La psicóloga Lara Ferreiro analiza la huella de 'Compañeros', ahora que la serie vuelve: "Personajes como Valle y Quimi funcionaban como figuras de identificación y proyección"


Los personajes del colegio Azcona marcaron a toda una generación de adolescentes y jóvenes, que ahora tendrán la posibilidad de reencontrarse con sus protagonistas


'Compañeros' vuelve 25 años después con Quimi y Valle como protagonistas: así han cambiado sus vidas© Atresmedia
29 de septiembre de 2026 a las 18:08 CEST

Hubo un tiempo en el que los pasillos del colegio Azcona no solo pertenecían a Quimi y Valle, sino a toda una generación de jóvenes que descubría, a través de la pantalla, lo que significaba crecer, enamorarse y romper las reglas. A finales de los 90 y principios de los 2000, la serie de Antena 3 Compañeros se transformó en un auténtico fenómeno sociocultural, un espejo en el que millones de adolescentes aprendieron a nombrar sus primeras turbulencias emocionales, a refugiarse en la lealtad incondicional de la pandilla y a lidiar con tabúes que la televisión rara vez se atrevía a tocar. 

Hoy, un cuarto de siglo después, aquel recuerdo vuelve a cobrar vida con el esperado regreso de la ficción de Antena 3. Eva Santolaria y Antonio Hortelano volverán a ponerse en la piel de sus icónicos personajes para mostrarnos qué ha sido de Quimi y Valle, convertidos ya en dos adultos de más de 40 años. Ante la enorme expectación que suscita este reencuentro, analizamos junto a la psicóloga Lara Ferreiro la huella imborrable que dejó la serie en la juventud de la época: por qué nos fascinaba aquel amor apasionado y rebelde, cómo moldeó la pandilla nuestro concepto de amistad y qué buscamos hoy los adultos al reencontrarnos con los referentes y las promesas de nuestra propia adolescencia.  

Lara Ferreiro, psicóloga© Víctor Durán
Lara Ferreiro, psicóloga

Compañeros retrató a una juventud con dinámicas muy específicas de finales de los 90. ¿Qué necesidades emocionales o de desarrollo satisfacían personajes como Valle y Quimi en los adolescentes de la época?

Personajes como Valle y Quimi podían cumplir una función muy importante para los adolescentes de finales de los 90 porque representaban, de una forma bastante cercana, muchos de los procesos emocionales y evolutivos propios de esa etapa.

La adolescencia es un periodo especialmente marcado por la construcción de la identidad. El joven empieza a preguntarse quién es, cómo quiere ser visto por los demás y cuál es su lugar dentro del grupo. En ese sentido, personajes como Valle y Quimi funcionaban como figuras de identificación y proyección. Los adolescentes podían reconocer en ellos emociones, inseguridades, conflictos y formas de relacionarse que también estaban viviendo en su propia vida.

Valle, por ejemplo, podía conectar con aspectos relacionados con la autoestima, la necesidad de aceptación y la búsqueda de validación externa. Durante la adolescencia, el autoconcepto todavía se está consolidando y la opinión de los iguales adquiere muchísimo peso. Por eso, sentirse querido, atractivo, aceptado o valorado por el grupo puede influir de forma muy intensa en el estado emocional. Valle mostraba esa mezcla de aparente seguridad y vulnerabilidad que es muy característica de esta etapa: querer mostrarse fuerte mientras internamente se experimentan dudas, miedo al rechazo o necesidad de reconocimiento.

Quimi, en cambio, representaba mejor la necesidad de autonomía, diferenciación y transgresión. La adolescencia implica un proceso de separación psicológica respecto a las figuras adultas y una necesidad creciente de construir una identidad propia. La rebeldía, el cuestionamiento de las normas o la búsqueda de límites forman parte de ese proceso. Un personaje como Quimi podía permitir al espectador identificarse con esa parte más impulsiva o desafiante sin necesidad de actuarla directamente en su propia vida. Es lo que en psicología podríamos entender también como una forma de identificación vicaria: experimentar determinadas conductas, emociones o conflictos a través de otro.

