Compaginar la maternidad con la trayectoria profesional no es solo una cuestión de agenda: es, como dice la actriz Jennifer Garner, un ejercicio constante de “criarte a ti misma al mismo tiempo”. La artista, que ha atravesado una década marcada por un divorcio mediático y la crianza de tres hijos ya adolescentes, reconoce ahora que la maternidad es un territorio lleno de imperfecciones, donde “no existe el equilibrio” y donde aprender a ser amable con una misma se convierte en un acto de supervivencia emocional. "Cuando trabajo, no me disculpo con mis hijos por ello. Les doy las gracias por ser tan dulces al respecto. Pero eso forma parte de la vida. Trabajar duro forma parte de la vida, y equivocarse forma parte de la vida. Tropezar y caer… hay espacio para todo", ha explicado.
Su reflexión, lejos del discurso idealizado, abre una conversación necesaria sobre cómo viven las mujeres esa doble exigencia entre el cuidado y la identidad propia. ¿Qué ocurre cuando la culpa aparece? ¿Cómo se sostiene una madre cuando la vida profesional exige presencia? ¿Y qué impacto tiene en los hijos que su madre se muestre humana, imperfecta, real? Sobre todo ello hablamos con la psicóloga Lara Ferreiro para entender por qué las palabras de Garner pueden sonarles familiares a tantas mujeres.
La actriz Jennifer Garner ha explicado cómo ha aprendido a convivir con los desafíos que acompañan a la maternidad. "Tienes que criarte a ti misma al mismo tiempo", ha dicho sobre la experiencia de ser madre. ¿Cómo se interpreta desde la psicología esa frase?
La frase "tienes que criarte a ti misma al mismo tiempo" sin duda refleja uno de los procesos psicológicos más fascinantes de la maternidad: mientras una mujer acompaña el crecimiento de su hijo, también atraviesa una profunda transformación emocional y personal. Hay que entender que la maternidad no consiste únicamente en cuidar a otra persona, sino también en reconstruir la propia identidad.
El concepto de matrescencia describe la transición psicológica que vive una mujer al convertirse en madre. Igual que la adolescencia supone una transformación física y emocional, la maternidad implica una reorganización profunda de la personalidad, las prioridades, las relaciones y la percepción de una misma.
Una investigación publicada en Developmental Psychology descubrió que muchas mujeres reflexionan durante la crianza sobre cómo fueron educadas y qué patrones familiares desean mantener o romper. Es decir, al criar a sus hijos también revisan a la niña que fueron ellas mismas. Por eso muchas madres sienten que están sanando heridas antiguas al mismo tiempo que educan a sus hijos.
La frase también conecta con el concepto de reparentalización, un proceso psicológico que consiste en aprender a ofrecerse a uno mismo el cuidado, la validación y la protección emocional que quizá faltaron en etapas anteriores. Muchas mujeres descubren durante la maternidad que necesitan desarrollar más autocompasión, gestionar mejor la culpa o aprender a poner límites saludables. Deben convertirse en la madre de sus hijos y, en cierto modo, también en la madre de sí mismas.
Otro aspecto importante es que la maternidad suele poner a prueba la autoestima. Según datos de la American Psychological Association, los sentimientos de insuficiencia parental son extremadamente frecuentes. Más del 90% de las madres reconocen haber sentido en algún momento que no estaban haciéndolo suficientemente bien. Esta presión social puede generar ansiedad y perfeccionismo, por lo que muchas mujeres necesitan desarrollar recursos psicológicos nuevos para afrontar las expectativas externas e internas.
De hecho, las investigaciones muestran que entre un 70% y un 80% de las madres experimentan sentimientos intensos de culpa relacionados con la crianza, especialmente por la dificultad de conciliar la vida laboral, personal y familiar. Esta denominada "culpa materna" obliga a muchas mujeres a revisar sus creencias, aprender a ser más flexibles consigo mismas y abandonar la idea de la madre perfecta.
