No se puede decir que este lugar no se encuentre en una ubicación totalmente privilegiada y, aun así, no hay mucha gente que lo conozca. A menos de una hora y media de la vibrante Lisboa, con la exuberante Setúbal a medio camino, y a un tiro de piedra de los inolvidables arenales de Comporta, esta es una de esas pequeñas ciudades lo suficientemente cerca y lejos de todo como para marcharse de ella pensando en si una se mudaría un tiempo aquí. El río Sado, que discurre de sur a norte, al contrario que la mayoría del resto del país, serpentea 180 kilómetros desde sus nacientes antes de llegar a una apertura en su cauce que no deja de ensancharse hasta el Atlántico.
Este fue uno de los motivos que invitó a fenicios y después a prerromanos a instalarse aquí y convertirla en una de las ciudades más antiguas de Europa. Eso y la sal, pues ambos aspectos les daban ventaja comercial. Acceso al océano por el río, pescado en salazón e intercambios que atrajeron también a griegos, cartagineses y romanos, quienes elevaron el emplazamiento a rango de ciudad y convirtieron su puerto interior en uno de los más importantes del occidente peninsular.
Del Islam a la Orden de Santiago
La llegada del islam en el siglo VIII hizo que Salacia Urbs Imperatoria pasase a llamarse Al-Kassr —castillo en árabe—, un vocablo que, sumado a la fama de sus salinas, conformó el nombre actual: Alcácer do Sal. La fortaleza, declarada Monumento Nacional en 1910, corona el promontorio que domina el meandro del Sado ya desde la Edad del Hierro, pero fueron los árabes quienes lo reforzaron con dos líneas amuralladas y treinta torres de hasta 25 metros, convirtiéndose en uno de los bastiones más increíbles de la península ibérica.
En 1570 se fundó en su interior el convento de clarisas de Aracoeli, rehabilitado hoy como Pousada D. Alfonso II, el rey que se lo arrebató a los musulmanes en 1217. El castillo conserva aún una de las mayores criptas arqueológicas de Portugal, descubierta durante obras recientes. Esta expone estratos superpuestos desde la fundación del edificio militar hasta la época medieval, con restos de viviendas y calzadas romanas, un foro, capiteles corintios e incluso cerámicas de todas las épocas, comprendiendo casi tres milenios bajo un mismo suelo.
La Orden Militar de Santiago de Espada, que estableció su sede en la ciudad, modeló buena parte del patrimonio que ha llegado hasta nuestros días. La riqueza acumulada gracias al comercio de la sal y al tráfico fluvial financió la construcción de conventos, iglesias y edificios civiles de notable valor. Uno de ellos fue la iglesia de Santa María do Castelo, dentro del recinto amurallado, uno de los ejemplares más valiosos del románico tardío del sur de Portugal.
Uno de los santuarios cristianos más antiguos del país se eleva en una colina próxima al centro usada como necrópolis desde la Edad del Hierro. El Santuario del Señor de los Mártires, fundado por la orden, es un seguido de capas de construcciones, la más antigua la Capilla del Tesoro, de estilo románico-gótico, donde se encontraron esqueletos de caballeros del siglo XIII que demuestran que este fue el primer panteón de la Orden de Santiago.
La iglesia de Santiago, que marca el perfil urbano de Alcácer do Sal con sus dos torres campanario con cúpulas barrocas, tiene origen medieval, pero fue reconstruida también en nombre de la orden. El exterior sobrio guarda un interior de exuberancia con capillas barrocas, tallas doradas y paredes completamente revestidas de azulejos que narran la vida del apóstol y de la virgen María.
Por el casco histórico de Alcácer do Sal
El casco histórico de esta ciudad portuguesa conserva su madeja urbana de herencia islámica: callejones estrechos como la Travessa das Espanholas, de poco más de un metro de ancho, serpentean entre casas encaladas, balcones de hierro forjado y vanos con azulejos. La calle principal, la Rúa Almirante Cândido dos Reis, baja desde el castillo hasta la Praça Pedro Nunes, corazón cívico de la ciudad, presidida por la estatua del ilustre matemático y rodeada por el ayuntamiento de estilo neoclásico pombalino.
Desde casi cualquier punto del centro asoma la Torre do Relógio, también de origen musulmán, que lleva marcando el tiempo desde el siglo XVI. Caminando por sus calles se puede llegar a lugares tan interesantes como la iglesia de la Misericordia, fundada en 1547 junto al hospital homónimo, y en la que permanecen las influencias manuelinas, manieristas y barrocas, antaño revestida en el interior por miles de azulejos, de los que quedan solo los de la mitad inferior.
