Lactancia

Dra. Carmen Ruiz Garzón, cirujana plástica, sobre una intervención estética tras la lactancia: "El impacto psicológico es muy significativo, incluso por encima del puramente físico"


Volver a sentirse a gusto con la propia imagen después de dar a luz es una necesidad para la mayoría de las mujeres


Dra. Carmen Ruiz Garzón, especialista en cirugía plástica estética y reconstructiva© Dra. Carmen Ruiz Garzón
9 de marzo de 2026 a las 13:00 CET

Cuando una mujer se convierte en madre, todo su universo pasa a girar en torno al bebé. Y no, no es un mito, es una realidad demostrada por la neurociencia, que ha podido comprobar cómo el cerebro materno cambia en el embarazo y tras el parto. Sin embargo, ¿por qué renunciar a la propia feminidad o a sentirse bien con el propio cuerpo? Muchas de las depresiones posparto tienen que ver con que la recién estrenada mamá no se reconoce a sí misma. En estos casos, hay que valorar las necesidades individuales de cada madre y en cómo le afecta la transformación de su cuerpo tras dar a luz a su bebé.

En este sentido, la Dra. Carmen Ruiz Garzón, especialista en cirugía plástica estética y reconstructiva (clinicaruizgarzon.com), asegura que muchas mujeres que se someten a una intervención estética para recuperar la forma de su pecho tras el parto y la lactancia experimentan, sobre todo, una destacable mejoría psicológica al recuperar su autoestima, su sensación de juventud o, especialmente, al volverse a reconocer a sí misma. La doctora explica las técnicas más adecuadas al respecto, entre las que destaca una en la que no es necesario recurrir a un implante mamario.

La cirugía puede contribuir a que la mujer vuelva a sentirse a gusto con su imagen y su cuerpo.

Dra. Carmen Ruiz Garzón, especialista en cirugía plástica estética y reconstructiva

Hay muchas mujeres que, tras muchos meses o, incluso, años, con lactancia materna, ven cómo ha cambiado su pecho y no se sienten cómodas estéticamente en este sentido. ¿Cuáles son los cambios más habituales que experimenta el pecho de una mujer después de una lactancia prolongada?

En realidad, los cambios en la mama no se producen únicamente como consecuencia de la lactancia, sino que comienzan ya durante el embarazo. En función de la ganancia de peso, de la existencia de gestaciones previas y de otros factores individuales, el pecho puede experimentar variaciones: aumenta de volumen, se incrementa el riego sanguíneo y se desarrolla la glándula mamaria en preparación para el nacimiento del bebé. De hecho, puede haber transformaciones incluso aunque finalmente no se establezca la lactancia.

Cuando sí hay lactancia, tras el aumento de volumen y de proporción de tejido glandular que se produce durante el embarazo y el periodo de amamantamiento, suele presentarse posteriormente una involución tanto de la glándula mamaria como del conjunto de la mama. Esto implica, por lo general, una disminución de volumen y la sustitución parcial del tejido glandular por tejido graso. Como consecuencia, el pecho puede quedar más caído y con una sensación de mayor vaciamiento.

No obstante, como ya hemos mencionado, estos cambios no dependen exclusivamente de la lactancia. Influyen también el peso adquirido durante el embarazo y la lactancia, el hecho de haber tenido hijos previamente y otros factores individuales. Entre ellos, el tabaquismo es especialmente relevante: el tabaco (esto es un dato poco conocido) provoca una mayor pérdida de colágeno y contribuye más a la caída de la mama que los propios embarazos y las lactancias. Con frecuencia, algunas mujeres evitan dar el pecho por temor a que el pecho se descuelgue y, sin embargo, mantienen el hábito de fumar, lo que supone una clara contradicción.

¿Qué opciones tienen estas mujeres para recuperar la apariencia de su pecho?

Lo primero es determinar cuál es el problema concreto de esa mama. Debe evaluarse si el volumen es adecuado o si existe un déficit. Cuando hay falta de volumen, con independencia de que el pecho esté o no caído, lo recomendable es colocar una prótesis o implante que restituya el volumen perdido o proporcione el tamaño deseado por la paciente.

Si el volumen es adecuado o incluso excesivo, puede plantearse evitar implantes. Por ejemplo, cuando el pecho es demasiado grande, lo indicado es realizar una reducción mamaria. Si, en cambio, no existe ni exceso ni déficit de volumen, lo ideal es efectuar una elevación mamaria. Esto se aplica tanto en los casos en los que se va a reducir volumen como en aquellos en los que no se pretende modificarlo.

En este contexto puede ser interesante la colocación de una malla reabsorbible. Estas mallas están fabricadas con materiales similares a los de los hilos tensores y, una vez implantadas en la mama, se reabsorben progresivamente con el paso de los meses o años, siendo sustituidas por el propio colágeno de la paciente. De este modo, se prolonga el efecto de sujeción incluso cuando el material ha desaparecido.

