Estamos acostumbrados a verla en otro tipo de ambientes deportivos, los que tienen que ver con el balonmano cuando va con cierta asiduidad a los pabellones para animar a su hijo, Pablo Urdangarin, allá donde este juegue. Sin embargo, esta vez, la infanta Cristina (60 años) nos ha sorprendido por completo con su inesperada visita al Estadio Metropolitano, dejándonos varias imágenes de su presencia allí mientras charlaba amistosamente con el presidente del Atlético de Madrid, Enrique Cerezo (78).
La hermana del rey Felipe acudía al feudo rojiblanco este sábado por la noche y, desde el palco de honor, tuvo la oportunidad de contemplar el vibrante choque liguero que enfrentaba a los locales contra el Barça. Era este, sin duda, el partido de la jornada, el cual dio comienzo a las 21:00h y terminó con victoria de los visitantes por dos goles a uno tras remontar un resultado adverso. Aunque guardara neutralidad en todo momento, se entiende que la hija mediana de Juan Carlos I y doña Sofía es seguidora de los culés, al tener su vida estrechamente ligada a la Ciudad Condal desde hace mucho tiempo.
Cabe recordar que la Infanta residió ininterrumpidamente en la capital catalana, donde también se casó en 1997, durante aproximadamente dos décadas. Posteriormente se trasladó con los suyos a Ginebra en 2013 y, tras más de diez años en Suiza, habría decidido ya retornar a Barcelona en este 2026. Su aparición de ayer en este duelo de la máxima categoría del fútbol español fue de carácter privado, sin ningún tipo de representatividad para la Corona, y con ello doña Cristina parecía poner punto final a lo que han sido sus intensas vacaciones de Semana Santa.
Hace dos días, pudimos verla en Murcia junto a su madre y su hermana mayor, la infanta Elena, disfrutando de las procesiones. Siguiendo el riguroso protocolo que dicta la tradición para el Jueves Santo, lucieron estilismos en negro, color que simboliza el luto por la pasión de Cristo. Para la ocasión, la Reina llevaba un traje de chaqueta estructurado, blusa fluida y pantalones de tiro alto, mientras que sus hijas optaron por la comodidad de la sastrería clásica.
Los ciudadanos, sorprendidos por la presencia real, las agasajaron con evidentes muestras de afecto en forma de vítores y aplausos que se sucedían al paso de la comitiva. Fue en los alrededores de la Plaza de San Agustín y también en el Museo Salzillo, sede de la emblemática cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Ellas, su parte, respondieron con saludos cariñosos a una multitud que no quería perderse esta jornada cargada de fe y tradición. Posteriormente, las tres pusieron rumbo a Cartagena para asistir a la procesión del Silencio y del Cristo de los Mineros, de la cofradía de los Californios.
Días atrás, la madre del monarca estuvo en Palma de Mallorca y también contó con la compañía de doña Cristina, acudiendo juntas a la misa de Domingo de Ramos en la iglesia de la Bonanova. Llevaba muchísimo tiempo la Infanta sin hospedarse en el Palacio de Marivent, residencia de los reyes en la isla, lugar que le trae innumerables recuerdos de su infancia y juventud. Ahí pasaba todos los veranos siendo niña, por lo que hizo muchas amistades que todavía conserva.
En este icónico enclave, también estrechó los lazos con sus primos griegos, habituales de la época estival en Baleares y con los que compartió su pasión por la vela y los deportes náuticos. Un afición que, años después, trasmitiría a sus cuatro hijos, Juan, Pablo, Miguel e Irene, que siempre acudieron a los cursillos que la reina Sofía regalaba a sus nietos en la Escuela de Vela.








