Ya hace dos décadas que Rocío Jurado falleció, pero su ausencia sigue muy presente para su hija Rocío Carrasco: "el duelo está intacto entero", aseguraba precisamente con motivo del 20º aniversario de la marcha de ‘la más grande’ en una entrevista a Isabel Gemio en el programa que la periodista conduce en RNE, El último tren. "Lo que pasa que es verdad es que tú aprendes a vivir", aclara la hija. "Y eso no quiere decir que el duelo ya no esté; eso quiere decir que tú lo has acomodado dentro de ti y sabes vivir con él, pero el duelo está intacto". ¿Qué implica que el duelo por la ausencia de una madre permanezca intacto 20 años después de su muerte? Nos lo explica la Dra. Ana Isabel Sanz, psiquiatra especializada en trastornos afectivos, ansiedad, terapia de pareja, infancia y adolescencia y directora del Instituto Psiquiátrico Ipsias.
La doctora explica que no existe un plazo para dar por finalizado un duelo, ya que cada persona lo vive de una manera diferente, pero que generalmente se experimenta con una mayor intensidad durante los primeros dos años. "Cuando décadas después persiste con la misma intensidad inicial, podríamos estar hablando de un duelo complicado", señala.
Aprender a vivir con una ausencia no significa olvidar a la persona ni dejar de echarla de menos. Significa aceptar progresivamente que esa persona ya no está físicamente presente.
Rocío Carrasco decía hace unos días que el duelo por la muerte de su madre, hace ya 20 años, "está intacto entero", pero que "aprendes a vivir" con ese duelo. ¿Es así siempre? ¿El duelo por la muerte de alguien tan importante para todo individuo como una madre permanece intacto para siempre?
El duelo es una respuesta emocional con componentes psicológicos y físicos que se produce ante la pérdida de una persona emocionalmente significativa. No es un proceso estático, sino que va cambiando con el tiempo y evolucionando a medida que la persona se adapta a esa nueva realidad.
Otra cosa distinta es que siempre permanezca un vacío importante allí donde esa persona ocupaba un lugar fundamental en nuestra vida. La ausencia puede seguir existiendo y el recuerdo también, pero el duelo como proceso psicológico suele ir atenuándose progresivamente.
No existe un plazo exacto, porque cada persona vive el duelo de una forma diferente, pero generalmente las manifestaciones más intensas, tanto físicas como psicológicas, suelen resolverse en un periodo que puede prolongarse hasta aproximadamente dos años. Cuando décadas después persiste con la misma intensidad inicial, podríamos estar hablando de un duelo complicado.
¿Cómo se aprende a vivir con esa ausencia?
Aprender a vivir con una ausencia no significa olvidar a la persona ni dejar de echarla de menos. Significa aceptar progresivamente que esa persona ya no está físicamente presente y encontrar una forma de integrarla en nuestra historia vital sin que el dolor ocupe todo el espacio emocional.
Con el tiempo, la persona fallecida sigue formando parte de nuestra vida, pero de una manera diferente, más simbólica. El recuerdo permanece, pero deja de impedirnos avanzar, crecer y seguir construyendo nuevos proyectos y vínculos.
Ella dice que "aprender a vivir no quiere decir que el duelo ya no esté; eso quiere decir que tú lo has acomodado dentro de ti y sabes vivir con él". ¿Esto qué quiere decir?
Quiere decir precisamente que la pérdida encuentra un lugar dentro de nuestra biografía emocional. La herida no desaparece por completo, pero cicatriza.
La persona sigue siendo importante, sigue estando presente en los recuerdos, en determinados momentos o incluso en decisiones que tomamos a lo largo de la vida. Sin embargo, esa presencia deja de generar un sufrimiento constante y permite que la persona continúe viviendo sin quedar atrapada en el dolor de la pérdida.
¿Cómo se logra llegar a ese punto? ¿Qué pasos hay que seguir?
No existe una receta única porque cada duelo es diferente. Lo importante es permitirse sentir y atravesar las emociones asociadas a la pérdida sin intentar evitarlas de forma permanente.
Aceptar la realidad de la muerte, expresar el dolor, recordar a la persona fallecida y mantener vínculos emocionales saludables con quienes nos rodean suele favorecer una evolución adecuada del duelo. También ayuda comprender que el objetivo no es dejar de querer a quien ha fallecido, sino aprender a convivir con esa ausencia sin que impida seguir viviendo.
También dice al respecto que llorar no es malo. ¿Cómo ayuda llorar a la hora de gestionar el duelo por un ser querido?
Llorar es una forma natural de expresar el sufrimiento emocional. No es una señal de debilidad ni algo que deba evitarse. Las emociones necesitan encontrar vías de expresión y el llanto es una de ellas. Intentar bloquear constantemente el dolor o actuar como si no existiera suele dificultar el proceso de adaptación.
Permitirnos llorar cuando sentimos la necesidad de hacerlo ayuda a conectar con la pérdida, elaborar las emociones asociadas y avanzar en el proceso de duelo de una manera más saludable.
No existe una receta única porque cada duelo es diferente. Lo importante es permitirse sentir y atravesar las emociones asociadas a la pérdida sin intentar evitarlas de forma permanente.
Carrasco cuenta que cada 1 de junio, aniversario de la muerte de su madre, nunca es un día fácil. ¿Cómo afectan las fechas significativas a la hora de gestionar un duelo?
