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Alojarse en un castillo tiene un punto de fantasía, pero en el Parador de Ciudad Rodrigo no hace falta imaginar demasiado: basta con cruzar su imponente portón para sentir que el tiempo retrocede varios siglos.

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Desde fuera, la silueta se recorta imponente sobre el paisaje, con su torre del homenaje coronada por almenas custodiando el río Águeda.
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Sus habitaciones son perfectas para soñar, y sus camas, el broche de oro. Desde la mía, podía ver el Águeda entre árboles.
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También me impresionó que el baño de mi suite estuviera entre el salón principal y el cuarto de la cama y se descubriera entre puertas correderas.
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Si algo confirma que el viaje merece la pena es sentarse a la mesa. El restaurante del Parador mantiene ese aire medieval con arcadas de piedra y vistas al paisaje salmantino, pero lo verdaderamente memorable es la cocina, donde los productos locales son los protagonistas.
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El secreto de cerdo ibérico con boniato en salsa de bellota me cautivó, y la carta de postres es una delicia para el paladar.
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El desayuno merece mención aparte. En la mesa aparecen ibéricos de la zona, quesos locales y el aceite de oliva cercano.

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El Parador, repleto de obras de arte y tapices, es un destino en sí mismo, pero también es el punto de partida perfecto para explorar Ciudad Rodrigo. Pasear por sus calles es como recorrer un pequeño museo al aire libre.
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Además, forma parte del programa Naturaleza para los Sentidos, una iniciativa de Paradores que propone experiencias sostenibles conectadas con el entorno local. Yo hice una ruta de senderismo de 6 kilómetros junto al río Águeda.
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Tampoco me perdí el Yacimiento Arqueológico de Siega Verde, que alberga más de 440 figuras grabadas sobre las rocas de esquisto junto al río Águeda. Luis Alejandro, su coordinador, me hizo partícipe de detalles técnicos, estilos del arte rupestre y su simbología abstracta.
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Ahora sé que lo mejor de Ciudad Rodrigo es que lo tiene todo: historia, naturaleza, gastronomía y una hospitalidad auténtica que se percibe en cada conversación con la gente del lugar.
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