Los niños no afrontan la muerte de un ser querido de la misma manera que los adultos. Pueden recibir la noticia del fallecimiento de alguien a quien adoran y, al poco rato, ponerse a jugar sin más. Pueden no llorar. Pueden hablar constantemente sobre la muerte o pueden no mediar palabra acerca de ella. Pueden reaccionar de maneras muy diversas, muchas de las cuales desconciertan a los adultos. ¿Cuáles de esas reacciones son normales y cuáles no? ¿Qué han de tener en cuenta sus familiares acerca de su manera de experimentar esta vivencia? Nos lo aclara de manera muy sencilla y tranquilizadora José González Fernández, psicólogo y formador especialista en procesos de duelo y suicidio. Acaba de publicar el libro El duelo infantil: lo que nadie nos enseñó (Ed. Sentir), en el que aporta información muy útil para las familias al respecto.
¿Los niños viven el duelo de la misma manera que los adultos?
No. Los niños también sufren la pérdida, también echan de menos, también sienten tristeza, miedo, enfado o culpa, pero viven el duelo de una manera diferente a la de los adultos.
Uno de los errores más frecuentes que cometemos los adultos es pensar que los niños deberían expresar el dolor como nosotros. Esperamos que lloren, que hablen de lo que sienten o que permanezcan tristes durante largos periodos de tiempo y, cuando no ocurre, concluimos que no se han enterado o que les ha afectado menos. Sin embargo, los niños también sufren la pérdida. Lo que ocurre es que la viven y la expresan de forma diferente.
Los niños suelen entrar y salir del dolor. Pueden estar llorando porque echan de menos a su madre y, diez minutos después, estar jugando con sus amigos. Pueden preguntar por el abuelo fallecido durante la cena y reírse un rato más tarde viendo una película. A muchos adultos esto les desconcierta, pero no significa que hayan olvidado; significa que su mente todavía no puede permanecer conectada al sufrimiento durante tanto tiempo como la de un adulto. Necesitan acercarse al dolor poco a poco, en pequeñas dosis.
Además, los niños no siempre expresan el duelo con palabras. Muchas veces lo hacen a través del juego, de los dibujos, de los cambios de conducta o de determinadas preguntas. Un adulto puede decir: "Tengo miedo de perder a más personas"; un niño puede empezar a seguir a su madre por toda la casa. Un adulto puede hablar de tristeza; un niño puede tener pesadillas o dificultades para concentrarse en el colegio.
Por eso suelo decir que el duelo infantil se observa más de lo que se escucha. Los niños perciben perfectamente la ausencia, los cambios en la familia, la silla vacía en la mesa o las lágrimas de los adultos. Aunque no comprendan la muerte como la comprendemos nosotros, sí sienten profundamente el impacto de la pérdida. Y quizá esa sea una de las ideas más importantes: el duelo infantil no es un duelo más pequeño; es un duelo expresado en otro idioma. Nuestra tarea como adultos es aprender a escucharlo.
Pocas cosas ayudan más a un niño en duelo que descubrir que hay un adulto dispuesto a permanecer a su lado mientras aprende a convivir con la ausencia.
¿De qué manera manifiestan los niños el dolor por el fallecimiento de un ser querido?
Una de las cosas que más sorprende a las familias es descubrir que el duelo infantil no siempre tiene cara de tristeza. Los adultos solemos imaginar que un niño que está sufriendo va a llorar, va a querer hablar constantemente de la persona que ha muerto o va a mostrarse claramente abatido. Sin embargo, en muchas ocasiones el dolor aparece disfrazado de otras formas mucho menos evidentes: puede manifestarse como irritabilidad, como dificultades para dormir, como miedo a separarse de los padres, como problemas de concentración, como dolores de barriga, como una bajada repentina del rendimiento escolar o, incluso, como una aparente normalidad que lleva a los adultos a pensar que la pérdida apenas le ha afectado.
