En Saint-Tropez conviven dos ritmos distintos, pero complementarios. Por un lado, está el más cotidiano: ese que marca los días según el ambiente del mercado de abastos, que surte a los vecinos cada mañana. El de los pescadores que regresan a puerto con el género capturado. El de los paseos lentos, sin prisa, al atardecer frente al mar.
Por otro, se halla esa versión del destino que apostó, a mediados del siglo XX, por el glamur y la elegancia: la que hizo que Saint-Tropez se convirtiera en refugio de artistas, celebridades y viajeros que anhelaban vivir envueltos en exclusividad. Precisamente en la capacidad de combinar con maestría la sofisticación y la sencillez, el lujo y lo humilde, reside el encanto de este rincón del sur galo donde hemos venido a parar. ¿Qué debemos hacer una vez nos instalemos? Espera, que te lo contamos.
La cita anual de Leonardo DiCaprio, Kate Moss o Elton John
Iniciamos nuestro particular periplo por los dominios de Saint-Tropez a un ritmo tranquilo, disfrutando de cada detalle y cada rincón, de cada instante vivido. Elegimos el Puerto Viejo —¿qué lugar, si no?— a primera hora del día para caminar junto a sus pantalanes cuando aún la actividad no ha alcanzado las cotas a las que llega en pleno verano. Ahí están los barcos de los pescadores, más tradicionales, pintados de vivos colores y mecidos suavemente por las olas. Junto a ellos, también los lujosos yates de grandes magnates y almas adineradas (no falta a su cita anual nombres como Leonardo DiCaprio, Kate Moss o Elton John) que aguardan a la época estival para desplegar su belleza en el mar.
La Ponche, el antiguo barrio de pescadores
Reflejadas en sus aguas, las fachadas en tonos ocre de los vetustos edificios completan el marco perfecto para animarnos con un café relajado. Los locales comerciales de estas construcciones a pie de puerto están colmados de negocios enfocados a la restauración, así que nos decantamos por Café de París (cafedeparis.fr) para la pausa: con una estética de líneas elegantes que rememoran las clásicas cafeterías de la capital, su terraza resulta el spot ideal para el deleite visual, un lugar donde ver y ser visto. Después, será el momento de adentrarnos La Ponche, el antiguo barrio de pescadores y uno de los rincones que mejor explican el origen de Saint-Tropez. Aquí las calles se estrechan y lo doméstico toma fuerza: ropa tendida de los cordeles en las ventanas, persianas a medio cerrar y balcones floreados componen la idílica postal de esta ciudad mediterránea.
Saint-Tropez, refugio de artistas
Un rincón del sur francés que, como ya adelantamos, no siempre tuvo una visión turística: durante la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna, Saint-Tropez fue un enclave pequeño pero estratégico y vivió épocas de crecimiento ligadas al comercio marítimo, a la pesca y a la construcción naval. Épocas boyantes que se alternaron con otros periodos de abandono por conflictos y ataques en el Mediterráneo. Uno de los momentos fundacionales de la ciudad llegó en 1470, cuando el señor de la región concedió privilegios para repoblar el lugar y atraer familias que reactivaran el puerto. Son los ecos de esa época los que aún sentimos y respiramos al pasear por el casco antiguo. Sin embargo, algo cambió a finales del siglo XIX: el pintor Paul Signac visitó la ciudad y quedó tan fascinado por la luz de este lugar que no dudó en comprar una casa en la que recibía a otros amigos artistas. Poco a poco, el boca a boca hizo que nombres de la talla de Henri Matisse llegaran a conocer Saint-Tropez atraídos por su tranquilidad y ambiente mediterráneo, lo que acabó convirtiéndolo en un refugio creativo.
¿La clave que lo hizo dar el salto definitivo al estrellato? Tiene nombre propio y se llama Brigitte Bardot: en los años 50 la actriz frecuentó a menudo la ciudad, convirtiéndola en sinónimo de verano y lujo en la Costa Azul.
Oda a la esencia Mediterránea
Tras este repaso histórico, nos animamos a continuar la ruta en dirección a la Place des Lices, uno de los espacios que mejor representan la vida cotidiana de Saint-Tropez. Porque aquí, las partidas de petanca y el mercado diario no han sucumbido al estrés turístico: si se quiere conocer la verdadera esencia de la ciudad, hay que hacer una parada y, de paso, también acopio del mejor producto local. No faltará en la bolsa de la compra miel autóctona y hierbas provenzales, algo de queso e incluso charcutería.
Vendrán bien unos minutos de admiración y fotografías para tomar fuerzas antes de subir a la ciudadela, cuyas murallas componen un maravilloso ejemplo de arquitectura militar y dominan el golfo. La pendiente se hace notar, pero la recompensa aparece al llegar a lo más alto, pues las vistas sobre la bahía de Saint-Tropez son de las que no se olvidan. Construida en el siglo XVII, aloja en sus entrañas el Museo Marítimo, donde ahondar en la historia de la ciudad y su puerto.
Las playas más aclamadas de la zona
Con la lección aprendida, quizás sea el momento de ir pensando en salir del centro y entregarnos al relax. Para ello, nada como incluir en la jornada la escapada a algunas de las playas más aclamadas de la zona, ¡para algo estamos en la Costa Azul! Pampelonne, que pertenece administrativamente al municipio vecino de Ramatuelle, cuenta con 5 kilómetros de arena fina salpicados de tentadores beach clubs cuya estética de tumbonas y sombrillas rayadas nos conquista ya de lejos. Un almuerzo con la brisa del mar como compañera, un par de bañitos en sus prístinas aguas, y será momento de regresar.
Para despedir el día
Sin embargo, el final de la jornada nos encontrará, una vez más, frente al mar: cuando el calor baja y el puerto recupera el movimiento pausado del final del día, la ciudad gala tiende a conciliar sus dos versiones, la del icono internacional y la de pueblito marinero. Encontramos entonces un hueco, de nuevo, en la terraza de Sénéquier (senequier.com), uno de los establecimientos más emblemáticos del puerto, donde degustamos un delicioso tapenade acompañado de una copa de rosado, exquisiteces típicas de la región.
Y así, con la luz dorada reflejándose en el horizonte, y brindando entre risas por la vida, entenderemos que el encanto de Saint-Tropez, este pequeño refugio en la Costa Azul, reside precisamente en su dualidad. Y ahora, ¿qué tal si pedimos otra copa?










