El reciente robo sufrido por el futbolista Sergio Rico y la creadora de contenido Alba Silva en su vivienda ha vuelto a poner el foco en la vulnerabilidad que se experimenta ante una situación así, cuando unos desconocidos entran en nuestra casa estando, además, toda la familia en ella. Aunque los hijos de la pareja son aún muy pequeños para ser conscientes de lo sucedido, este tipo de sucesos abre una importante reflexión sobre el impacto psicológico que provoca un asalto en el hogar cuando hay niños en la familia. La casa es el refugio de seguridad por excelencia durante la infancia, y un evento de estas características puede quebrar de forma repentina esa sensación de protección, alterando su mundo emocional sin previo aviso.
Partiendo de la desagradable experiencia vivida por la familia del futbolista, hemos querido profundizar en cómo afecta esta vivencia según la etapa del desarrollo y de qué manera deben actuar las familias, con la ayuda de la psicóloga Leticia Martín Enjuto. La experta profundiza en el comportamiento de los niños tras un asalto y explica cómo la calma de los adultos resulta determinante para que no absorban la ansiedad del entorno. A través de sus pautas, nos muestra el camino para reaccionar con empatía ante sus miedos y ayudarles a recuperar, paso a paso, la confianza en su propio hogar.
La casa suele ser el espacio seguro por excelencia para un niño. ¿Qué ocurre psicológicamente cuando se quiebra esa sensación de protección tras un robo?
Para un niño, su casa es mucho más que el lugar donde vive. Es ese espacio en el que se siente protegido, donde puede relajarse y donde espera que nada malo suceda. Cuando se produce un robo, esa sensación de seguridad puede tambalearse. De repente, el lugar que hasta entonces asociaba con la tranquilidad deja de parecerle tan seguro. Lo importante es entender que no solo puede asustarle lo que ha ocurrido, sino también descubrir que algo que daba por hecho, como sentirse protegido en su hogar, puede cambiar de un momento a otro.
La manera en que cada niño vive esta experiencia dependerá de su edad, de cómo haya ocurrido el robo y de los recursos emocionales de los que disponga. Puede que algunos comprendan lo sucedido sin desarrollar un miedo persistente, mientras que otros empiecen a preguntarse si los ladrones pueden volver o si su familia está realmente a salvo. A veces, ni siquiera necesitan haber presenciado el robo para sentirse afectados. Basta con escuchar las conversaciones de los adultos, percibir su preocupación o notar que el ambiente familiar ha cambiado para que empiecen a experimentar inseguridad.
Siempre traslado en consulta que recuperar la tranquilidad no consiste simplemente en decirle al niño que ya no pasa nada. Necesita volver a sentir que su casa es un lugar seguro a través de las pequeñas experiencias del día a día. Que sus padres estén disponibles, que pueda dormir tranquilo y que las rutinas se vayan recuperando son aspectos que le ayudan a reconstruir esa confianza.
¿Cuáles son las reacciones emocionales más inmediatas y habituales que puede experimentar un menor tras una vivencia así?
La primera reacción suele ser el miedo, aunque no todos los niños lo expresan de la misma manera. Algunos lloran, hacen muchas preguntas o buscan constantemente a sus padres; otros pueden mostrarse más irritables, enfadarse por cosas que antes no les molestaban o parecer más sensibles de lo habitual. También puede aparecer tristeza o confusión, especialmente cuando no terminan de comprender qué ha ocurrido.
Hay menores que reaccionan inmediatamente y otros que parecen estar bien al principio, pero empiezan a mostrar malestar cuando pasan unas horas o unos días. Considero que una reacción bastante habitual es la necesidad de comprobar que todo está bien. El niño puede preguntar una y otra vez si la puerta está cerrada, si los ladrones van a volver o si sus padres estarán en casa durante la noche.
Basta con escuchar las conversaciones de los adultos, percibir su preocupación o notar que el ambiente familiar ha cambiado para que empiecen a experimentar inseguridad
¿Cómo cambia la manifestación del trauma según la etapa del desarrollo (un niño pequeño frente a un preadolescente o adolescente)?
La edad influye mucho en la manera en que un niño entiende lo que ha sucedido y consigue expresar sus emociones. Los más pequeños todavía no tienen las herramientas necesarias para explicar con palabras todo lo que sienten, de modo que su malestar puede manifestarse a través del llanto, las rabietas, el juego o una mayor necesidad de contacto con sus padres. También pueden volver a pedir ayuda para hacer cosas que ya hacían solos, necesitar compañía para dormirse o mostrar más miedo ante la separación. En estos casos, el comportamiento nos está dando información sobre cómo se encuentran emocionalmente, aunque no sepan explicar qué les pasa.
En los preadolescentes, la comprensión de lo sucedido suele ser mayor. Pueden entender que alguien ha entrado en su casa sin permiso y empezar a imaginar qué podría ocurrir si volviera a pasar. Esa capacidad para anticipar situaciones les permite comprender mejor el peligro, pero también puede hacer que se preocupen más por el futuro. Es posible que estén más pendientes de los ruidos, que no quieran quedarse solos o que pregunten repetidamente por las medidas de seguridad.