Y aquí es donde solemos equivocarnos porque los niños no siempre nos cuentan el duelo, muchas veces nos lo enseñan. Nos lo enseñan en sus juegos, en sus dibujos, en sus silencios, en las preguntas que repiten una y otra vez, en los cambios que aparecen de repente después de la pérdida.
Recuerdo a un niño de ocho años que había perdido a su madre. Durante semanas apenas habló de ella. Su familia estaba preocupada porque parecía que evitaba el tema. Sin embargo, cada vez que jugaba con sus muñecos aparecía la misma historia: un personaje desaparecía y el resto salía a buscarlo desesperadamente. Aquello era su duelo. No estaba hablando de su madre, pero estaba hablando de su ausencia.
Los niños suelen expresar emocionalmente aquello que todavía no pueden explicar cognitivamente. Por eso resulta tan importante observar el juego, el comportamiento o las emociones que aparecen después de una pérdida significativa.
Además, la expresión del dolor cambia mucho según la edad. Los más pequeños suelen manifestarlo a través del cuerpo y de la conducta. Pueden volver a hacerse pis en la cama, pedir dormir acompañados o mostrar una dependencia mayor de sus figuras de apego.
Los niños en edad escolar suelen expresar más ansiedad, preocupación por la seguridad de sus familiares o dificultades para concentrarse.
Y los adolescentes, en ocasiones, pueden parecer distantes, enfadados o incluso indiferentes cuando en realidad están intentando gestionar una intensidad emocional para la que todavía no tienen suficientes recursos.
Otro aspecto que suele sorprender mucho a las familias es la aparición de emociones que no asociamos espontáneamente al duelo. Por ejemplo, el enfado. Muchos niños se enfadan con quien ha muerto por haberlos dejado. Otros sienten miedo a que alguien más fallezca y otros experimentan culpa, una culpa silenciosa que a veces nace de discusiones, enfados o pensamientos normales que tuvieron antes de la muerte y a los que después atribuyen un poder que nunca tuvieron.
Por eso, cuando acompañamos a un niño en duelo, la pregunta más importante no es: "¿Está triste?". La pregunta realmente importante es: "¿Cómo está expresando lo que siente?". Porque el duelo infantil rara vez desaparece; lo que cambia es el lenguaje con el que se manifiesta. Y cuando aprendemos a escuchar ese lenguaje, descubrimos que los niños suelen estar contándonos mucho más de lo que imaginábamos.
¿Qué deben entender los adultos que los cuidan acerca del duelo infantil?
Los niños no necesitan que les neguemos el duelo, necesitan que les ayudemos a sostenerlo. Vivimos en una sociedad que tolera muy mal el dolor. Cuando vemos llorar a un niño, se activa inmediatamente nuestro instinto de protección. Queremos distraerlo, animarlo, cambiar de tema, hacer que vuelva a sonreír cuanto antes. Es una reacción profundamente humana.
El problema es que, a veces, en nuestro intento de protegerlo del dolor, terminamos protegiéndolo también de los recursos que necesita para elaborar la pérdida. En El duelo infantil: lo que nadie nos enseñó hablo mucho de cómo los adultos solemos confundir acompañar con evitar. Queremos evitar la tristeza, evitar las preguntas difíciles, evitar las lágrimas, evitar hablar de la muerte. Sin embargo, el duelo necesita precisamente lo contrario: espacio para ser vivido.
Los niños no necesitan adultos que hagan desaparecer las emociones desagradables, necesitan adultos capaces de permanecer a su lado mientras esas emociones aparecen. Porque la tristeza no es el problema, el miedo no es el problema, la rabia no es el problema; muchas veces el verdadero problema es sentirse solo con todo eso.
Además, hay algo que los adultos solemos olvidar: los niños están aprendiendo qué hacer con el dolor observándonos a nosotros. Aprenden viendo cómo hablamos de la persona que ha muerto, cómo expresamos nuestras emociones, cómo recordamos, cómo afrontamos los aniversarios o las fechas importantes. No necesitan que seamos fuertes todo el tiempo; necesitan que seamos auténticos.