También era muy importante la relación entre ambos. Las primeras relaciones amorosas tienen un enorme impacto en el desarrollo emocional porque en ellas aparecen con mucha fuerza cuestiones como el apego, el miedo al abandono, los celos, la dependencia emocional, la necesidad de reciprocidad y la tolerancia a la frustración. A través de Valle y Quimi, los adolescentes podían observar cómo se gestionaban (mejor o peor) todas estas emociones. Esto les permitía elaborar sus propias experiencias afectivas y poner nombre a sentimientos que, en muchos casos, estaban experimentando por primera vez.

Además, la serie daba mucha importancia al grupo de iguales. En la adolescencia, el grupo funciona como un espacio fundamental de pertenencia y validación. Los amigos se convierten en una referencia emocional muy importante y ayudan a construir la identidad social. Formar parte del grupo, sentirse incluido y compartir códigos comunes puede ofrecer una sensación de seguridad psicológica que en esa etapa resulta especialmente necesaria. Personajes como Valle y Quimi no se entendían de manera aislada, sino dentro de una red de relaciones que reflejaba muy bien esa necesidad de pertenecer.

También creo que había un componente de regulación emocional. Ver a personajes atravesar conflictos similares a los propios podía generar una sensación de normalización: “Esto que me pasa no me ocurre solo a mí”. Esa identificación puede reducir sentimientos de aislamiento y ayudar al adolescente a integrar emociones intensas como la tristeza, la rabia, la inseguridad o el enamoramiento. En ese sentido, la ficción podía actuar como un espacio seguro desde el que explorar emociones sin tener que exponerse directamente.

En la adolescencia, el grupo funciona como un espacio fundamental de pertenencia y validación. Los amigos se convierten en una referencia emocional muy importante y ayudan a construir la identidad social

Lara Ferreiro, psicóloga

La pareja protagonista encarnaba el mito del chico rebelde y la chica idealista. Desde la psicología, ¿por qué este modelo de relación resulta tan atractivo en la etapa adolescente y qué impacto puede tener en la construcción de las expectativas amorosas?

El modelo del “chico rebelde” y la “chica idealista” es atractivo en la adolescencia porque conecta con varias necesidades emocionales propias de esta etapa: la búsqueda de identidad, la intensidad emocional, la necesidad de sentirse especial y el deseo de vivir experiencias que rompan con lo cotidiano.

En la adolescencia, las relaciones amorosas suelen vivirse con mucha intensidad porque todavía se están construyendo los primeros modelos afectivos. El enamoramiento puede sentirse de una forma muy absoluta y, en ese contexto, una relación marcada por la oposición de caracteres, los conflictos y las reconciliaciones puede resultar especialmente estimulante. La novedad y la imprevisibilidad aumentan la activación emocional, y esa intensidad puede confundirse fácilmente con profundidad afectiva.

La figura del chico rebelde suele representar autonomía, transgresión y desafío a las normas, características que pueden resultar atractivas en un momento vital en el que el adolescente también está intentando diferenciarse de sus padres y construir una identidad propia y, además, atraen más los hombres malos que los buenos por la idea de que le vas a reconvertir. La chica idealista, suele tener el síndrome de la salvadora o Wendy. suele encarnar la sensibilidad, la confianza en el vínculo y la expectativa de que el amor puede transformar al otro. Esa combinación alimenta una narrativa muy potente: la idea de que una persona conflictiva puede cambiar gracias al amor de alguien que “ve algo bueno” en ella.

En este tipo de vínculo entra en juego la fantasía de ser una persona única o especial para el otro. Pensar “con los demás es de una manera, pero conmigo será distinto” puede reforzar mucho el vínculo emocional. Durante la adolescencia, cuando la autoestima y el autoconcepto todavía se están consolidando, sentirse elegido o sentir que uno tiene la capacidad de transformar al otro puede proporcionar una fuerte sensación de valor personal.

