Adolescentes: cómo superar la presión de grupo.©AdobeStock

Adolescentes

Consejos para que tu hijo supere superar la presión de grupo

Llegada la adolescencia, los amigos pueden ejercer una gran influencia sobre los comportamientos del resto. Es importante identificar las conductas erróneas y saber decir que no.

Cuando el niño llega a la adolescencia, puede comenzar un periodo de intensa individualidad en el que necesita alejarse de sus padres para reconocerse en sus iguales. Se acerca mucho más, en este caso, a sus amigos. Así, estamos ante una etapa en la que ya no serán los progenitores los que ejerzan la máxima influencia sobre él, sino su grupo de amigos.

La situación puede moverse tanto para el lado positivo como para el lado negativo. En el último caso, hay chicos que sabrán resistirse y decidir por ellos mismos, y otros que se dejarán arrastrar. ¿Qué se puede hacer para enseñarles a no ceder a la presión del grupo?

Presión positiva y presión negativa

“El ejemplo arrastra, y en la adolescencia es muy importante el ejemplo de sus iguales”, indica Sonia López Iglesias, psicopedagoga, maestra y formadora de familias (www.sonialopeziglesias.blogspot.com.es). “Si sus amigos estudian y hacen deporte es fácil que se dejen arrastrar, pero también que si tienen actividades de riesgo como consumo de alcohol y tabaco, pequeños robos en tiendas o uso indebido de algún medio de transporte como el patinete eléctrico, ellos también caigan”, explican.

Necesitan sentirse identificados con el resto del grupo, por lo que van uniéndose a los chicos con los que comparten intereses, pero, además, actúan así porque en la adolescencia quieren experimentar y probar los límites y no son conscientes del riesgo ni del peligro que corren.

Aunque la influencia máxima viene de sus iguales, los padres siguen siendo una referencia muy importante. “Hay que intentar ser el modelo. Si en esa etapa en la que la mayoría abandona el deporte ven que sus padres lo practican, es una ayuda para que no lo dejen. No siempre nos escuchan, pero siempre nos miran ”, subraya la experta.

Sucede igual con el alcohol. Esto no significa que si los padres no beben sus hijos no van a beber nunca; puede haber consumo, pero ya tienen otro modelo de diversión alternativo.

¿Prohibir o acompañar?

Cuando llegan a la adolescencia, el trabajo educativo como padres ya debería estar hecho para que los jóvenes pudieran decidir por sí mismos. “No podemos prohibir, pero sí acompañar”, recomienda la formadora de familias.

Pensemos en un caso concreto: el adolescente tiene amigos que no son del agrado de los padres; por ejemplo, porque fuman y beben alcohol. ¿Habría que prohibirle salir con ellos? “En principio hay que mostrar interés por conocer a sus amigos y a sus familias y abrir tu casa para que puedan estar ahí; es la manera de identificar posibles cosas que no te gustan”, recomienda Sonia López Iglesias.

El objetivo es educarlos para la responsabilidad y poner límites consensuados que hay que cumplir; si los conocen desde pequeños, es más fácil salir airosos de estas situaciones. “Lo ideal es que ellos mismos se pregunten por qué esa relación con ese amigo no es conveniente para ellos”, resalta.

Grupo de adolescentes con las manos unidas©AdobeStock

Prepararlos desde pequeños

El secreto para que, cuando llegan a la adolescencia, sean capaces de resistir a la presión de grupo (cuando esta es negativa), pasa por seguir unas pautas educativas desde que son pequeños. Estas son las que recomienda la experta:

  • Fomentar su autoestima y su seguridad. Es una de las mejores vías para que sepa negarse a comportamientos que no le convienen. Si tiene confianza en sí mismo, soportará mejor ser el “raro” por no beber ni fumar o alejarse en un momento determinado del resto.
  • Facilitarles mucha información. Mejor que prohibirles, es facilitarles toda la información de lo que suponen las conductas de riesgo. Si una vez que tienen esos datos se saltan las normas, habría que imponer consecuencias.
  • Forjar su propia opinión. Desde que son muy pequeños hay que darles espacio en “asambleas” familiares para que expresen lo que sienten y piensan. Han de saber que se les tiene en cuenta.
  • Darles confianza. Los hijos deben sentir que se confía en ellos y que si se equivocan tienen derecho a hacerlo, pues, a pesar de todo, van a contar con el amor incondicional de sus padres.
  • Reforzarlos positivamente. Cuando hacen algo bien, deben tener un refuerzo positivo (que no tiene por qué ser material). Esto es especialmente importante en la adolescencia cuando toman una decisión correcta, aunque sea en contra del sentir general del grupo de amigos.
  • Ofrecerles autonomía. Lo ideal es que sean ellos mismos los que se aparten del grupo cuando no están cómodos con sus actuaciones. Así, deberían decidir por ellos mismos y tener a los padres como apoyo, para lo que no hay que etiquetar a sus amigos ni hacerles reproches, sino escucharlos y moverlos a hacerse preguntas por sí mismos (”¿me conviene tener un amigo que roba en los supermercados?”).
  • Ser sinceros. Los padres pueden convertirse en un buen modelo al contarles su experiencia en la adolescencia, sin extenderse demasiado para no ser pesados, pero sí desde la comprensión de quien han pasado también por el mismo momento de deseo de experimentación que es esta etapa vital.

¿Aplicar castigos a esta edad?

Cuando la presión de grupo gana y el adolescente se deja llevar para implicarse en alguna actividad indebida, los padres deben reaccionar. “Los castigos no sirven de nada, pero sí debe haber consecuencias naturales y lógicas asociadas a lo que ha hecho mal”, indica Sonia López Iglesias.

¿Cuáles serían esas consecuencias naturales? Por ejemplo, “si viene borrachos, no tiene sentido quitarle el móvil un mes. La primera vez habría que explicarle el peligro para su salud y el riesgo de accidentes que pudiera haber corrido, y a la siguiente, decirle que si no pueden confiar en él tienen que restringir el horario de salida”.

Es importante también darles la oportunidad de explicar por qué lo han hecho, aunque en muchas ocasiones no querrán hablar, y acompañarles en todo ese proceso. “Si como adultos es difícil ser el raro, como adolescentes, mucho más”, concluye la experta.

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