Un padre puede decir: "Hoy me he acordado mucho del abuelo y estoy un poco triste". Y esa frase enseña mucho más sobre salud emocional que cualquier discurso porque transmite una idea muy poderosa: se puede estar triste y seguir viviendo.
También es importante comprender que el duelo infantil no termina cuando terminan las primeras semanas después de la pérdida. Un niño que pierde a su madre a los seis años volverá a encontrarse con esa pérdida muchas veces a lo largo de su desarrollo. Cuando llegue a la adolescencia la comprenderá de una manera distinta. Cuando tenga su primera pareja, también. Cuando se convierta en padre o madre, probablemente volverá a revisitarla.
Por eso el objetivo no es "cerrar" el duelo; el objetivo es ayudarle a crecer con esa historia de una forma saludable. Y quizá la idea más importante que me gustaría transmitir a las familias es esta: los niños no necesitan adultos perfectos, no necesitan respuestas para todo, no necesitan que les ocultemos el dolor; necesitan adultos disponibles. Adultos que puedan decir: "No sé exactamente qué decirte, pero estoy aquí".
Porque cuando un niño siente que tiene un lugar seguro al que acudir con sus preguntas, sus lágrimas o sus miedos, ya dispone de uno de los factores de protección más importantes frente al sufrimiento, mucho más importante que cualquier técnica, mucho más importante que cualquier explicación: la presencia.
Algunos niños creen que la muerte es reversible; ¿cómo hacerles entender que no es así sin causarles mayor daño emocional?
Con verdad, claridad y mucho cariño. A menudo los adultos tenemos miedo de hablar de la muerte de forma directa porque pensamos que la verdad puede hacer daño. Sin embargo, lo que más suele dañar a los niños no es la verdad, sino la confusión.
En El duelo infantil: lo que nadie nos enseñó dedico un capítulo completo a explicar que los niños necesitan construir cuatro grandes aprendizajes para comprender la muerte de forma saludable. El primero es que la muerte es universal: todos los seres vivos mueren algún día. El segundo es que es irreversible: cuando una persona muere no puede volver. El tercero es que tiene una causa concreta: las personas no mueren porque sí. Y el cuarto, especialmente importante en la infancia, es que ellos no son responsables de lo ocurrido.
Muchos niños pequeños creen que quien ha muerto puede regresar. No porque estén negando la realidad, sino porque todavía están aprendiendo cómo funciona el mundo. Del mismo modo que creen en personajes mágicos o imaginan cosas extraordinarias, pueden pensar que la muerte es temporal. Por eso es importante utilizar palabras sencillas y concretas.
Podemos decir: "El corazón de la abuela dejó de funcionar y cuando una persona muere ya no puede respirar, ni comer, ni volver." No necesitamos utilizar explicaciones complejas, necesitamos utilizar explicaciones comprensibles. Lo que conviene evitar son expresiones como: "Se ha ido", "Está dormido", "Se fue de viaje", "Nos está esperando"... porque para un adulto son metáforas, pero para un niño pueden convertirse en explicaciones literales.
Recuerdo a un niño que durante meses se negaba a ir al colegio porque le habían dicho que su padre "se había ido". Él estaba convencido de que, si salía de casa, podía cruzárselo por la calle y no reconocerlo. El problema no era el duelo, era la confusión. Y, cuando hay confusión, es muy difícil empezar a elaborar una pérdida.
Ahora bien, explicar que alguien no va a volver no significa eliminar el vínculo. De hecho, una de las ideas más importantes que intento transmitir en el libro es que una persona puede morir y seguir ocupando un lugar importante en nuestra vida. No vuelve físicamente, pero permanecen los recuerdos, las historias, las enseñanzas, las fotografías, los valores que nos transmitió, el amor que compartimos. Los niños suelen comprender esto mucho mejor de lo que imaginamos.
