasta el amanecer.
DÍA 2
POR LA MAÑANA
Mejor que la noche no se haya alargado demasiado, porque al día siguiente ponemos rumbo a Formentera. El hotel puede organizar la excursión, alquilando una embarcación privada, una forma más libre y sofisticada de visitar la isla, solo al capricho de dónde queramos detenernos.
Las embarcaciones parten de la marina cercana al hotel y en apenas 20-30 minutos hacemos la primera parada: S'Espalmador y la playa de Ses Illetes. La llegada en vuestra propia embarcación a este islote idílico no tiene igual. Un espacio natural que forma parte del Parque Natural de Ses Salines, donde reina el silencio. No hay nada: ni hoteles, ni chiringuitos, ni restaurantes; solo playas de arena tan blanca que deslumbra y aguas turquesa tan limpias, tan transparentes –gracias a las praderas de posidonia–, que nos hacen preguntarnos qué viajamos al Caribe para bañarnos en sus playas, teniendo mucho más cerca este lugar con aspecto de paraíso.
Junto a Espalmador, Ses Illetes es parada obligada. La playa, elegida entre las mejores del mundo, conserva su belleza intacta. Es hora de lanzarse al agua y comprender por qué Formentera se ha convertido en uno de los rincones más deseados del Mediterráneo.
A MEDIO DÍA
La parada gastronómica llega con El Pirata (kioskoelpirata.com), que incluso cuenta con servicio de recogida en barco para quienes lleguen navegando y quieran dejar su embarcación fondeada frente a la playa. Reservad antes uno de sus arroces, siempre bien ejecutados (el de langosta de Formentera es uno de los más solicitados). Lo mejor: comeréis con los pies en la arena de la playa, el rumor del mar de fondo y unas vistas que harán de este momento un recuerdo imborrable.
PLANES PARA LA TARDE
Mientras regresamos al hotel, Dalt Vila vuelve a iluminarse sobre el puerto. Los últimos ferris llegan desde Formentera y las terrazas comienzan a llenarse de nuevo. Es entonces cuando uno comprende que la ciudad de Ibiza nunca debió ser solo una puerta de entrada a la isla. Porque basta dedicarle un fin de semana para descubrir que, detrás de su fama de destino festivo, esconde una Ibiza mucho más pausada, sofisticada y, precisamente por eso, mucho más difícil de olvidar.

















