Cuando parece que la ilusión de vivir se ha desvanecido tras la jubilación o después de haber sufrido pérdidas de seres queridos, la llegada de un nieto puede cambiarlo todo. Muchas personas, al convertirse en abuelos, se sienten rejuvenecidas desde el punto de vista físico y, sobre todo, desde el cognitivo y se encuentran felices al apoyar a sus hijos, ahora padres, en la crianza de los nietos. Siempre, eso sí, que no recaiga en ellos el peso principal de los cuidados por la falta de conciliación de los progenitores y que el pasar tiempo con los niños no sea una obligación.
Sin embargo, en ocasiones, convertirse en abuelo o en abuela genera sentimientos contradictorios, como nos indica Higinio Trujillo, psicoterapeuta familiar acreditado por la FEATF (Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar), subdirector general de EDUVIC y especialista en trauma, acompañamiento a familias, terapia integrativa y abordaje terapéutico infanto-juvenil. El experto nos dice que puede surgir miedo al envejecimiento, sensación de pérdida de protagonismo o conflictos reactivados con los hijos adultos. Trujillo explica qué hacer para que la llegada de los nietos sea un impulso motivador que devuelva la ilusión a los recién estrenados abuelos sin caer en el estrés.
La llegada de un nieto no solo proyecta hacia el futuro, también devuelve vitalidad y sentido al presente.
¿Qué implica el nacimiento del primer nieto?
Convertirse en abuelo o abuela es una experiencia única que marca un antes y un después en la vida adulta. Para muchas personas mayores supone una mezcla de emoción, orgullo y una sensación profunda de continuidad: la historia familiar sigue avanzando. Sin embargo, detrás de esa imagen entrañable, convertirse en abuelo también puede generar sentimientos contradictorios que conviene atender y comprender.
Desde la terapia familiar sistémica se entiende que ningún cambio afecta solo a una persona, sino que moviliza a todo el sistema. Monica McGoldrick explica que cada transición evolutiva obliga a la familia a reorganizarse. La llegada de un nieto o nieta no es solo un nacimiento ni un evento biológico: supone una auténtica sacudida relacional. Activa de manera instintiva la necesidad de cuidado y reconfigura los vínculos a través de un amor profundo que transforma posiciones, expectativas y responsabilidades. Los hijos pasan a ocupar el lugar de padres y quienes antes guiaban la crianza deben aprender a situarse ahora como apoyo.
¿Cómo suelen vivir las personas mayores el hecho de convertirse en abuelos?
En la mayoría de los casos, con una enorme ilusión. Se activa la ternura, vuelven recuerdos de la propia experiencia como madres y padres y surge una oportunidad de disfrutar de la infancia desde otro lugar: con menos presión, con más tiempo y con más serenidad. Muchos abuelos describen esta etapa como una “segunda oportunidad”, pero esta vez sin la responsabilidad primaria de educar.
En el espacio terapéutico es frecuente escuchar cómo personas que atravesaban momentos de apatía tras la jubilación o después de pérdidas importantes encuentran en la llegada de un nieto un vínculo profundamente movilizador y un impulso vital renovado. La investigación científica respalda esta vivencia. En 2021, el neurocientífico James Rilling observó que al mirar fotografías de sus nietos se activan intensamente en las abuelas áreas cerebrales vinculadas con la empatía emocional. Es decir, el cerebro se dispone a sentir lo que el niño siente. Esta activación es distinta a la que se produce al mirar a los hijos adultos, donde predomina una respuesta más cognitiva. Todo indica que la llegada de un nieto reactiva de forma profunda el sistema biológico del cuidado.
¿Es igual convertirse en abuelo que en abuela?
No necesariamente. Aunque la experiencia puede ser intensa para ambos, la forma de vivirla suele estar atravesada por el género y por los roles aprendidos a lo largo de la vida.
Muchas mujeres mayores han sido socializadas en el cuidado como eje central de identidad. Para muchas abuelas, el nacimiento del nieto reactiva un rol conocido, el de cuidadora principal. Esto puede vivirse con enorme satisfacción, pero también puede generar una sobrecarga silenciosa. Con frecuencia se da por hecho que serán ellas quienes organicen horarios, acompañen a consultas médicas o asuman el cuidado cotidiano.
