Al final del verano, el río Tajo se convierte en escenario de una de las recreaciones etnográficas más espectaculares de Castilla-La Mancha: la de los hombres que durante siglos condujeron por sus aguas enormes maderadas de pino desde los bosques del Alto Tajo hacia las tierras bajas, especialmente Aranjuez y, en ocasiones, hasta Toledo y Talavera de la Reina.
Durante el último fin de semana de agosto, los gancheros regresan al río con sus vestimentas tradicionales, sus herramientas y sus largos ganchos para reproducir una actividad muy arriesgada que exigía fuerza, experiencia y una enorme capacidad para leer las aguas. Este año, la XXX edición de la fiesta se celebra los días 28 y 29 de agosto en Poveda de la Sierra, en pleno Parque Natural del Alto Tajo, y reúne recreación histórica, folclore, gastronomía serrana y actividades para todos los públicos.
Esta celebración es itinerante y va rotando por los pueblos de la zona donde se realizaba esta labor y que forman parte de la Asociación de Municipios Gancheros del Alto Tajo: Peralejos de las Truchas, Taravilla, Poveda de la Sierra, Peñalén y Zaorejas, en la provincia de Guadalajara. Además, está declarada Fiesta de Interés Turístico Regional desde 2008 y la tradición de los gancheros del Alto Tajo fue reconocida como Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial en 2021.
Este año le toca el turno a Poveda de la Sierra, a unos 148 km de Guadalajara, donde puedes ir a disfrutar de esta experiencia y recorrer su entorno natural, que es una maravilla.
LOS TRONCOS QUE VIAJAN POR EL RÍO TAJO
El sábado 29 de agosto es el momento estelar, cuando se recrea la antigua maderada. Los troncos serán lanzados desde el Salto de Poveda hacia la Laguna de Taravilla y los gancheros, organizados en compañías y bajo las órdenes del llamado jefe del río, tendrán que conducirlos corriente abajo, tal y como se hacía antiguamente.
La escena permite comprender hasta qué punto era arriesgado aquel trabajo. Los gancheros debían controlar y encauzar los troncos para evitar que se atascaran, se dispersaran o provocaran peligrosos tapones en el cauce. Para hacerlo utilizaban largos ganchos y se movían por una superficie tan inestable como la propia maderada, sorteando rápidos, piedras, desniveles y cambios de corriente.
La madera constituía uno de los grandes recursos económicos del Alto Tajo. Principalmente, eran pinos talados en los extensos bosques de la comarca los que emprendían este largo viaje por el río, entre la primavera y el final del verano de cada año. El oficio de la ganchería está documentado desde el siglo XVI y sobrevivió hasta los años cuarenta del siglo XX, cuando el transporte terrestre y el ferrocarril terminaron por hacer innecesario este sistema.
Aquella forma de vida quedó para siempre ligada a la literatura gracias a José Luis Sampedro y su novela El río que nos lleva, publicada en 1961 y posteriormente llevada al cine por Antonio del Real. La obra convirtió el paisaje del Alto Tajo y la vida de sus gancheros en protagonistas de una historia que todavía hoy funciona como una de las mejores puertas de entrada para comprender este territorio.
LA RIQUEZA DEL BOSQUE
En una comarca cubierta de pinares, la madera era uno de los principales recursos y había que encontrar una manera de sacar los troncos de unas montañas escarpadas donde los caminos resultaban difíciles y costosos. El río ofrecía la solución: utilizar la propia corriente como una gigantesca vía de transporte. El trabajo comenzaba muchos meses antes de que los troncos llegaran al agua. Primero estaba el apeo, la tala de los árboles, realizada inicialmente con hacha y más adelante también con sierra.
Después llegaba el descortezado, que se hacía en primavera, y la saca, es decir, el arrastre de los troncos con animales o incluso a hombros hasta los puntos donde podían ser cargados. Los troncos se trasladaban después en carros y con tiros de bueyes o mulas hasta los llamados aguaderos o embarcaderos. Allí se acumulaban y se dejaban reposar para que perdieran parte de sus jugos y resinas y resultaran más ligeros y fáciles de hacer flotar.
Durante el fin de semana, la recreación de la maderada convivirá con demostraciones de corta de troncos, juegos tradicionales, música popular, degustaciones gastronómicas (el sábado hay una comida popular en el frontón del pueblo) y exhibiciones de antiguos oficios. Las dulzainas ponen la banda sonora a una celebración en la que el público puede acercarse mucho más de lo habitual a una tradición que forma parte de la identidad de estas montañas.
UN PASEO PARA DESCUBRIR EL SALTO DE POVEDA
Quien viaje hasta la fiesta debería reservar tiempo para conocer el entorno. El Salto de Poveda es uno de los grandes iconos naturales del Alto Tajo: una cascada de unos 20 metros de altura que nació a partir de una antigua presa inacabada. Con el paso del tiempo, el agua y la precipitación de carbonato cálcico fueron integrando la construcción en el paisaje hasta crear el espectacular salto que hoy se contempla.
Muy cerca se encuentra la Laguna de Taravilla, una laguna de montaña de aguas dulces y unos once metros de profundidad media, donde el agua brota del subsuelo. Ambos enclaves están unidos por una ruta circular de unos cinco kilómetros, una de las caminatas más recomendables para descubrir esta zona del parque. El recorrido atraviesa pinares, bordea el río, cruza por pasarelas y permite contemplar el salto desde diferentes perspectivas. Cerca de la laguna está el puente colgante, un puente de madera sobre el río Tajo ideal para pasear y disfrutar del paisaje.
En Poveda de la Sierra, una estatua dedicada al ganchero rinde homenaje a los hombres que vivieron de este duro oficio. La encuentras en la carretera vieja del pueblo. Y para terminar tu paseo por sus calles estrechas y casas de tejados de pizarra, entra a conocer su iglesia de San Pablo Apóstol, que conserva una espadaña de origen románico, del siglo XII.










