Hay herencias que se miden en títulos, patrimonio y con palabras. En la Casa de Alba, cuya historia se remonta al siglo XV y ha atravesado reinados, guerras y cambios de régimen, las más valiosas caben en unas pocas páginas. Es un documento privado, casi secreto, que Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó (1878-1953), XVII duque de Alba, escribió para su única hija Cayetana cuando aún era una joven destinada a convertirse, por derecho y por historia, en la mujer más titulada del mundo.
Ese manuscrito, titulado Consejos para mi Tanuca, no solo anticipaba el destino de Cayetana Fitz-James Stuart (1926-2014), XVIII duquesa de Alba, sino que, con el tiempo, acabaría definiendo su carácter, su forma de estar en el mundo y, en buena medida, la supervivencia contemporánea de la Casa.
Y es que Cayetana fue una mujer única por muchísimas razones. La primera, por el legado que recibió siendo mujer en una época muy diferente. Aunó el respeto por la tradición, el patrimonio y los títulos, con vivir libre y como le daba la gana, aunque sin olvidar jamás quién era.
No es casual que la exposición Cayetana, grande de España, inaugurada en el Palacio de Dueñas por el Rey, y comisariada por su hija Eugenia Martínez de Irujo —duquesa de Montoro— y Cristina Carrillo de Albornoz, comience precisamente con ese documento. Una vitrina discreta, casi silenciosa, abre el recorrido con esas palabras que, décadas después, siguen latiendo en la familia. “Mi padre nos hizo con ellos un librito a cada uno de los hermanos”, explicaba Eugenia al hacer de guía para la prensa. “Siguen estando muy presentes en nuestra familia”.
Ampliar el legado
Jacobo Fitz-James Stuart no era solo un aristócrata. Era un intelectual refinado, diplomático, historiador y apasionado del arte. Hijo de Carlos Fitz-James Stuart y Portocarrero, XVI duque de Alba, y de María del Rosario Falcó, fue embajador en Londres durante la Segunda República, académico y uno de los grandes conocedores del patrimonio histórico español de su tiempo.
Siempre tuvo una especial sensibilidad hacia el legado recibido y contribuyó con muchísimo esfuerzo, a ampliarlo, dignificarlo, y a dejarlo enraizado en la vida de su hija, que habría de heredarlo a su muerte (1953).
Era una responsabilidad con la historia que sintetizó en una idea poderosa: el peso del nombre. “Te toca moverte en un medio social difícil, y frívolo; por eso necesitas mayor resistencia y más fuerte preparación. A ello van encaminados estos consejos que, en ocasiones difíciles de tu vida, si los recuerdas y los sigues, te serán muy útiles y a veces, en trances duros, te servirán de gran consuelo”.
"Nunca olvides tu apellido ni la nobleza de los títulos"
“Te he de dejar, Tanuca, cuando yo te falte, una carga muy pesada lo que yo llamo ‘el peso del nombre’. "Nunca olvides tu apellido ni la nobleza de los títulos que algún día llevarás. Son un imperativo constante para el cumplimiento del deber: no para precedencias en el mundo, que estas no tienen importancia”.
“Fíjate que tú, falsas modestias aparte y por imperativo del destino, siendo mujer, te tocará ser la primera figura de la Aristocracia española. ¿Comprendes la responsabilidad que esto trae consigo?Porque sobre tu conducta y tu modo de ser se moldeará una generación de muchachas de tu edad, que, por imitarte, seguirán ciegamente, repitiendo cuanto hagas y digas. ¡Qué remordimiento de conciencia para ti si lo haces mal en la vida! Porque ten la certeza de que han de imitarte y de que, por consiguiente, también lo harán mal".
Leyendo lo que su padre le dejó se comprende mejor el carácter de suma responsabilidad que Cayetana siempre tuvo con la casa de Alba. Y cómo influyó en su vida ese ideario que se articula en torno a tres pilares —lealtad, principios y modales—, aunque va mucho más allá. El duque aborda cuestiones prácticas con una claridad casi moderna: la gestión del patrimonio, la relación con quienes dependen de él, la importancia de la cultura, la fe; la necesidad de mantener una conducta irreprochable, de ser una buena anfitriona y hacer deporte.
