La Toscana invernal cambia el dorado del verano por una paleta de grises perla y verdes profundos, ofreciendo una experiencia mucho más íntima y contemplativa. Este itinerario recorre la Val d'Orcia y otras zonas de la región entre nieblas que envuelven las colinas, pueblos medievales donde reina la paz y termas con siglos de historia donde el vapor asciende de forma evocadora. Entre piscinas naturales a más de 40º C, agroturismos con chimeneas acogedoras y villas de piedra donde la gastronomía brinda bocados únicos, este viaje slow aprovecha los días más fríos del año y da motivos para enamorarse del invierno, ya sea recorriendo Patrimonios de la Humanidad o relajándose en pozas salvajes.
SATURNIA, AGUAS TERMALES AL AMANECER
Las Cascate dei Mulino, en Saturnia, no son un secreto, pero vivirlas a primera hora del día sí que lo es. A las 6:30 de la mañana, cuando el termómetro ronda los 2°C, el contraste térmico con los 37,5º C del agua, que brota de forma constante del Monte Amiata, genera una cortina de vapor tan espesa que apenas se distinguen las piscinas calcáreas escalonadas.
Frecuentadas ya por los romanos, como atestiguan las ruinas de termas imperiales a pocos metros, fueron los etruscos quienes les atribuyeron propiedades mágicas y un origen ligado a la furia de Saturno. Llegar a este enclave - de acceso gratuito - antes de las ocho garantiza disfrutar del blanco lechoso del travertino, del verde de los musgos que crecen en las zonas más húmedas y del azul turquesa profundo de las pozas casi en soledad, algo impensable en verano.
Si las sábanas se te han quedado pegadas, esperamos que sea en el Hotel La Fonte del Cerro (lafontedelcerro.eu), un alojamiento con granja donde no solo Graziella y Maurizio dan los buenos días con desayunos increíbles, donde brillan los productos propios como la miel o los huevos, sino que también organizan excursiones a las termas de Saturnia, entre muchos otros lugares, como las playas de Orbetello o pueblos como Capalbio.
Tras el baño, un paseo por el pueblo de Saturnia, a dos kilómetros, revela un trazado medieval casi intacto, con un puñado de calles que desembocan en la diminuta Piazza Vittorio Veneto, donde se concentra la vida local. Aquí, el Ristorante I Due Cippi (iduecippi.com), regentado por los hermanos Aniello, presenta una cocina maremmana marcada por su gran surtido de carnes maduradas y platos reinterpretados, como los sesos de cordero fritos o el sándwich de lampredotto.
OTROS SECRETOS TERMALES
Algo más de una hora hacia el norte, en las faldas del Monte Amiata, el pueblo de Bagni San Filippo guarda el tesoro termal menos masificado de la zona. Desde la via Fosso Bianco parte un corto sendero a través de un bosque de castaños hasta la Balena Bianca, una espectacular formación calcárea de 30 metros donde el agua brota a 48°C, la temperatura más alta de todas las termas naturales de la Toscana.
Las piscinas se escalonan siguiendo el Fosso Bianco, con el agua de tonos azules al amanecer y amarronados al atardecer, bañada en un mar de vapor que contrasta con el blanco calcáreo de la roca y el verde del bosque circundante. La escena onírica se torna divertida cuando los visitantes se embadurnan en el lodo termal del fondo, rico en calcio y azufre, haciendo de las mascarillas improvisadas todo un must en el lugar.
Menos kilómetros hay de aquí hasta uno de los secretos termales más singulares de Italia. Apenas treinta habitantes viven alrededor de la piazza delle Sorgenti de Bagno Vignoni, construida en el siglo XVI por encargo de los Medici. Sin embargo, este espacio es en realidad una enorme piscina rectangular donde el agua brota a 49° C desde una profundidad de mil metros. Los soportales que la rodean se construyeron para que nobles y peregrinos pudieran caminar protegidos del sol mientras contemplaban las aguas.
Santa Catalina de Siena, el Papa Pío II, Lorenzo el Magnífico y otros personajes de época visitaron este lugar que ya no permite el baño, pero la experiencia termal sigue siendo accesible en tres balnearios del pueblo: el Terme Hotel La Posta y sus piscinas con panorámicas a la Val d’Orcia; el Terme Spa & Resort, en la plaza central, y el Terme Hotel Adler, que cuenta con la Grotta Salina, con sales del Mar Muerto.
Pero la joya oculta está en el Parco dei Mulini, accesible por un sendero empedrado que desciende siguiendo el curso del agua termal hasta un sistema de molinos subterráneos excavados directamente en la roca entre los siglos XIII y XVI para aprovechar el agua que rebosaba de la plaza, que nunca se helaba. Hoy, las pequeñas cascadas y pozas de distintas temperaturas miran al valle entre los arcos de piedra de las antiguas estructuras.
PIENZA, LA CIUDAD IDEAL
La visión que tuvo el Papa Pío II en 1459 - transformar su aldea natal en la ciudad renacentista perfecta, ahora Patrimonio de la Humanidad - se aprecia mejor en febrero, cuando apenas un puñado de visitantes recorre sus calles. La piazza a la que da nombre el pontífice, con su pavimento de ladrillo en espiga, representa uno de los logros más puros del urbanismo renacentista. El Duomo, de fachada renacentista, contrasta con su interior gótico y, junto a este, el Palazzo Piccolomini abre su jardín colgante con vistas vertiginosas a la Val d'Orcia, cerrando el conjunto el Palazzo Comunale y el Palazzo Borgia.
