Sucede a menudo: coges el móvil para ver algo en las redes sociales, y muchos minutos (o incluso alguna hora más) de lo que habías pensado inicialmente, estás todavía delante de la pantalla. Es un fenómeno bien estudiado y fomentado por los algoritmos digitales, que proporcionan un scroll infinito: siempre se puede continuar, pues los contenidos nunca acaban. Si esto afecta a los mayores de edad, con más capacidad de control, ¿de qué manera impacta sobre los menores, cuyos mecanismos de regulación están en desarrollo?
De hecho, en las medidas para limitar el acceso a redes sociales hasta una determinada edad y proteger a niños y adolescentes frente al abuso de la tecnología, el scroll infinito es uno de los puntos citados como clave. Los menores consumen cientos de vídeos cortos al día, sobre todo a través de plataformas como TikTok o Instagram. Es contenido que empieza y acaba en unos pocos segundos y que les conduce al siguiente.
Silvia Morales, psicóloga del área infanto-juvenil y de adultos del Hospital Hospiten Roca, de Gran Canaria, nos aclara qué impacto tiene en la salud mental de los más jóvenes.
Cada vídeo actúa como una recompensa que libera dopamina, reforzando la búsqueda de estímulos rápidos e intensos. Como consecuencia, otras actividades más pausadas pueden resultar menos atractivas o incluso aburridas
Procastinación: acostumbrados a la gratificación inmediata
La conexión constante y prolongada al mundo digital, consumiendo este tipo de formatos muy breves, "está estrechamente relacionada con la procrastinación de tareas o asuntos importantes que se evitan por la incomodidad o malestar que provocan. En su lugar, se recurre a recompensas inmediatas como mecanismo de alivio, siendo el consumo de contenido en redes sociales uno de los principales ejemplos", señala.
Así, los cambios constantes en este tipo de vídeos acostumbran al cerebro a la gratificación inmediata, dificultando la concentración en tareas más lentas como leer o estudiar. "Cada vídeo actúa como una recompensa que libera dopamina, reforzando la búsqueda de estímulos rápidos e intensos. Como consecuencia, otras actividades más pausadas pueden resultar menos atractivas o incluso aburridas", advierte la experta.
El cerebro se acostumbra, de esta manera, a un sistema de recompensa inmediata, por lo que evita exponerse a situaciones que le resultan más incómodas y menos gratificantes. La explicación científica es la siguiente: la amígdala, que se encuentra en el cerebro, y que es la encargada del control del miedo y la ansiedad, "se sobreactiva cuando se percibe algo como una amenaza. Paralelamente, la corteza prefrontal, responsable de controlar los impulsos, comienza a desactivarse. Es entonces cuando el cerebro ordena activar la acción más fácil y/o placentera. Al buscar lo cómodo o lo gratificante de manera instantánea –como la inmersión en redes sociales– se está, en cierto modo, escapando de la incomodidad que implica enfrentar la realidad o la toma de decisiones difíciles".
Dificultades en la concentración
Todo ello tiene un impacto neuronal en una etapa, la del desarrollo infantil, donde el cerebro es especialmente vulnerable, ya que las conexiones neuronales se moldean según los estímulos que reciben. ¿Qué sucede cuando el menor hace un consumo excesivo de este tipo de formatos de imagen? "Se asocia con un menor volumen cerebral en áreas clave como el lóbulo temporal, parietal y, fundamentalmente, el frontal, afectando principalmente a la corteza prefrontal, siendo esta región la responsable del control de impulsos, la toma de decisiones y la autorregulación emocional. La hiperestimulación con vídeos cortos puede provocar una maduración más lenta de estas conexiones, teniendo como resultado comportamientos impulsivos o disruptivos", alertan desde Hospital Hospiten Roca.
Cuando el cerebro se acostumbra a las gratificaciones inmediatas que le llegan con este tipo de vídeos, luego es mucho más difícil llevar a cabo actividades que exigen más concentración y que son más lentas y no se caracterizan por un ritmo frenético, como leer o estudiar.
Los problemas para autorregularse de los menores
Además, tal como apunta la psicóloga, “la sobrecarga de información rápida puede desbordar la memoria de trabajo, impidiendo que la información se procese correctamente y se almacene a largo plazo, produciéndose un retraso en el lenguaje, un peor desarrollo de las áreas de este y menores habilidades de comunicación".
Por si fuera poco, "cuando hay sobreexposición a vídeos cortos ocurre una dificultad en la autorregulación, ya que el uso de los mismos para calmar berrinches (el "chupete digital") impide que el niño desarrolle sus propias estrategias para gestionar el aburrimiento o la frustración”, explica Silvia Morales.
Otras consecuencias cuando hay un consumo excesivo de este tipo de vídeos son alteración del sueño, baja autoestima, ansiedad y depresión, lo que se justifica, en parte, porque el tiempo que los menores dedican a redes sociales desplaza las horas de descanso, que son fundamentales para gozar de una buena salud mental. Asimismo, puede derivar en ansiedad social, especialmente en adolescentes, con mayor riesgo de obesidad por sedentarismo y problemas de visión. No obstante, tal como apunta Silvia Morales, “afortunadamente, gracias a la plasticidad cerebral, estos efectos pueden revertirse o mitigarse si se reduce el tiempo de exposición y se fomenta la interacción con estímulos del mundo real”.
Señales de alerta de un sobreconsumo digital infantil
Luchar contra los algoritmos es muy difícil porque están programados justo para fomentar ese uso excesivo, que se ve favorecido, además, por el hecho de la inmediatez: los vídeos pueden ser consumidos de forma rápida en cualquier momento. "Además, su popularidad y efecto contagio contribuyen a que sean aún más atractivos; por una parte, porque captan la atención de los usuarios, y por otra, porque facilitan la socialización al permitir compartir temas de interés con otras personas", subrayan los especialistas.
Los progenitores pueden detectar un uso problemático de contenido digital en estos casos:
- El menor presenta irritabilidad y ansiedad, con reacciones desproporcionadas, enfado o tristeza cuando se les retira el dispositivo o se limita el tiempo de conexión.
- Manifestación de aislamiento social, pues prefieren estar conectados en lugar de participar en reuniones familiares o con amigos.
- Abandono de responsabilidad, descuidando tareas escolares, higiene personal o pérdida de interés en hobbies que antes disfrutaban.
- Uso como escape, cuando recurren a la red para evadir problemas reales, sentimientos de culpa o tristeza.
- Pérdida de control, cuando presentan incapacidad para limitar el tiempo de uso, incluso si reconocen que les está perjudicando.
Como en otros ámbitos de la salud mental, la prevención resulta clave, por lo que las recomendaciones se centran en establecer límites horarios, ofrecer alternativas saludables fomentando actividades al aire libre, deporte o lectura, hablar e informar sobre los riesgos de la tecnología y servir de modelo para los hijos con un uso moderado y responsable de la misma.







