La importancia del autocuidado en las madres, según una psicóloga: "Querer a alguien no implica estar permanentemente disponible para él"


María Jesús Andrés reflexiona sobre el sentimiento de culpa que sienten muchas mujeres cuando deciden dedicarse tiempo para ellas mismas


madre sonriente y resignada, sentada en la cama, junto con sus dos hijos pequeños© Getty Images
16 de septiembre de 2026 a las 7:32 CEST

Durante generaciones se ha instalado la idea de que ser una "buena madre" exige una dedicación absoluta y la abnegación total. Sin embargo, en medio del ritmo frenético del día a día, muchas mujeres acaban haciéndose la misma pregunta en silencio: “¿Dónde quedo yo entre extraescolares y deberes?”. Anteponer continuamente las necesidades ajenas no solo provoca un agotamiento extremo, sino que despierta culpa, frustración y la amarga sensación de haber desaparecido como persona.

La psicóloga María Jesús Andrés, Directora Fundadora de Psicomaster, analiza el alto coste emocional de esta expectativa del sacrificio incondicional y nos invita a redefinir el autocuidado. Lejos de ser un lujo o un acto egoísta, reservar un espacio propio es una necesidad básica de regulación emocional que beneficia directamente a toda la familia y se convierte en la mejor lección de vida para la salud mental de los hijos. 

María Jesús Andrés Pérez, Directora Fundadora de Psicomaster© Limbo Agency
María Jesús Andrés Pérez, Directora Fundadora de Psicomaster

Sociológicamente se ha instalado la idea de que ser "buena madre" equivale a la dedicación y la abnegación total. ¿Qué coste psicológico tiene para la mujer esta expectativa del sacrificio incondicional?

El problema es que hemos confundido el amor con la renuncia. Una madre puede querer profundamente a sus hijos sin desaparecer como persona, pero culturalmente todavía premiamos mucho a la mujer que se posterga: la que siempre está disponible, la que llega a todo, la que antepone sistemáticamente las necesidades de los demás a las suyas.

Cuando esto se prolonga, el coste no es solo cansancio. Pueden aparecer irritabilidad, sensación de pérdida de identidad, frustración, ansiedad e incluso un cierto resentimiento hacia una vida que, paradójicamente, quizá se ha elegido y se quiere. Y ese resentimiento genera todavía más culpa. Es un círculo bastante cruel: cuanto más te sacrificas para sentirte buena madre, menos espacio tienes para ser tú y peor puedes acabar sintiéndote.

La culpa suele aparecer en cuanto una madre intenta reservar un espacio para sí misma. ¿De dónde nace esta culpa y por qué cuesta tanto desmontarla?

Porque la culpa materna no nace únicamente de lo que hacemos, sino de lo que creemos que deberíamos hacer. Existe una imagen de la madre ideal que es psicológicamente imposible: paciente, disponible, amorosa, eficiente, presente y además feliz de serlo todo el tiempo. Cualquier distancia respecto a ese ideal puede vivirse como un fracaso. Por eso una mujer puede saber racionalmente que tiene derecho a salir a cenar, trabajar, hacer deporte o simplemente cerrar una puerta y estar sola, y aun así sentirse culpable. Desmontarlo exige entender algo importante: sentir culpa no significa necesariamente haber hecho algo malo. A veces significa simplemente haber incumplido una expectativa que llevamos años interiorizando.

madre cansada en la cocina, junto con sus tres hijos pequeños© Getty Images

Un hijo que ve a su madre cuidar de sus propias necesidades, ¿aprende también a gestionar sus propios límites en el futuro?

Sí, porque los niños aprenden muchísimo más de lo que observan que de lo que les explicamos. Si una madre puede decir “ahora necesito descansar”, “esto no puedo hacerlo” o “esta tarde tengo un plan”, está enseñando algo muy valioso: que querer a alguien no implica estar permanentemente disponible para él. También aprende que las necesidades propias y las ajenas pueden convivir. Eso será importante después en sus amistades, en sus parejas y en el trabajo. Una madre con límites no está enseñando egoísmo; está mostrando cómo se construyen relaciones en las que uno no necesita borrarse para querer al otro.

¿Qué consecuencias suelen aparecer cuando se mantiene esta sobreexigencia a lo largo del tiempo?

Al principio suele aparecer el cansancio y tendemos a normalizarlo. Después pueden llegar la irritabilidad, la dificultad para disfrutar, los problemas de sueño, la sensación de estar permanentemente en alerta o la impresión de que todo el mundo necesita algo de ti. Algunas mujeres dicen una frase muy reveladora: “No quiero que nadie me pida nada más”. No significa que hayan dejado de querer a su familia; muchas veces significa que llevan demasiado tiempo sin poder dejar de atender demandas. Si esa situación se cronifica puede favorecer problemas de ansiedad, síntomas depresivos o burnout parental. No toda madre agotada tiene un trastorno psicológico, por supuesto. A veces está agotada porque objetivamente sostiene demasiado.