También sabemos que la crianza favorece el crecimiento postraumático. Este concepto describe los cambios positivos que pueden surgir tras experiencias emocionalmente exigentes. Diversos estudios han encontrado que muchas madres reportan una mayor fortaleza psicológica, una redefinición de sus prioridades y un aumento de la capacidad de resiliencia después de tener hijos. Es decir, la maternidad no solo implica sacrificios; también puede convertirse en una poderosa fuente de desarrollo personal.
Otro dato interesante es que la maternidad incrementa significativamente la inteligencia emocional. Un estudio publicado en la revista Emotion observó que las madres desarrollan una mayor capacidad para identificar emociones, interpretar señales sociales y responder de manera empática a las necesidades de otras personas. Esto demuestra que la maternidad también es una escuela de desarrollo emocional para la propia mujer.
Asimismo, las madres que cuentan con una buena red de apoyo presentan hasta un 50% menos de riesgo de sufrir síntomas de ansiedad y depresión posparto, según diversos estudios internacionales. Esto pone de manifiesto que "criarse a una misma" también implica aprender a pedir ayuda, aceptar la vulnerabilidad y entender que la crianza no debería recaer exclusivamente sobre una sola persona.
A la consulta me llegan madres buscando ayuda para gestionar problemas relacionados con sus hijos y terminan descubriendo aspectos personales que necesitan trabajar: miedo al abandono, exceso de exigencia, dependencia emocional o dificultades para priorizarse. La crianza actúa como un espejo que amplifica fortalezas, pero también vulnerabilidades que antes podían pasar desapercibidas.
¿Por qué tantas madres sienten que deben ser perfectas mientras crían?
Nos guste o no, la maternidad sigue siendo uno de los ámbitos donde existe una mayor presión social y emocional. Desde jóvenes, muchas mujeres reciben mensajes que asocian el valor de una "buena madre" con la capacidad de sacrificarse, estar siempre disponible y no cometer errores. El problema es que ese ideal es inalcanzable y genera una sensación constante de insuficiencia.
Además, muchas mujeres están influenciadas por lo que conocemos como el 'síndrome de la supermamá', un fenómeno cada vez más frecuente que aparece cuando una mujer intenta destacar simultáneamente como madre, profesional, pareja, amiga e hija sin permitirse errores ni descanso.
No podemos olvidarnos que vivimos en la era de la comparación. Las redes sociales muestran versiones muy editadas de la maternidad: casas ordenadas, niños felices y madres aparentemente capaces de gestionar todo sin esfuerzo. Un estudio de la Pennsylvania State University encontró que las madres que comparan con frecuencia su crianza con la de otras personas presentan mayores niveles de ansiedad, culpa y sensación de incompetencia parental. De hecho, según una encuesta realizada por la plataforma de maternidad Peanut, el 72% de las madres afirma que las redes sociales les han hecho cuestionar alguna vez si estaban siendo una buena madre. La comparación constante genera la falsa sensación de que las demás lo hacen mejor, cuando en realidad todas las familias enfrentan dificultades que rara vez muestran en internet.
Otro factor importante es el aumento del perfeccionismo parental. Hay investigaciones que concluyeron que los niveles de perfeccionismo han aumentado significativamente durante las últimas tres décadas. La presión por ser una madre perfecta forma parte de una cultura que exige rendir al máximo en todas las áreas de la vida.
También hay una enorme carga de responsabilidad emocional. Muchas mujeres sienten que el bienestar, la educación, la autoestima e incluso el futuro de sus hijos dependen exclusivamente de ellas. De hecho, diversos estudios sobre carga mental familiar muestran que las madres siguen siendo las principales responsables de la planificación invisible del hogar: citas médicas, actividades escolares, alimentación o necesidades emocionales de la familia.
A ello se suma el famoso síndrome de la impostora materna o el síndrome de la mala madre. Aunque muchas madres están realizando una labor excelente, sienten que no son suficientemente buenas, dudan constantemente de sus capacidades y creen que otras mujeres saben criar mejor que ellas. Esta inseguridad suele estar alimentada por las comparaciones sociales y por expectativas poco realistas.