Por eso podemos ayudarles a aceptar que la muerte es irreversible sin renunciar a la memoria. Podemos decirles que el abuelo no volverá a sentarse a la mesa con nosotros y, al mismo tiempo, seguir contando sus historias. Podemos aceptar la realidad de la muerte sin expulsar a esa persona de nuestra historia.
Y esa combinación entre verdad y vínculo suele ser mucho más reparadora que cualquier intento de protegerlos mediante el silencio porque los niños soportan mejor una verdad dolorosa que una incertidumbre interminable.
Cuando un niño no habla de la muerte o no muestra tristeza de la forma que esperamos, muchos adultos entran en pánico.
¿Qué significa que un niño hable a menudo de la muerte? ¿A qué puede deberse?
Lo primero que me gustaría transmitir a las familias es tranquilidad. Hablar de la muerte no siempre es una señal de alarma. De hecho, muchas veces es una señal de que el niño está intentando comprender una realidad que forma parte de la vida.
Los adultos solemos sentirnos incómodos cuando un niño pregunta por la muerte. Quizá porque nosotros mismos hemos crecido en una sociedad que evita hablar de ella. Una sociedad que habla con naturalidad del nacimiento, pero que sigue teniendo muchas dificultades para hablar del final de la vida.
Por eso, cuando un niño pregunta "¿Qué pasa cuando alguien muere?", "¿Dónde está ahora?", "¿Todos nos vamos a morir?", no necesariamente está mostrando un problema emocional. Muchas veces está mostrando curiosidad, está aprendiendo, está intentando construir significado. Y eso es algo sano.
Los niños necesitan elaborar una especie de mapa mental sobre la muerte. Necesitan entender qué es, cuándo ocurre, por qué ocurre y qué implica para las personas que siguen vivas. Las preguntas forman parte de ese aprendizaje. De hecho, me preocupa más el niño que siente que no puede preguntar que el que pregunta mucho porque, cuando un niño percibe que la muerte es un tema prohibido, un tabú, no deja de pensar en ella; simplemente deja de compartir lo que piensa y siente.
Ahora bien, también es cierto que el contexto importa. No es lo mismo un niño que pregunta por la muerte después de perder a su abuelo que un niño que vive con una preocupación constante, miedo intenso o ansiedad relacionada con la posibilidad de que alguien cercano muera. Por eso siempre recomiendo escuchar la emoción que hay detrás de la pregunta.
A veces un niño pregunta por la muerte cuando en realidad está preguntando por la seguridad, por el futuro, por la separación, por el miedo a quedarse solo. Recuerdo a una niña de diez años que preguntaba constantemente a sus padres si iban a morir. Los padres pensaban que tenía una obsesión con la muerte. Cuando pudimos explorar lo que había detrás, descubrimos que lo que realmente le preocupaba era otra cosa.
Su pregunta no era: "¿Os vais a morir?". Su pregunta era: "¿Voy a seguir teniendo a alguien que me cuide?". Y la diferencia es enorme. Por eso animo a las familias a no responder siempre de forma automática.
A veces conviene devolver la pregunta: "¿Qué te hace pensar en eso?", "¿Qué es lo que más te preocupa?", "¿Qué crees tú?". Porque muchas veces la respuesta que obtenemos nos permite entender mejor la necesidad emocional que hay detrás.
Y hay algo más que me parece importante: los niños que pueden hablar de la muerte suelen afrontar mejor las pérdidas futuras que aquellos que crecen rodeados de silencio porque la muerte no se convierte de repente en algo comprensible el día que perdemos a alguien. La comprensión se construye poco a poco, conversación a conversación. Por eso, cuando un niño habla de la muerte, no siempre debemos interpretar que hay un problema.
En muchas ocasiones lo que hay es una oportunidad. La oportunidad de educar emocionalmente, la oportunidad de responder con honestidad y la oportunidad de enseñar algo que quizá nuestra generación apenas aprendió: que hablar de la muerte también es una forma de aprender a vivir.
¿Cómo darle la noticia a un niño de la muerte de un familiar muy cercano?