Tampoco hay que perderse el Convento de Santo António y su Capilla de las Once Mil Vírgenes. Construido en 1524 fuera de las murallas, el convento franciscano alberga uno de los monumentos más excepcionales del renacimiento portugués. Su pieza central es la capilla, panteón familiar mandado erigir por Pedro de Mascarenhas, embajador de Roma y virrey de la India. Los especialistas la consideran una obra de arte funeraria, pues está coronada por una cúpula semiesférica de mármol de Estremoz tan fino que al atardecer parece translúcido.
Pero no todo son templos: la antigua iglesia del Espíritu Santo, donde Manuel I fue aclamado rey en 1495, alberga el Museo Municipal Pedro Nunes, uno de los más antiguos del país (1894), que ofrece un recorrido por 2.700 años de historia de la localidad en torno al Sado, con hallazgos que van desde una cabeza de leona fenicia del siglo VI a.C. hasta un escarabajo egipcio traído por mercaderes cartagineses.
También hay que hacer una parada en Solar dos Salemas, el edificio civil más importante del casco histórico. Construido a mediados del siglo XVI, responde al tipo de casa solariega con patio cerrado y una loggia renacentista, y en la actualidad acoge la Biblioteca Municipal, con un espacio para exposiciones, auditorio y salas de lectura.
El estuario del Sado, la reserva natural
El paseo ribereño de la Avenida dos Aviadores Gago Coutinho ofrece la estampa más fotogénica de la ciudad, especialmente al atardecer, cuando los tejados blancos se reflejan en el Sado. Cruzando el puente metálico giratorio de 1945 se obtiene la vista más clásica y completa del conjunto urbano desde la orilla opuesta, un momento imperdible en un paseo por la ciudad.
El estuario del Sado, que se forma precisamente a partir de la ciudad, fue declarado Reserva Natural y abarca unas 23.000 hectáreas, extendiéndose hasta Setúbal. Su paisaje es un mosaico cambiante de arrozales (que rodean toda la ciudad), marismas, salinas, bancos de arena, pinares y alcornocales habitados por más de 200 especies de aves, con las habituales cigüeñas blancas copando los tejados y los flamencos volando en bandadas en otoño e invierno.
La ciudad a bocados
Por supuesto, otro momento ineludible es el de llenar el estómago. La cocina local, que combina la tradición alentejana con los productos del río, de los arrozales y del Atlántico, tiene como estrella el arroz de lingueirão (navajas), pero también de almejas, pulpo o bogavante. No hay que olvidar las anguilas en ensopado o el choco frito, y del interior llegan las migas con carne de cerdo o el ensopado de borrego.
No hace falta decir que también hay dulces. Alcácer do Sal es el principal productor de piñones de Portugal, lo que se refleja en las pinhoadas, los barquinhos y los copinhos de pinhão, las alcomonias, las queijadas de requesón, el bolo real…, muchas de ellas, cocinadas con la miel y el aceite de apicultores locales, son el souvenir perfecto.
Perderse en los alrededores de Alcácer do Sal
En el interior del municipio existen dos embalses, Barragem de Vale do Gaio y Barragem de Pego do Altar, que ofrecen paisajes de aguas tranquilas rodeadas de la belleza del entorno, populares para la pesca deportiva y el piragüismo. Para los que prefieren caminar, existe una ruta circular homologada PR1 ‘Ruta del Señor de los Mártires’ que parte de la Praça Pedro Nunes y se alarga casi 13 kilómetros entre humedales, arrozales y zonas de interés ornitológico. La localidad también forma parte de la red TransAlentejo de rutas de largo recorrido.
Sin duda, una de las actividades más solicitadas es el avistamiento de delfines mulares, símbolo indiscutible de la reserva por su colonia residente, una de las tres comunidades de delfines que viven libremente en toda Europa. Los veleros tradicionales Pinto Luisa y Amendoeira realizan cruceros fluviales en verano hacia Setúbal o la cercana península de Troia para observar a los que llaman 'roedores corvineros' por su afición por morder las redes de los pescadores y comer corvinas.
Además de Comporta, freguesía del propio municipio famosa por sus casas blancas entre arrozales y dunas, además de por tener las playas vírgenes más largas del país, existen otras pequeñas paradas interesantes. A poca distancia está el Cais Palafítico da Carrasqueira, considerado único en Europa, un puerto de pesca construido artesanalmente en los años 50-60 con estacas de madera que forma una laberíntica red de pasarelas y embarcaderos.
También la aldeia de Santa Susana merece un alto, pues no en vano es conocida como el pueblo más bonito del Alentejo, a pesar de ser una pequeña aldea de unos 200 habitantes que fue poblada en los años 50 por trabajadores del campo. Otra villa histórica cercana es Torrão, en la que destacan varios edificios religiosos y civiles, además de su puente y calzada romana (y su pan con aceite).