Los hombres, en cambio, pertenecen en muchos casos a generaciones que no ejercieron una paternidad tan implicada como la actual. Para algunos abuelos, el nieto representa la oportunidad de establecer un vínculo más cercano y afectivo del que tuvieron con sus propios hijos. Puede convertirse en una experiencia reparadora. Sin embargo, también pueden sentirse descolocados ante expectativas de cuidado más intensas si no han construido previamente ese lugar. Estas diferencias no son biológicas, sino culturales y generacionales.
¿Pueden sentirse rejuvenecidas las personas mayores cuando llegan los nietos?
En parte, sí. El rejuvenecimiento no es solo físico; tiene una dimensión emocional y cognitiva. Conectar con nuevas generaciones implica adaptarse a juegos, lenguajes y tecnologías actuales, mantener conversaciones distintas y sostener una curiosidad activa por el mundo. Todo ello moviliza la mente y también el cuerpo.
Esta percepción subjetiva encuentra respaldo en la investigación. Un estudio publicado en Psychology and Aging en 2026, liderado por Flavia Chereches y realizado con más de 2.800 personas mayores, observó que quienes ejercían el cuidado de sus nietos obtenían mejores puntuaciones en memoria y fluidez verbal que quienes no desempeñaban este rol. El vínculo intergeneracional no solo fortalece emocionalmente, también parece estimular procesos cognitivos clave.
Pero, además de los datos científicos, la literatura ha retratado con gran sensibilidad esta transformación. En La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro, el protagonista, un hombre mayor, orgulloso y aparentemente endurecido por la vida, experimenta una profunda apertura emocional al relacionarse con su nieto. El vínculo despierta en él una ternura inesperada y le permite reconciliarse con partes de su propia historia. Algo similar ocurre en muchas familias: la llegada de un nieto no solo proyecta hacia el futuro, también devuelve vitalidad y sentido al presente.
Para algunos abuelos, el nieto representa la oportunidad de establecer un vínculo más cercano y afectivo del que tuvieron con sus propios hijos.
¿Es posible vivir este proceso con sentimientos contradictorios?
Sí. Pueden aparecer emociones ambivalentes: miedo al envejecimiento, sensación de pérdida de protagonismo o conflictos reactivados con los hijos adultos.
La llegada de un nieto no solo abre una nueva etapa, también puede remover la anterior. Es habitual que despierten recuerdos de la propia crianza, decisiones que se cuestionan con el paso del tiempo o la sensación de que quedaron asuntos pendientes con los hijos. En algunos casos surge el deseo de “hacerlo diferente” ahora o de compensar aquello que se vivió como insuficiente. Selma Fraiberg explicó que las experiencias no elaboradas del pasado pueden colarse silenciosamente en la relación con los niños; el vínculo con el nieto puede activar recuerdos, culpas o nostalgias que influyen en la manera de cuidar. No se trata de patologizar la experiencia, sino de comprender que cada nueva generación despierta ecos de la anterior y ofrece, a la vez, una oportunidad de resignificarla.
Uno de los mayores desafíos actuales es el cuidado cotidiano. En familias donde ambos progenitores trabajan, los abuelos asumen a menudo un papel central en la organización diaria. Cuando esta implicación es elegida y acordada, puede ser enriquecedora. Cuando se convierte en obligación permanente, genera desgaste.
¿Cómo favorecer la armonía familiar cuando los abuelos no se sienten cómodos ante su nuevo rol?
Desde la mirada de la terapia familiar, ¿cómo pueden reorganizarse los roles para preservar el equilibrio entre generaciones?
-Desde el rol de los abuelos:
· Hablar de forma explícita sobre expectativas y disponibilidad.
· Respetar las normas educativas de los progenitores.
· Mantener proyectos personales y espacios propios.
· Cuidar la relación de pareja y repartir de forma equitativa la implicación entre abuelo y abuela.
- Desde el rol de los padres:
· Evitar la instrumentalización logística: los abuelos no son una guardería gratuita ni la solución automática para conciliar.
· Permitir cierta flexibilidad en el estilo relacional de los abuelos, siempre que se respeten aspectos fundamentales.
· Sustituir el juicio por la gratitud, evitando el escrutinio constante.
Convertirse en abuelo o abuela no es simplemente sumar un miembro más a la familia; es redefinir la identidad, reajustar vínculos y aceptar una nueva posición en la historia familiar. Vivida desde el equilibrio entre cuidado y autonomía, esta etapa puede convertirse en uno de los momentos más enriquecedores del ciclo vital: un tiempo para transmitir, acompañar y disfrutar sin perderse a uno mismo en el proceso.