También intervienen los procesos de identificación y aprendizaje vicario. Los adolescentes no construyen sus expectativas amorosas únicamente a partir de sus propias experiencias, sino también observando las relaciones de su entorno y las representadas en la ficción. Si determinadas narrativas muestran de forma repetida que los celos, las discusiones constantes, la incertidumbre o el sufrimiento son signos de un amor intenso, estas conductas pueden empezar a asociarse con una relación romántica “auténtica”.

Además, durante la adolescencia existe una cierta tendencia a la idealización amorosa. Las primeras relaciones suelen construirse con menos experiencias previas con las que comparar y, por tanto, es más fácil desarrollar expectativas muy elevadas sobre lo que significa enamorarse. La ficción puede reforzar la idea de que el amor verdadero debe ser apasionado, complicado y capaz de superar cualquier obstáculo.

Quimi y Valle lograrón enamorarnos en 'Compañeros'© Globomedia
Quimi y Valle lograron enamorarnos en 'Compañeros'

La "pandilla" del Azcona era un núcleo casi familiar para los personajes. ¿Cómo influyó este modelo de amistad en la forma en que los jóvenes de los 90 entendían la lealtad y el sentido de pertenencia?

La “pandilla” del Azcona funcionaba casi como una segunda familia para los personajes. Para muchos adolescentes de los 90, este tipo de grupo podía reforzar la idea de que los amigos no eran solo compañeros con los que pasar el tiempo, sino personas capaces de ofrecer apoyo, protección y una sensación muy fuerte de pertenencia.

Durante la adolescencia, el grupo de iguales adquiere una importancia enorme porque ayuda a construir la identidad social. El joven empieza a definirse también a través de preguntas como “¿con quién encajo?”, “¿quiénes son los míos?” o “¿qué lugar ocupo dentro del grupo?”. La pandilla representaba muy bien esa necesidad de sentirse parte de algo, compartiendo códigos, secretos, conflictos y experiencias comunes.

Esto se relaciona con la identidad grupal, es decir, con la parte de nuestra identidad que se construye a partir de los grupos a los que pertenecemos. Cuando un adolescente se siente integrado, ese vínculo puede reforzar su autoestima y darle seguridad emocional. Por eso, una pandilla tan cohesionada como la del Azcona podía resultar especialmente atractiva: transmitía la idea de que, incluso en los momentos difíciles, había un grupo que seguía estando ahí.

También se reforzaba una idea muy concreta de lealtad. Ser buen amigo significaba acompañar, guardar secretos, defender al otro y no desaparecer cuando surgían problemas. Para muchos jóvenes, esta representación podía contribuir a asociar la amistad con valores como el compromiso, la fidelidad y la reciprocidad.

Al mismo tiempo, este modelo también podía tener una parte más compleja. Cuando la lealtad se entiende de forma demasiado rígida, puede confundirse con justificar cualquier comportamiento del grupo o pensar que poner límites equivale a traicionar. En la adolescencia, donde la opinión de los iguales pesa mucho, esto puede favorecer situaciones de conformidad grupal, es decir, actuar de una determinada manera para no sentirse excluido.

La necesidad de pertenecer puede llevar a un adolescente a cambiar una opinión, una conducta o incluso una decisión para mantener la aceptación del grupo. Por eso, la pandilla transmitía dos ideas a la vez: por un lado, el valor del apoyo y la protección emocional; por otro, la dificultad de mantener la propia individualidad cuando el grupo ejerce mucha influencia.

También reflejaba algo muy característico de las amistades adolescentes: la intensidad emocional. Los amigos pueden convertirse en confidentes principales y en las personas con las que se comparten preocupaciones, miedos o experiencias que muchas veces no se hablan con la familia. Esa cercanía favorece la intimidad entre iguales, una parte muy importante del desarrollo emocional.