La finalidad de esta malla es proporcionar un soporte interno. Durante la intervención, parte de la glándula mamaria se remodela y se fija en la zona superior de la mama para recuperar el volumen que suele perderse en la parte superior. Con ayuda de la malla, esa glándula se mantiene sujeta –como si se tratara de un sujetador interno–, reduciendo la tendencia inicial a deslizarse o descender hacia la parte inferior.

Este recurso actúa como un andamiaje que redistribuye el peso y la carga, reforzando la estabilidad del resultado. En cualquier caso, la indicación depende de las características de cada paciente, de cada mama y de los objetivos estéticos planteados. En mujeres con un buen volumen mamario que no precisan implantes, constituye una opción terapéutica adecuada.

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¿Cuánto tiempo es recomendable esperar para que puedan someterse a esa nueva técnica –elevación mamaria sin implantes con malla reabsorbibles– si están dando o acaban de terminar de dar el pecho a su hijo?

La recomendación general es esperar, como mínimo, seis meses desde el cese completo de la lactancia. Cuando se habla de cese completo no se refiere a mantener una toma diaria o esporádica cada pocos días, sino a la interrupción total. Este periodo es el tiempo mínimo que necesita la glándula mamaria para “desactivarse”: dejar de responder a estímulos mecánicos, cesar definitivamente la producción de leche y recuperar un estado funcional inactivo.

Además, no solo se trata de que la glándula deje de producir leche, sino de que experimente su proceso de involución, es decir, la reducción de volumen y los cambios estructurales posteriores a la lactancia. Si la intervención se realiza antes de que estos cambios se hayan estabilizado, el resultado quirúrgico puede verse alterado posteriormente y no evolucionar como se esperaba.

Por tanto, lo ideal es esperar a que la mama esté estabilizada tanto en su función como en su forma y tamaño. Intervenir antes puede implicar riesgos en términos de resultado estético. El plazo mínimo aconsejado es de seis meses, aunque si se espera un año, la situación será todavía más favorable.

¿Qué cambio obtienen estas mujeres, estas madres, una vez que vuelven a sentirse cómodas con su pecho?

El impacto es notable, tanto en el plano físico como en el psicológico. Desde el punto de vista físico, la intervención permite recuperar –o incluso alcanzar por primera vez– un pecho en su posición adecuada, con el volumen y la forma deseados. Más que hablar de “recuperar”, en algunos casos se trata de conseguir el aspecto que la paciente aspiraba a tener, incluso antes de la maternidad.

Sin embargo, el cambio más relevante suele ser el cambio psicológico. Tras el embarazo y el parto, el cuerpo de la mujer experimenta transformaciones que no siempre se perciben como positivas, lo que puede generar malestar con la propia imagen, sensación de pérdida de juventud o la impresión de no volver a ser la misma. Esto influye en aspectos cotidianos como el uso de ropa de baño, lencería u otras prendas, que pueden vivirse con incomodidad.

La cirugía puede contribuir a que la mujer vuelva a sentirse a gusto con su imagen y su cuerpo, y a recuperar la seguridad para utilizar prendas que quizá pensó que no volvería a utilizar. Este cambio se traduce con frecuencia en un aumento de la autoestima y en una mejora en la forma de relacionarse con su entorno. En este sentido, el impacto psicológico es muy significativo, incluso por encima del puramente físico, y resulta claramente beneficioso para muchas pacientes.

¿Puede someterse a esa u otras técnicas, quirúrgicas o no, una mujer que aún no ha sido madre, pero que planea serlo en un futuro y que también le gustaría dar el pecho?

Sí. En consulta, antes de cualquier técnica quirúrgica mamaria, se pregunta si la paciente desea ser madre en el futuro o si ya lo ha sido. Si planea un embarazo inminente, se aconseja posponer la cirugía hasta después. Si no prevé ser madre a corto plazo, la intervención puede realizarse sin problema.

Las técnicas actuales de colocación de implantes no suelen influir en la lactancia materna. En cambio, las cirugías de elevación o reducción mamaria, con o sin implantes y con o sin mallas, pueden afectar la anatomía de la glándula. Cualquier procedimiento que modifique su arquitectura puede alterar la capacidad de amamantar. No obstante, los cirujanos intentan preservar la mayor cantidad posible de glándula conectada a la areola y al pezón, para mantener tejido funcionante capaz de producir y excretar leche en el futuro. Cuando la paciente expresa su deseo de dar el pecho, se adoptan técnicas lo más conservadoras posible y, en la mayoría de los casos, posteriormente es viable la lactancia.

Cada caso debe individualizarse: no todas las mamas son iguales y, según la anatomía o el grado de caída, puede no ser posible conservar esa arquitectura. En esas situaciones, se informa a la paciente de que la técnica necesaria podría comprometer la lactancia futura, y la decisión final le corresponde a ella.

Incluso cuando se preserva la mayor parte de la glándula, no puede garantizarse una producción suficiente para una lactancia materna exclusiva. En algunos casos puede requerirse lactancia mixta al inicio. La evolución es variable y debe valorarse de forma individual, aunque la intención de preservar la capacidad de amamantar está presente y, en muchos casos, se consigue.

