La vejez de los progenitores no siempre es fácil de asimilar y menos aún si aparece un deterioro físico o cognitivo cuando éstos aún son relativamente jóvenes. Por mucho de que seamos conscientes de que es ley de vida, en nuestro fuero interno siempre los vemos de mediana edad, con la energía y la fuerza que tenían en nuestra infancia o nuestra adolescencia y, por desgracia, no siempre es así. A veces el deterioro se produce por alguna enfermedad o, simplemente, por el pasar de los años; otras, por accidentes o situaciones imprevistas, como le ocurrió al actor José Luis Gil, que sufrió un ictus isquémico hace ya cinco años.
En un primer momento, los médicos llegaron a temer por su vida, si bien tras una intervención quirúrgica consiguieron salvarlo. Aun así, de la noche a la mañana pasó a tener problemas de movilidad y a desarrollar afasia, que afecta a la capacidad de comunicarse. Así, de repente, en lo más alto de su carrera, se detuvieron todos sus planes profesionales y vitales. "Todo tu mundo cambia. A partir de ahí ya nada es igual", decía hace unos días su hija Irene en el programa Y ahora Sonsoles, de Antena 3.
Cuando ocurre algo brusco, como un ictus o un accidente grave, el impacto emocional se parece mucho más a un trauma. Un día existe una realidad y al siguiente todo ha cambiado.
¿Cómo afrontar emocional una situación así? ¿Cómo hacerse fuerte para poder sostener todo lo que se viene encima? Dado que es un trance por el que pasan muchas familias cada año, se lo hemos preguntado al psicólogo Luis Guillén, especialista en Terapia Focalizada en la Emoción en la consulta Psicopartner. "Lo primero es comprender que nadie está preparado para algo así. Muchas personas se exigen una fortaleza imposible y sienten que deberían gestionarlo mejor de lo que realmente pueden", nos dice. “En consulta suelo recordar algo importante: adaptarse a una situación así no significa dejar de sufrir. Significa aprender a convivir con una realidad que no hemos elegido”.
Guillén comenta que, cuando el deterioro es progresivo, aunque resulte doloroso, existe cierto tiempo para ir adaptándose psicológicamente; en estos casos, la familia va incorporando poco a poco los cambios y elaborando pequeñas pérdidas sucesivas. "Cuando ocurre algo brusco, como un ictus o un accidente grave, el impacto emocional se parece mucho más a un trauma. Un día existe una realidad y al siguiente todo ha cambiado". Por tanto, suele ser mucho más doloroso y difícil de asimilar.
¿Cómo afrontar las primeras muestras de deterioro físico y cognitivo de los padres?
El psicólogo explica que, cuando el deterioro es progresivo, las primeras muestras de que se está produciendo suelen ser las más difíciles de asumir porque cuestionan una imagen que llevamos toda la vida construyendo: la de nuestros padres como figuras fuertes, capaces y protectoras. Cuando comprobamos que empiezan a olvidar cosas, que se cansan más rápido, o que necesitan ayuda para tareas que antes hacían con facilidad o muestran una fragilidad que nunca habíamos visto, a veces ni siquiera los hijos le dan la importancia que merece en esas primeras ocasiones. Una vez que sí empiezan a ser conscientes de lo que ocurre, "lo más doloroso no suele ser el síntoma en sí, sino lo que simboliza", asegura Guillén. "Es el momento en que uno empieza a comprender que sus padres son vulnerables y que el tiempo también pasa para ellos".
"Mi recomendación siempre es intentar no vivir esta etapa desde la negación", propone. "Negar los cambios no los hace desaparecer y, además, suele retrasar decisiones importantes. Afrontarlo implica observar con realismo lo que está ocurriendo, buscar información médica fiable y permitirse sentir emociones que son completamente normales: tristeza, miedo, enfado o incluso sensación de injusticia".
El psicólogo de Psicopartner subraya que es fundamental permitirse atravesar un proceso de duelo en estas situaciones porque, "aunque la persona siga viva, la familia está perdiendo una forma de relación, una dinámica y unas expectativas de futuro". Y puntualiza que también ayuda mucho abandonar la obsesión por recuperar la normalidad anterior. "En muchas ocasiones la pregunta no es ¿cómo volvemos a ser los de antes?, sino ¿cómo construimos una nueva normalidad con lo que tenemos ahora?".
"Y, sobre todo, es importante no intentar sostenerlo todo en soledad. El apoyo familiar, psicológico y social no es un lujo en estas circunstancias; es una necesidad".
“Al igual que nos preparamos para morir debemos empezar a prepararnos para enfermar”
Irene Gil, hija del actor José Luis Gil, ha comentado que, "al igual que nos preparamos para morir debemos empezar a prepararnos para enfermar, porque además de doloroso, es muy caro". Unas palabras muy sensatas a juzgar por Luis Guillén, quien ve que la gente no suele estar preparada para cuando viene el deterioro y la dependencia de sus seres cercanos. "Solemos prepararnos para estudiar, trabajar, tener hijos o jubilarnos, pero casi nunca para afrontar la posibilidad de necesitar cuidados o de convertirnos en cuidadores".
Solemos prepararnos para estudiar, trabajar, tener hijos o jubilarnos, pero casi nunca para afrontar la posibilidad de necesitar cuidados o de convertirnos en cuidadores
"Prepararse no significa vivir con miedo ni anticipar desgracias. Significa aceptar que la vulnerabilidad forma parte de la condición humana", asegura el psicólogo. "Del mismo modo que planificamos aspectos financieros o legales de nuestro futuro, deberíamos poder hablar con naturalidad sobre cómo nos gustaría ser cuidados, qué recursos tendríamos disponibles o cómo proteger a quienes podrían asumir esa responsabilidad".
Y concluye con una importante reflexión: "En el fondo, prepararnos para la enfermedad es también una forma de cuidar a las personas que más queremos. Porque cuando las conversaciones importantes se han tenido a tiempo, el sufrimiento no desaparece, pero muchas decisiones difíciles se vuelven un poco más llevaderas".