En los años 90, además, ese sentimiento de pertenencia tenía un componente especialmente presencial. Las relaciones se construían en espacios compartidos como el instituto, el barrio, los parques o los lugares habituales de encuentro. Estar físicamente juntos tenía mucho peso, y eso hacía que la pandilla ocupara un lugar central en la vida cotidiana. Desgraciadamente, ahora los adolescentes están aislados con sus móviles sin interactuar con sus iguales, metidos en las redes sociales, sin conectar entre ellos físicamente. Una pena.

Ser buen amigo significaba acompañar, guardar secretos, defender al otro y no desaparecer cuando surgían problemas

Lara Ferreiro, psicóloga

Compañeros no esquivaba problemas sociales complejos. ¿Hasta qué punto la ficción televisiva sirvió como una herramienta de educación emocional o de apertura de debates entre padres e hijos?

Compañeros podía tener un papel bastante importante como herramienta de educación emocional porque acercaba a los adolescentes conflictos que muchas veces resultaban difíciles de hablar directamente en casa. Al verlos representados en personajes cercanos y en situaciones cotidianas, temas como el acoso, la violencia, las drogas, la sexualidad, los problemas familiares o el rechazo dejaban de ser algo abstracto y se convertían en experiencias concretas sobre las que era más fácil opinar y conversar.

La ficción puede actuar como una especie de mediador emocional. A veces resulta más sencillo hablar de “lo que le está pasando a un personaje” que reconocer de forma directa “esto me está pasando a mí”. Esa distancia permite abordar asuntos delicados con menos sensación de exposición. En ese sentido, una serie podía abrir conversaciones entre padres e hijos que probablemente no habrían surgido de forma espontánea.

También podía favorecer la alfabetización emocional, es decir, aprender a identificar y poner nombre a emociones, comprender por qué aparecen y observar distintas formas de gestionarlas. Cuando un adolescente ve a un personaje sintiendo miedo, culpa, vergüenza, rabia o frustración, puede reconocer esas emociones en sí mismo y entender que forman parte de experiencias humanas comunes.

Otro mecanismo importante es el aprendizaje vicario. Aprendemos no solo a través de lo que nos ocurre directamente, sino también observando cómo actúan otras personas y qué consecuencias tienen sus decisiones. Una serie como Compañeros podía ofrecer distintos modelos de conducta: personajes que pedían ayuda, otros que ocultaban sus problemas, algunos que reaccionaban impulsivamente y otros que buscaban apoyo. El espectador podía observar esas respuestas y elaborar sus propias conclusiones.

Además, la televisión de aquella época tenía un componente especialmente compartido. Muchas familias veían los mismos programas en el salón de casa, lo que facilitaba que una escena concreta generara comentarios, preguntas o incluso desacuerdos. Ese visionado conjunto podía convertirse en una oportunidad para que los padres conocieran mejor cómo pensaban sus hijos y para que los adolescentes escucharan otras perspectivas sobre cuestiones que les preocupaban.

Sin embargo, la ficción no sustituye a una educación emocional adecuada. Su efecto depende mucho de cómo se interprete lo que aparece en pantalla. Si un conflicto complejo se simplifica demasiado o determinadas conductas se presentan sin consecuencias claras, el mensaje puede ser ambiguo. Por eso, el acompañamiento adulto y la conversación posterior tienen un papel importante: no se trata únicamente de ver una historia, sino de poder hablar sobre lo que plantea.

También hay que tener en cuenta el efecto de identificación. Cuanto más cercano siente el espectador a un personaje, mayor puede ser su implicación emocional con lo que le sucede. En adolescentes, esta identificación puede ser especialmente intensa y hacer que determinados temas sociales dejen de percibirse como problemas lejanos. Verlos encarnados en personajes conocidos facilita la empatía y puede ayudar a comprender situaciones que uno no ha vivido personalmente.

Al tratar dinámicas intensas o dramáticas entre adolescentes, ¿dónde está la línea entre generar empatía o concienciación y normalizar conductas de riesgo o relaciones de dependencia emocional?

