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Entre las laderas del río Miño y del Sil, hay un lugar que parece sacado de un cuento medieval y en el que puedes alojarte sin renunciar al confort. La Ribeira Sacra encabezaba mi lista de deseos viajeros este 2026, más concretamente, el Parador de Santo Estevo.
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Este monasterio ubicado en Ourense, además del mejor conservado, es uno de los más importantes de Galicia y guarda tantas joyas en su interior como en el mágico entorno que lo rodea.
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Castaños centenarios, curvas suaves y la luz húmeda del norte que lo envuelve todo. Bajo ese halo mágico, se alza esta joya arquitectónica que fusiona estilo románico, gótico y renacentista como si llevara siglos esperando en silencio.
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Aquí la oferta gastronómica es tan amplia como exquisita, y el desayuno tipo buffet cuenta con elaboraciones gallegas, como la tarta de Santiago o quesos de la zona.
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Sentarse a la mesa es una experiencia en sí misma. En el restaurante Dos Abades, antiguas caballerizas del monasterio, se sirven platos elaborados con la mejor materia prima regional. La estrella de sus postres es la tarta de castaña. Comer aquí no es solo gastronomía: es territorio.
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Para conectar con el arte de la viticultura y degustar los vinos de la zona, me subí a un catamarán de Sacra Activa con el que hice un recorrido de hora y media por los cañones del embalse de Belesar. Apunta esta actividad como un must cuando vengas.
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La viticultura es aquí, literalmente, heroica. Tanto en la bodega a la que me llevó el barco como en Alma das Donas, la segunda que visité, me explicaron cómo trabajan en pendientes de hasta un 70%. Probé desde godellos hasta un tinto con carácter y un delicado rosado.
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Después de un día intenso, regresé al Parador para descansar y disfrutar de su secreto mejor guardado: el spa escondido y la zona de tratamientos.
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Oculto en las antiguas bodegas del convento, es uno de esos espacios que convierten una escapada en una vivencia memorable. La piedra, la luz tenue, el agua caliente, el jacuzzi al aire libre… absolutamente todo invita a frenar.
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Antes de despedirme de Santo Estevo, salí al bosque que rodea el Parador. Forma parte del recinto y es ideal para respirar y perderse sin prisa. Yo llegué buscando una escapada y me fui con algo mucho más difícil de encontrar: silencio, belleza en cada rincón y la sensación de estar presente.
© Laura Negro