Probablemente sea una de las conversaciones más difíciles que tendremos en nuestra vida, no solo porque estamos intentando ayudar a un niño a comprender una pérdida enorme, sino porque normalmente nosotros también estamos sufriendo esa misma pérdida. Y, sin embargo, la forma en que comuniquemos esa noticia puede marcar profundamente cómo el niño recordará ese momento y cómo comenzará a construir su duelo.
Mi recomendación es sencilla, aunque no siempre fácil: decir la verdad, hacerlo cuanto antes y acompañarla con mucha cercanía. Los niños perciben rápidamente que algo grave está ocurriendo. Observan nuestras caras, nuestras lágrimas, los silencios, las conversaciones interrumpidas. Cuando intentamos ocultarles la realidad durante demasiado tiempo, no evitamos su sufrimiento. Lo que hacemos es añadir incertidumbre. Por eso es importante que la noticia la dé una persona de confianza, en un lugar tranquilo y utilizando palabras claras.
Algo tan sencillo como: "Tengo una noticia muy triste que contarte. Sabes que el abuelo está muy, muy, muy malito y que lo llevamos al hospital para intentar curarlo, lamentablemente ha muerto esta mañana". Y después, detenernos. No necesitamos dar un discurso, no necesitamos tener todas las respuestas; necesitamos estar disponibles.
Una de las cosas que más sorprenden a las familias es que los niños no siempre reaccionan como esperamos. Algunos lloran, algunos hacen preguntas inmediatamente, otros permanecen en silencio y algunos incluso continúan jugando. Todo eso es normal.
Recuerdo a una niña de seis años que, después de saber que su abuela había muerto, permaneció callada unos segundos y preguntó: "¿Quién va a hacer ahora las croquetas de Navidad?". A un adulto esa pregunta podría parecerle irrelevante, pero no lo era. Aquella niña acababa de expresar una de las grandes verdades del duelo: cuando alguien muere no perdemos solamente a una persona; perdemos rutinas, costumbres, momentos compartidos y pequeñas cosas que formaban parte de nuestra vida cotidiana. Por eso, después de comunicar la noticia, es importante escuchar mucho más de lo que hablamos.
Los niños suelen mostrarnos qué es lo que necesitan entender. A veces preguntarán por la muerte, otras veces por el funeral, otras veces por quién los llevará al colegio. Y todas esas preguntas merecen ser tomadas en serio.
En El duelo infantil: lo que nadie nos enseñó explico que comunicar una muerte no es un único momento, es el inicio de una conversación que continuará durante semanas, meses e incluso años. La noticia dura unos minutos. El acompañamiento dura mucho más.
Por eso, más importante que encontrar las palabras perfectas es transmitir una idea fundamental: "Puedes preguntarme lo que necesites", "No tienes que entenderlo todo hoy", "Vamos a recorrer esto juntos". Porque lo que más ayuda a un niño cuando el mundo acaba de cambiar no es recibir una explicación impecable, es descubrir que sigue teniendo un lugar seguro al que acudir cuando aparezcan el miedo, las dudas o la tristeza. Y esa seguridad empieza, precisamente, en esa primera conversación.
En el libro destacas la importancia de no mentir al niño, ni de "maquillar" o evitar la realidad de la muerte. ¿Por qué es necesario tener esto en cuenta?
Porque los niños necesitan confianza más que evitación. La mayoría de las veces que un adulto evita la palabra muerte o inventa una explicación más suave lo hace desde el amor. Quiere proteger al niño. Quiere evitarle sufrimiento. Quiere que la realidad duela un poco menos.
El problema es que la realidad no cambia porque cambiemos las palabras. Una de las mayores dificultades que tenemos los adultos es nuestra propia incomodidad con la muerte, nuestra propia tanatofobia. Nos cuesta hablar de ella. Nos cuesta nombrarla. Y muchas veces terminamos utilizando expresiones como: "Se ha ido", "Nos ha dejado", "Está descansando", "Ahora vive en las estrellas".