Cuando esta presión se prolonga durante meses o años puede aparecer el burnout parental o síndrome de desgaste parental. Un estudio internacional encontró que los padres y madres con mayores niveles de perfeccionismo presentan un riesgo significativamente superior de sufrir agotamiento emocional. Los síntomas incluyen cansancio extremo, sensación de estar sobrepasados y pérdida de satisfacción en la crianza.
La historia personal también influye. Muchas madres intentan ofrecer a sus hijos aquello que ellas no recibieron o evitar los errores que vivieron durante su propia infancia. Este fenómeno se conoce como transmisión intergeneracional, es decir, la tendencia a reproducir o tratar de corregir los patrones emocionales, educativos y relacionales aprendidos en la familia de origen. Esto puede convertirse en una motivación positiva, pero también en una fuente adicional de presión cuando la madre siente que debe compensar constantemente las carencias del pasado o hacerlo mejor que sus propios progenitores.
Muchas mujeres están influenciadas por lo que conocemos como el 'síndrome de la supermamá', un fenómeno que aparece cuando una mujer intenta destacar simultáneamente como madre, profesional, pareja, amiga e hija sin permitirse errores ni descanso
¿Qué impacto tiene en la salud mental materna convivir con la sensación de no llegar a todo?
Convivir con la sensación constante de no llegar a todo genera un importante desgaste psicológico porque coloca a muchas madres en un estado de alerta permanente. El cerebro interpreta que siempre hay una tarea pendiente, una necesidad por cubrir o una responsabilidad que atender, lo que dificulta la desconexión y el descanso mental.
Uno de los efectos más frecuentes es la llamada carga mental invisible, que hace referencia al esfuerzo cognitivo de planificar, anticipar y organizar continuamente las necesidades de la familia. No se trata solo de hacer cosas, sino de pensar constantemente en todo lo que queda por hacer.
También puede aparecer el agotamiento por rol. Cuando una persona debe responder simultáneamente a múltiples identidades (madre, trabajadora, pareja, cuidadora o hija) puede experimentar la sensación de estar fragmentada y no rendir al nivel que espera en ninguna de ellas. Esto suele generar frustración y una disminución de la satisfacción personal.
La maternidad puede ir acompañada de una auténtica montaña rusa emocional y psicológica. Muchas madres experimentan síntomas como ansiedad constante, preocupación excesiva por el bienestar del bebé, miedo a equivocarse, sentimientos de culpa por creer que no están haciendo lo suficiente, tristeza persistente, irritabilidad, cambios bruscos de humor o incluso depresión posparto. También es frecuente la aparición del llamado "síndrome de la mala madre", una sensación de insuficiencia que lleva a cuestionar continuamente las propias capacidades maternas. A ello se suma el perfeccionismo, la autoexigencia extrema y la presión por cumplir con un ideal imposible de maternidad, lo que puede generar agotamiento emocional, sensación de fracaso y baja autoestima.
Muchas mujeres sufren además insomnio o dificultades para conciliar y mantener el sueño, incluso cuando el bebé descansa, así como fatiga crónica, falta de concentración, problemas de memoria, sensación de estar desbordadas, aislamiento social, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban y dificultades para desconectar mentalmente. En los casos más intensos, pueden aparecer sentimientos de desesperanza, llanto frecuente, ataques de pánico o una percepción constante de no poder hacer frente a las demandas diarias, afectando significativamente a su bienestar psicológico y calidad de vida.
Otro aspecto importante es la pérdida de identidad. Muchas mujeres llegan a sentirse tan absorbidas por las demandas de la maternidad que dejan en segundo plano sus propios intereses, aficiones o proyectos personales. Las investigaciones muestran que mantener espacios propios favorece una mejor salud mental y una mayor satisfacción con la maternidad.
¿Por qué cuesta tanto aceptar que la maternidad es imperfecta por definición?
Vivimos en una sociedad que premia el rendimiento y la productividad. Estamos acostumbrados a pensar que, si nos esforzamos lo suficiente, conseguiremos los resultados que buscamos. Sin embargo, la maternidad rompe esa lógica: no existe una fórmula exacta, ni un manual universal, ni una manera perfecta de criar.