Las tiendas del corso Rossellino ya llevan meses vendiendo el aceite recién prensado del otoño, perfectamente maridable con el pecorino di Pienza en distintas curaciones - fresco, semicurado o el intenso stagionato, curado en barricas - ya sea en una degustación en la misma tienda o ya en casa, envasado al vacío.
Para seguir haciendo hambre, nada mejor que acercarse al mirador tras el Duomo por vía del Casello, con una de las vistas más fotografiadas de la Toscana. Aquí las colinas onduladas, los cipreses altos y el Monte Amiata al fondo reflejan la luz invernal que, por la mañana, se vuelve incluso mística.
Pero antes de recorrer los suaves valles toscanos hacia lugares como la Cappella di Vitaleta, famosa en todas las postales de la región, vale la pena hacer parada en la vía San Carlo para degustar la cocina de la Trattoria Latte di Luna, un negocio familiar (@latte_di_luna_) que sirve pasta fresca hecha a mano en platos como los pici all’aglione, hecho con ajo gigante de la región.
MONTEPULCIANO: BODEGAS SUBTERRÁNEAS
Quince kilómetros separan Pienza de Montepulciano, pero su carretera escénica hace que se hagan más que cortos. Este pueblo se alza a 605 metros, y su estructura en forma de ese obliga a subir por Il Corso durante kilómetro y medio desde la porta al Prato hasta la piazza Grande en un ascenso que merece cada jadeo. Por el camino, la calle va cambiando de nombre y van apareciendo joyas como el Palazzo Bucelli, lleno de relieves y urnas funerarias incrustadas, o la chiesa di San Agostino, con su elegante fachada renacentista obra de Michelozzo.
Tras el esfuerzo, la piazza Grande recompensa con el símbolo de la ciudad, el Pozzo dei Grifi e dei Leoni, y sus edificios nobiliarios. El Palazzo Comunale, inspirado en el Palazzo Vecchio de Florencia, permite subir a su torre para admirar el panorama que abarca toda la Val d'Orcia, el valle del Trasimeno y, en días despejados, los Apeninos. Frente al ayuntamiento, el Duomo, con su fachada inacabada de ladrillo tosco, guarda un refinado interior en el que destaca el tríptico de Taddeo di Bartolo sobre el altar mayor.
Pero el verdadero tesoro de Montepulciano está bajo los pies. Descendiendo por callejones laterales se accede a las bodegas excavadas en la toba volcánica, laberintos de túneles centenarios con bóvedas de ladrillo donde la temperatura se mantiene constante todo el año. La Cantina Contucci (cantinacontucci.it), instalada en las cuevas bajo el palazzo homónimo, ofrece catas del Vino Nobile di Montepulciano DOCG, buen acompañante de quesos curados o, por qué no, de un ragú de jabalí. También la Cantine de' Ricci (cantinadericci.it) organiza catas en sus cuevas del siglo XVI acompañadas de embutidos de cinta senese, el cerdo autóctono.
PETRIOLO: TERMAS JUNTO AL RÍO
Una hora más en coche merece la pena para acercarse al último punto de la ruta. Los Bagni di Petriolo aparecen ya en escritos del siglo XIII, pero su momento de esplendor llegó durante el Renacimiento, cuando la República de Siena decidió construir un sistema defensivo único en Italia, un recinto amurallado alrededor del manantial, convirtiéndolo en el único ejemplo de castello termale de la península, donde se cobraba entrada a quienes quisieran disfrutar de los baños. El Papa Pío II, miembros de las familias Medici y Gonzaga, cardenales y duques hacían el viaje expresamente para sumergirse en estas aguas.
Las piscinas calcáreas se escalonan bajo el puente moderno que cruza el Farma, formando pozas de distintas profundidades donde el agua brota a 43° C. Sin embargo, lo particular de Petriolo es la posibilidad de alternar entre agua termal y agua fría del torrente que corre paralelo, provocando un contraste térmico solo para los más valientes.
Como el agua siempre da mucha hambre, toca dirigirse a la diminuta plaza de Casal di Pari —un puñado de casas de piedra sobre una colina—, donde la Trattoria da Rosanna lleva siendo una de las mejores opciones de la zona desde hace décadas. Manteles a cuadros, sillas de mimbre, vino de la casa y una carta que apenas ha cambiado en décadas pone en el plato desde arrosto misto —con pollo de corral, salchicha toscana y costillas— hasta tortelloni de ricotta y espinacas hechos a mano.
Para descansar, el Agriturismo Il Casalino (agriturismoilcasalino.it) a un cuarto de hora, emerge entre los bosques de encinas de la Reserva Natural del Basso Merse como uno de esos refugios que parecen suspendidos en el tiempo. Los detalles rústicos, la hospitalidad y la naturaleza que lo rodea hacen de este punto estratégico —Siena está a 40 minutos, la Val d'Orcia a un cuarto de hora, y las termas de Petriolo prácticamente a la vuelta de la esquina— un lugar para decidir si merece la pena alargar un tanto el viaje.

















