Compararse físicamente con los demás es algo mucho más habitual de lo que pensamos. Basta una comida con amigos, una conversación casual o echar un vistazo a las redes sociales para comprobar que, entre todas las preguntas que pueden surgir, hay una que se repite con frecuencia: ¿por qué hay personas que parecen no engordar nunca mientras otras sienten que cualquier exceso se nota enseguida? Hay quien come mucha comida basura o demasiados carbohidratos y, aún así, parece que su peso nunca cambia (y viceversa).
Cuando esto ocurre, es frecuente que aparezcan sentimientos de culpa, frustración o incluso la sensación de estar haciendo algo mal. Sin embargo, la ciencia lleva años desmontando una idea que durante décadas se ha repetido casi como una fórmula matemática infalible.
Detrás de esa percepción, según explica la nutricionista Lili Álvarez (@nutricionlili), existe una realidad mucho más compleja de lo que durante años nos han hecho creer. "Nos han vendido, y nos siguen vendiendo, la idea simplista de que todo lo que necesitamos hacer para tener un determinado cuerpo es comer menos y movernos más, pero la realidad es que la ciencia muestra que nuestro peso y corporalidad están regulados por una enorme red biológica en la que intervienen muchísimos factores como la genética, hormonas, descanso, estrés, microbiota intestinal, historial de dietas previas, entorno socioeconómico, o los medicamentos que tomemos, entre otras muchas cosas".
Es decir, el peso corporal no depende únicamente de la voluntad ni de las calorías que ingerimos. Hay muchos factores invisibles que condicionan la forma en la que cada cuerpo responde. Ahí está una de las claves para entenderlo. "Por ello, dos personas pueden tener una alimentación, actividad física y entorno parecidos y aún así, tener cuerpos diferentes. La idea de que 'si engordas es porque comes demasiado' no solo es injusta, sino que es científicamente incorrecta", explica Lili Álvarez.
Hormonas, genética y metabolismo: los factores que importan
La especialista explica que, además, hay un gran elemento determinante tanto en el apetito como en el almacenamiento de grasa o el gasto energético diario: "Nuestra genética y hormonas como la insulina, el cortisol, las hormonas tiroideas o las sexuales pueden influir en cuánta hambre y saciedad sentimos, en cómo se distribuye la grasa corporal, en cuánta energía gastamos, la facilidad para almacenar energía o el peso en el que nuestro cuerpo se siente seguro, que no necesariamente coincide con el peso que deseamos". Por esto, hay personas que sienten más hambre que otras, cuerpos que tienden a ahorrar energía con más facilidad o metabolismos que reaccionan de manera distinta ante una misma alimentación.
El impacto de las dietas restrictivas
A veces sucede que ante la impotencia de no bajar de peso, y pensar haberlo hecho todo para lograrlo, recurrimos a dietas extremistas o poco saludables, un hábito muy poco recomendable que afecta negativamente al organismo. Saltarse comidas, vivir permanentemente pendiente de controlar lo que se come o entrar y salir constantemente de dietas puede alterar las señales internas del cuerpo.
En un mundo que parece priorizar los cuerpos delgados, las dietas extremas y sin supervisión profesional parecen estar a la orden del día. Sin embargo, según la especialista, "cuando una persona pasa años entrando y saliendo de dietas, restringiendo alimentos, saltándose comidas o viviendo en una sensación constante de 'control', el organismo se adapta para sobrevivir. Puede disminuir su gasto energético, aumentar las señales de hambre y hacer que el cuerpo se vuelva mucho más eficiente ahorrando energía". Y añade: "Esto es una respuesta de supervivencia del cuerpo ante lo que él percibe como un período de escasez".
El peso no define la salud
Uno de los mensajes en los que más insiste la nutricionista es en separar el concepto de peso del de salud. Porque, aunque durante años se hayan asociado automáticamente, la realidad es mucho más compleja. "Existen personas delgadas con hábitos poco saludables y con el impacto que esto tiene sobre su salud, al igual que existen personas con cuerpos más grandes cuyos hábitos cuidan de su salud física y mental", señala.
Dormir bien, gestionar el estrés, mantener una alimentación equilibrada o realizar actividad física siguen siendo hábitos fundamentales, independientemente del aspecto físico o del número que marque la báscula. Así lo señala Lili Álvarez: "Podemos ver que la gran mayoría de factores que influyen en nuestro peso no están bajo nuestro control, pero que no tengamos el control absoluto sobre nuestro peso o corporalidad no significa que nuestras acciones sean en vano. Cuidar la alimentación, el descanso, gestionar el estrés, o incluir movimiento en el día a día, siguen siendo rutinas fundamentales para cuidar nuestra salud y van a influir positivamente en el organismo, independiente de si se consiguen determinados resultados estéticos o no".
Una visión más amable y realista del cuerpo
El problema aparece cuando reducimos el bienestar únicamente al físico o asumimos que el cuerpo de alguien refleja automáticamente sus hábitos o su estado de salud. En este sentido, entender la complejidad del cuerpo humano es clave para construir una relación más sana con la alimentación y con nosotros mismos.
Cambiar la perspectiva no solo es aconsejable, sino, más bien, obligatorio: "La salud, como hemos visto, es mucho más compleja, multifactorial y diversa de lo que nos han hecho creer. Y entender esto, no solo nos ayuda a relacionarnos con nuestro cuerpo y nuestros hábitos desde un lugar más amable y menos basado en la culpa o el juicio constante, sino también a tener una perspectiva de la salud más realista y menos reduccionista", concluye la nutricionista.













