Cambiaron de hogar —hace tres años dejaron Londres, donde vivieron durante más de una década, para instalarse en Suiza—, pero sus refugios siguen siendo los mismos. El paraíso particular de Andrea Casiraghi y Tatiana Santo Domingo continúa estando al otro lado del océano, en Brasil, donde la empresaria de moda encuentra parte de sus raíces —y donde los descubrimos, en marzo, disfrutando de la playa de Ipanema, en Río de Janeiro—. Sin embargo, volver al Mediterráneo y surcar sus aguas sigue siendo otro de sus planes preferidos, sobre todo, cuando llega la estación estival.
Casi un mes después de su escapada española a Ibiza —donde solían pasar sus veranos cuando eran novios—, el hijo de Carolina de Mónaco y su mujer prosiguen sus vacaciones y no se han decantado por la Costa Azul francesa —como en otras ocasiones— sino por la Costa de Amalfi, al sur de Italia. Un destino que ahora 'comparte', también, con su hermana Carlota, que también ha sido vista algún que otro verano navegando por el mar Tirreno.
Junto a sus tres hijos —Sasha, de 13 años, India, de 11, y Maximilian, de 8—, Andrea y Tatiana disfrutaron de una divertida jornada en alta mar, a bordo de un barco de leyenda, del que Andrea atesora grandes recuerdos —y que ahora disfruta con la familia al completo—: el Pacha III.
Es la 'joya' flotante que su padre, el recordado Stefano Casiraghi, regaló a su madre en 1989 —un año antes de fallecer en un trágico accidente naval— y su nombre esconde un bonito homenaje a los tres hermanos —Pierre, Andrea y Charlotte—. Fue en él donde Tatiana y Andrea despidieron su vida de solteros: la princesa Carolina reunió en su barco a la familia más cercana y a los amigos íntimos de sus hijos para celebrarlo en aguas de Mónaco.
Los dos 'sí, quiero' de la pareja
El 31 de agosto de 2013, a las 11:46, Andrea y Tatiana se daban el 'sí, quiero', tras un año de compromiso, ocho de relación y ya convertidos en padres —Sasha había nacido el 21 de marzo—. No hubo antes confirmación oficial de los detalles, fueron los repiques de las campanas y los aplausos de sus invitados, en la plaza del palacio, los que dieron la 'voz' de que la princesa Carolina había casado a su hijo mayor.
Fue por expreso deseo de los novios. Querían casarse en la más estricta intimidad —al igual que su romance, marcado por la discreción, la privacidad y el misterio— y, según publicaba la prensa del Principado, lo hicieron en el salón del Trono —el mismo lugar en el que habían contraído matrimonio sus abuelos, el príncipe Rainiero y Grace, y, treinta años antes que ellos, sus padres, la princesa Carolina y Stefano Casiraghi—. Para la boda civil, Tatiana, fiel a su estilo 'boho chic', escogió un modelo de Missoni, una de sus firmas preferidas.
Seis meses más tarde, en febrero de 2014, llegaba su boda blanca en Gstaad. En el antiguo convento de Rougemont, el único de la comarca, y ante cien de sus trescientos invitados —no había sitio para todos en la pequeña capilla—. En esta ocasión, Tatiana —que se resguardaba del frío con una capa blanca de piel y capucha— se decantó por un diseño de Valentino en tul, de seda marfil, cambiando la corona de flores de su enlace civil por la tiara de diamantes de la princesa Carolina —rompiendo con la tradición nupcial Grimaldi al usar la diadema 'Fringe'—.






