Dormir en un castillo medieval entre montañas y río: el tesoro mejor guardado de Salamanca, desde dentro


24 horas me bastaron para enamorarme de la magia de Ciudad Rodrigo, un destino idílico para viajar en el tiempo, respirar aire puro y descubrir sabores

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Paradores


© Laura Negro
Carla CalvoRedactora Branded Content
23 de marzo de 2026 a las 10:02 CET

Alojarse en un castillo tiene un punto de fantasía, pero en el Parador de Ciudad Rodrigo no hace falta imaginar demasiado: basta con cruzar su portón y admirar sus arcos ojivales, bóvedas de crucería, obras de arte, tapices y pasadizos que parecen guardar secretos para sentir que el tiempo retrocede varios siglos. 

El cielo encapotado me recibió nada más llegar, pero ni las nubes fueron capaces de opacar esa mezcla de emoción y curiosidad que despiertan los lugares cargados de historia. Desde fuera, la silueta se recorta imponente sobre el paisaje, con su torre del homenaje coronada por almenas custodiando el río Águeda. Y, en medio de esa atmósfera medieval propia de las novelas de intrigas palaciegas, me rendí ante esos muros de piedra que también esconden algo muy contemporáneo: la sensación de entrar en un lugar pensado para ser disfrutado con calma, con todas las comodidades actuales. 

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Ese equilibrio entre historia y confort me cautivó, sin saber que aquello era solo el principio. Después, vendrían los platos que reflejan la esencia y tradición gastronómica profundamente ligada al territorio de este tesoro salmantino amurallado, bañado por el río Águeda y con vistas a la Sierra de Francia. También lo haría la riqueza cultural del destino, sus vistas a la dehesa entre colinas suaves y llanuras desde el Parador, el inagotable abanico de actividades de ocio para todos los públicos que ofrece y el calor de su gente.

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Un Parador con significado y pasado militar (y mucho humor)

24 horas fueron suficientes para saber que esta no sería mi última vez aquí. También, para olvidarme de la rutina y adentrarme en un viaje al pasado muy especial. La céntrica ubicación del Parador llamó mi atención, pero, además, tiene significado, pues el lugar en el que se levantó en 1372 por el rey Enrique II de Castilla no es casual: Ciudad Rodrigo era un punto estratégico en la frontera con Portugal y este castillo tenía la misión de defender el territorio. Todavía hoy se percibe ese pasado militar. Así me lo transmitieron en la visita teatralizada; sin duda, una de las experiencias más curiosas de la estancia.

De repente, el Parador se convirtió en el escenario de un pequeño espectáculo del que todos formábamos parte. Entre anécdotas, humor y guiños al pasado, fuimos recorriendo rincones mientras nos hablaban de batallas, alianzas y de cómo este lugar fue testigo de conflictos como la Guerra de Sucesión o la Guerra de la Independencia. Lo mejor es que no se trata de un recorrido convencional: el actor-guía incluía en la historia a los allí presentes, nos hacía participar y, casi sin darnos cuenta, terminamos sintiéndonos parte de aquel escenario medieval.

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Del baño en medio de la habitación a la atmósfera acogedora

Mi habitación era completamente distinta a cualquier otra. Y eso es algo que ocurre aquí: cada una de las 34 estancias están adaptadas a la estructura original del castillo, por lo que no hay dos iguales; de hecho, hay algunas con forma redonda. Algunas miran al campo charro, otras al río, pero todas comparten esa mezcla de historia y tranquilidad. Como una auténtica princesa en mi propio cuento, deshice el equipaje con calma y contemplé las vistas desde la ventana de mi torre: podía ver el Águeda entre árboles. También me impresionó que el baño de mi suite, equipado con amenities, estuviera entre el salón principal y el cuarto de la cama y se descubriera entre puertas correderas. 

La decoración clásica combinada con detalles cargados de esencia, como los estampados en colores vivos y formas naturales de sus sillones y cojines, el mimbre, los cuadros a carboncillo de la localidad, los pequeños puntos de luz de las lámparas de mesa o la madera oscura me acogieron sin condiciones. También lo hizo el room service, disponible en todo momento para huéspedes, y los armarios aptos para maletas XXL como la mía. En cuanto a la cama, king size, era como estar entre las nubes, más aún después de un día repleto de actividades como el que viví.

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Comer en un castillo, un auténtico banquete de nobles

Si algo confirma que el viaje merece la pena es sentarse a la mesa. Y hacerlo sin salir del propio Parador es todo un lujo. Su restaurante mantiene ese aire medieval con arcadas de piedra y vistas al paisaje salmantino, pero lo verdaderamente memorable es la cocina. De los platos que probé, me quedo con el ciervo con compota de manzana y castañas asadas y su fusión perfecta entre dulce y salado. El secreto de cerdo ibérico con boniato en salsa de bellota le sigue junto al bacalao y la ensalada de codorniz con brotes verdes y frutos rojos que me sirvieron en la cena y la carta de postres. Pero hay dos clásicos que no puedes irte sin probar: el hornazo y el farinato, el embutido típico de Ciudad Rodrigo elaborado con manteca de cerdo, pan, pimentón y especias. 

El desayuno merece mención aparte. En la mesa aparecen ibéricos de la zona, quesos locales y el aceite de oliva cercano, que me gustó tanto que fui a conocer en primera persona el lugar donde se produce.

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Ocio y ‘Naturaleza para los Sentidos’ a un paso del castillo

El Parador forma parte del programa ‘Naturaleza para los Sentidos’, una iniciativa de Paradores que propone experiencias sostenibles conectadas con el entorno local. Uno de los atractivos que destacaría de este destino es su paraje rico en fauna, hogar de nutrias, jabalíes, zorros, galápagos y bisonte europeo

Por la mañana, hicimos una ruta de senderismo junto al río de la mano de Jorge, de Turismo Activa. Son seis kilómetros de paseo desde el corazón Ciudad Rodrigo hasta antiguos molinos históricos entre vegetación, vacas y el sonido del agua. Hicimos incluso una pequeña pausa para escuchar el silencio y me contó algunas curiosidades, como que la localidad tiene el sistema solar más grande del mundo a escala.

Después de comer, visité la Almazara de Ahigal de los Aceiteros, la primera almazara ecológica de Castilla y León. Allí, Loli me explicó el proceso de producción de sus aceites de oliva virgen extra y pude degustarlos. Ya de vuelta al Parador, paré en el Yacimiento Arqueológico de Siega Verde, que alberga más de 440 figuras grabadas sobre las rocas de esquisto junto al río Águeda. Luis Alejandro, su coordinador, me hizo partícipe de detalles técnicos, simbología y estilos del arte rupestre.

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Ciudad Rodrigo, un tesoro para descubrir sin prisa

El Parador es un destino en sí mismo y el punto de partida perfecto para explorar Ciudad Rodrigo, a una hora de ciudades como Cáceres o Salamanca y muy cerca de Portugal. Pasear por sus calles es como recorrer un pequeño museo al aire libre. Entre sus imprescindibles están la Catedral de Santa María, el Palacio de los Águila o la escultura del Verraco, cuya historia me explicó Estefanía Mangas, de la Asociación de Guías Oficiales de Turismo de Ciudad Rodrigo, con quien hice un tour guiado.

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Después de un día aquí, sé que lo mejor de Ciudad Rodrigo es que lo tiene todo: historia, naturaleza, gastronomía y una hospitalidad auténtica que se percibe en cada conversación con la gente del lugar. Quizá por ello, cuando me despedí del Parador y volví a cruzar el puente sobre el río Águeda, tuve la sensación de haber vivido algo más que una estancia en un hotel.

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