La línea está, sobre todo, en cómo se cuenta la conducta y qué consecuencias tiene dentro de la historia. Mostrar una relación conflictiva, una conducta de riesgo o una situación de dependencia emocional no implica necesariamente normalizarla. De hecho, puede servir para generar empatía y ayudar al espectador a reconocer señales que quizá no identificaría en su propia vida. El problema aparece cuando esas dinámicas se presentan de forma atractiva, romántica o incluso deseable sin mostrar claramente el sufrimiento, los límites o las consecuencias que pueden generar.

Un concepto importante aquí es la normalización. Cuando una conducta aparece de manera repetida y se integra dentro de una relación sin ser cuestionada, el espectador puede empezar a percibirla como algo habitual o incluso esperable. Por ejemplo, si los celos constantes, el control o las rupturas y reconciliaciones continuas se asocian siempre con una relación “muy apasionada”, se puede acabar transmitiendo la idea de que el amor intenso necesariamente tiene que ser inestable.

En las relaciones de dependencia emocional, una señal especialmente delicada es cuando el vínculo se presenta como imprescindible para el bienestar personal. Frases o dinámicas del tipo “sin ti no soy nada”, “solo tú puedes salvarme” o “si me quisieras, harías esto por mí” pueden reforzar la idea de que amar significa renunciar a los propios límites. Ahí la ficción corre el riesgo de confundir intensidad emocional con vínculo saludable.

Otro factor es la idealización del sufrimiento amoroso. Cuando el dolor, los celos o la inestabilidad se convierten en pruebas de amor, se puede construir un guion afectivo poco realista. En la adolescencia, cuando todavía se están formando muchas expectativas sobre las relaciones, este tipo de narrativas puede influir especialmente porque hay menos experiencias previas con las que comparar.

La diferencia entre concienciar y normalizar también está en si la historia ofrece perspectiva crítica. Una serie puede mostrar personajes que toman malas decisiones, pero es importante que el relato permita entender que esas decisiones tienen un coste emocional o social. No es necesario moralizar, pero sí evitar que determinadas conductas queden presentadas como inevitables, atractivas o románticas por sí mismas.

Eva Santolaria y Antonio Hortelano en 2001© GTRES
Eva Santolaria y Antonio Hortelano en 2001

La nueva entrega recupera a los personajes rondando los 40 años. ¿Por qué nos genera tanta expectación ver cómo han envejecido los referentes de nuestra juventud? ¿Qué buscamos psicológicamente en este tipo de "reencuentros"?

Creo que ver de nuevo a personajes que formaron parte de nuestra adolescencia nos toca mucho más de lo que pensamos, porque no solo sentimos curiosidad por saber cómo han envejecido ellos. En realidad, también estamos mirando hacia una etapa muy concreta de nuestra propia vida.

Cuando reaparecen personajes que veíamos con 15, 16 o 20 años, es muy fácil que se activen recuerdos de quiénes éramos entonces, con quién veíamos la serie, qué nos preocupaba o incluso de quién estábamos enamorados. Ahí entra en juego la memoria autobiográfica, que es la memoria que guarda experiencias relacionadas con nuestra propia historia personal.

También aparece la nostalgia, pero no necesariamente entendida como tristeza por el pasado. Muchas veces funciona como una forma de reconectar con una versión anterior de nosotros mismos. Cuando vemos de nuevo a Valle, Quimi o cualquier personaje que fue importante para nosotros, inevitablemente hacemos una comparación: “Ellos han cambiado, pero yo también”.

Y ahí está una de las claves de estos reencuentros. No buscamos únicamente saber qué ha sido de los personajes. También queremos comprobar qué queda de aquella persona que éramos cuando los veíamos. En cierto modo, ellos funcionan como una especie de marcador del tiempo.

Además, hay algo muy humano en querer saber “cómo siguió la historia”. Cuando una serie termina, los personajes quedan congelados en nuestra memoria con una edad y una personalidad determinadas. Verlos 20 o 25 años después rompe esa imagen y nos permite comprobar si sus vidas evolucionaron como imaginábamos.

