He dormido en el monasterio más espectacular de la Ribeira Sacra entre viñedos y paisajes de cine y estos son mis ‘tips’


Este Parador gallego redefine el concepto de escapada sensorial: vino, historia, naturaleza y bienestar en estado puro

En colaboración con

Paradores


© Laura Negro
Carla CalvoRedactora Branded Content
29 de abril de 2026 a las 9:47 CEST

Existe un lugar en el norte de España, entre las laderas del río Miño y del Sil, que parece sacado de un cuento medieval y en el que puedes alojarte sin renunciar al confort y a un inagotable abanico de experiencias memorables para todos los sentidos. Como enamorada confesa que soy de la tierra gallega, la Ribeira Sacra encabezaba mi lista de deseos viajeros este 2026, más concretamente, el Parador de Santo Estevo. El momento de tacharlo llegó, al fin, en abril. Este monasterio, además del mejor conservado, es uno de los más importantes de Galicia y guarda tantas joyas en su interior como en el mágico entorno que lo rodea. 

Llegué en AVE a Ourense en apenas dos horas y media desde Madrid y, en menos de veinte minutos de coche, ya estaba descendiendo hacia un valle que parecía suspendido en el tiempo. Castaños centenarios, curvas suaves y la luz húmeda del norte que lo envuelve todo. Bajo ese halo mágico, se alza esta joya arquitectónica que fusiona estilo románico, gótico y renacentista como si llevara siglos esperando en silencio. A primera vista, me enamoró el entorno, verde vibrante, imponente y sereno a partes iguales, y sus muros del siglo VI, que aún hoy conservan esa vibra monacal que invita a bajar el ritmo. Aquello era solo un preludio de lo que estaba por llegar.

Media Image© Laura Negro

Ver más fotos aquí

Pasear entre leyendas y disfrutar del silencio, un lujo accesible

Mi habitación estaba en uno de los tres claustros, donde antiguamente se ubicaban las celdas de los monjes. Abrir su ventanal es asomarse a un cuadro vivo: piedra, vegetación y cielo abierto. Pero lo que más me sorprendió fue el dominante silencio, que, lejos de incomodar, acoge. Tan solo las golondrinas al amanecer y el leve crujido del suelo de madera al caminar rompen esa quietud. Tiene todas las comodidades deseables en una suite: camas cómodas, un baño amplio y equipado, armarios de gran capacidad y dimensiones perfectas para sentirte como en casa. 

Media Image© Laura Negro

En las zonas comunes del Parador descubro cómo todo convive: historia con esculturas contemporáneas; obras clásicas, como el cuadro barroco de La idolatría de Salomón, de Luca Giordano, con mobiliario de diseño del siglo XX. Piezas emblemáticas de le Corbusier, Panton, Bertoia o los Eames. Una fusión artística inesperada.

Y esto es solo el principio, porque pasear por el Claustro dos Bispos es hacerlo entre leyendas. La de los nueve obispos que llegaron huyendo y cuyos anillos, supuestamente milagrosos, convirtieron este lugar en destino de peregrinación, una historia que sigue latiendo entre las piedras. Y no es solo literatura: tras la publicación de El bosque de los cuatro vientos, de María Oruña, algunos de esos anillos aparecieron realmente durante una restauración. 

Ver más fotos aquí

Media Image© Laura Negro
Media Image© Laura Negro

Sabor a norte bajo una bóveda de piedra de 14 metros

Los pasillos acristalados con vistas del Parador merecen mención a parte. Recuerdo recostarme unos minutos en uno de sus múltiples sillones de líneas perfectas, observando cómo la luz de la mañana se filtraba entre los arcos. Esa combinación de siglos es, quizá, uno de sus mayores lujos, de igual forma que la oferta gastronómica del restaurante Dos Abades, antiguas caballerizas del monasterio y place to be para degustar los platos más exquisitos de la gastronomía gallega de interior elaborados con la mejor materia prima de la zona. 

Sin duda, me quedo con los pescados del día llegados desde las rías, con el pulpo lacado y a la parrilla con kale y patata asada, el caldo gallego y con la estrella de sus postres: la tarta de castaña. Todo, maridado con vinos de la Ribeira Sacra y en un escenario único: bajo una bóveda de piedra de 14 metros. Comer aquí permite sentir el territorio en la mesa.

Media Image© Laura Negro

La Ribeira Sacra desde el agua

Para conectar con el arte de la viticultura y degustar los vinos de la zona, me subí a un catamarán de Sacra Activa con el que hice un recorrido de hora y media por los cañones del embalse de Belesar. Como un personaje más de la película Zeta, que se rodó precisamente en este escenario con estos mismos barcos hace unos meses, navegué entre paisajes de cine: iglesias románicas escondidas, bancales infinitos y una sensación constante de estar descubriendo algo secreto.

La viticultura es aquí, literalmente, heroica. Y no es una metáfora. Tanto en la bodega a la que me llevó el barco como en Alma das Donas, la segunda que visité, me explicaron cómo trabajan en pendientes de hasta un 70%. Subir allí ya es una hazaña; cultivar, casi un acto de fe. Probé desde godellos hasta un tinto con carácter y un delicado rosado, todos, acompañados de empanada y quesos, y con unas vistas que hacían que todo supiera mejor. Entendí que esta tierra se conoce caminándola y brindando con ella.

Ver más fotos aquí

Media Image© Laura Negro
Media Image© Laura Negro

El spa del Parador: una joya oculta en las antiguas bóvedas del convento

Después de un día intenso, regresé al Parador para disfrutar de su secreto mejor guardado: el spa escondido y la zona de tratamientos. Oculto en las antiguas bodegas del convento, es uno de esos espacios que convierten una escapada en una vivencia memorable. La piedra, la luz tenue, el agua caliente… Absolutamente todo invita a frenar. Me di un masaje relajante con Martha, cuyas manos parecían conocer el lenguaje exacto del descanso. Me quedé dormida. Y, al despertar, tuve esa sensación extraña y tan buscada al mismo tiempo de haber parado de verdad.

Media Image© Laura Negro

Un lugar para estar presente

Antes de despedirme de Santo Estevo, salí al bosque que rodea el Parador. Forma parte del recinto y es ideal para respirar y perderse sin prisa. Me hablaron de un kit que puedes pedir, que contiene esterilla, rodillo y bandas elásticas para hacer yoga o estiramientos al aire libre. No lo utilicé, pero me encantó el concepto. Yo llegué buscando una escapada y me fui enamorada del silencio, de la belleza en cada rincón y de la sensación de estar presente que solo aquí se encuentra.

Ver más fotos aquí