Dormir bien no es fácil en los tiempos que corren, pero sí es necesario. El descanso influye en cómo pensamos, cómo nos sentimos y hasta en la energía con la que afrontamos el día siguiente. Sin embargo, últimamente he comprobado que una cosa es saberlo y otra muy distinta conseguirlo.
Aunque llego agotada a la cama, me cuesta más conciliar el sueño que antes. El trabajo, las preocupaciones cotidianas y algunas circunstancias personales y familiares hacen que muchas noches mi cabeza siga activa cuando mi cuerpo ya está pidiendo descanso. Otras veces consigo dormirme, pero el sueño es más ligero o se fragmenta con facilidad.
Por eso valoro especialmente cualquier hábito que me ayude a relajarme antes de acostarme. Y uno de los que mejor me está funcionando apenas me lleva cinco o seis minutos.
Tres posturas para recuperar la calma antes de apagar la luz
Lo aprendí durante una estancia en Tivoli La Caleta Tenerife Resort. Allí conocí a Antonella, instructora de yoga del hotel, que compartió conmigo una secuencia muy sencilla de tres posturas pensadas para hacer justo antes de dormir. No hace falta experiencia previa, ni una gran condición física, ni siquiera una esterilla. Algunas pueden hacerse directamente sobre la cama.
Desde entonces las practico con frecuencia. No puedo decir que hayan solucionado por completo mis problemas de sueño, pero sí que me ayudan a bajar el ritmo, a liberar parte de la tensión acumulada durante el día y a llegar a la cama con una sensación de calma que antes no tenía.
Hoy, que se celebra el Día Internacional del Yoga, me parece una buena ocasión para compartir estas tres posturas que cualquier persona puede incorporar a su rutina nocturna.
Postura del niño
La primera postura que hago es la postura del niño o Balasana, una de las más conocidas dentro del yoga. Es muy sencilla. Y incluso diría que muy natural para nuestros cuerpos.
Para realizarla me arrodillo, separo ligeramente las rodillas y llevo el tronco hacia delante hasta apoyar la frente. Los brazos pueden permanecer estirados o descansar a ambos lados del cuerpo. Después simplemente respiro.
Lo que noto es una sensación progresiva de relajación en la espalda, los hombros y el cuello, tres zonas donde suelo acumular tensión sin darme cuenta. A medida que la respiración se vuelve más lenta, también parece hacerlo el ritmo de los pensamientos.
Antonella insistía en algo muy importante: "tienes que encontrar una posición cómoda y permanecer en ella varias respiraciones profundas".
Postura del niño feliz
La segunda postura es niño feliz o Ananda Balasana. También es una de esas posturas que hacíamos de pequeños. Mis perros me miran, cuando me pongo con ella, pero puedo asegurar que es de lo más cómoda.
Me tumbo boca arriba, llevo las rodillas hacia el pecho y después las abro hacia los lados. Dependiendo de cómo me encuentre ese día, sujeto los pies o simplemente abrazo las piernas por debajo de las rodillas.
Antonella recomendaba balancearse suavemente de un lado a otro, como hacen los bebés. La primera vez me hizo gracia, pero enseguida entendí por qué lo proponía.
Después de muchas horas delante del ordenador, esta postura me ayuda a liberar la tensión acumulada en las caderas y en la zona lumbar. Es una sensación muy agradable, casi como si el cuerpo se estirara después de haber permanecido demasiado tiempo en la misma posición.
Además, obliga a bajar el ritmo. No se puede hacer deprisa. Hay que quedarse unos instantes respirando y permitiendo que las piernas y la espalda se relajen poco a poco.
La torsión que me enseñó una profesora de yoga... y también mi entrenador personal
La tercera postura es Supta Matsyendrasana, una postura de yoga de torsión tumbada.
Curiosamente, no era la primera vez que la hacía. Mi entrenador personal también me la había enseñado para mejorar la movilidad de la espalda y descargar tensión en las caderas. Cuando Antonella la propuso durante la sesión, me di cuenta de que la utilizaba con un objetivo diferente: preparar el cuerpo para el descanso.
La postura consiste en tumbarse boca arriba, acercar una rodilla al pecho y cruzarla suavemente hacia el lado contrario del cuerpo mientras la cabeza gira en dirección opuesta. Después se mantiene durante varias respiraciones antes de repetir hacia el otro lado.
Es probablemente la que más sensación de alivio me produce al terminar. Noto cómo se relaja la espalda baja, cómo desaparece parte de la rigidez acumulada durante el día y cómo la respiración se vuelve cada vez más profunda.
Antonella explicaba además que esta torsión suele utilizarse para favorecer la relajación del sistema nervioso y aportar una agradable sensación de bienestar antes de acostarse.
Solo cinco o seis minutos para relajar tu cuerpo y mente
Estas posturas las suelo hacer en una esterilla que tengo al lado de la mesilla de noche. Cuando estoy especialmente cansada, intento no saltármelas y hacerlas directamente en la cama. Lo importante es regalarse unos minutos de calma antes de apagar la luz.
Como comentaba al principio, no voy a decir que estas tres posturas hayan resuelto por completo mis problemas de sueño. Hay noches mejores y otras peores. Pero sí he notado una diferencia importante: ya no me meto en la cama con el mismo nivel de tensión con el que termino el día. Y, como lo he cogido como hábito, siento que de verdad es un momento que me dedico a mí antes de dormir.
Es como crear una pequeña transición entre las obligaciones, las preocupaciones y el descanso. Y es que a veces no necesitamos añadir más cosas a nuestra rutina para sentirnos mejor. A veces basta con parar seis minutos, respirar profundamente y darle al cuerpo la oportunidad de entender que, por fin, ha llegado el momento de descansar.









