Este miércoles 20 de mayo, se cumplen nueve años de la boda de Pippa Middleton con el empresario y financiero británico, James Matthews. Entonces Kate Middleton todavía era duquesa de Cambridge y su hermana pequeña había pasado de ser una completa desconocida a la dama de honor más célebre del Reino Unido, por la puesta en escena que las hermanas Middleton habían hecho en la histórica boda de los actuales príncipes de Gales, un evento que tuvo un alcance global y que convirtió a Pippa Middleton en todo un referente. Seis años después, llegó su turno. Por primera vez en mucho tiempo iba a dejar de ser la hermana pequeña de Kate para convertirse en la gran protagonista por derecho propio de una ceremonia privada, pero a la que acudirían numerosos miembros de la realeza y con la presión de ser la novia del año.
De dama de honor a novia del año
Para medir la expectación que generó la boda de Pippa Middleton, por encima de algunos enlaces de altísimo rango aristocrático, hay que recordar que sin ser princesas de cuna y, entre viejos debates sobre la "clase social" de los Middleton, las dos hermanas habían reescrito por completo la tradición nupcial de la realeza cuando hicieron esa impactante llegada a la Abadía de Westminster cuando el príncipe Guillermo se casó con Kate.
Pippa, con un vestido blanco de Alexander McQueen, creó un ilusión óptica con la que daba continuidad a la cola del vestido de la novia, al tiempo que su presencia, tan cerca de su hermana, brindó a una boda casi de Estado un barniz muy familiar. La boda de los príncipes Guillermo y Kate fue además uno de los eventos televisados más vistos de la historia, con una audiencia estimada de 2.000 millones de espectadores, así que de forma inmediata Pippa se convirtió en figura mediática y referente de estilo. Si hubiera llegado con el resto de los Middleton con un vestido de día y un tocado hubiera sido una invitadada más, pero no habría dado la vuelta al mundo como la protagonista inesperada del día.
Durante los años que pasaron, entre una boda y otra, a la hermana de Kate se le conocieron varios novios, sus proyectos profesionales y retos deportivos eran comentados y sus looks siempre eran objeto de estudio. Así se conoció la existencia de James Matthews, con el que había mantenido un breve romance en 2012 y tres años después había retomado una historia de amor que sí terminaría en boda.
James Matthews, el novio que llegaba con una historia propia
James Matthews a su vez también era un personaje interesante. Su abuelo había sido minero y mecánico, su padre comenzó a meter la cabeza en el séctor de los hoteles de lujo y él, el cuñado d la princesa de Gales, había sido piloto de carreras de forma profesional, con notable éxito en el Reino Unido, hasta descubrir que como corredor de bolsa en la City de Londres era todavía mejor. Con el nuevo milenio fundó Eden Rock Group, una firma que aglutina el patrimonio familiar (entre ellos un espectacular hotel de lujo en St.Barths) y combina la inversión de capital propio con asesoramiento a terceros, incluyendo fondos de pensiones, family offices y personas de alto patrimonio.
Por si fuera poco, como hermano mayor, James Matthews es el heredero del título feudal escocés de Laird de Glen Affric, que viene aparejado a la titularidad de una región de las Tierras Altas de Escocia que el suegro de Pippa compró en el año 2008. Eso sin olvidar que en el 2020 pudo retomar su pasión por la velocidad de algún modo cuanddo fue nombrado miembro del consejo de administración de Williams Grand Prix Engineering, escudería de Fórmula 1.
Con esos antecedentes, tanto por el vínculo directo con la monarquía como por los círculos de ambas familias, la boda se esperaba como un evento casi real y de enorme impacto mediático. Sin embargo, entoces había surgido un personaje que lo acaparaba todo: Meghan Markle. En las semanas previas a la boda de Pippa y James, uno de los temas más comentados era la posible presencia de la nueva novia de Harry, no se les había visto juntos pero ya se sabía, por boca del propio Harry, que esta relación iba en serio. Tanto fue así que Pippa se casó en mayo de 2017 y los Sussex en mayo de 2018.