¿Cuánto tiempo deberían esperar después de hacerse la intervención para quedarse embarazadas?

El plazo mínimo recomendable es de seis meses, aunque lo ideal sería situarse entre los nueve y los 12 meses. El motivo es permitir que, cuando la mama vuelva a experimentar cambios hormonales –aumento del riego sanguíneo y desarrollo de la glándula mamaria–, el tejido esté ya desinflamado y el resultado quirúrgico completamente estabilizado.

Es especialmente importante que las cicatrices se hayan estabilizado igualmente. Así, ante el incremento de volumen propio del embarazo, se reduce el riesgo de que aún estén sensibles a la tensión, puedan ensancharse o empeorar desde el punto de vista estético. No obstante, no se trata de una norma rígida. He tenido un caso de embarazo a los cuatro meses de la cirugía sin que ello haya supuesto un mal resultado cicatricial. Aun así, debe tenerse en cuenta que cualquier embarazo posterior a la intervención puede modificar inevitablemente, en mayor o menor medida, el resultado quirúrgico previamente obtenido.

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¿En qué casos recomendaría a su paciente optar, en lugar de por esta técnica novedosa, por algún otro tipo de intervención quirúrgica para recuperar la apariencia de su pecho tras una lactancia prolongada?

Esta técnica presenta numerosas ventajas, entre ellas la posibilidad de mantener el pecho en su posición sin necesidad de colocar un implante y obtener un resultado muy similar al que se conseguiría con el implante, pero sin recurrir al mismo. Sin embargo, no es adecuada para todas las pacientes.

En casos de pérdida significativa de volumen mamario, aunque se recoloque la mama, el resultado seguirá siendo insuficiente en términos de volumen. En estas situaciones suele ser necesaria la colocación de un implante. Esto es válido tanto para pacientes con el pecho caído como para aquellas que, aun teniéndolo en buena posición, presentan un volumen muy reducido. Los implantes aportan plenitud en la parte superior, mayor redondez y la proyección que la mama ha perdido.

Asimismo, en determinados casos puede combinarse la colocación de implantes con mallas. Esto resulta especialmente indicado cuando existe prótesis y, además, un tejido de mala calidad, con escasa capacidad de soporte y resistencia a la tensión. En estas circunstancias, la malla refuerza la mama, contribuye a mantener el implante en su posición y reduce el riesgo de que la piel ceda en exceso con el tiempo.

En el extremo opuesto se sitúan las pacientes con un pecho excesivamente grande. En estos casos, la elevación con malla aislada puede no ser la técnica más apropiada. Cuando el volumen es elevado y la paciente así lo percibe, lo indicado es realizar una reducción mamaria, que permitirá eliminar el exceso de tejido y alcanzar el resultado deseado. Esta reducción, por otro lado, también puede complementarse con la colocación de malla para reforzar la glándula mamaria remanente y favorecer que el pecho se mantenga más erguido durante más tiempo.

Por último, existen alternativas no quirúrgicas dirigidas a mejorar la calidad de la piel, como la radiofrecuencia o determinados tratamientos láseres que ayudan a retensarla ligeramente. No obstante, están indicadas en casos muy seleccionados, con pérdidas leves de turgencia mamaria y, con frecuencia, sus resultados pueden resultar limitados.

Algunas mujeres evitan dar el pecho por temor a que el pecho se descuelgue y, sin embargo, mantienen el hábito de fumar, lo que supone una clara contradicción.

Dra. Carmen Ruiz Garzón, especialista en cirugía plástica estética y reconstructiva

¿Qué mensaje le gustaría transmitir a las mujeres que sienten que su pecho ha cambiado demasiado afectando ello a su autoestima?

El mensaje fundamental es que estos problemas tienen solución. Afortunadamente, existen múltiples tecnologías y técnicas con un alto nivel de seguridad y una sólida garantía de mejoría en los resultados. No es necesario resignarse a un pecho caído o a una apariencia que resulte antiestética para la propia paciente.

También es importante recordar que los cambios en el pecho tras el embarazo y la lactancia son normales y frecuentes. No deben interpretarse como una pérdida de valor, atractivo o identidad. Son transformaciones habituales del cuerpo femenino y no disminuyen en modo alguno el valor personal.

En la actualidad disponemos de técnicas seguras y eficaces, con resultados muy satisfactorios, que permiten recuperar el aspecto previo al embarazo o incluso mejorarlo. El objetivo es que la mujer vuelva a sentirse cómoda, segura y satisfecha con su imagen corporal.

Eso sí, cualquier valoración e intervención debe realizarse en manos de profesionales cualificados, específicamente cirujanos plásticos con la formación y la experiencia necesarias para analizar cada caso de manera individualizada y proponer la mejor solución. La decisión de someterse a una cirugía debe tomarse con criterio, priorizando siempre la seguridad y las opciones que ofrezcan mayores garantías de resultado.