A las personas nos resulta difícil convivir con la incertidumbre. La crianza está llena de preguntas sin respuestas claras, decisiones complejas e imprevistos constantes. No existe un manual escrito donde se explique paso a paso cómo ser madre.
Otro factor importante es la llamada ilusión de control, un sesgo cognitivo que nos lleva a pensar que podemos controlar más aspectos de la realidad de los que realmente controlamos. Muchas madres creen que si toman siempre las decisiones correctas podrán evitar cualquier dificultad en la vida de sus hijos, cuando en realidad el desarrollo humano depende de múltiples variables que escapan completamente a su influencia.
Existe también un fenómeno conocido como disonancia entre expectativas y realidad. Cuanto mayor es la distancia entre cómo imaginábamos la maternidad y cómo la vivimos realmente, mayor suele ser el malestar emocional. Diversas investigaciones han demostrado que las expectativas poco realistas durante el embarazo se asocian posteriormente con mayores niveles de estrés, frustración e insatisfacción materna.
¿Cómo se trabaja la culpa cuando una madre siente que no está “haciendo suficiente”?
Considero que el primer paso para trabajar la culpa consiste en identificar si estamos ante una culpa real o una culpa irracional. La culpa real aparece cuando hemos actuado en contra de nuestros valores y podemos reparar el daño. Sin embargo, la mayor parte de la culpa materna suele ser irracional, porque nace de expectativas imposibles más que de errores reales. Muchas mujeres se sienten culpables por trabajar, por descansar, por pedir ayuda o incluso por dedicar tiempo a su bienestar, aunque esas conductas sean perfectamente saludables.
Otro aspecto fundamental es cuestionar las creencias que alimentan esa culpa. En consulta encuentro con frecuencia pensamientos como "una buena madre siempre debe estar disponible", "si mi hijo sufre es porque estoy haciendo algo mal" o "debería poder con todo". Estas ideas generan una presión enorme y suelen estar alejadas de la realidad.
Otro elemento importante es aprender a diferenciar entre necesidades y expectativas. Los hijos necesitan afecto, seguridad, límites y disponibilidad emocional. No necesitan una madre agotada intentando cumplir estándares imposibles. De hecho, diversas investigaciones muestran que la calidad de la interacción es más importante que la cantidad de tiempo compartido.
También ayuda normalizar la imperfección. Un estudio publicado en Journal of Child and Family Studies encontró que los padres que aceptan mejor sus errores presentan menores niveles de estrés parental y una relación más satisfactoria con sus hijos. Equivocarse no daña el vínculo; lo que fortalece la relación es la capacidad de reconocer errores y repararlos.
En consulta suelo decir que la culpa puede ser una buena consejera, pero una pésima compañera de viaje. Puede ayudarnos a revisar conductas cuando realmente hemos cometido un error, pero cuando aparece todos los días y por cualquier motivo deja de ser útil y se convierte en una fuente de sufrimiento.
Además, muchas madres necesitan aprender a celebrar lo que sí hacen bien. Nuestro cerebro tiene un sesgo natural hacia detectar amenazas y errores, por lo que solemos recordar más fácilmente aquello que creemos haber hecho mal que todos los esfuerzos cotidianos que pasan desapercibidos.
Por último, es importante recordar que sentirse insuficiente no significa ser insuficiente. Las madres más preocupadas por hacerlo bien suelen ser precisamente las más comprometidas con el bienestar de sus hijos. La meta no debería ser eliminar por completo la culpa, sino evitar que dirija nuestras decisiones y aprender a relacionarnos con ella de una forma más sana y realista.
La crianza está llena de preguntas sin respuestas claras, decisiones complejas e imprevistos constantes
¿Cómo influye en los niños que una madre viva su trabajo sin culpa?
Los niños aprenden observando, y cuando ven a una madre que disfruta de su profesión, que persigue sus objetivos y que no se siente constantemente culpable por ello, interiorizan una visión más saludable del equilibrio entre la vida personal, familiar y laboral.
