Ver a un hijo completamente desmotivado, sin ganas de abrir un libro ni ilusión por su futuro, es una de las situaciones más frustrantes para cualquier familia. Detrás de ese "paso de estudiar" o "nada me interesa", rara vez hay pereza: casi siempre hay un profundo miedo a fallar y un gran vacío vocacional. En una etapa en la que todo se tambalea y les pedimos decidir su futuro demasiado pronto, muchos chicos y chicas pierden el rumbo y recurren a la desgana para protegerse.
Cristina Peralta, orientadora psicopedagógica y responsable del Servicio de Orientación Universitaria (SOU) de la Universidad CEU San Pablo, analiza por qué se apaga la motivación en la adolescencia, cómo saber si estamos ante un bache pasajero o una señal de alerta, y qué podemos hacer en casa para devolverles la confianza sin convertir cada charla en un juicio.
¿Es normal que los jóvenes pierdan el interés por los estudios en algún momento de su desarrollo?
Sí, y mucho más de lo que pensamos. La adolescencia es una etapa de cambios continuos, y a veces hay auténticas crisis en las que ellos lo cuestionan todo: quiénes son, qué quieren, para qué sirve lo que hacen... Y cuando todo se tambalea, los estudios suelen ser lo primero que se resiente. Esto no significa que sean vagos ni que vayan a dejarlo todo. Muchas veces es simplemente la forma en la que ellos expresan por fuera algo que se está moviendo por dentro.
¿Cómo distinguir entre una falta de motivación puntual y un problema más serio?
Creo que lo primero es reconocer que todos tenemos días malos. Hay semanas en las que rendimos menos en el trabajo y no por eso somos peores profesionales. A los adolescentes les pasa igual. El problema es que los padres solemos mirar solo las notas, y las notas cuentan una parte muy pequeña de la historia. Lo que conviene observar es si hay cambios en su comportamiento y en sus hábitos, y si eso se mantiene en el tiempo. Un suspenso o una mala racha de unos días suele ser un bache. Cuando el desinterés dura semanas e incluso meses, se extiende a otras áreas de su vida y deja de hacer cosas que antes le gustaban, ahí es cuando hay que prestar más atención.
El problema es que los padres solemos mirar solo las notas, y las notas cuentan una parte muy pequeña de la historia. Lo que conviene observar es si hay cambios en su comportamiento y en sus hábitos, y si eso se mantiene en el tiempo
¿Cuáles son las señales de alerta que indican que un adolescente está tirando la toalla con los estudios?
El hecho de que lo deje todo para después de forma constante, no de vez en cuando, sino siempre. Que rechace cualquier ayuda, aunque se le ofrezca con la mejor intención. Que hable de los estudios como algo que ya no tiene arreglo, que abandone aficiones o planes que antes le ilusionaban. Una sola de estas cosas no tiene por qué preocupar en exceso. Varias a la vez, sí pueden ser indicativo de un problema más grave.
¿Qué factores influyen más en la pérdida de interés académico: la familia, la escuela, las amistades o las redes sociales?
Depende mucho de cada uno. A estas edades, las relaciones con los amigos suelen ocupar un lugar central, por lo que, cuando algo no va bien en este ámbito, puede acabar afectando a otras áreas de la vida. Es difícil concentrarse en un examen cuando uno se siente solo en clase, del mismo modo que un ambiente complicado en casa puede hacer que otras cosas que antes funcionaban empiecen a tambalearse. Las redes sociales y los videojuegos también pesan, aunque yo los veo más como una vía de escape que como la causa. Cuando un adolescente se pasa horas con el móvil o con la consola, merece la pena preguntarse de qué está huyendo.
¿Puede un exceso de exigencia por parte de los padres provocar rechazo hacia los estudios?
Sin duda. A veces no nos damos cuenta y les transmitimos un mensaje muy peligroso: “Vales lo que vale tu nota”. Y cuando esto se lo creen, cada examen se convierte en un juicio sobre ellos mismos. Por eso, a veces es normal que acaben rechazando algo que les hace sentir así.
Dicho esto, creo exigir no es malo, dentro de un orden. La clave está en exigir esfuerzo, no resultados perfectos, y en dejar claro que el cariño no depende de las notas.
¿Es preocupante que un adolescente no tenga claro qué quiere estudiar o a qué quiere dedicarse?