Existe una imagen de la madre ideal que es psicológicamente imposible: paciente, disponible, amorosa, eficiente, presente y además feliz de serlo todo el tiempo. Cualquier distancia respecto a ese ideal puede vivirse como un fracaso

María Jesús Andrés, psicóloga

La sociedad suele asociar el autocuidado con un "lujo" (ir a un spa, un viaje). ¿Cómo redefinimos el autocuidado para entenderlo como una necesidad básica de regulación emocional?

Creo que hemos comercializado muchísimo la palabra autocuidado. Parece que cuidarse consiste en comprar algo, viajar o reservar una experiencia, cuando muchas veces es bastante menos fotogénico. Autocuidado es dormir suficientemente, comer con cierta tranquilidad, poder ir al médico, moverse, conservar relaciones adultas, disponer de algún tiempo propio o poder decir que no sin montar un consejo de ministros familiar. Incluso puede ser pedir ayuda antes de estar al límite. No es un premio que una mujer se concede cuando ya ha cumplido con todo, porque “todo” no se termina nunca. Es mantenimiento psicológico básico.

mujer tomando un té mientras lee un libro relajada en el sofá© Adobe Stock

A veces se confunde el autocuidado con "escapar" de la rutina (como mirar el móvil en piloto automático). ¿Qué diferencia a una pausa de evasión pasiva de una verdadera práctica de autocuidado que restaura la energía mental?

La diferencia se nota bastante bien después. Hay actividades que nos anestesian y otras que nos recuperan. Podemos pasar cuarenta minutos mirando el móvil porque estamos exhaustos y levantarnos todavía más dispersos, irritables o cansados. Eso no significa que mirar Instagram sea malo; significa que no todo lo agradable ni todo lo que nos distrae nos regula. Una pausa reparadora suele devolvernos algo: calma, concentración, energía, sensación de haber vuelto a nosotros mismos. Puede ser caminar, leer diez páginas, hacer ejercicio, hablar con alguien, escuchar música o simplemente estar veinte minutos sin atender ninguna demanda. Una pregunta sencilla ayuda mucho: “¿Después de hacer esto estoy mejor o solamente ha pasado el tiempo?”.

Le recomendaría diez o quince minutos para algo que pertenecía a su identidad antes de convertirse en la persona que organiza extraescolares: leer, escribir, llamar a una amiga, aprender algo, caminar sola, escuchar un disco

María Jesús Andrés, psicóloga

Les enseñamos a los niños a escuchar su cuerpo, a descansar cuando están cansados y a poner límites. ¿Qué impacto tiene en su aprendizaje que vean que las normas de autocuidado que les exigimos a ellos no las aplicamos con nosotros mismos?

Hay una contradicción que los niños perciben enseguida. Podemos decirles que descansen, que no tienen que ser perfectos y que deben expresar lo que necesitan, pero si ven a una madre exhausta diciendo continuamente “no pasa nada”, reciben otro mensaje: que de adulto cuidar significa aguantar. Y hay además una cuestión especialmente interesante con las niñas. Si una hija observa que el padre conserva espacios propios mientras la madre está siempre disponible para todos, también está aprendiendo algo sobre lo que significa ser mujer, aunque nadie se lo haya explicado. Los modelos familiares educan silenciosamente.

madre estresada en casa con sus tres hijos, hablando por teléfono© Adobe Stock

Muchas madres responden: "Es que físicamente no tengo tiempo". ¿Cómo se puede abordar la carga mental y la corresponsabilidad familiar para liberar ese espacio?

Lo primero es creerlas. A veces hablamos de autocuidado como si el problema fuera que una mujer no sabe organizarse y hay madres que, sencillamente, no tienen tiempo. No necesitan otra aplicación para gestionar mejor su agenda; necesitan sostener menos cosas. Y aquí entra la corresponsabilidad real, que no consiste únicamente en repartir tareas visibles. También hay que repartir la tarea invisible de recordar que mañana hay pediatra, prever que falta ropa de deporte, organizar cumpleaños, saber qué niño necesita qué y anticipar lo que ocurrirá la semana siguiente. Si una persona tiene que pedir, recordar, explicar y supervisar todo lo que supuestamente ha delegado, sigue siendo la directora de operaciones de la familia. Liberar tiempo exige repartir también esa responsabilidad mental.

¿Qué primer microhábito o cambio mental le sugerirías hoy a una madre que siente que se ha perdido por completo entre extraescolares, deberes y rutinas?

Antes de añadirle otra obligación en forma de “microhábito”, le propondría quitar una. Que se pregunte cada día: “¿Qué estoy haciendo hoy que podría no hacer, hacer peor o dejar que haga otra persona?”. Me parece más útil que recomendarle veinte minutos de meditación a una mujer que no tiene veinte minutos. Y después recuperaría deliberadamente algo pequeño que no tenga ninguna utilidad familiar. Diez o quince minutos para algo que pertenecía a su identidad antes de convertirse en la persona que organiza extraescolares: leer, escribir, llamar a una amiga, aprender algo, caminar sola, escuchar un disco. No para ser mejor madre. Precisamente para recordar que no nació siendo madre. Antes había una persona y esa persona no debería convertirse en el daño colateral de la maternidad.