Aunque estas frases nacen del cariño, pueden generar mucha confusión; los niños piensan de forma mucho más literal que los adultos. Si alguien se ha ido, puede volver; si alguien está dormido, puede despertarse; si alguien se ha marchado, quizá regrese algún día. Y cuando la realidad no encaja con esas explicaciones, aparecen nuevas preguntas, nuevos miedos y, en ocasiones, una profunda sensación de desconcierto.
Además, los niños suelen percibir mucho más de lo que imaginamos. Perciben nuestras lágrimas, las conversaciones que se interrumpen cuando entran en una habitación, los cambios en la rutina, la preocupación de los adultos. Cuando no reciben información clara, intentan completar ellos mismos las piezas que faltan; si nadie les explica lo ocurrido, algunos terminan pensando que quizá tuvieron algo que ver: que si se hubieran portado mejor, que si no hubieran discutido, que si hubieran hecho algo diferente...
Por eso uno de los mensajes más importantes que debemos transmitir es que la muerte tiene una causa y que ellos no son responsables de ella. La verdad protege mucho más de lo que solemos pensar. Y cuando hablo de verdad, no hablo de dar todos los detalles, no hablo de convertir una conversación en una clase de medicina; hablo de honestidad adaptada a la edad del niño. De responder a sus preguntas con claridad, de no inventar historias para evitar nuestro propio malestar.
Porque cuando un niño descubre que los adultos le han ocultado algo tan importante, no solo se enfrenta a la pérdida; también puede sentir que el lugar que consideraba seguro ya no lo es tanto. Y la confianza es uno de los recursos más valiosos que tiene un niño para atravesar un duelo.
Por eso, si tuviera que resumir esta idea en una sola frase, sería esta: La verdad puede doler, pero la confusión suele doler más. Los niños son mucho más capaces de afrontar la realidad de lo que imaginamos cuando esa realidad llega acompañada de amor, de tiempo y de una mano que les ayuda a comprenderla.
¿Qué decirle para darle el apoyo emocional que necesita en esos momentos?
Muchas veces los adultos pensamos que necesitamos encontrar las palabras perfectas, la frase que alivie el dolor, la explicación que haga que todo tenga sentido. Sin embargo, cuando un niño acaba de perder a alguien importante, lo que más necesita no son respuestas perfectas; necesita sentirse acompañado. De hecho, una de las cosas que más me enseñan los niños en consulta es que recuerdan mucho menos lo que les dijimos que cómo les hicimos sentir.
Por eso, en esos primeros momentos, las frases más útiles suelen ser también las más sencillas: "Estoy aquí contigo", "Lo siento mucho", "Te quiero", "Puedes preguntarme lo que necesites", "No tienes que pasar por esto tú solo", "Es normal que te sientas así"... Son frases que no intentan arreglar el dolor; lo validan. Y eso es profundamente reparador.
Porque uno de los grandes riesgos del duelo infantil es que el niño llegue a pensar que lo que siente está mal: que llora demasiado, que debería estar mejor, que está preocupando a los demás, que tiene que ser fuerte. Y entonces empieza a esconder las emociones precisamente cuando más ayuda necesita. Por eso suelo recomendar a las familias que sustituyan algunas frases muy habituales por otras más acompañantes. En lugar de "No llores", podemos decir "Veo que estás muy triste, yo también". En lugar de "Tienes que ser fuerte", podemos decir "No hace falta que seas fuerte ahora". En lugar de "No pienses en eso", podemos decir "¿Quieres contarme qué te preocupa?". Parece un cambio pequeño, pero emocionalmente es enorme porque el mensaje deja de ser "No sientas", y pasa a ser: "Puedes sentir y yo seguiré aquí".
Recuerdo a un niño que había perdido a su hermano. Durante semanas todo el mundo intentó distraerlo. Le compraban juguetes, organizaban actividades y cambiaban de tema cada vez que aparecía la tristeza, hasta que un día me dijo algo que nunca he olvidado: "Todos intentan que no esté triste, pero yo necesito estar triste un rato".
