Guillermo y Máxima de Holanda continúan con unas vacaciones de ensueño alejados del estricto protocolo que emerge del entorno palaciego. Sin embargo, la agenda más próxima a septiembre ya sitúa al Rey y la Reina más cerca de ese protagonismo que tanto les caracteriza. En esta ocasión, un nuevo acto se llevará a cabo por parte del rey neerlandés, protagonizando la reapertura de uno de los enclaves más sofisticados del país. Todo ello dado que los reyes de Países Bajos ostentan bajo el uso residencial tres palacios oficiales y un castillo, donde sus vivencias más personales toman forma tras misteriosos muros que ahora verán la luz tras años de profunda oscuridad.
Una histórica residencia real
El Castillo Huis Bergh –situado al oeste de Holanda, cerca de la frontera con Alemania– se convertirá en escenario de uno de los actos más significativos del fin del estío de los miembros reales de la dinastía Orange-Nassau. Este enclave, ahora convertido en museo, reabrirá sus puertas tras tres años de intensas reformas debido a las complicaciones en el interior del histórico edificio, tales como los hundimientos de los cimientos, la eliminación de amianto, así como el deterioro de la madera. Una restauración a la que se ha sometido este lugar y a la que el rey Guillermo de Holanda tendrá el privilegio de acceder por primera vez para inaugurar una reapertura tras permanecer cerrado por más de tres años. El Rey dará inicio a esta visita sobre la bodega del castillo, desde donde posteriormente se trasladará al Salón del Trono para ser informado de todos y cada uno de los detalles que han conformado esta absoluta renovación. Todo un guiño hacia la historia más profunda del país, pues aunque este enclave no pertenezca a la colección de palacios de la familia real actual, guarda una de las historias más misteriosas del país.
El edificio, que data del siglo XII, es considerado uno de los más grandes de Países Bajos, por lo que la presencia del Rey en esta reapertura adquiere una mayor relevancia al poner de relieve novecientos años de historia en los que la fortaleza ha ido ampliando sus defensas con el paso del tiempo. Fue alrededor del año 1100 cuando el castillo Huis Bergh nació inicialmente como una estructura defensiva básica y una torre residencial de madera, levantadas sobre una colina artificial en medio de una zona pantanosa. Más de un siglo después, hacia 1240, la madera se sustituyó por una sólida torre de piedra de toba volcánica; de hecho, todavía hoy se pueden contemplar restos de esta estructura original integrados en los muros del edificio principal. Unos restos de los que el padre de la princesa Amalia podrá ser testigo el próximo 17 de septiembre, momento en el que se desplace hasta este histórico enclave para protagonizar su inauguración.
Sin embargo, los cambios más visibles se produjeron entorno al año 1600, cuando adquirió su señorial aspecto característico tras ser reconstruido por los daños sufridos durante la Guerra de los Ochenta Años. Posteriormente, el edificio tuvo que ser minuciosamente restaurado en el siglo XX tras sufrir un devastador incendio en 1939. No obstante, y como decíamos anteriormente, este castillo no forma parte de la red de palacios de la Familia Real, pero aguarda unos profundos vínculos con los miembros de la dinastía. Fue María de Nassau, hermana mayor de Guillermo de Orange —el padre de la patria holandesa—, quien forjó este lazo indestructible en el siglo XVI al casarse con el conde del castillo, convirtiendo a esta imponente fortaleza medieval en un escenario clave de alianzas, secretos e intrigas políticas que marcaron el nacimiento de la actual Casa de Orange-Nassau. Ahora, casi mil años después, este enclave volverá a situarse como auténtico protagonista de la mano del actual Monarca.







