Hay una ciudad medieval a menos de hora y media de París que la mayoría desconoce pero que lleva más de 20 años en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. En los siglos XII y XIII llegó a ser la tercera localidad más grande de Francia y uno de los principales nodos comerciales de Europa. Sus ferias atraían a mercaderes flamencos, italianos y orientales que pagaban con una moneda propia que se utilizó desde Flandes hasta el norte de Italia. Sin embargo, el declive llegó cuando el condado pasó a la corona francesa, quedando el lugar congelado en el tiempo.
Además, la Revolución Industrial, para bien o para mal, pasó de largo por ella, conservando en la actualidad el mismo número de habitantes que tuvo en su apogeo medieval. Sus murallas, las torres, los subterráneos excavados en la roca, un donjon (torre del homenaje) octogonal único o una iglesia gótica inacabada son algunas de sus joyas más representativas. Y como colofón, en junio celebra un festival que devuelve brevemente a la ciudad a aquella época de esplendor, que en esta época comparte con la floración de las rosas de uno de los jardines más especiales de la localidad.
El mercado que conquistó Europa
Ubicada en el antiguo territorio de los poderosos condes de Champaña, la ciudad medieval fortificada de Provins es un ejemplo vivo de la primera etapa de desarrollo de las ferias comerciales del país que le ha valido su reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad. Con 58 construcciones clasificadas como Monumento Histórico, esta es la ciudad más representativa de la Edad Media en Francia. A esto se le añade también que también recibió el título de Ciudad de Arte e Historia, una doble distinción que pocas localidades del país pueden lucir.
Esta ciudad, que fue ganando importancia en tiempos de Carlomagno, se encontraba en la encrucijada de las rutas comerciales europeas, por lo que el trazado urbano fue diseñado para acoger al gran número de mercaderes que las ferias exigían, con casas de tres plantas con salas abovedadas y amplias calles. La presencia de los ríos Durteint y Voulzie favorecieron la actividad económica y el desarrollo de muchos oficios, y la bonanza se reflejó en el acuñamiento de una moneda propia, el provinois, que se aceptaba en casi todos los mercados de Europa occidental.
Seis ferias anuales, cada una de varias semanas, trajeron también una corriente cultural que marcó a Provins. Sin embargo, el declive llegó a finales del siglo XIII, cuando el condado pasó a formar parte de la corona y además de declinar las ferias se sucedieron conflictos bélicos, epidemias y nuevas formas de comercio basadas en la navegación. La Revolución Industrial, además, la dejó al margen, conservando con este “fracaso histórico” su arquitectura prácticamente intacta.
El poeta que trajo las rosas
Thibaud IV de Champagne adoraba Provins, y eso marcó la historia y el imaginario de la ciudad. Haciendo de ella su residencia favorita en el siglo XIII, cuando estaba en su máximo auge, su fama de trovador llegó tan lejos que incluso el propio Dante lo citó como un gran poeta. Bajo su gobierno, el lugar creció económica y culturalmente, siendo reconocida en toda Europa por ello. Según cuenta la tradición, fue también Thibaud quien trajo la rosa gallica officinalis de sus cruzadas en Siria, consiguiendo plantarlas con éxito en la conocida ahora como La Roseraie.
Con una extensión de 3,5 hectáreas y distinguida con la etiqueta Jardin Remarquable, la rosaleda cuenta con más de 450 variedades de rosas que ofrecen un caleidoscopio de colores y aromas según la estación. Rutas temáticas exponen la historia de la rosa a través del tiempo, desde las de Damasco y las centifolias hasta los híbridos contemporáneos. Un jardín de plantas medicinales medievales —eneldo, consuelda, angélica— bordea uno de los paseos y recuerda que la rosa no solo fue símbolo y mercancía: fue también medicina.
Un viaje de ocho siglos
Siguiendo el rastro de las rosas se llega fácilmente al corazón de la parte elevada de la localidad, la Place du Châtel, que en la Edad Media era el escenario central de las ferias. Bordeando la plaza se encuentran algunas de las mansiones medievales mejor conservadas de Provins, y en ella se concentra todavía la vida comercial, con lugares donde se venden productos derivados de la rosa que ha convertido la localidad en algo así como una capital aromática de la región. Incluso restaurantes y crêperias permiten probar especialidades que la tienen como ingrediente, como mermelada de pétalos, miel de rosas o dulces y jarabes de flores.
