Ansiedad por separación en la infancia: qué la desencadena y cómo la vivió Andrés Roca Rey tras la enfermedad de su padre


Hablamos con el psicólogo José Martín del Pliego sobre la experiencia del torero, que reconoce haber ido a terapia cuando era un niño


Andrés Roca Rey© GTRES
22 de mayo de 2026 a las 15:00 CEST

A los 9 años, Andrés Roca Rey descubrió algo que muchos adultos tardan décadas en aceptar: que pedir ayuda no es un signo de fragilidad, sino de supervivencia. El torero peruano recuerda aquella etapa como un tiempo marcado por el miedo, la angustia y un dolor que no sabía nombrar. Su padre, a quien define como el “maestro” de su vida, había sufrido un infarto muy grave un año antes, y ese episodio dejó en él una herida invisible que se manifestaba cada lunes entre lágrimas, ansiedad y un temor persistente a perderlo para siempre.

"Yo lloraba todos los lunes. No quería ir al colegio. Lo pasaba fatal, sentía que se acababa el mundo; que me iba al colegio y ya no iba a poder volver a ver a mis papás ni estar con mi familia", aseguraba hace tiempo el torero sobre esta complicada etapa en el podcast de Vicky Martín Berrocal 'A solas con'. "Todo esto viene porque, un año antes, mi papá había tenido un infarto y estuvo gravísimo. Corría el riesgo de morir. Nadie sabe muy bien cómo sobrevivió, porque estuvo muchas horas con el infarto. Fueron momentos muy desagradables, sufrí muchísimo. La verdad, no me gusta recordarlos", añadió.

Ese impacto emocional, sumado a la dificultad para separarse de su familia y afrontar la rutina escolar, llevó a sus padres a buscar apoyo profesional fuera del colegio. "El colegio se lo ofrecía a todos los niños cada cierto tiempo, pero es verdad que empecé a ir a un psicólogo fuera del colegio cuando mi mamá y mi papá se dieron cuenta de que lo necesitaba", añadió.

Su testimonio abre la puerta a una reflexión necesaria que hemos querido hacer con la ayuda del psicólogo José Martín del Pliego, especialista en trauma (@josemartindelpliego), sobre cómo viven los niños el trauma, cómo se expresa el miedo en la infancia y por qué la intervención temprana puede transformar por completo la manera de relacionarse con el mundo. 

Si un niño pequeño, tras una enfermedad grave de uno de sus padres, desarrolla un pánico absoluto a ir al colegio por miedo a no volver a ver a sus padres, desde el punto de vista de la psicología infantil, ¿qué le está ocurriendo realmente a ese niño?

Cuando sus padres están enfermos, para el niño, la sensación de seguridad se rompe de golpe. Para un niño, los padres representan seguridad y protección. Cuando no están, porque hay una enfermedad grave o una hospitalización, aparece el miedo. Su vida cambia y su sistema nervioso entra en alerta.

El niño, además, no lo sabe explicar con palabras. Cuando se aleja de sus figuras de seguridad, como puede ser cuando tiene que ir al colegio, un lugar en el que tiene que exponerse a otros niños, a una clase, la respuesta que aparece es de alerta y de querer estar con mis figuras de seguridad porque no se siente seguro. Es una sensación de “si me alejo quizá me ocurra algo malo”.

Andrés Roca Rey se sincera: su relación con Victoria Federica, el infarto de su padre y su miedo a la muerte© rocarey

En psicología se habla mucho de la "ansiedad por separación". ¿Cómo se activa este mecanismo en un niño tras un evento traumático en el núcleo familiar, como la enfermedad grave de un progenitor?

La ansiedad por separación precisamente aparece cuando el niño percibe que el vínculo de apego que tiene que ver con su propia seguridad, su propia supervivencia, se puede romper. Cuando hay una experiencia traumática, como una enfermedad, el sistema nervioso se queda en estado de alerta, a veces durante mucho tiempo. Aunque el niño no entiende exactamente qué es lo que está pasando con sus padres en ese momento, sí percibe que hay un cambio, que hay una tensión, que hay algo que es diferente.

El sistema nervioso del niño está corregulándose con su mamá. Entonces, si de repente ve que su madre no está bien, que papá está enfermo, que algo está pasando… eso genera que el sistema nervioso del niño detecte todo eso y se pueda empezar a vivir cualquier separación como amenaza. Por eso aparecen ciertas conductas, como por ejemplo no querer dormir solo, tener miedo a ir al colegio, un llanto excesivo o sentir la necesidad constante de que los padres estén ahí. Es porque el niño siente que el hecho de que que no estén es peligro. No tiene la calma de sentir que no están y no pasa nada.

 ¿Qué tipo de experiencias pueden generar en un niño un miedo intenso a separarse de sus padres, incluso cuando no ha habido un abandono real?

No hace falta tener una situación de abandono real. Es la percepción de que puedo perder el vínculo. Basta con que puedas sentir cierta amenaza de que la estabilidad se puede perder, para que se genere esa alerta. Esta sensación puede aparecer si hay hospitalizaciones, accidentes, discusiones intensas de los padres, alguna pérdida familiar que hace que mamá o papá no estén bien, cambios bruscos, algún tipo de separación conflictiva. O incluso cuando se da el llamado aprendizaje vicario, es decir, cuando un niño ve que sus padres están pasando mucho miedo, también se le puede activar a él y no quiere separarme de ellos.

Los niños no te van a poder informar de qué es aquello de que les da miedo. Pero para el niño el mundo deja de ser seguro. Entonces lo que intenta es controlar la cercanía de sus figuras de apego para sentirse seguro.

¿Por qué muchos niños manifiestan estos traumas a través del rechazo al colegio, llanto o miedo a separarse?