Aquella frase resume perfectamente una de las ideas centrales de El duelo infantil: lo que nadie nos enseñó: las emociones desagradables no son un error del sistema, son parte del proceso de adaptación. La tristeza no aparece para dañarnos, aparece porque hemos perdido algo importante. Y cuando intentamos eliminarla demasiado rápido, a veces dificultamos precisamente el trabajo que necesita realizar.
Por eso animo a las familias a hacer algo muy sencillo: cada noche, dedicar cinco minutos a una pregunta diferente: "¿Qué ha sido hoy lo más difícil?", "¿Qué es lo que más echas de menos?", "¿Ha habido algún momento bonito en el que te hayas acordado de él o de ella?". No se trata de obligar al niño a hablar, se trata de abrir una puerta y dejar que decida cuándo quiere cruzarla.
Porque al final, el mejor apoyo emocional no consiste en encontrar las palabras perfectas, consiste en convertirse en una persona segura para las emociones difíciles. Alguien que no se asusta cuando el niño llora, alguien que no cambia de tema cuando aparece la tristeza, alguien que no intenta arreglar inmediatamente lo que siente, alguien que permanece. Y pocas cosas ayudan más a un niño en duelo que descubrir que hay un adulto dispuesto a permanecer a su lado mientras aprende a convivir con la ausencia.
Un niño que pierde a su madre a los 6 años volverá a encontrarse con esa pérdida muchas veces a lo largo de su desarrollo.
Solemos preocuparnos ante la tristeza de los niños, especialmente si la causa es el fallecimiento de un ser querido, pero ¿qué ocurre cuando no da muestras de tristeza, cuando no llora ni habla de lo sucedido? ¿A qué puede deberse?
Esta es probablemente una de las preguntas que más escucho en consulta. Y también una de las que más tranquilidad suele aportar a las familias cuando entienden la respuesta porque no llorar no significa necesariamente no sufrir. De hecho, uno de los mitos más dañinos sobre el duelo infantil es pensar que la intensidad del dolor se mide por la cantidad de lágrimas. Hay niños que lloran mucho, hay niños que lloran poco y hay niños que prácticamente no lloran. Eso no nos dice, por sí solo, cómo están viviendo la pérdida.
Algunos niños expresan el dolor hacia fuera y otros lo hacen hacia dentro. Algunos necesitan hablar constantemente de la persona que ha muerto y otros necesitan más tiempo para encontrar palabras para lo que sienten. También hay niños que, sencillamente, están intentando sobrevivir a una realidad que todavía no comprenden del todo.
Recuerdo a un adolescente que perdió a su madre y que no derramó una lágrima durante el funeral, ni durante las semanas posteriores. Los familiares empezaron a preocuparse. Algunos incluso llegaron a pensar que era frío o que no le afectaba. Meses después me confesó algo muy revelador: "Si empezaba a llorar tenía miedo de no poder parar." No era ausencia de dolor, era miedo al dolor. Y esto ocurre con más frecuencia de la que imaginamos.
Otros niños intentan proteger a los adultos. Perciben que sus padres, abuelos o familiares están sufriendo y, desde su enorme capacidad de amor, llegan a la conclusión de que no deben añadir más preocupación. Entonces esconden las lágrimas. Cambian de tema, dicen que están bien y hacen un esfuerzo enorme por parecer más fuertes de lo que realmente se sienten.
También hay niños cuyo duelo aparece principalmente a través del cuerpo o de la conducta. No hablan de la muerte, pero duermen peor, se enfadan más, tienen menos paciencia, se aíslan, pierden interés por actividades que antes disfrutaban o desarrollan preocupaciones que antes no tenían. Por eso, cuando un niño no llora, la pregunta no debería ser: "¿Por qué no está triste?"; la pregunta debería ser: "¿Cómo está expresando lo que siente?". Porque normalmente lo está expresando de alguna manera; simplemente puede que no sea la forma que los adultos esperábamos.