Para nada, de hecho, creo que es lo normal. Muy pocos adolescentes tienen una vocación clara desde el principio, y quien la tiene suele ser la excepción. En algunas ocasiones eligen sus estudios sin tener muy claro cómo es esa profesión en el día a día, otras veces, se ven influidos por las expectativas familiares.
Por eso considero importante que puedan tomar contacto con profesionales antes de decidir: buscar asesoramiento y orientación vocacional y, si tienen oportunidad, acercarse a entornos laborales para conocer mejor las profesiones. Aun así, hay veces que se equivocan y, aunque nos cueste, tenemos que permitir que esto suceda y lejos de verlo como un fracaso, tenemos que intentar tomarlo como un aprendizaje.
Con 15 o 16 años ya tienen que elegir itinerario. A esa edad muchos todavía no se conocen lo suficiente, ni tienen la madurez para tomar una decisión que les va a marcar varios años
¿Estamos pidiendo a los jóvenes que decidan demasiado pronto su futuro profesional?
Creo que sí. Con 15 o 16 años ya tienen que elegir itinerario. A esa edad muchos todavía no se conocen lo suficiente, ni tienen la madurez para tomar una decisión que les va a marcar varios años. También creo que no es culpa suya, el sistema les pide decidir antes de que hayan tenido tiempo de descubrir qué se les da bien y qué les gusta de verdad. Por eso es tan importante quitarle peso a esa elección.
¿Qué deben hacer los padres cuando ven que su hijo ha perdido completamente el interés por los estudios?
Lo primero, escucharle. Después, ayudarle a conocer todas las opciones. Y, sobre todo, no presionarle para que siga un camino en el que no se siente cómodo. Cuando son empujados hacia algo que no quieren suelen terminar abandonándolo, solo que más tarde y con mayor frustración.
¿Cómo mantener una buena comunicación cuando las conversaciones sobre los estudios acaban siempre en discusión?
En casa, creo que la clave es escuchar y aconsejar, pero nunca imponer. Elegir bien el momento también ayuda: una charla en el coche o dando un paseo suele ir mucho mejor que sentarle en el salón y decirle “tenemos que hablar”.
Pedir ayuda a una tercera persona también suele funcionar, el departamento de orientación del colegio, los servicios de orientación de las universidades e incluso un profesor o tutor con el que se lleve bien. A veces escuchan más a otros adultos que a sus propios padres.
La desgana funciona como una armadura, si no lo intentas, nadie puede decir que no fuiste capaz. Por eso, en lugar de discutir sobre si los estudios sirven o no, suele ser más útil preguntarle qué es lo que le preocupa
Cuando un adolescente dice "no quiero estudiar más" o "esto no me sirve para nada", ¿qué mensaje suele haber detrás de esa aparente desgana?
Muchas veces, hay miedo. Un miedo enorme a fracasar. Es más fácil decir “no me interesa” que reconocer que tienen miedo a esforzarse y que no salga bien. La desgana funciona como una armadura, si no lo intentas, nadie puede decir que no fuiste capaz. Por eso, en lugar de discutir sobre si los estudios sirven o no, suele ser más útil preguntarle qué es lo que le preocupa.
¿Cómo se acompaña a un estudiante que está completamente descolgado para que empiece a recuperar la confianza paso a paso?
Con paciencia... Hay que darle tiempo, escucharle sin juzgar y ofrecerle recursos concretos (apoyo en las asignaturas que más le cuestan, técnicas para organizarse, alguien con quien hablar). Es importante que se plantee metas pequeñas y alcanzables. En lugar de “este trimestre tienes que aprobarlo todo" quizás es mejor ver las cosas semana a semana. Cada pequeño logro le demuestra que sí puede, y eso vale más que cualquier charla que le podamos dar.
¿Cuándo la desmotivación escolar deja de ser un bache académico y se convierte en un síntoma de depresión, acoso escolar o ansiedad que exige intervención terapéutica profesional?
En el momento en el que vemos que le cuesta gestionar emocionalmente lo que le está pasando, que la situación le supera. Cuando deja de disfrutar de cosas que antes le gustaban, se aísla de sus amigos, duerme o come mucho más o mucho menos de lo habitual, o le notamos más triste o irritable. Si además aparecen excusas constantes para no ir a clase, o cambios bruscos con su grupo de amigos, conviene revisar otras posibles causas y pedir ayuda profesional.






