Familia

María González, neuropsicóloga, sobre personas mayores que van a vivir a casa de sus hijos: "No basta con preparar una habitación, hay que acompañar el duelo por la pérdida de autonomía"


Abandonar el hogar a causa sabiendo que el motivo es que las propias facultades van menguando es un duro golpe que requiere de apoyo emocional por parte de la familia


María González Ruiz, neuropsicóloga© Instituto Centta
11 de junio de 2026 a las 15:02 CEST

Cuando las personas mayores reciben la noticia de que han de irse a vivir a casa de sus hijos, todo su mundo se tambalea. Temen perder autonomía, pero también saben que no hay marcha atrás, que la vejez no perdona. Es, por tanto, un duelo que es necesario transitar y para el que precisan de apoyo emocional, tal y como nos indica María González Ruiz, neuropsicóloga de Instituto Centta (www.centta.es). Si además la persona de edad avanzada tiene varios hijos y ha de estar por temporadas en casa de cada uno de ellos, todo se complica, pues, como señala la neuropsicóloga, estas personas necesitan estabilidad y continuidad; más aún si presentan deterioro cognitivo. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo ayudarles a llevar a cabo esta transición de la mejor manera posible? María González Ruiz nos lo explica en detalle.

¿Cómo afecta a las personas mayores el tener que ir a vivir a casa de los hijos porque no pueden valerse ya por sí mismos? 

Para una persona mayor, dejar su casa para ir a vivir con los hijos no es solo un cambio de domicilio, suele ser un cambio vital profundo. La casa representa identidad, autonomía, rutina, pertenencia, recuerdos y control sobre la propia vida. Por eso, aunque la decisión sea necesaria y esté motivada por el cuidado, puede vivirse como una pérdida de independencia, de intimidad, de rol adulto, de hábitos cotidianos y, en ocasiones, de la propia identidad.

Muchas personas mayores experimentan esta transición con ambivalencia. Por un lado, pueden sentirse más seguras, acompañadas y cuidadas. Sin embargo, por otro lado, pueden aparecer sentimientos de tristeza, irritabilidad, miedo, vergüenza, sensación de carga, culpa o enfado. Detrás de esas emociones suele haber un proceso de duelo por la autonomía perdida, por el cuerpo que ya no responde igual.

Adicionalmente, desde el punto de vista cognitivo, el cambio de entorno también puede desorientar mucho, especialmente si hay deterioro cognitivo leve, demencia, problemas sensoriales o dificultad física.

¿Cómo suelen vivir esa transición las personas mayores?

La forma de vivir la transición depende de muchos factores: si la persona ha participado en la decisión, si el cambio ha sido brusco o progresivo, si mantiene espacios propios, si se respetan sus preferencias, si conserva vínculos sociales, si hay buena relación familiar previa y si se le permite seguir tomando decisiones, por pequeñas que sean. 

Aunque la decisión sea necesaria y esté motivada por el cuidado, puede vivirse como una pérdida de independencia, de intimidad, de rol adulto, de hábitos cotidianos y, en ocasiones, de la propia identidad

María González Ruiz, neuropsicóloga

En muchos casos, además, cuando tienen más de un hijo, van por temporadas a casa de cada uno. ¿Esta situación les suele resultar más difícil aún?

En muchos casos, sí. Aunque la convivencia por temporadas puede parecer justa para los hijos y puede responder a una necesidad real de organización familiar, para la persona mayor puede desestabilizar especialmente. Cada casa tiene normas, horarios, estilos de comunicación, espacios, comidas, ritmos y expectativas diferentes. Eso obliga a la persona a adaptarse una y otra vez. Además, en aquellos casos en los que los hijos viven lejos los unos de los otros, tendríamos el estrés añadido de los desplazamientos.

Desde la psicología, sabemos que la estabilidad, la previsibilidad y la continuidad son especialmente importantes en la vejez, aún más cuando hay deterioro cognitivo o alguna otra dificultad.

Madre e hija© Getty Images

3. ¿Cómo ayudar emocionalmente a estas personas a sobrellevar lo mejor posible esta transición y todo lo que ello implica?

La clave es no tratar la transición solo como un problema logístico, sino como un proceso emocional. No basta con preparar una habitación o gestionar la medicación: hay que acompañar el duelo por la pérdida de autonomía.

Lo primero es validar lo que siente la persona. No ayuda decir "no te quejes, estás mejor aquí" o "lo hacemos por tu bien" como forma de cerrar la conversación. Es preferible reconocer: "Entiendo que dejar tu casa te duela", "sé que esto no es fácil", "vamos a intentar que sigas teniendo tus cosas y tus decisiones". Validar no significa estar de acuerdo con todo; significa reconocer que su vivencia tiene sentido.

¿Qué papel tiene la autonomía de la persona mayor en esta nueva etapa vital?

Es fundamental preservar su autonomía en todo lo posible. Aunque ya no pueda vivir sola, puede seguir decidiendo muchas cosas: qué ropa ponerse, qué objetos llevar, cómo quiere organizar su habitación, qué comidas prefiere, cuándo recibir visitas, qué actividades mantener o cómo quiere que se le ayude. Cuantas más decisiones conserve, menor será la sensación de anulación.

Aunque la convivencia por temporadas puede parecer justa para los hijos y puede responder a una necesidad real de organización familiar, para la persona mayor puede desestabilizar especialmente.

María González Ruiz, neuropsicóloga

4. ¿Qué hacer si la persona se niega a ir a casa de los hijos, pero es necesario por su salud que lo haga? ¿Cómo hablar con ellos para ayudarles a entrar en razón?

Lo primero es entender que la negativa no suele ser simple terquedad u oposición. Muchas veces expresa miedo, tristeza, pérdida de control, vergüenza, desconfianza, apego a la casa o necesidad de seguir sintiéndose adulta. Si la familia interpreta la negativa solo como "no entra en razón", la conversación tenderá a convertirse en una lucha de poder.

Es mejor empezar preguntando y escuchando: "¿Qué es lo que más te preocupa de venirte con nosotros?", "¿qué te daría miedo perder?", "¿qué necesitarías para sentirte más tranquila?". A veces la persona teme cosas muy concretas: no tener intimidad, perder sus objetos, no poder recibir visitas, molestar, no volver nunca a su casa o quedar sometida a las decisiones de otros.

Después conviene explicar la situación con claridad, pero sin infantilizar, trasladando mensajes como: "nos preocupa que te caigas estando sola", "la medicación está siendo difícil de controlar", "queremos evitar una urgencia". Es importante hablar desde la preocupación y el cuidado, no desde la imposición o la amenaza.