No todos los niños lloran en el mismo momento. Algunos reaccionan inmediatamente, otros necesitan semanas, meses o incluso años. A veces el verdadero impacto aparece cuando llega una fecha especial, cuando cambia de etapa escolar o cuando alcanza una edad en la que comprende mejor lo que perdió. Por eso no debemos interpretar la ausencia de lágrimas como ausencia de amor. Ni la ausencia de palabras como ausencia de duelo.
Los niños tienen muchas formas de echar de menos y no todas pasan por el llanto. Lo importante no es que lloren; lo importante es que sepan que, si algún día necesitan hacerlo, habrá un adulto dispuesto a sostener esas lágrimas sin intentar detenerlas.
¿Qué hacer en esos casos para ayudar al niño?
Lo primero es resistir la tentación de forzar. Cuando un niño no habla de la muerte o no muestra tristeza de la forma que esperamos, muchos adultos entran en pánico. Empiezan a preguntarle constantemente cómo está, intentan que hable, le preguntan si está triste o buscan provocar una reacción emocional pensando que así lo ayudarán. Sin embargo, las emociones no funcionan por presión.
Nadie puede obligar a una semilla a crecer tirando de ella. Con el duelo ocurre algo parecido. Nuestra tarea no es empujar al niño hacia la expresión emocional. Nuestra tarea es crear las condiciones para que esa expresión pueda aparecer cuando esté preparado. Por eso, en lugar de interrogatorios emocionales, suelo recomendar presencia emocional: estar disponibles, escuchar, observar, acompañar, sin exigir.
En El duelo infantil: lo que nadie nos enseñó dedico muchas páginas a explicar que los niños suelen comunicarse mejor a través de los lenguajes simbólicos que mediante preguntas directas. Por eso resulta mucho más útil compartir una actividad que sentarse frente a frente esperando una confesión emocional: un paseo, un dibujo, un juego, una receta que preparaba la persona fallecida, un álbum de fotografías, un cuento. Muchas veces la conversación aparece cuando dejamos de perseguirla.
Recuerdo a un padre preocupado porque su hijo de nueve años nunca hablaba de la muerte de su madre. Un día decidieron montar juntos una estantería en su habitación. Mientras atornillaban las baldas, sin que nadie se lo preguntara, el niño dijo: "Creo que lo peor es que ya no sé cómo suena su voz". Aquella conversación no surgió durante una sesión formal, surgió mientras compartían una tarea cotidiana. Porque los niños suelen hablar cuando se sienten seguros, no cuando se sienten examinados.
También recomiendo a las familias observar más y preguntar menos. Preguntarnos: ¿Está jugando?, ¿mantiene relaciones con sus amigos?, ¿tiene momentos de disfrute?, ¿puede hablar de la persona fallecida si lo necesita?, ¿sabe que estamos disponibles? Estas preguntas suelen ser mucho más útiles que contabilizar cuántas veces ha llorado.
Y hay algo más que me parece fundamental: no intentar corregir las emociones. Si el niño está enfadado, no debemos convencerlo de que no lo esté; si tiene miedo, no debemos ridiculizar ese miedo; si está triste, no necesitamos distraerlo inmediatamente. A veces ayudar consiste simplemente en decir: "Entiendo que esto sea difícil", "Tiene sentido que te sientas así", "Estoy aquí". Porque validar una emoción no significa quedarse atrapado en ella; significa darle permiso para existir.
Y las emociones que reciben permiso suelen ser mucho más fáciles de integrar que aquellas que intentamos esconder. Las emociones tienen su propio calendario. No aparecen cuando los adultos las esperan, aparecen cuando se sienten seguras.
Por eso, más que intentar abrir conversaciones a la fuerza, necesitamos construir relaciones donde el niño sienta que puede llevar sus preguntas, sus lágrimas o sus silencios sin miedo a preocupar a nadie. Porque el objetivo no es que hable; el objetivo es que nunca tenga que esconder lo que siente.