Como te decía, como ellos no pueden explicarlo con palabras, para ellos el colegio representa la separación física. Se tienen que enfrentar a un sitio donde hay otros niños, otras interrelaciones, y allí no tengo esa percepción de vinculación segura que tienen en casa. Entonces pueden aparecer síntomas como llanto, rabietas, dolor de barriga, vómitos o sensaciones de auténtico pánico. Hay niños que lloran terriblemente porque no quieren ir al colegio. Desde fuera se pueden ver como conductas de capricho o de dependencia excesiva, pero es más complicado que todo esto.

Aunque el niño no entiende exactamente qué es lo que está pasando con sus padres en ese momento, sí percibe que hay un cambio, que hay una tensión, que hay algo que es diferente

José Martín del Pliego, psicólogo

 ¿Hasta qué punto absorben los niños el miedo, la tensión o la incertidumbre de los padres, aunque intentemos ocultárselo?

Muchísimo, porque nosotros cuando somos bebés recién nacidos, nos calmamos, nos corregulamos con nuestro sistema nervioso con la presencia de la madre. Se habla de que es el propio corazón el que tiene la capacidad de generar una conexión de un campo magnético que nos conecta con mamá, que es la que nos regula, la que nos calma. Cuando mamá no está bien, aunque los niños no comprendan las conversaciones, sí que pueden captar el tono, las miradas, la activación de la madre y en muchos casos del padre.

Pero la figura de la madre es la que inicialmente genera más seguridad, sobre todo en los tres primeros años de vida. Entonces el niño aprende a regularse a través del contacto con ella, y si no está presente o no está bien, el niño entra en alerta. No se trata de culpabilizar a los padres, pues son situaciones que se pueden dar en todas las casas, donde los padres pueden no estar bien por algún motivo, influyen el estrés o problemas cotidianos, que hacen que ese niño sienta que no hay esa calma que él necesita, que no se puede regular, que no se puede calmar con la presencia de los padres.

¿Cuáles son las señales de alerta que nos indican que un niño necesita ir al psicólogo en una situación de este tipo?

Sobre todo cuando esto se alarga mucho en el tiempo y se manifiesta con mucha intensidad, porque el niño está sufriendo mucho cuando hay miedo a separarse. Hay que estar alerta cuando hay un rechazo continuado a ir al colegio, cuando no puede dormir, cuando hay pesadillas, cuando el niño está irritable, cuando va hacia atrás y, por ejemplo, empieza a hacerse pis otra vez, cuando hay dolores de tripa, síntomas físicos, vómitos... Pienso que todas estas serían señales suficientes como para llevar al niño al psicólogo.

También se observa cómo se vuelven excesivamente vigilantes para ver donde está mamá, necesitan que esa figura esté cerca.  Y esto a veces dura demasiado tiempo, y es entonces cuando hay que tratarlo.

¿Los traumas de la infancia se superan del todo o simplemente aprendemos a vivir con ellos?

Bajo mi punto de vista, casi todas las respuestas emocionales que no sabemos muy bien de dónde vienen, que tienen que ver con la activación, con congelación, con excesiva respuesta de ansiedad ante cosas pequeñas, tienen que ver con cosas que nos sucedieron en la infancia, entre los cero o tres años, normalmente.

Son cosas que se nos han quedado guardadas, grabadas y que se activan en el presente. Por eso se nos desproporcionan, y nos afectan más de la cuenta, porque no tienen nada que ver con el adulto de ahora, sino con cómo se sentía ese niño. Eso tiene que ver con una parte del cerebro que se llama se llama el hipocampo, que organiza episódicamente todo lo que nos ocurre y, a veces, en un adulto activa algo que le ocurrió a un niño. Se activa una memoria emocional de algo que me pasó, pero que no responde a la situación de ahora. Responde a cómo se sentía al niño cuando era pequeño. En ciertas situaciones vitales se reactivan recuerdos emocionales, huellas emocionales que no son de ahora, que son del pasado, que en su momento no se pudieron solucionar.

Son cosas que se nos han quedado guardadas, grabadas y que se activan en el presente. Por eso se nos desproporcionan, y nos afectan más de la cuenta, porque no tienen nada que ver con el adulto de ahora, sino con cómo se sentía ese niño

José Martín del Pliego, psicólogo

¿Por qué los niños pueden recordar estos episodios como “el fin del mundo”, aunque los adultos los perciban de otra manera?

Entra en juego la supervivencia. Cuando nos desvinculamos o cuando sentimos que los padres no están para nosotros como nosotros necesitamos, nuestro sistema entra en peligro vital y en procesos de activación, de alerta, para enfrentarnos o escaparnos. O también para congelarnos, porque sentimos que no hay nada que podamos hacer.

Entramos en alerta, que desde el punto de vista adulto no lo es, pero el niño no es capaz de manejar esas situaciones donde percibe que se queda solo, que no hay nadie para él y tiene, por ejemplo, que ir el colegio. Lo que siente es que su supervivencia está en juego.

¿Pueden reaparecer estos miedos en la adolescencia o en la vida adulta?

Así es, porque como decíamos, el hipocampo activa esas memorias pasadas. Y cuando hay situaciones que son parecidas, por ejemplo, una separación o una situación de enfermedad, de repente nos encontramos con respuestas emocionales desproporcionadas porque no responden a la conducta de un adulto que no necesita al otro para sobrevivir, porque es un adulto. Pero se está activando el recuerdo de aquel niño que sí que necesitaba al otro para sobrevivir, entonces me aparece una emoción desproporcionada. Cada vez que ocurre algo que se nos desproporciona, que se nos hace demasiado fuerte, nos está conectando con una memoria de algo que nos pasó cuando éramos pequeños.