En el extremo de la calle Saint-Jean se alza la Grange aux Dîmes (granero de los diezmos), construida en el siglo XIII y aún en pie como testigo de la actividad comercial. Hoy funciona como museo vivo con sus salas abovedadas, reconstrucciones de los puestos medievales y explicaciones sobre los gremios de la época. Junto al lugar, el Croix des Changes, un antiguo pozo de hierro forjado, guarda el testigo de los edictos de la corte de Champaña.
Desde aquí, el perfil de la Torre César se impone sobre el resto. El monumento más emblemático de Provins es el único donjon románico octogonal sobre base cuadrada conocido en Francia. Fue el conde Enrique el Liberal quien la mandó a erigir para afirmar su autoridad en pleno apogeo de las ferias de Champaña, aunque algunas leyendas la atribuyan al mismísimo Julio César. Su torre, con empinadas escaleras, permite tener una panorámica no solo sobre la parte alta, sino también sobre la ciudad baja, con sus casas de colores y entramado de madera, la iglesia de Saint-Ayoul, de estilo gótico, y el monasterio adjunto.
La torre sirvió también como campanario de la colegiata de Saint-Quiriace, adosada a su estructura. El edificio es una metáfora perfecta del destino, pues fue concebida para albergar reliquias donadas por los condes de Champaña y su construcción se detuvo en pleno declive de la ciudad. Tras un incendio, la bóveda románico-gótica fue sustituida por una cúpula barroca, tapando un proyecto de grandeza.
Para seguir el recorrido por el recinto de la parte alta nada mejor que pararse ante la Porte de Saint-Jean, flanqueada por dos torres, que fue durante siglos el punto de control de la ruta hacia París. La muralla de la ciudad, que se extiende 1,2 kilómetros —llegó a tener 5 kilómetros— con 22 torres, fue construida entre 1226 y 1314 y es la parte mejor conservada del conjunto. Es posible subir a tramos del adarve y recorrer el exterior por la allée des Remparts y la allée des Lépreux, con vistas abiertas sobre los campos de cereal del Brie, pero en la oscuridad del subsuelo aguardan más sorpresas.
Bajo las calles de la ciudad alta discurre una red de galerías que constituye uno de los espacios más insólitos que puede ofrecer cualquier ciudad medieval. Las galerías excavadas en la roca caliza se utilizaban principalmente para almacenar bienes preciados, vino y grano durante las ferias. La red se extiende bajo gran parte del casco antiguo, con galerías que conectan los sótanos de los palacios, los almacenes de los mercaderes y el antiguo Hotel-Dieu, el palacio de las condesas de Blois y Champaña reconvertido en hospital en el siglo XII.
Citados por Umberto Eco junto con otros espacios de la localidad en El péndulo de Foucault, estos túneles por los que se mueven tres intelectuales milaneses sumergidos en una conspiración templaria se pueden visitar, con menos intriga pero igual interés, en grupos guiados que permiten conocer el trasfondo de Provins.
Billete hacia el Medievo
Quienes tengan la suerte de disfrutar de la ciudad en junio —y no solo por la estampa de sus rosas— podrá acudir a una de sus grandes citas: Las Médiévales. Reconocida como una de las fiestas medievales más grandes de Europa, ocupa toda la ciudad y se articula en torno a cuatro temas: las artes de la guerra, la danza y la música, la vida cotidiana y los miedos y creencias. La Place du Châtel, el foso de las murallas, las calles de la ciudad alta y los subterráneos se convierten en escenario de saltimbanquis, trovadores y artesanos, puestos de comida, música medieval, visitas teatralizadas y mucho más.
No hay que dejar de lado otro evento anual que hace viajar directo a la época de mayor auge de Provins: La Légende des Chevaliers. Este espectáculo ecuestre e histórico escenifica la vuelta de las Cruzadas de Thibaud IV de Champaña con proezas, malabares y cabalgadas hasta que las fuerzas del mal amenazan la ciudad y los caballeros salen a defenderla con combates, justas y algún que otro toque de magia.
