Con los adolescentes, la situación puede ser algo diferente. En esta etapa cobra mucha importancia la autonomía, la intimidad y la necesidad de sentir que tienen cierto control sobre su vida. Por eso, algunos pueden evitar hablar de lo ocurrido, restarle importancia o molestarse si sus padres están demasiado pendientes de ellos. No debemos interpretar automáticamente ese silencio como falta de preocupación: a veces, simplemente, les cuesta encontrar la manera de expresar lo que sienten.
A veces los niños no expresan el miedo con palabras. ¿A qué señales de conducta (pesadillas, regresiones, somatizaciones, hipervigilancia) deben estar atentos los padres?
En ocasiones, los niños no dicen que tienen miedo, pero su comportamiento empieza a cambiar. Pueden despertarse varias veces durante la noche, tener pesadillas, pedir dormir con sus padres o mostrarse reacios a quedarse solos en una habitación. En los más pequeños, también pueden aparecer regresiones, como volver a hacerse pis en la cama o necesitar ayuda para actividades que ya realizaban de forma autónoma. Estas conductas pueden ser una manera de buscar protección cuando todavía no saben explicar con claridad qué les preocupa.
¿En qué momento el miedo o la tristeza iniciales dejan de ser una reacción adaptativa y pasan a convertirse en un trastorno de estrés postraumático (TEPT)?
Después de una experiencia que nos asusta, es normal que durante un tiempo nos sintamos más vulnerables. En los niños puede traducirse en miedo, tristeza, dificultades para dormir o una mayor necesidad de estar cerca de sus padres. Su organismo intenta protegerlos y permanece más atento a posibles amenazas. En muchos casos, estas reacciones van disminuyendo a medida que recuperan la tranquilidad y comprueban que su vida vuelve a la normalidad. Por eso, no debemos confundir una reacción emocional esperable con un trastorno ni esperar que todos los niños reaccionen de la misma forma.
El trastorno de estrés postraumático no se diagnostica únicamente porque un niño tenga miedo después de un robo. Es necesario valorar las circunstancias del suceso y comprobar si cumple los criterios clínicos correspondientes. Entre los síntomas que pueden aparecer están las pesadillas o los recuerdos intrusivos relacionados con lo ocurrido, los intentos de evitar aquello que se lo recuerda, los cambios persistentes en el estado de ánimo y una mayor activación, que puede manifestarse en forma de irritabilidad, sobresaltos o hipervigilancia. Para diagnosticar TEPT, los síntomas deben durar más de un mes y provocar un malestar significativo o dificultades en su vida cotidiana. Además, no todos los robos cumplen por sí mismos el criterio de exposición traumática necesario para este diagnóstico, por lo que debe estudiarse cada caso.
Después de una experiencia que nos asusta, es normal que durante un tiempo nos sintamos más vulnerables. En los niños puede traducirse en miedo, tristeza, dificultades para dormir o una mayor necesidad de estar cerca de sus padres
Se habla mucho de la autorregulación de los padres. ¿Hasta qué punto el miedo o la ansiedad que muestran los adultos condiciona cómo procesa el niño la experiencia?
Los niños observan mucho más de lo que a veces pensamos. No solo escuchan lo que les decimos, sino que también perciben nuestro tono de voz, nuestros gestos y la forma en que reaccionamos ante lo que ha ocurrido. Si los padres están constantemente preocupados, hablan repetidamente de la posibilidad de que los ladrones vuelvan o transmiten una sensación continua de peligro, el niño puede interpretar que todavía no está a salvo.
No significa que los adultos tengan la culpa de cómo se siente su hijo, sino que su manera de gestionar la situación puede influir en la interpretación que el menor hace de ella. Por eso, la autorregulación emocional es tan importante. No consiste en fingir que no ha pasado nada ni en esconder el miedo para que el niño no lo descubra. Los padres también pueden sentirse vulnerables, enfadados o inseguros después de sufrir un robo.
¿Qué pautas cotidianas ayudan a restablecer la sensación de control y seguridad dentro del propio hogar?
Una de las cosas que más pueden ayudar es recuperar poco a poco la normalidad. Mantener los horarios de las comidas, las rutinas de sueño, las actividades escolares y los momentos de juego permite que el niño vuelva a encontrar cierta estabilidad. Después de una experiencia que le ha hecho sentir que no controla lo que sucede a su alrededor, saber qué va a pasar a continuación puede aportarle mucha tranquilidad. No se trata de actuar como si el robo no hubiera ocurrido, sino de demostrarle que, aunque haya sido una experiencia desagradable, la vida familiar puede seguir adelante.
También conviene hablar de lo sucedido con naturalidad, utilizando palabras que pueda comprender y respondiendo a sus preguntas con sinceridad, sin entrar en detalles que puedan asustarlo innecesariamente.






