Siguiendo el ejemplo de la Costa del Sol, los británicos acuñaron el nombre de Costa Blanca para el litoral del Mediterráneo que baña la provincia de Alicante. Fue allá por los años cincuenta como parte de una campaña de marketing, en pleno boom turístico, y así se quedó. Desde entonces, no solo los ingleses, viajeros de todo el mundo se han enamorado de este rincón con 300 días de luz y más de 200 kilómetros de costa que deslumbra con playas y calas maravillosas, ciudades con un gran legado cultural, paisajes de montaña y preciosos pueblos, como los que te descubrimos, donde el verano se vive en clave mediterránea.
ALTEA
De todos los pueblos de la Costa Blanca, Altea es, probablemente, el más icónico. Hasta 8 kilómetros de playas, calas y acantilados se suceden en la costa de Altea, pero no es esa su imagen más conocida, sino la de su casco antiguo blanquísimo de sabor morisco coronado por la cúpula de tejas azules vidriadas de la iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, deslumbrando sobre la bahía. Ya de cerca, no puede ser más agradable el paseo por sus callejuelas empinadas y empedradas llenas de flores, entre miradores, talleres de artistas que le dan ese aire bohemio y las terrazas de sus restaurantes en encantadores rincones.
JÁVEA
Todo en Jávea gira en torno al Mediterráneo. Desde la espectacular cala de la Granadella hasta la fotogénica cala del Portitxol, con sus casas blancas y puertas azules frente al agua, el paisaje es una sucesión de postales marineras. Si el casco antiguo y el barrio marinero conservan la esencia más auténtica del pueblo, la ruta de los miradores regala algunas de las vistas más impresionantes de la Costa Blanca, donde las montañas parecen sumergirse en el mar, entre el macizo del Montgó y el cabo de la Nao. El Mediterráneo también se cuela en el día a día, desde el Mercado Municipal hasta sus mesas más reconocidas, como Embruix, Tula o Sileno Gastrobar, donde la cocina pone el broche final a una jornada frente al mar.
CALPE
El peñón de Ifach, el acantilado más alto del Mediterráneo, dibuja el perfil de Calpe. Está ahí al lado y tienta a los senderistas a subir a sus 332 metros de altura. No es difícil, porque un sendero bien marcado lleva hasta su cumbre para contemplar una vista espectacular que abarca casi 50 kilómetros de la Costa Blanca. A sus pies está la playa Arenal-Bol, donde se ven unas termas y los restos de una factoría romana de garum.
Calpe también es un referente a la hora de disfrutar de la gastronomía y la prueba son los restaurantes de su puerto pesquero y los 3 que han conseguido entrar en el olimpo de las estrellas Michelin: Orobianco Ristorante, Beat y Audrey’s, la mayor concentración por tamaño en España y buena prueba de que aquí se come muy bien.
MORAIRA
Tiene 7 playas y calas, pero lo mejor para ir de una a otra es seguir la ruta de los miradores o de los acantilados, un recorrido de apenas 5 kilómetros que deja sin aliento por sus vistas al Mediterráneo. Moraira pertenece al municipio de Teulada, aunque vive totalmente volcada al mar. Su casco urbano, de calles estrechas y casas blancas, se empieza descubriendo por la iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados. Y después del paseo, la experiencia se completa en la mesa, comiendo arroces y pescado fresco frente al mar.
Siguiendo una pequeña ruta senderista que parte de la playa del Portet, se asciende hasta la torre de Cap d’Or, una antigua atalaya del siglo XVI, donde terminar el día contemplando el atardecer desde lo alto, con una de las mejores vistas de la zona.
DÉNIA
Rodeada de un entorno de urbanizaciones diseminadas que se extienden hacia el interior, Dénia se abre al Mediterráneo. Las playas son lo primero que atrae, pero basta perderse por sus calles para descubrir sus otros atractivos. El castillo de origen musulmán recuerda su pasado como capital de un reino taifa árabe, mientras que la lonja del pescado mantiene viva la tradición marinera con su subasta diaria. A ello se suma la propuesta gastronómica de Quique Dacosta como gran referente. Al fondo, el paisaje cambia por completo con la silueta del Montgó, el parque natural que protege la ciudad y refuerza ese equilibrio entre mar, historia y montaña que define a Dénia.