Meghan Markle recibió una invitación a medias y la novia brilló sin interferencias
En esta situación la gestión del protagonismo se convirtió en un asunto central y los Middleton optaron por una una coreografía muy precisa para que la novia brillara sin interferencias. Meghan Markle no fue invitada a la ceremonia privada, aunque sí pudo acompañar al príncipe Harry en la fiesta posterior que se celebró para 300 invitados en la imponente mansión de estilo georgiano y con muchos jardines que los Middleton compraron en la localidad de Bucklebury en el año 2012, un año después de que Kate y Guillermo pasaran por el altar.
Entonces, para explicar la ausencia de Meghan, se desempolvó una frase muy del gusto de Isabel II: "No ring, no bring". Una norma de etiqueta nupcial donde los invitados solo pueden llevar a su pareja si están casados o comprometidos. Sin embargo, ese día en la iglesia estaba Eugenia de York con Jack Brooksbank, cuando no estaban comprometidos, y James Middleton con Donna Air, con la que rompería en cuestión de meses.
Por otro lado, la imagen central que se pontenció de esa boda en la iglesia St Mark de Englefield, un templo precioso del siglo XII, rodeado de campiña inglesa y que nada tiene que envidiar a las que tienen los Windsor dentro de sus propios terrenos, fue la de la duquesa de Cambridge y sus dos hijos, los príncipe George y Charlotte, que le dieron un aire, tan adorable como institucional, a la boda.
Los Cambridge como imagen central
El príncipe George tenía tres años y la princesa Charlotte dos, estaban en una edad preciosa pero complicada para mantener la disciplina de un cortejo nupcial, allí se pudo ver a Kate, como madre y como hermana liderando el cortejo nupcial, exactamente igual que Pippa había hecho para ella. Sin olvidar que esos niños, vestidos por una firma española, además de sobrinos de la novia, eran entonces el tercero y la cuarta en la línea sucesoria al trono británico. Minutos antes de su llegada se había visto acceder al interior de la iglesia a María Teresa Turrión Borrallo, la niñera española de los príncipes, con un uniforme oficial -el de la escuela en la que estudió, el prestigioso Norland College- que ahora no llama la atención pero entonces fue muy comentado.
La entonces duquesa de Cambridge estuvo fabulosa con un vestido de gasa en tono rosa empolvado a tono con el lazo que llevaba la princesa Charlotte en la cintura y también con el decorado floral de la iglesia, romanticismo británico de manual. Decir que la princesa de Gales iba impecable es poco anecdótico ya que es infalible, pero haciendo un ánalisis de lo que sucecidió después, es muy llamativo que Kate estrenara un vestido y un tocado para la boda de su hermana y no para la boda de lo Sussex, cuando optó por repetir o encargar -con esto siempre ha habido dudas- un vestido muy similar a uno que había lucido hasta en tres ocasiones. Con la guerra que estallo después, todo apunta a que Kate quisiera pasar por completo desapercibida en una boda que parece que no disfrutó, hay que recorar que Kate y Meghan habían discutido días antes por los vestidos de las niñas del cortejo nupcial, entre las que estaba la princesa Charlotte.
Pippa Middleton acertó con un precioso vestido de inspiración romántica del británico Giles Deacon y las joyas cobraron un especial significado, ya que ella eligió los mismos pendientes que llevó en las nupcias de su hermana mayor, cuando su imagen como dama de honor dio la vuelta al mundo. Un detalle que los Middleton encargaron a Robinson Pelhamy junto a los impresionantes pendientes de diamantes en forma de pera que la Duquesa de Cambridge lució para su gran día con el príncipe Guillermo. A Pippa tampoco le faltó la tiara, un diseño con forma de helecho realizada a mano por el mismo joyero británico y que siempre se ha pensado que fue también regalo de sus padres, Carole y Michael.
La boda de Pippa y James, que ahora tienen tres hijos y viven en una bucólica granja no exenta de polémicas, cumplió con todas las expectativas de una boda del año. El desfile de invitados, con los príncipes Guillermo y Harry llegando juntos y vestidos de un modo sorprendentemente parecido, y figuras como Roger Federer entre los asistentes, reforzó la idea de que, sin ser un enlace real todo lo parecía. Es más, los novios se marcharon en un Jaguar E-Type que es un icónico deportivo británico -calificado por Enzo Ferrari como "el coche más bello jamás realizado"- que fue el mismo modelo que un año después eligieron Harry y Meghan para llegar a la fiesta noctura que se celebró el día de su boda.