“Ninguna mentira te sacará de apuros”
“Nunca mientas jamás y por ningún motivo. Ninguna mentira te sacará de apuros”, le advierte. Y en otro pasaje, con igual precisión: “Entérate siempre de tu caudal y guarda un superávit, porque gastar más que los ingresos es entramparse y, a la larga, la ruina”. "Nunca compres objetos artísticos malos o indiferentes; pero no escatimes el precio si hallas cosa buena y estás en situación de adquirirla".
También hay espacio para una ética social poco frecuente en su tiempo."En las fincas de España no exageres las rentas; conviene tener a los colonos satisfechos. Permíteles tener atrasos cuando las circunstancias así lo exijan; pero nunca, o casi nunca, perdones rentas porque ello es un precedente fatal".
Pero quizá uno de los aspectos más reveladores de estos consejos es su insistencia en la cultura como herramienta de formación. Lectura, música, arte, viajes. Jacobo Fitz-James Stuart fue un lector voraz —admirador de Walter Scott, Alejandro Dumas o Julio Verne— y un viajero incansable. El entonces director del Museo del Prado, Francisco Javier Sánchez Cantón, lo definió como un “peregrino del arte”.
“Viaja mucho, conoce mundo”
Ese espíritu cosmopolita lo trasladó a su hija: “Viaja mucho, conoce mundo y habla con todo tipo de personas para tener una mente abierta”. Su hijo, Cayetano Martínez de Irujo, lo recoge en La última duquesa (La Esfera de los Libros, 2026), que ha escrito en colaboración con Ana Fernández Pardo.
El duque de Arjona subraya en su libro cómo su madre aplicó esas enseñanzas “a rajatabla” hasta el final de su vida. “Decía que se aprendía más viajando y escuchando que estudiando y repitiendo las cosas dictadas o memorizadas 'como una cacatúa'”.
“Orden, disciplina y formalidad”, resume, describiendo una personalidad mucho más estructurada y responsable de lo que su imagen pública podía sugerir.La relación de Cayetana con el patrimonio familiar es, probablemente, el mejor ejemplo de esa herencia moral. Tras la destrucción del Palacio de Liria durante la Guerra Civil, culminó su reconstrucción. Era su legado y sabía que debía transmitirlo a la siguiente generación.
El 13 de junio de 1956, durante la reinauguración, pronunció unas palabras que condensan su filosofía: “No he reconstruido el palacio para tener una mansión más, sino para que los estudiosos puedan venir a consultar los archivos, para que los amantes de las obras de arte puedan contemplar las que aquí se han reunido”.
“A los dioses inmortales”
Esa idea también se refuerza simbólicamente en la escalinata principal de Liria, donde una inscripción en latín, tomada de Cicerón, recuerda la continuidad entre generaciones: “A los dioses inmortales, cuya voluntad fue no solo el que yo heredara estas cosas de mis antepasados, sino el que las transmitiera también a mis descendientes”.
Hoy, cuando se cumple el centenario del nacimiento de Cayetana, la exposición en Dueñas o el libro que ha escrito su hijo no solo revisan su figura, sino que ponen en valor el hilo invisible que une a la familia y no se detiene. Continúa en las nuevas generaciones, en nombres como el de Tana Rivera, única hija de la duquesa de Montoro, y, especialmente, en los duques de Huéscar, Fernando y Sofía, llamados a ser los siguientes duques de Alba.
Aquel “librito” que un padre escribió para su hija no fue solo un conjunto de consejos. Fue una declaración de identidad. Y, quizá sin pretenderlo, el manual de supervivencia de toda una Casa. Los tiempos que vivirán los futuros duques no se parecerán en nada a los de Cayetana, pero la forma de cuidar el legado y de seguir siendo un modelo para las nuevas generaciones debe seguir intacto.