Es frecuente que todas las fechas especiales relacionadas con una persona fallecida, y especialmente el aniversario de su muerte, reactiven recuerdos y emociones asociadas a esa pérdida. A veces ocurre incluso antes de que seamos plenamente conscientes de ello.
Muchas personas describen una sensación extraña, una mayor sensibilidad o un malestar difícil de definir que, al reflexionar, descubren que coincide con una fecha significativa. Es una reacción completamente normal y habla de nuestra capacidad de vincularnos emocionalmente con quienes han formado parte de nuestra vida.
Estas fechas nos recuerdan que existe una huella emocional que sigue presente, aunque el duelo haya evolucionado de forma saludable.
¿Darle menos importancia a fechas concretas, como cumpleaños, aniversarios de boda o del propio fallecimiento, es indicativo de que se sobrelleva mejor el duelo o no tiene por qué?
No necesariamente. Cada persona encuentra su propia forma de recordar y de relacionarse con la ausencia. Hay personas que necesitan mantener determinados rituales, visitar el cementerio, dedicar un momento especial al recuerdo o reunirse con familiares. Otras lo viven de una manera más íntima o menos visible. Ninguna de las dos opciones es mejor que la otra.
Lo importante es que esos recuerdos no generen un sufrimiento incapacitante. De hecho, recordar a la persona fallecida en determinadas fechas puede ser una forma saludable de mantener el vínculo emocional y de conectar con una pérdida que ya ha cicatrizado.
Carrasco explica que ella siempre tuvo fe en que su madre, que tenía cáncer de páncreas, se iba a curar. ¿Cómo se asume que no es así? ¿Es habitual que los hijos no quieran ver la realidad que le espera a su madre ante una enfermedad grave?
Es muy frecuente. No solo ocurre con los hijos, sino también con adultos que acompañan a personas gravemente enfermas. Los seres humanos mantenemos una relación compleja con la idea de la muerte. Nos cuesta aceptar que alguien a quien queremos pueda desaparecer y, cuando existe una enfermedad grave, es habitual aferrarse a la esperanza de que ocurra algo que cambie el desenlace esperado.
En realidad, esa dificultad para aceptar la muerte forma parte de nuestra condición humana. Además, vivimos en una sociedad que no siempre nos ayuda a reflexionar sobre ella o a integrarla como una parte natural de la vida. Por eso resulta comprensible que muchas personas mantengan la esperanza incluso cuando la realidad médica apunta en otra dirección.
¿Es habitual que algunas personas no asuman la pérdida de su madre? ¿Que en el no parar constante del día a día no vivan la ausencia?
No diría que sea habitual no asumir nunca la pérdida, pero sí puede ocurrir que algunas personas intenten evitar el dolor refugiándose constantemente en la actividad, el trabajo o las obligaciones cotidianas. Sin embargo, cuando la pérdida no se afronta, el duelo no desaparece. Puede quedar temporalmente oculto, pero suele encontrar otras formas de manifestarse más adelante.
Lo saludable es que exista una aceptación progresiva de la ausencia. Cuando la vida sigue girando exclusivamente en torno a alguien que ya no está y la persona es incapaz de reorganizar su existencia, hablamos de una situación que deja de ser adaptativa.
Cuando eso ocurre, ¿es más duro el duelo al no haberlo afrontado cuando correspondía?
Sí, porque en esos casos el duelo deja de evolucionar de forma natural. Cuando no existe aceptación de la pérdida, el proceso puede cronificarse y convertirse en algo diferente a un duelo normal.
No aceptar que una madre ha fallecido implica que la persona queda atrapada emocionalmente en esa experiencia. Ya no estamos hablando únicamente de tristeza o añoranza, sino de una situación que puede derivar en problemas psicológicos más complejos y que termina limitando seriamente la capacidad de seguir viviendo con normalidad.
Permitirnos llorar cuando sentimos la necesidad de hacerlo ayuda a conectar con la pérdida, elaborar las emociones asociadas y avanzar en el proceso de duelo de una manera más saludable.
¿Cómo ayudar a estas personas?
Cuando existe una incapacidad persistente para aceptar la muerte y continuar con la propia vida, estamos ante una situación que requiere ayuda especializada. En estos casos hablamos de experiencias traumáticas que pueden abordarse mediante distintos tratamientos psicoterapéuticos. Afortunadamente, hoy disponemos de diversas herramientas para trabajar este tipo de duelos enquistados y ayudar a la persona a procesar una vivencia que ha quedado bloqueada emocionalmente.
Existen técnicas específicas para abordar estos casos, entre ellas EMDR, análisis transaccional, biodecodificación y otros enfoques psicoterapéuticos orientados a elaborar la pérdida y permitir que la persona pueda seguir adelante sin quedar atrapada en el sufrimiento.
Lo importante es entender que estas situaciones tienen tratamiento y que pedir ayuda no es un signo de debilidad. Lo que nunca resulta beneficioso es permanecer aislado y resignarse a vivir permanentemente atrapado en el dolor. La única opción que no ayuda es quedarse en casa sin hacer nada, porque eso acaba anulando a la persona y le impide continuar con su vida. Aceptar la pérdida no significa olvidar a quien hemos querido, sino aprender a convivir con su ausencia sin que esa ausencia nos impida seguir viviendo.