También buscamos una cierta continuidad emocional. Nos resulta reconfortante reconocer gestos, formas de hablar o rasgos de personalidad que siguen ahí, aunque los personajes hayan envejecido. Es como recibir la confirmación de que se puede cambiar mucho sin dejar de ser completamente quien uno era.

¿Cómo gestionamos los adultos la brecha entre las expectativas que teníamos de jóvenes y la realidad de la vida adulta a los 40 años?

El síndrome de la impostora puede aparecer, como que no van a estar a la altura. Llegar a los 40 supone, muchas veces, hacer una especie de revisión silenciosa de la propia vida. No necesariamente porque exista una crisis, sino porque aparece con más claridad la distancia entre lo que imaginábamos de jóvenes y lo que finalmente ha ocurrido. A los 20 podemos pensar que a cierta edad tendremos una pareja estable, hijos, una profesión concreta, seguridad económica o una vida más “resuelta”. Cuando algunas de esas expectativas no se cumplen, puede aparecer una sensación de desajuste.

También pesan mucho los llamados mandatos sociales. No todas las expectativas que teníamos de jóvenes eran realmente nuestras. Algunas venían marcadas por el entorno: “a esta edad ya debería tener casa”, “debería haber formado una familia”, “debería haber llegado más lejos profesionalmente”. El problema aparece cuando convertimos esos “debería” en una medida de nuestro valor personal. Podemos acabar evaluando nuestra vida según un calendario que quizá nunca elegimos conscientemente.

Todos podemos mirar hacia atrás y pensar qué habría pasado si hubiéramos elegido otra carrera, seguido con determinada pareja, aceptado aquel trabajo o tomado una dirección diferente. Esto se relaciona con el pensamiento contrafactual, esa tendencia a imaginar versiones alternativas de nuestra vida a partir del “¿y si hubiera…?”. En pequeñas dosis puede ayudarnos a aprender de la experiencia, pero cuando se vuelve repetitivo puede alimentar arrepentimiento y una visión demasiado idealizada de los caminos que no tomamos.

Además, hay una trampa importante: cuando pensamos en la vida que no vivimos, solemos imaginar sobre todo sus aspectos positivos. Pensamos “si hubiera tomado aquella decisión seguramente habría sido más feliz”, pero no podemos conocer los problemas, pérdidas o dificultades que también habría traído esa otra opción. En cierto modo, comparamos nuestra vida real, con todas sus imperfecciones, con una vida alternativa que solo existe en nuestra imaginación y que hemos construido sin sus partes negativas.

A esta edad también puede producirse una reevaluación de las prioridades. Cosas que a los 20 parecían fundamentales pueden perder importancia. En cambio, empiezan a pesar más la calidad de los vínculos, la tranquilidad, la salud, el tiempo propio o la sensación de que la vida que llevamos tiene sentido. Esto no significa resignarse, sino reajustar las expectativas a partir de una identidad más madura y de una mayor experiencia.

El miedo a decepcionar también cambia. De jóvenes solemos preocuparnos mucho por decepcionar a nuestros padres, profesores o personas cercanas. Con los años puede aparecer otro miedo quizá más complejo: decepcionarnos a nosotros mismos. Surge la pregunta de si hemos sido fieles a lo que queríamos o si hemos ido tomando decisiones por comodidad, miedo o necesidad.

Pero la adultez también ofrece algo que no suele tenerse con 20 años: perspectiva. Podemos empezar a entender que una vida satisfactoria no tiene por qué parecerse a la que habíamos imaginado. Algunas expectativas necesitan ser abandonadas, otras modificadas y otras incluso pueden recuperarse de una manera diferente. A esto se le puede llamar flexibilidad psicológica: la capacidad de adaptarnos a lo que la realidad nos presenta sin renunciar necesariamente a aquello que sigue siendo importante para nosotros.