Una madre que trabaja sin culpa transmite un mensaje muy poderoso: que cuidar de uno mismo, tener proyectos propios y desarrollarse profesionalmente no es incompatible con querer profundamente a la familia. Esta enseñanza resulta especialmente importante para las niñas, que construyen parte de sus expectativas futuras observando los modelos femeninos de referencia.
Otro beneficio importante es que los niños aprenden el valor de la autonomía. Cuando observan que su madre tiene intereses, responsabilidades y metas propias, entienden que las relaciones sanas no se basan en la dependencia absoluta, sino en el respeto a la individualidad de cada miembro de la familia.
También influye en la autoestima infantil. Los niños crecen observando cómo sus padres se tratan a sí mismos. Si ven a una madre que se respeta, que valora su trabajo y que no se castiga constantemente por sus decisiones, es más probable que desarrollen una relación más sana consigo mismos y aprendan a reconocer sus propias necesidades sin sentirse egoístas.
Otro aspecto interesante es que ayuda a desmontar estereotipos de género. Según datos de la Organisation for Economic Co-operation and Development, los niños construyen muchas de sus creencias sobre los roles masculinos y femeninos durante los primeros años de vida. Ver a una madre realizada profesionalmente contribuye a que entiendan que las oportunidades y responsabilidades no deben estar determinadas por el género.
Existe además un concepto muy importante llamado modelado emocional. Los hijos aprenden a gestionar sus emociones observando cómo lo hacen sus figuras de referencia. Una madre que toma decisiones alineadas con sus valores y no vive permanentemente cuestionándose enseña a sus hijos seguridad, confianza y coherencia emocional.
¿Qué desafíos emocionales viven las madres que priorizan a sus hijos durante años y luego retoman su carrera?
Uno de los desafíos más frecuentes es la pérdida de confianza profesional. El 43% de las mujeres que hacen una pausa profesional para cuidar de sus hijos reconoce sentir miedo a perder relevancia profesional o quedarse atrás respecto a sus compañeros. Muchas temen haberse desconectado del mercado laboral o no estar preparadas para afrontar los cambios que se han producido durante su ausencia.
También aparece con frecuencia el llamado síndrome de la impostora. Algunas madres sienten que han perdido experiencia, que están desactualizadas o que tienen que demostrar constantemente su valía. Un informe de LinkedIn encontró que las mujeres que regresan al trabajo tras una pausa por cuidados tienen casi el doble de probabilidades de infravalorar sus propias competencias profesionales en comparación con otros trabajadores que no han interrumpido su carrera.
Otro reto importante es el conflicto de identidad. Durante años, muchas mujeres reciben reconocimiento principalmente por su papel como madres. Cuando vuelven al ámbito profesional pueden experimentar una sensación de desconexión o preguntarse quiénes son más allá de la maternidad.
Además, muchas experimentan lo que se conoce como duelo evolutivo. No se trata de una pérdida negativa, sino de la necesidad de despedirse de una etapa para entrar en otra. Las investigaciones sobre la transición hacia el llamado "nido en transformación" muestran que aproximadamente el 60% de las madres experimenta sentimientos ambivalentes, mezclando orgullo por la autonomía de sus hijos con incertidumbre sobre su propio futuro.
Otro desafío frecuente es la sensación de aislamiento que puede haberse desarrollado durante los años dedicados casi exclusivamente a la familia. Según datos de Eurofound, cerca del 30% de las mujeres que abandonan temporalmente el empleo por responsabilidades familiares reconoce haber experimentado aislamiento social o pérdida de vínculos profesionales.
La adaptación a nuevas dinámicas familiares también suele generar tensión emocional. Cuando una madre vuelve a trabajar, toda la estructura del hogar debe reorganizarse. Esto implica renegociar tareas, responsabilidades y espacios personales, algo que no siempre resulta sencillo después de años con roles muy establecidos.
Sin embargo, el regreso al trabajo también suele tener importantes beneficios psicológicos. Un estudio publicado en Journal of Vocational Behavior observó que las mujeres que regresan al empleo después de varios años dedicadas a la crianza experimentan mejoras significativas en su sensación de autonomía, crecimiento personal y percepción de competencia durante el primer año de reincorporación.








